El poder del sacerdocio

Conferencia General Octubre 1975

El poder del sacerdocio

Por el élder W. Grant Bangerter
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión del Sacerdocio

Mis queridos hermanos, creo que lo que tengo que decir es un complemento de lo que el obispo Brown ha expresado y confío en que el Espíritu del Señor me bendecirá duran­te la exposición de este mensaje.

Aun sin presumir de ser una autori­dad en el tema del sacerdocio, al igual que vosotros, he considerado por años su propósito y el poder que le corres­ponde.

En la Iglesia, frecuentemente escu­cha uno testimonios en términos gene­ralizados. Por ejemplo, hablamos del conocimiento que tenemos de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ésta es la Iglesia verdadera. Sin embargo, hay ocasiones en que no mostramos la mis­ma fe en áreas más específicas del evan­gelio.

He escuchado a algunos decir que creen en todo, menos en el Plan de Bienestar; o en todo, excepto en los diezmos. Algunas personas solían decir que podían seguir al profeta José Smith o a David O. McKay, pero no a Brigham Young o a Heber J. Grant. Pues bien, esa clase de selección no es con­veniente.

En esta ocasión quisiera preguntaros: “¿Qué clase de testimonio tenéis sobre el poder del sacerdocio?” Y, siendo que acaba de terminar el mes de septiembre, os pregunto: ¿cuántos de vosotros, maestros orientadores, habéis efectuado vuestras visitas?” Bueno hermanos, ésa es una pregunta con trampa. El enemigo nos ha enseñado la forma de hacer esa pregunta: “¿Habéis efectuado vuestras visitas?” Por cierto que es una manera muy pobre de referirse a la amplia mi­sión comprendida en la orientación fa­miliar. Al incitarnos a preguntar “¿Ha­béis efectuado vuestras visitas?”, Satanás destruye un noventa por ciento de nuestra eficacia. Todo lo que implica esa pregunta es una rápida visita en el último día del mes, a fin de poder pre­sentar el informe completo.

Existen otros ejemplos que nos muestran que no siempre apreciamos completamente la naturaleza del sacer­docio. Cuando el obispado desea que cierto evento se lleve a cabo especial­mente bien, ¿a quién asigna la respon­sabilidad? Generalmente, a la Sociedad de Socorro. Y bien, ¿por qué no al sacerdocio? porque hemos creado el há­bito de decir, “el sacerdocio no lo va a hacer”. ¿Por qué algunos presidentes de estaca no se valen de sus maestros orientadores para llevar personas a la conferencia de estaca? Porque se ha es­parcido el rumor de que “los maestros orientadores no lo hacen”. Otros rumo­res son “los padres no lo hacen”, o “los miembros de nuestro barrio no aceptan asignaciones”.

En verdad, estas expresiones indican falta de fe o falta de comprensión hacia el poder de Dios. Cuando un buen pre­sidente de estaca, sin siquiera pensarlo, dejó escapar el comentario, “los maes­tros orientadores no lo harán”, le con­testé, “Presidente, ¿tiene idea de lo que acaba de decir? Creo que lo que ha di­cho es que aun cuando el Señor ha esta­blecido un procedimiento por medio del cual debemos dirigir la Iglesia, ese sistema no va a funcionar y, por lo tan­to, usted ha ideado uno mejor”.

Asistí a una conferencia de estaca en la que el presidente me llevó por el edi­ficio y me mostró dos mil sillas prepa­radas para la congregación. Le pregunté cómo sabía que asistirían dos mil per­sonas y contestó: “Enviamos a los maestros orientadores a invitar a todos y hemos recibido sus informes que nos indican que mañana asistirá esa canti­dad de personas”. Evidentemente se co­rrió la voz de que yo sería uno de los oradores, porque setenta y cinco de aquellos dos mil no asistieron. Pero tu­vieron una buena asistencia y desde en­tonces ha ido en considerable aumento.

Durante varios años tuve el privile­gio de recibir instrucciones del pre­sidente Marión G. Romney, quien nos enseñó acerca de la “constitución de la Iglesia”, o sea, la revelación que se reci­bió cuando la Iglesia fue organizada, en donde el Señor delineó los procedi­mientos por medio de los cuales de­bería ser gobernada.

La sección 20 de Doctrinas y Con­venios, dice que los élderes, auxiliados por el sacerdocio menor, deberán “velar por los de la iglesia” (vers. 42, 53). Par­te de esa vigilancia se lleva a cabo vi­sitando los hogares de los miembros e instruyéndoles para que cumplan con su deber. En otra revelación se men­ciona específicamente que el quorum de élderes es un cuerpo de “ministros residentes” (D. y C. 124:137). Aquellos que poseen el Sacerdocio Aarónico son llamados “ministros residentes” tam­bién (D. y C. 84:111).

Si hubiesen preguntado hace cinco años “¿quién es el ministro de su Igle­sia?” la mayoría de vosotros habría contestado, “el obispo”. Hoy en día no podemos dar esa sencilla respuesta por­que sabemos que muchos de los debe­res han sido delegados a los élderes, so­bre quienes deben recaer de acuerdo con las revelaciones. Un barrio debe tener por lo menos cincuenta “minis­tros” en lugar de uno como creíamos hace unos cuantos años.

Pensad ahora en el incremento que tendría la fuerza encargada de esparcir el evangelio si cincuenta hombres cum­plieran con su deber como el obispo lo ha hecho en el pasado.

“Pero, los maestros orientadores no lo van a hacer.” Bueno, ¿tenéis fe en el sistema del Señor o no? Si es así, ¿por qué no lo ponéis a prueba?

A fin de ilustrar mejor cuán limitada es la comprensión de algunos en cuanto al sacerdocio, me referiré a un incidente que es común en la reunión de testi­monios. Algunos relatan frecuentemen­te la experiencia de que un pariente o amigo estaba muy enfermo y que se lla­mó a los élderes para ungirlo; la per­sona ha recobrado su salud y por lo tan­to decimos que tenemos un testimonio del poder del sacerdocio.

Espero que comprendáis que no es­toy menospreciando la virtud de esta sagrada y maravillosa ordenanza. Con frecuencia representa la diferencia entre la vida y la muerte para nosotros y nuestros seres queridos, y he presencia­do su maravillosa influencia. Pero, ¿por qué limitar nuestro testimonio a eso? ¿Por qué no enviar a los élderes con igual prontitud a suministrar ayuda a un padre, cuyo hijo está a punto de mo­rir espiritualmente a causa de las drogas o el alcohol? ¿Por qué no llamar al sacerdocio para bendecir un hogar que está a punto de perecer a causa del di­vorcio o la transgresión? ¿Por qué no ungir por medio del sacerdocio, a aque­llos que aman al mundo más que a Dios? ¿Por qué hemos de decir alegre­mente “efectuamos nuestras visitas”, cuando la mitad de las familias en la Iglesia se encuentran al borde de la des­trucción total por no ser dignas de la vi­da eterna cuando venga el Señor? (Véa­se D. y C. 2:3 y 131:5). Existe para los élderes un ministerio que va más allá de la unción y la imposición de manos so­bre los enfermos. Una persona que se recobra de una enfermedad corporal, volverá a enfermarse y finalmente mo­rirá. Pero cuando administráis el evan­gelio, la cura espiritual puede ser per­manente.

Creo que este es el momento opor­tuno para pensar en extender el poder del sacerdocio, porque todos aquí cono­cemos las palabras de amonestación de nuestra época que nos incitan a “acele­rar el paso” y a “extender nuestra vi­sión”. Cuando fui llamado como pre­sidente de misión, durante una visita del presidente Kimball le expresé preo­cupación porque pensaba que no podría mantener el mismo ritmo acelerado del presidente anterior; su respuesta fue más o menos así: “Nada de eso; no vuelva a hablar de esa manera. No pue­de sentirse satisfecho con lo que suce­dió en el pasado. ¿No sabe usted que todo en la Iglesia tiene que avanzar? Re­cuerde pues que bajo su dirección, todo tiene que mejorar”.

Ahora podéis ver por qué tengo un testimonio del poder del sacerdocio. Se me ordenó que lo obtuviese y realmente lo tengo ahora.

“Y este sacerdocio”, dijo el Señor, “continúa en la Iglesia de Dios en todas las generaciones” (D. y C. 84:17). Nadie más en la tierra lo posee. “Y este sacer­docio mayor administra el evangelio, y posee la llave de los misterios del reino, aun la llave del conocimiento de Dios” (D. y C. 84:19).

Nuestros misioneros enseñan a dia­rio a personas que ni siquiera creen en Dios. Mas gracias al “gran poder” que han recibido, y por medio de su gran fe, el Espíritu Santo se acerca más a ellos, hace sentir su influencia y las personas reaccionan, se arrepienten y obedecen. Cuando estos élderes bautizan a esas personas, la enseñanza y la ordenanza se combinan para convertirse en una poderosa administración del sacerdocio; los hijos de Dios vuelven a nacer a la vi­da eterna. Y cuando este ejército de mi­sioneros aumente en diez o veinte mi­llares, el poder del sacerdocio aumenta­rá increíblemente.

Lo mismo debe suceder en los quó­rumes. Si aumentamos de “un minis­tro” a cincuenta, debemos multiplicar el poder del sacerdocio por cincuenta. Y los milagros que puedan acaecer irán mucho más allá que los que se efectúan sobre los que están físicamente enfer­mos. Cuando uno tiene el gran gozo de escuchar a alguien decir, “he ahí el hombre que me trajo al evangelio”, o “este es el hombre que cambió toda mi vida”, uno puede testificar de un gran milagro.

Sabemos que quien preside sobre el sacerdocio de los diáconos, el de los maestros y el de los presbíteros es el obispo, con un presidente para cada quorum. El presidente del sacerdocio de los padres en la Iglesia, es el presidente del quorum de élderes o, en algunos ca­sos, el de los sumos sacerdotes o el de los setenta. Todos los padres deben, según las Escrituras, “aceptar este sacer­docio” (D. y C. 84:42). De no ser así, sus familias estarán sujetas al juicio predicho por el profeta Malaquías: el de ser destruidas. (Véase D. y C. 2.) Esta es la razón por la cual el evangelio fue res­taurado, a fin de que la tierra no fuese destruida cuando venga el Señor (D. y C. 2:3).

El presidente del Sacerdocio de Melquisedec, quien en la mayoría de los ca­sos es el presidente del quorum de élde­res, debe asegurarse de que la plenitud del evangelio sea administrada a cada miembro de la Iglesia. Esa es la función del sacerdocio. Debe administrar el evangelio personalmente y a través de los “ministros residentes” en su quo­rum, conocidos ahora como “maestros orientadores”. Si vosotros no creéis en este sistema y si no lo utilizáis, entonces no tenéis un verdadero testimonio del poder del sacerdocio y no podréis tener éxito. Si lo ponéis en práctica y sois fie­les, el éxito está asegurado.

Sé que las personas responden cuan­do uno obtiene el poder de Dios rela­cionado con el sacerdocio. He escucha­do al élder LeGrand Richards decir: “Si dividierais vuestro barrio, pusierais a todos los miembros activos en uno y a los inactivos en otro y me dierais a los inactivos, en un año os devolvería un barrio con el que podríais competir. Sé que lo haría y sé también que disfru­taría haciéndolo”.

En una ocasión escuché a un pre­sidente de estaca mencionar el gran éxi­to del presidente de uno de los quóru­mes de élderes. Yo ya había oído hablar del hermano Pedersen; de hecho, per­tenecíamos a la misma estaca. Escuché su informe cuando regresó de la misión, y firmé su recomendación para el tem­plo cuando se casó; por lo tanto, me in­teresé. El presidente de estaca entonces, me dijo: “El hermano Pedersen se ha establecido la meta de que todos los hombres en su quorum reciban su reco­mendación para el templo. Casi todos lo han logrado, excepto seis”. Tiempo des­pués, cuando participaba en el Comité de Maestros Orientadores de la Iglesia, recordamos la historia y le pedí al her­mano Pedersen que me informara en cuanto a su quorum. Su respuesta fue: “Logramos que todos fueran, excepto tres. Después me relevaron y me llama­ron para servir como presidente de la misión de estaca. Desde entonces, los otros tres ya han recibido su recomen­dación”.

Pensad en el potencial que puede existir si todos los que poseen el sacer­docio se comprometiesen activamente en la obra del Señor. Comparándolo con lo que tenemos disponible, estamos trabajando con menos de la mitad del poder.

En la obra misional, algunas de las estacas han elevado sus metas a tal pun­to, que cada barrio tendrá tantos miem­bros nuevos como los que tenía una es­taca. En cuanto a la obra en el templo, he visto estacas trabajando por medio del poder del sacerdocio, conseguir in­crementos anuales mayores que el total de algunas estacas. En cada actividad en la que participa el sacerdocio, me emo­ciona ver lo mucho que podemos lograr si tenemos suficiente fe para movilizar el gran ejército de hombres del sacerdo­cio. No queremos testimonios como los de Lamán y Lemuel. Y sé que algunos dicen, “no sabe lo difícil que es nuestro quorum”. Bueno, tampoco fue fácil para Nefi, pero él tenía un testimonio. Dejo mis palabras en el nombre de Jesucristo. Amén.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s