La buena reputación

Conferencia General Octubre 1975

La buena reputación

Por el élder O. Leslie Stone
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, en esta ocasión quisiera deciros unas palabras sobre la importancia de man­tener una buena reputación.

Se han pronunciado desde este pul­pito muchas sabias palabras subrayan­do la importancia de que vivamos el evangelio y mejoremos nuestro modo de vivir. Ahora bien, ¿por qué razón es importante que guardemos los- manda­mientos y vivamos conforme a las en­señanzas de Cristo? Tal vez muchos res­ponderíamos: “Pues debemos hacerlo para ganar la vida eterna”. Efectiva­mente, para ganar la vida eterna; pero, ¿para quién? ¿Para nosotros mismos? Sí, en parte. Recordemos que Cristo en­señó: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:35). De esto he­mos de sacar en limpio que nuestro in­terés no debe fijarse en satisfacer nues­tra propia conveniencia, por así decirlo, sino en servir a nuestros semejantes, lo cual se traducirá en dedicamos por en­tero al servicio de nuestro Padre Celes­tial, a trabajar en su obra y para su glo­ria. Mas para que nuestro servicio arro­je un resultado eficaz, es preciso que pongamos nuestra vida en orden. En­tonces, al vivir el evangelio, nuestra vi­da reflejará justicia y virtud, lo cual constituirá una poderosa influencia pa­ra el bien de quienes nos rodean. Por esta causa, no basta que seamos justos por el solo propósito de labrar nuestra propia salvación, sino que también de­bemos irradiar el bien hacia los demás de modo que, impulsados por el poder de nuestro ejemplo, eleven sus normas de vida y lleguen a experimentar deseos de seguir el modelo que nos dejó el Salva­dor.

En nuestras actividades diarias, las personas que nos rodean emiten sus opiniones sobre nosotros, opiniones que pueden ser justas o injustas pues no nos es posible controlar, en toda la ex­tensión de la palabra, lo que los demás piensen y opinen de nosotros; no obs­tante, sí podemos controlar la forma en que comunicamos mensajes a los demás mediante nuestra conducta.

Hermanos, debemos poner nuestro mayor empeño en crearnos una buena reputación. Esto es de un valor incalcu­lable y constituye en muchos casos el punto de partida para influir en los de­más para su propio bien, al mismo tiempo que puede significar el medio para llevar el evangelio a muchas almas.

La importancia de lo que significa gozar de una buena reputación adquirió mayor sentido para mí cuando hace ya muchos años, me asocié con un impor­tante hombre de negocios. Nuestros planes consistían en comenzar un nuevo negocio al por mayor, en el que él pon­dría el capital y yo me encargaría de la administración; una vez que llegamos a un entendimiento, me extendió un che­que por una inmensa suma de dinero y me dijo: “Si el negocio resulta un éxito, se llevará usted todo el crédito; pero si fracasa, será usted quien caerá en des­crédito”. Luego añadió: “Si el negocio fracasara, usted perdería más que yo, pues en lo que a mí respecta, perdería únicamente el dinero y de éste tengo más, pero usted. . . usted perdería su re­putación, lo cual es mucho más valioso que el dinero”.

Jamás olvidaré la importancia que aquel acaudalado hombre de negocios concedía a la reputación. Felizmente pa­ra ambos, la empresa resultó todo un éxito.

Tal vez pueda formarse una reputa­ción bajo una apariencia engañosa que muestra profundidad donde no la hay, honestidad donde hay fraude y virtud donde hay perversidad. Pero la aparien­cia nada vale ya que es preferible fun­damentar la reputación en la verdad, de modo que sea como un diáfano cristal a través del cual pueda verse claramente el reflejo de la integridad del alma; pues es mediante esta integridad de carácter que llegaremos a ser puros y santos de­lante del Señor. De esta manera podre­mos servir a nuestros semejantes en la forma más eficaz.

Cristo nos enseñó a considerar a los demás y dejar de lado el egoísmo. Vivir el evangelio introspectivamente no bas­ta, pues es preciso que seamos vivos ejemplos para todos los que nos rodean y en este sentido, no es importante sólo lo que somos, sino también lo que los demás piensan de nosotros. Para que po­damos ser buenos misioneros es nece­sario que se nos conozca por nuestras buenas cualidades, que tengamos una inmaculada reputación en todas las co­sas. Por ejemplo, a mí me gustaría que se me conociera como persona digna de confianza, lo cual derivaría directamen­te de la honestidad y la justicia con que actuara en todo momento; que se me conociera como persona responsable que siempre cumple con sus obligaciones y compromisos, y cuya palabra vale tanto como su firma; como persona que guarda los mandamientos y que se dedica de lleno a ayudar a edificar el reino de Dios.

A veces escuchamos comentarios co­mo éste: “¿Y qué importa lo que yo ha­ga? Al fin y al cabo se trata de mi vida y puedo hacer con ella lo que me venga en gana”. Puede ser cierto que nosotros mismos seamos los más afectados por nuestras acciones; pero en esta tierra ninguna persona es una isla pues la vida de todo mortal está entrelazada con la de otros. No es posible que un indivi­duo constituya únicamente una repre­sentación de sí mismo a donde quiera que vaya, puesto que siempre represen­tará también a otras personas, como por ejemplo, a su familia. La reputación de una familia se crea por las acciones in­dividuales de sus miembros.

En cierta oportunidad, el presidente George Albert Smith relató una expe­riencia de una ocasión en que cayó gra­vemente enfermo y fue a recuperarse al pueblo de Saint George, al sur en el es­tado de Utah. La enfermedad lo debilitó en tal forma que llegó al punto en que apenas podía moverse. En su relato dijo lo siguiente: “Un día, encontrándome en estas condiciones, perdí la conciencia de todo lo que me rodeaba y llegué a pensar que me había muerto. Me vi en­tonces de pie en un lugar apartado en el que había un inmenso bosque frente a mí y un lago grande y hermoso a mis espaldas. . . en ese momento me pareció despertar a la realidad de que había terminado mi obra en esta vida y que había vuelto a mi lugar de origen. Co­mencé a mirar a mí alrededor por si veía a alguien, pero no había un alma, sólo el bosque y el lago.

Comencé a explorar el terreno y pronto descubrí un sendero que se perdía entre los árboles y que parecía muy poco transitado, pues la hierba lo cubría casi por entero; lo seguí, aden­trándome en el bosque y después de ha­ber recorrido una considerable distan­cia, repentinamente vi un hombre que venía en sentido contrario. Noté que era muy corpulento y lo reconocí en segui­da: era mi abuelo; apresuré entonces mi paso hacia él, rebosante de felicidad. Debo hacer notar que a mí me habían puesto su nombre y que siempre me ha­bía sentido orgulloso de ello.

Cuando llegamos a una corta distan­cia el uno del otro, él se detuvo, lo cual fue una invitación a que yo también me detuviera. Entonces me dirigió la pala­bra (y quisiera que los niños y la gente joven en general, nunca olvidasen esto) diciendo:

‘Me gustaría saber qué has hecho con mi nombre.’

En ese momento, toda mi vida, hasta en sus menores detalles, pasó ante mí con la velocidad de un rayo hasta llegar a aquel mismo momento. Confiado, sonreí, y mirando al abuelo a los ojos pude responderle:

‘Nunca he hecho con tu nombre cosa alguna de la cual tengas que avergon­zarte.’

Dando entonces un paso hacia mí, me tomó en sus brazos; yo también lo abracé, y en ese momento recobré la conciencia, dándome cuenta de que es­taba vivo y en mi cama. La almohada quedó totalmente empapada con mis lá­grimas de gratitud, porque había podi­do responder ante el abuelo sin aver­gonzarme”.

“Muchas veces he evocado esta ex­periencia en mis recuerdos, y quiero de­ciros que desde aquel entonces me he esforzado con más empeño que nunca por mantener digno ese nombre. Por lo tanto, quiero deciros a vosotros, los niños, los muchachos y las señoritas, a la juventud de la Iglesia, así como a to­do el mundo: Honrad a vuestros padres. Honrad el nombre que lleváis, porque algún día tendréis el privilegio y la obli­gación de presentaros ante ellos (y ante vuestro Padre Celestial) y rendirles cuenta de lo que hayáis hecho con su nombre.” (Sharing the Cospel with Others, por George Albert Smith. Deseret Book Company, 1948, págs. 111-12.)

Y hemos de recordar además que no representamos únicamente a nuestra fa­milia, sino también a la comunidad, el estado o la provincia y la nación de la cual procedemos, cuya reputación co­lectiva se fundamenta en las acciones de los individuos que la integran. Muchos de nosotros representamos la compañía o la organización para la cual trabaja­mos con el objeto de ganarnos la vida. Los estudiantes representan a las insti­tuciones educativas a las cuales asisten. Como miembros de esta Iglesia, todos la representamos mediante nuestras ac­ciones. ¿Cuál es nuestro mensaje enton­ces?

Tenemos una responsabilidad sagra­da y especial; cuando nos bautizamos tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo. Cada semana, al tomar la Santa Cena, renovamos con nuestro Padre Ce­lestial el convenio de tomar sobre noso­tros el nombre de su Hijo, de recordarlo siempre y guardar sus mandamientos, para que siempre tengamos su Espíritu con nosotros. (Véase D. y C. 20:77.)

Por medio del bautismo llegamos a ser miembros de la familia de Cristo. Llevamos su nombre y lo representa­mos aquí en la tierra como poseedores del sacerdocio y como miembros de su reino.

Tenemos el privilegio de represen­tarlo ante nuestros semejantes, de llevar su mensaje a todos sus hijos en todo el mundo, de ser misioneros. Tenemos la responsabilidad de ser dignos de su nombre, de representarlo como corres­ponde, de todas las formas y ante todas las personas que conozcamos, de vivir de tal manera que nuestra vida constitu­ya un verdadero mensaje cristiano en acción. Porque Cristo ha dicho:

“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

Ni se enciende una luz y se pone de­bajo de un almud, sino sobre el cande­lera y alumbra a todos los que están en casa.

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16).

A medida que formemos nuestra in­tegridad de carácter, nuestra luz alum­brará con mayor fulgor, y la manifesta­ción exterior con que ganaremos una buena reputación no será sino un refle­jo fiel de nuestra naturaleza interior; en­tonces será completa, tanto ante Dios como ante nuestros semejantes.

Sé, por muchos años de experiencia tanto en la Iglesia como en asuntos de negocios, que es sumamente importante mantener una buena y digna reputación en todo lo que hagamos.

Os testifico que para lograr la verda­dera felicidad en esta vida y ser buenos y eficaces siervos del Señor en el em­peño de ayudarle a edificar su reino, debemos crearnos una buena reputa­ción y retenerla. Esto podremos lograrlo solamente arrepintiéndonos de nuestros pecados, viviendo los principios del evangelio y guardando de este modo los mandamientos de Dios.

Ruego humildemente que podamos hacer todo esto, en el nombre de nues­tro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

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