“Emanuel… Dios con nosotros”

Conferencia General Octubre 1975

“Emanuel… Dios con nosotros”

Por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Como en todas las etapas de la historia, la juventud de hoy en día también enfrenta la realidad de tener que hacer muchas decisiones im­portantes y de gran alcance.

El presidente Spencer W. Kimball ha manifestado que la Iglesia tiene nece­sidad de más misioneros, y ha declara­do que ha llegado el tiempo en que de­bemos acelerar el paso, cambiar nuestro derrotero y elevar nuestras metas.

Al proponer este cometido en abril de 1974, el presidente Kimball dijo:

“En la actualidad tenemos 18.600 misioneros.” (Los miembros aceptaron el desafío y ahora contamos con más de 21.000). “Podemos enviar más, ¡muchos más!. . . Cuando pido más misioneros, no pido misioneros sin un testimonio, ni misioneros inmorales. . . nuestros jó­venes deben llegar a comprender que cumplir una misión constituye un privi­legio, y que deben hallarse en buenas condiciones físicas, mentales y espiri­tuales; y además, que ‘el Señor no pue­de considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia'” (D. y C. 1:31).

“Frecuentemente surge la pregunta: ‘¿Debe todo joven cumplir una misión?’ La respuesta afirmativa la ha dado el Señor. Todo hombre joven ha de cum­plir una misión.”

Además de ir a una misión, el Profe­ta indicó que “cada varón debe también pagar su diezmo, guardar el Día del Señor, asistir a las reuniones de la Igle­sia, casarse en el templo y educar debi­damente a sus hijos, y efectuar muchas otras obras importantes. ¡Claro que de­be hacerlo! . . . mas no siempre lo hace.”

“Nos damos cuenta de que si bien todos los varones deben definitivamen­te cumplir una misión, no todos están preparados para ir a enseñar el evange­lio al extranjero. Demasiados mucha­chos llegan a la edad requerida sin tener absolutamente ninguna preparación pa­ra la misión, y desde luego, no deben ir. Pero todos deben estar preparados. Hay unos cuantos cuyas condiciones físicas no les permiten cumplir con el servicio misional; pero hay demasiados incapa­citados por sus condiciones emociona­les, mentales y morales, porque no han conservado su vida limpia ni en ar­monía con el espíritu de la obra mi­sional. Estos deberían haberse prepara­do. . . Pero, como han quebrantado las leyes pueden verse excluidos, y en esto yace uno de nuestros más grandes co­metidos: el de mantener dignos a nuestros muchachos.” (Liahona de noviem­bre de 1974, págs. 3 y 4.)

Si bien la responsabilidad principal de predicar el evangelio ha recaído so­bre los hombros del sacerdocio, hay muchas señoritas a quienes también se les concederá el privilegio de servir co­mo misioneras; por consiguiente, deben de igual manera prepararse para el día en que puedan ser llamadas.

Los padres pueden y deben desem­peñar una función muy importante in­culcando en todos sus hijos el deseo de vivir dignamente a fin de que puedan hacerse merecedores de cumplir con una misión. Por mi parte, siempre esta­ré agradecido por haber nacido de buenos padres que enseñaron a sus hi­jos que ésa era una parte de su respon­sabilidad. En nuestro hogar nunca hubo dudas en cuanto a si cumpliríamos o no con una misión, pues se suponía que así había de ser y se daba por un hecho, considerándose sólo cuestión de tiem­po. Como resultado de este estímulo y esperanza, los seis hijos de la familia cumplimos una misión.

Es muy natural que los futuros mi­sioneros sientan preferencia por cierta zona; a mí me sucedió lo mismo. Tres de mis abuelos nacieron en Inglaterra, donde escucharon el evangelio; allí fue­ron convertidos y se unieron a la Iglesia. Posteriormente, mi padre fue llamado allí como misionero. Cuando recibí mi llamamiento del presidente Heber J. Grant, me enviaron a la Misión de los Estados del Este de los Estados Unidos y no a Inglaterra, por lo que me sentí momentáneamente desilusionado. Sin embargo, me habían enseñado que a los misioneros se les llama por inspiración a trabajar donde el Señor los necesita y evoqué entonces la letra de uno de mis himnos preferidos, “Doquier que me mandes, iré”, sintiéndome en seguida resignado y satisfecho con mi llama­miento. ¡Qué gran bendición significó en mi vida mi llamamiento a aquella misión! La presidía una de las Autorida­des Generales de la Iglesia, el élder B. H. Roberts, que en aquella época era Presidente del Primer Consejo de los Setenta y uno de los mejores misione­ros. El Señor me bendijo con el privile­gio de trabar una estrecha amistad con este gran líder y misionero, por quien llegué a experimentar profundo respeto, admiración y amor. El presidente Ro­berts era gran erudito, talentoso escritor y autor de muchas obras inspiradoras que explican los hermosos principios del evangelio. Era un valeroso y fiel de­fensor de la fe. Como historiador consa­grado investigó y relacionó de una manera comprensible los interesantes e importantes eventos de la historia de la Iglesia.

El presidente Roberts fue un dinámi­co y afamado orador y se le solicitaban constantemente sus servicios en este respecto, pues hablaba con poder e in­fluencia. Se le escuchó desde este pulpi­to en incontables ocasiones en las que maravilló e inspiró a los miembros de la Iglesia. Siempre recordaré con gratitud la oportunidad que tuve de servir bajo la dirección de este hombre inspirado.

El presidente Roberts enseñó a sus misioneros que a fin de que pudieran tener éxito y trabajar en la obra con efi­cacia, debían buscar y obtener el Espíri­tu del Señor para que los instruyera y dirigiera en sus esfuerzos. Recalcaba las palabras del Señor cuando dijo: “Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibiereis el Espíritu, no en­señaréis” (D. y C. 42:14).

Él era un excelente ejemplo para sus misioneros, buscando constante y fer­vientemente el Espíritu del Señor para que le guiara e inspirara. En la Casa de la Misión se realizaban todos los días reuniones de carácter espiritual; cuando le tocaba al Presidente guiarnos en la oración, vertía su alma en gratitud y sú­plica, y a medida que oraba el velo se hacía más tenue y podíamos sentir la cercanía del Señor a través del Espíritu.

Había seleccionado y adoptado un lema para la misión, sacado de las Escri­turas; estaba formado por una sola pala­bra: “Emanuel”. Isaías, al predecir el nacimiento del Salvador, profetizó: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

Varios siglos después, Mateo, un apóstol de Cristo, explicó el significado del nombre Emanuel cuando testificó. “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mateo 1:23). El presidente Roberts utilizaba el lema “Emanuel” constantemente en sus discursos, en su correspondencia, cuando autografiaba libros y fotografías y en muchas otras ocasiones.

Tener a “Dios con nosotros” a través de su Espíritu debería ser el objetivo de cada misionero y debería igualmente ser la meta de todo individuo. Gozar de la compañía del Espíritu Santo requiere que una persona conserve su mente y cuerpo limpios porque Él es sensible y no morará en un tabernáculo impuro.

Después de obtener fama por sus habilidades en oratoria, un joven per­mitió que los elogios se le subieran a la cabeza y llegó a actuar en forma un tan­to arrogante. En una ocasión se le invitó a que hablara en la reunión sacramental de su barrio. Al llegarle el turno, ca­minó hasta el pulpito extremadamente confiado y sin un sólo indicio de humil­dad. Al verlo, el obispo se inclinó hacia su primer consejero, y musitó, “Qué fi­gura tan patética y solitaria; se destaca por estar completamente solo”.

Cuando el Salvador resucitado se reunió con sus apóstoles por última vez antes de ascender a los cielos, en un monte cerca de Galilea, les aseguró que aunque El regresaría al cielo, jamás los abandonaría: “He aquí yo estoy con vo­sotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).

Sí, cada joven debe cumplir una mi­sión. Ese debe ser su objetivo, su meta, su deseo sincero. Ir o no a una misión será una de las decisiones más impor­tantes y trascendentales que haga en su vida.

Que cada joven se prepare para aceptar el llamamiento a la misión, es mi oración, y esto ruego en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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