Fe y obras

Conferencia General Octubre 1975

Fe y obras

Por el élder Adney Y. Komatsu
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos y amigos: humildemente agradezco a mi Padre Celestial por la oportunidad’ y bendición de estar presente en esta Conferencia General. He gozado del maravilloso espíritu que hemos tenido y de las muchas instrucciones y con­sejos dados por nuestro Profeta, el pre­sidente Spencer W. Kimball y todas las Autoridades Generales de la Iglesia. Es­pero y ruego que el Espíritu del Señor me guíe y dirija para que diga cosas que aporten al espíritu de esta conferencia.

En el Nuevo Testamento leemos las palabras de Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Nuestro Padre Celestial, debido al gran amor que tiene por sus hijos te­rrenales, nos dio la oportunidad de es­tar en esta vida y aquí, preparar la for­ma de volver a su presencia después de esta experiencia terrenal, por medio del Salvador Jesucristo.

Durante su ministerio Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y to­do aquel que vive y cree en mí, no mo­rirá eternamente” (Juan 11:25-26).

Más adelante, también dijo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió” (Juan 12:44).

Como miembros de la Iglesia de Je­sucristo de los Santos de los Últimos Días, así como muchos de los cristianos del mundo, entendemos y creemos que hay un Dios y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Salvador del mundo.

Sin embargo, en el Lejano Oriente, entre los muchos países asiáticos donde está la gran mayoría de la población de esta tierra, la gente todavía no ha enten­dido esta simple verdad ni aceptado el plan de Dios para sus hijos. A pesar de ello, la obra del Señor está progresando entre la gente asiática. Hace diez años había tres misiones en el Lejano Orien­te; hoy, hay quince misiones y cinco es­tacas.

En la reciente Conferencia General de Área en Japón, Filipinas, Taiwán, Hong Kong y Corea, fue una experien­cia maravillosa ver lágrimas de regocijo en los miembros, mientras escuchaban al presidente Spencer W. Kimball, nuestro Profeta, así como a las otras Autoridades Generales.

Se informó que aproximadamente 45.000 miembros e investigadores asis­tieron a las conferencias de área en es­tos países. Para muchos de ellos, esta fue su primera experiencia en oír a un Profeta viviente de Dios.

En Tokio, cuando el presidente Kim­ball propuso la construcción de un tem­plo, hubo un aplauso espontáneo de alegría y felicidad de parte de la congre­gación; y luego siguió una silenciosa y emocionada aprobación cuando levan­taron la mano apoyando el proyecto. Del mismo modo sucedió en los otros países donde hubo una conferencia similar: los miembros de la Iglesia se sintieron felices de poder apoyar la pro­puesta de la construcción del primer templo en Asia, presentada por el Pro­feta.

Fue una experiencia maravillosa ver al presidente Kimball aconsejar a los miembros de la Iglesia en Asia y obser­var las caras de éstos llenas de aprecio y amor por la guía y dirección que reci­bieron.

El presidente Kimball exhortó a los miembros de los diferentes países a vi­vir el evangelio de Jesucristo y a guar­dar los mandamientos del Señor, les re­cordó la importancia y necesidad de au­mentar el trabajo genealógico y recalcó el valor del casamiento en el templo. Estos miembros tendrán esa bendición dentro de pocos años cuando se termine el templo; para algunos de ellos éste es­tará a unas pocas horas de su casa mientras que para otros estará un poco más lejos, pero nunca tan lejos como el de Hawai, donde la mayoría de los miembros van ahora. El presidente Kimball también recalcó la importancia de la familia y la educación de los jó­venes para que sean dignos de cumplir una misión.

Debido a la gran población de los países asiáticos, debemos reforzar nues­tro trabajo en la obra misional y obede­cer el consejo del presidente Kimball, preparando a nuestros jóvenes para que ayuden en esta gran obra, lo cual de­mandará el esfuerzo de cada miembro de la Iglesia en Asia; también debemos seguir en nuestra vida diaria la admoni­ción del presidente McKay de que cada miembro sea un misionero.

Para muchos miembros de la Iglesia las conferencias de área fueron milagros porque, debido a su difícil situación económica, nunca soñaron que llegaría el día en que podrían oír hablar al Pro­feta en persona, ni asistir a una confe­rencia general.

Recuerdo una declaración de uno de los profetas del Libro de Mormón que dice:

“Y ahora yo, Moroni, quisiera hablar algo sobre estas cosas; quisiera mostrar al mundo que la fe consiste en las cosas que se esperan y no se ven; así pues, no contendáis porque no veis, porque no recibís el testimonio sino hasta después que vuestra fe ha sido puesta a prueba.

Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer nin­gún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe.

Y en ningún tiempo ha habido quien obre milagros sino hasta después de tener fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios.” (Eter 12:6, 12,18.)

Estoy seguro de que los miembros de los diferentes países asiáticos deben haber tenido una gran fe para recibir la bendición de las conferencias de área.

Hubo muchas experiencias que pro­movieron la fe en los miembros de la Iglesia mientras se preparaban para la conferencia general de área en sus res­pectivos países; todas ellas les ayudaron también a aumentar y fortalecer su tes­timonio.

Quisiera compartir con vosotros una experiencia que tuvo lugar en la isla de Okinawa, en el Distrito de la base mili­tar. Los miembros locales de Okinawa estaban entusiasmados preparándose para ir a la conferencia en Tokio. La ju­ventud de la Rama de la base supo que había una familia activa que no había hecho planes de viajar con el resto de los hermanos; cuando les preguntaron por qué no iban a la conferencia, este fiel hermano contestó vacilante que no tenía dinero para llevar a su esposa y niños y que por tal motivo le era impo­sible ir. Entonces, los jóvenes de la ra­ma se reunieron inmediatamente y planearon una venta de galletas para juntar fondos a fin de enviar a esa fami­lia a la conferencia. Ellos mismos hicie­ron las galletitas y se abocaron entusias­mados a la tarea de venderlas; cuando ofrecieron su producto a los militares, explicando el motivo del proyecto, sin vacilar, éstos compraron todas las galle- titas y donaron el dinero que faltaba pa­ra que los jóvenes pudieran alcanzar su meta. El feliz resultado fue que aquella joven familia de Okinawa pudo ir a To­kio para la conferencia junto con el res­to de la rama, debido a la ayuda que re­cibieron.

Los jóvenes aprendieron una gran lección de amor y generosidad; a través de la experiencia aprendieron que los que realmente se preocupan por otros y dan su tiempo, talentos y posesiones por el bien de los demás, son los que realmente reciben las bendiciones de esta vida.

El profeta José Smith nos dijo que el amor engendra amor:

“Sembremos el amor, manifestemos nuestra bondad a todo el género hu­mano, y el Señor nos recompensará con aumento eterno. Echemos nuestro pan sobre las aguas, y volverá a nosotros después de muchos días, cien tantos más. La amistad es semejante a lo que hace el hermano Turley en su fragua cuando funde el hierro con el hierro: enlaza a la familia humana con su feliz influencia.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 387.) Ciertamente, los mu­chos miembros de la Iglesia que parti­ciparon en la preparación de las dife­rentes conferencias de área en Asia, aprendieron esta gran lección de amor y generosidad. También recibieron las bendiciones del Señor por su participa­ción en los coros, en los programas cul­turales o en muchos comités que se for­maron en los diferentes países.

Dar nuestro tiempo e intereses por el bien de otros es más importante que dar cosas materiales. Esta fundamental par­te del evangelio es la base de los man­damientos de Dios, porque Él dijo: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu co­razón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo le servirás. Ama­rás a tu prójimo como a ti mismo” (D. y C. 59:5-6).

Esto quiere decir que debemos servir a nuestros semejantes, visitar al enfer­mo y al necesitado, animar al desalenta­do y alentar en todo momento a nues­tros semejantes mientras buscamos su felicidad.

Robert Louis Stevenson dijo que “Si tenemos amigos, debemos admirarlos y estar libres de toda envidia; regocijar­nos con su bienestar; amarlos con tal generosidad de corazón que nuestro amor se convierta en su más rica pose­sión en medio de las aflicciones”.

Os dejo mi testimonio, hermanos y hermanas, de que yo sé que el evangelio es verdadero. Sé que Dios vive, que El oye y contesta nuestras oraciones y que Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito del Padre, el Salvador del mundo. José Smith fue un Profeta llamado por Dios en estos últimos días para restaurar el evangelio en su plenitud.

Y os dejo este humilde testimonio de que sé que el presidente Spencer W. Kimball es hoy un Profeta de Dios en esta tierra, que guía y dirige la obra del Señor aquí, humildemente y en el nom­bre de Jesucristo. Amén.

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