El lenguaje del Espíritu

Conferencia General Octubre 1975

El lenguaje del Espíritu

Por el élder Joseph B. Wirthlin
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos y amigos, es un pri­vilegio estar en este sagrado lu­gar y participar de esta inspirada confe­rencia. Sé que el Espíritu del Señor está aquí porque lo he sentido y confío en que vosotros lo hayáis sentido también, porque vuestra fe y oraciones magnifi­can esa divina presencia. En verdad, nos reunimos con el propósito de testificar al mundo que ésta es la Iglesia de Dios y que el presidente Spencer W. Kimball es un verdadero Profeta de nuestro Pa­dre Celestial. Estoy seguro de que mi padre habría estado realmente emo­cionado en este día si hubiera podido oír y presenciar el sostenimiento del hermano Lee como Autoridad General. Él amaba a los lamanitas; también noso­tros los amamos y es por eso que esta­mos tan complacidos con su llamamien­to.

Últimamente hemos observado en la gente de Europa un espíritu de inquie­tud y zozobra. ¿A qué se debe esto? Es que hay una especie de hambre roedor en el corazón humano que si no se ali­menta con las verdades del evangelio, deja la vida vacía y completamente des­provista de paz. Los distintos sistemas económicos que defienden los llamados “sabios del mundo”, han solucionado algunos problemas, si a eso se le puede llamar solución; pero estas soluciones no han traído un bienestar auténtico.

Este tipo de “cúratodo” ha condu­cido a la humanidad a interesarse en lo mundano y en el poder que dan las co­sas materiales, cegándola a la verdad de que sólo una vida justa y firmante dedicada a vivir diariamente los mandamientos de Dios, puede traer la verdadera felicidad. Cualquier otra cosa deja al corazón con una gran sed interior una sed que debemos identificar y definir para luego advertir al mundo. He visto cómo se han cumplido en  Europa las palabras de Amos de que habría “hambre en la tierra, no hambre de pan sino de oír la palabra de Jehová” (Amos 8:11).

Hay algunas simples verdades que me gustaría volver a exponer y reafirmar brevemente. Recientemente he tenido algunas experiencias que me han hecho meditar.

Primero, más que nunca tengo la certeza de que hay un medio de comunicación que supera el poder de las palabras. Es verdad que éstas son indispensables, pero, tal como lo atestigua la historia, el arte de entender abarca mucho más que el simple uso de la palabra. Un espíritu extraño puede convertir el lenguaje más claro en poco menos que una maraña de palabras inútiles

He observado que en la Iglesia no hay barreras de lenguaje y que hay una fuerza poderosa que supera el alcance de los mensajes expresados tan sólo con palabras; ésta es la de los mensajes que se dan por medio del Espíritu y que llegan al corazón de quienes los escuchan En cualquier parte del mundo el dulce Espíritu de nuestro Salvador se comunica con todos los que buscan la verdad sin distinción de lenguas o dialecto; es un mensaje universal que llega al corazón de todos los que desean escuchar. Yo he sentido ese Espíritu en mis últimas experiencias, cualquiera fuera el idioma que se hablara, y testifico de su poder y autenticidad. Para comunicar el evangelio a todo aquel que lo busque, el espíritu opera en la actualidad tal como lo hizo en el día de Pentecostés.

En Doctrinas y Convenios, hay una impresionante descripción de este mila­gro:

“Porque acontecerá que en aquel día, todo hombre, por conducto de aquellos a quienes se confiera este poder, oirá la plenitud del evangelio en su propia lengua, y en su propio idioma por la ministración del Consolador, derramado sobre ellos para revelar a Jesucristo.” (D. y C. 90:11.)

Lo que el poder del Espíritu puede comunicar más allá del significado de las palabras, se puede entender clara­mente por una experiencia del hermano Peter Mourik, director de Bienes Raíces de la Iglesia en Europa. Él se había reunido con altos funcionarios de la ciudad, incluso el intendente, para ne­gociar acerca de la posible compra del antiguo edificio municipal, que desea­ban convertir en un centro de reuniones para la Iglesia. También estaba presente el intendente de la localidad vecina, debido a que recientemente se habían hecho cambios en los límites de la ciu­dad y dicha transacción involucraba a ambas comunidades.

El caballero que hizo las presenta­ciones dijo en forma frívola: “Deseo presentarles al señor Mourik, que re­presenta esta denominación. . .digo, esta secta. . . este grupo”. Y finalmente terminó diciendo, “esta Iglesia”. Enton­ces, el hermano Mourik levantó la mano y dijo: “Protesto, señor intenden­te”. El intendente replicó: “La reunión ni siquiera ha empezado, ¿por qué pro­testa?” El hermano Mourik contestó: “Antes de comenzar, quisiera que todos entendieran a quién y qué represento. Represento a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la única Iglesia verdadera que hoy tenemos so­bre la faz de la tierra”.

Esta declaración provocó la hilaridad del grupo y entonces el intendente dijo, dirigiéndose al caballero que había pre­sentado al hermano Mourik: “Es mejor que tenga cuidado con lo que dice acer­ca de esta Iglesia”.

El hermano Mourik pensó que esto ya había aclarado las cosas, pero enton­ces, el intendente del pueblo más pe­queño dijo: “Desearía decir algo acerca de esta iglesia. Les hemos alquilado una casa para una escuela por dos años y encuentro que son gente verdaderamente excepcional; yo mismo voy muy a menudo a la piscina de la escuela. Una noche, me encontré con que los miem­bros tenían una reunión especial junto a la piscina: estaban llevando a cabo un servicio bautismal. Silenciosamente me senté atrás de todos y me puse a obser­var. Cantaron un himno que me pareció bellísimo; luego alguien ofreció una oración y cuando dijo “Amén,” todos contestaron “Amén”, y esto me impre­sionó mucho. Seguidamente una jovencita se puso de pie y habló acerca de lo que Cristo y la Iglesia significaban para ella; estaba emocionada y me emocionó a mí también. Me sentí tan conmovido por la sinceridad y la unidad espiritual de esta gente, que cuando llegué a mi casa le dije a mi esposa que desearía averiguar más sobre esta Iglesia”.

Cuando el intendente terminó de ha­blar el hermano Mourik dijo: “Señor in­tendente, usted sería un buen obispo en nuestra Iglesia”, y todos volvieron a reír, pero el ambiente de la reunión había cambiado completamente. El Espíritu del Señor estaba allí y hablaba al corazón de los presentes.

El hermano Mourik había tenido el valor de dar su testimonio y ese testi­monio, acompañado por el poder del Espíritu, inspiró al intendente a expre­sar ante los funcionarios municipales una opinión favorable acerca de la Igle­sia. Lo que el Espíritu puede comunicar al corazón de los hombres va más allá del poder de la palabra.

La segunda verdad, que se reafirmó en mi vida de misionero, es que el Señor comunica sus propósitos en una forma misteriosa y maravillosa. Un mi­sionero nuevo en Italia, llamado Gary D. Shaw, descubrió esta realidad siguiendo la inspiración del Espíritu; hacía apenas dos semanas que había llegado al campo misional cuando su compañero se enfermó y como con­secuencia, debieron permanecer en su casa. El élder Shaw, movido por el Espíritu y su gran deseo de hablar con alguien acerca del evangelio, tomó la guía telefónica en donde hay alistados más de tres millones de nombres y eli­gió tres. Nadie contestó al primer lla­mado; al segundo contestó una mujer que le dijo que no estaba interesada y peor aún, agregó que no podía entender su mal italiano y su terrible forma de expresarse. Un hombre contestó a su tercer llamado. Cuando el élder Shaw se presentó recibió una respuesta amisto­sa; este señor dijo que su nombre era Mabiglia y que con gusto recibiría a los élderes. La cita hecha en forma tan mi­lagrosa se convirtió en una reunión es­piritual, edificante e inspiradora. Des­pués de la primera lección, el señor Ma­biglia dijo: “¡Qué maravilloso! Por dos años he trabajado en un banco situado en una calle donde los misioneros han repartido folletos una y otra vez. Prácti­camente ignoraba su presencia, no me atrevía a hacerles preguntas, y ahora los he conocido en esta forma tan milagro­sa.” A esta altura, deseo cambiar lo de “señor” por “hermano”, porque des­pués de recibir las lecciones, el hombre que había sido llamado por teléfono se bautizó y ahora es el hermano Mabiglia, quien sirve actualmente en la Presiden­cia de la Rama de Nápoles.

Permitidme agregar ahora que yo sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que el Padre y el Hijo se aparecieron al profeta José Smith. Que por su interme­dio se restauró el verdadero y eterno evangelio entre nosotros, para que po­damos alcanzar la gloriosa exaltación como hijos de nuestro Padre Celestial. Y testifico estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s