Hazlo

Conferencia General Octubre 1975

Hazlo

Por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, hace al­gún tiempo que no asisto a una conferencia de la Iglesia. Esta mañana os traigo la confirmación de que el evangelio es verdadero en Londres, In­glaterra, en Auckland, Nueva Zelandia, en Nukualofa, Tonga; y es verdadero en Salt Lake City, Utah. Y yo me siento muy agradecido por estar aquí.

Presidente Kimball: Durante los últi­mos meses he sido el portador de su mensaje de amor y saludo para los miembros allende de la mar; y ahora, aquí, en esta mañana, le traigo el-afecto sincero y la firme lealtad de más de cien mil miembros de la Iglesia en el Pacífi­co del Sur, quienes ansiosamente cuen­tan los días que faltan para su llegada el próximo febrero, cuando usted ha de presidir las diversas conferencias de la Iglesia en sus países.

La sola idea de llevar a cabo cuarenta y cuatro sesiones de conferencia en die­cisiete días y en nueve diferentes luga­res, apabulla la imaginación; y si esto no fuese suficiente, agreguemos aproxi­madamente 44.800 kilómetros de viaje aéreo y dieciocho cambios del reloj a fin de concordar con las horas de las di­ferentes zonas.

Este es el programa que seguirá el hombre que ha desafiado a un pueblo a “acelerar el paso”, un hombre que no declara únicamente “Haced lo que di­go”, sino más importante aún, “Haced lo que yo hago”. Es mucho más fácil responder cuando la trompeta emite el claro sonido del ejemplo.

Sobre el escritorio del presidente Kimball hay un cartelito con un lema que simplemente dice, “HAZLO”. Para nuestro inspirado Profeta la convenien­cia personal está en segundo lugar; todo lo hace para satisfacer la conveniencia del Señor. Su ejemplo en el trabajo ya es como una leyenda, estableciendo la pauta que nosotros debemos seguir.

Mientras me encontraba en una base aérea en Wyoming durante la Segunda Guerra Mundial, en la reunión sacra­mental de nuestra rama se anunció que se llevaría a cabo una conferencia de ra­ma la semana siguiente con la posibili­dad de que nuestro presidente de mi­sión estuviese acompañado de una Au­toridad General de Salt Lake City. Al llegar a la conferencia de rama el siguiente domingo por la mañana, nos presentaron a la autoridad visitante, un hombre a quien ninguno de nosotros había visto antes: era el élder Spencer W. Kimball, el miembro más nuevo del Consejo de los Doce, cumpliendo con una de sus primeras asignaciones. Tenía una modalidad bondadosa y un testimonio innegable y sin embargo, ex­presó preocupación porque aquel lla­mamiento tan importante había recaído sobre él. Pero luego, con confianza renovada, dijo: “Hermanos, no sé exac­tamente la razón por la que el Señor me ha llamado, pero cuento con un talento que puedo ofrecer. Mi padre me enseñó a trabajar; y si el Señor tiene necesidad de un trabajador, estoy disponible.” ¡Sí, el Señor necesitaba aquel trabajador! Necesitaba un buen trabajador que es­tuviese preparado para asumir la res­ponsabilidad primordial en una época crítica.

Esta es la época, y un Profeta que sabe cómo trabajar, se encuentra seña­lando el camino. Mas un hecho es cier­to, esta obra de los últimos días requie­re que miles de nosotros estemos dis­puestos a seguir el paso y el ritmo del Profeta.

Un Profeta que trabaja solo, no pue­de ser muy productivo. Cada dispen­sación ha tenido la imperiosa necesidad de discípulos trabajadores y aptos, y el presidente Kimball está llamando al más grandioso ejército de trabajadores en la historia de la Iglesia. Considere­mos juntos estos tres objetivos como punto de partida en nuestra preparación para mantener el paso de nuestro Profe­ta:

Primero, debemos estar mejor infor­mados en cuanto a la doctrina; segundo, debemos estar más dispuestos a HA­CER; y tercero debemos ser más accesi­bles a los dones del Espíritu.

Un gran maestro dijo: “Aquel que no lee, de ninguna manera puede exceder al que no sabe leer.” La ignorancia en el evangelio es casi inexcusable en esta época de ilustración y modernas técni­cas didácticas. Especialmente entre aquellos de nosotros que nos hemos comprometido en las aguas del bautis­mo y ratificamos ese compromiso al participar del sacramento semanalmen­te.

En cuanto al objetivo número dos, estar dispuestos a obrar, siempre ha sido emocionante para mí reunirme con los misioneros de todas partes del mun­do. ¿Es acaso conveniente que en la flor de la vida, dejemos por dos años los es­tudios, la familia, los amigos y los inte­reses personales, para responder al lla­mado del Profeta? ¿Conveniente? No. ¿Grato para el alma? Sí. Y cuando uno cree en algo, LO HACE.

Quisiera hacer una pequeña pausa y compartir algunas notas que hice mientras asistía a una función en las islas del Pacifico, hace unas dos semanas. El consejo que se recibe del Profeta nunca debe tomarse a la ligera. La Estaca de Nukua’lofa, en Tonga siguió el consejo del presidente Kimball de organizar coros en cada barrio y rama y después, invitar a sus vecinos a participar en esos cursos. El mes pasado, la hermana Simpson y yo nos quedamos maravillados al presenciar el festival de coros de dicha estaca; todos los barrios participaron; una pequeña rama intervino con un coro formado por casi todos los miembros que la integran. Cada coro tenía también un buen número de personas que no eran miembros de la Iglesia. Por lo menos en uno de los coros, una tercera parte de sus integrantes no eran miem­bros; y en todos los coros había investigadores recientemente bautizados; casi todos ellos se habían bautizado como resultado directo de su participación en el coro. Todos estaban vestidos de blanco, todos habían practicado. Fue una sobresaliente velada de estímulo espiritual y un extraordinario ejemplo de las bendiciones que se reciben cuando seguimos las instrucciones del Profeta. ¿Cuenta vuestro barrio o rama con un coro? ¿Estáis invitando a personas que no son miembros de la Iglesia a partici­par en ellos? HAGÁMOSLO.

Y a sabéis que contamos con más de siete mil barrios y ramas en la Iglesia.

¿Qué sucedería si cada uno de éstos se propusiera traer solamente una familia durante el próximo año? Tendremos doce meses para hacerlo. Podríamos in- vitar a un hombre y su esposa y tal vez ellos tengan hijos. Si pudiéramos invitar a una familia de cinco personas a cantar con nosotros y llegasen a convertirse, podríamos multiplicar cinco veces 7.000 logrando un total de 35.000 conversos nuevos, aparte de todos los que se están convirtiendo por medio de la obra misional.

Y éstas son las recompensas que recibimos cuando hacemos lo que el Profeta nos ha pedido: Aquellos que quieran ser candidatos a heredar todo lo que el Padre posee, tienen que aprender desde el principio que una asignación de maestro orientador es más importan- te que cualquier programa de televisión o cualquier otro interés mundano. Cuando la voz apacible y suave del Espíritu se haga oír, HAGÁMOSLO y hagámoslo AHORA.

La sensibilidad espiritual es un don, dado libre y gratuitamente a todos los que están dispuestos a hacer el máximo esfuerzo. Es para aquellos que tienen el deseo de servir y el valor de dar el pri­mer paso, aun cuando no parezca per­sonalmente conveniente hacerlo; a me­dida que nos complicamos la vida con las cosas del mundo, desalentamos al Espíritu.

El Salvador enseñó con sencillez y belleza, más las llamadas civilizaciones modernas han acarreado demasiadas frustraciones a nuestra vida. El ambien­te social de la actualidad parece exigir en nuestras normas cierta sofisticación, que con demasiada frecuencia es incompatible con objetivos eternos más importantes.

Al ir mi esposa y yo el otro día ca­minando por una calle en Auckland, Nueva Zelandia, llegamos a un lugar no muy retirado del muelle; allí nos detu­vimos unos momentos, mientras yo le relataba el incidente que se llevó a cabo en aquel mismo lugar durante mi pri­mera misión. Todavía puedo ver en mi memoria una pareja maorí muy an­ciana, que se encontraba junto con mi­les de otras personas, despidiendo al Batallón Maorí que marchaba hacia el buque que lo transportaría a la guerra.

La pareja de ancianos se emocionó notablemente cuando uno de los jó­venes soldados se dio vuelta y los miró con una gran sonrisa. Por su conver­sación era evidente que se trataba de su bisnieto que partía a la guerra.

La suya, sería una guerra atómica con equipo sofisticado capaz de matar a miles de personas, radicalmente dife­rente a las guerras maoríes del siglo pa­sado, en la que el viejo maorí había par­ticipado como joven guerrero de la tri­bu. Poco después el joven se había per­dido de vista y fue entonces cuando el anciano, mirando a su esposa, dijo (tal vez con un poco de ironía), “Ka tahi kua pakeha tatou”, lo cual significa, “Así que ahora somos civilizados”.

¿Qué es civilización? ¿Qué es pro­greso? ¿Qué es lo importante y qué no lo es? Las escrituras nos enseñan que las vías del Señor no son las de los hombres. Nada hay más cierto que esto.

De acuerdo con la palabra revelada de Dios, existe real y verdaderamente sólo un objetivo simple y general para este mundo nuestro y es lograr la in­mortalidad y la vida eterna de todos aquellos que vienen a habitarlo en su jornada terrenal.

Como sabemos, la primera parte de la inmortalidad se ha logrado por medio del sacrificio expiatorio del Salvador. Todos, no importa la raza, credo o com­portamiento, viviremos más allá de la tumba y disfrutaremos de este don que Dios nos ha otorgado incondicional­mente. La posibilidad futura de vida eterna o exaltación, simplemente re­quiere que el individuo obedezca las enseñanzas de Cristo y los principios del sacerdocio. Pero para lograrlo, cada persona necesita estar convencida o convertida a las disciplinas y reglamen­tos qué hay que aprender y vivir, a fin de alcanzar el objetivo supremo de toda la eternidad.

Más impresionante aún es la acepta­ción universal de las verdades del evan­gelio. El Salvador no excluyó a nadie de su círculo de influencia; y así es en su Iglesia actualmente. Conozco a un banquero en Boston que se apresura a llegar a su casa los lunes para la noche de hogar, exactamente como otro buen hermano que también conozco y tiene una pequeña granja en las montañas de Perú. Conozco a un padre que vive en la isla de Vava’u en Tonga, quien desem­peña fielmente sus visitas en su canoa de remos; mas su fe no es diferente a la del joven ejecutivo de Londres, que dis­fruta de su trabajo y cumple fielmente con su asignación de maestro orienta­dor. Ambos están dispuestos a HACER algo.

Aquel bisabuelo maorí, tenía todo el derecho de poner en duda los verdade­ros valores de la llamada civilización a la cual se le había sometido. Nuestra época de propulsión a chorro, de fuerza atómica y aparatos automáticos, puede ser beneficiosa si se usa correctamente. Si los métodos complicados y el equipo automático puede proporcionarnos más tiempo para enseñar a la humanidad los principios eternos de Dios, entonces he­mos sido abundantemente bendecidos. Si únicamente nos permite, “acelerar nuestro paso” en dirección opuesta, el adversario habrá ganado otra batalla.

Que seamos bendecidos con la habi­lidad de llegar al corazón de las per­sonas y elevarlas, al seguir al Maestro e imitar el ejemplo de su Profeta viviente sobre la tierra, al HACER lo necesario. Es mi oración en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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