El espíritu misional

Conferencia General Octubre 1975

El espíritu misional

Por el élder Rex D. Pinegar
Del Primer Consejo de los Setenta
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Por medio de su Profeta, el Señor nos ha encomendado que lleve­mos a otros el mensaje de la Iglesia y que lo hagamos hoy.

El celo con el que los miembros de la Iglesia han respondido al llamado del Presidente Kimball es fascinante. Du­rante el año 1973, nuevos misioneros ingresaron a las filas del campo mi­sional en un promedio de aproximada­mente 761 por mes. En 1974, el prome­dio mensual aumentó a 847 misioneros y durante los primeros nueve meses de 1975 este promedio ha sido de aproxi­madamente 1.200 por mes. El espíritu con el que tanto los jóvenes como los adultos están respondiendo al llamado, se expresa a las claras en las palabras de uno de ellos cuando escribió:

“No pude contener las lágrimas cuando recibí el llamamiento misional, no porque estuviera triste, o con miedo, sino de gozo por la confianza que el Señor había depositado en mí. Nefi tu­vo la fe que yo deseaba tener; ahora tengo una tarea lo suficientemente vasta como para aplicar esa fe.”

Todos sabemos de misioneros que hacen grandes sacrificios a fin de cum­plir con el llamamiento del Señor. No es poco común encontrar destacado deportistas que interrumpen sus prometedoras carreras para ingresar en las filas misionales; otros jóvenes pos- ponen su educación y su preparación profesional para “tomar las armas” del Señor.

Como representante de estos nobles ejemplos tenemos a un joven de Brasil;

Fernando Requino estaba en un reunión sacramental en su pequeña rama cuando escuchó que el presidente de misión recalcaba la declaración del presidente Kimball de que cada joven debería prepararse para el servicio misional. Hasta ese momento no había pensado que podría o sería necesario prepararse para una misión. Ya había comenzado a aprender un oficio; se mantenía y ganaba apenas lo suficiente para pagar su educación. Sus padres no eran miembros de la Iglesia, ni simpati­zaban con su afiliación a la misma. Aun así las palabras del Profeta le quedaron grabadas en el corazón y la mente.

Una mañana se acercó a su padre y le dijo lo mucho que lo amaba y respe­taba. Después, llenándose de todo el va­lor posible, miró directamente a los ojos de su progenitor y con voz suave y hu­milde le dijo: “Papá, deseo que me des tu permiso para salir a cumplir una mi­sión para el Señor, para servir como misionero en la Iglesia a la cual pertenez­co.”

Su padre se opuso terminantemente. Le recordó que él no contaba con los re­cursos financieros como para costearse tal empresa. Con las lágrimas rodándole por las mejillas, Fernando ofreció ven­der el pedazo de tierra que era su here­dad y usar el dinero para costearse los gastos de la misión. Le explicó a su pa­dre cómo un Profeta de Dios había soli­citado que cada joven se preparara para cumplir una misión para el Señor; le di­jo que él había ayunado y orado duran­te tres días y que el Señor le había indi­cado lo que debía hacer para cumplir con esa responsabilidad del sacerdocio. El corazón del padre se enterneció abrazó a su hijo y juntos lloraron. “Si tu deseo de ir es tan grande que deseas aun sacrificar toda tu herencia”, le dijo “te concederé el permiso para que va­yas. No tendrás que vender tu propie­dad. Yo te daré el apoyo financiero para tu misión.”

El Señor abre la puerta para que los que tengan el deseo, sean obedientes y fieles y estén deseosos de sacrificarse, puedan servirle.

Recientemente tuve el privilegio de reunirme con algunos misioneros en Stuttgart, Alemania. Hablamos de la ur­gencia de nuestro trabajo y examinamos los métodos para mejorar la eficacia de los esfuerzos de proselitismo. Tratamos el desafío del presidente Kimball de que los misioneros fueran ocho veces más eficaces al obtener oportunidades para enseñar. Cuando un grupo de él­deres regresó a su departamento des­pués de la reunión, uno de ellos dijo: “Si el Profeta del Señor dice que pode­mos hacerlo, podremos; ya encontrare­mos la manera”. Y lo hicieron. Estudia­ron, oraron y trabajaron. Al finalizar la siguiente semana de proselitismo las cinco parejas de misioneros habían pre­sentado 200 lecciones. Cada pareja había cumplido la meta de ser ocho ve­ces más eficaz.

En cada parte del mundo que he tenido el privilegio de visitar, he visto ejemplos similares de celo y devoción. Los miembros en las ramas y barrios también están poniendo en práctica el llamado del Señor.

Uno de esos valientes miembros es un hermano de Guaratengeta, Brasil, que comparte el evangelio en forma continua, infatigable. Cuando conoce a una persona se presenta mediante una tarjeta impresa que dice: Eider E. J. Sari- va, Sión. Muy a menudo las personas le preguntan, “¿Qué significa eso de Sión?”. A lo cual él responde, “¿Usted no sabe de Sión? Permítame explicarle qué es Sión”. Entonces le habla a su in­terlocutor de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Valién­dose de esta técnica tan audaz y con gran amor y celo por el Señor, el her­mano Sariva ha sido el instrumento pa­ra que ciento treinta almas se hayan unido al reino de nuestro Padre Celes­tial.

Otro fiel soldado para el Señor es un conductor de taxi, que en su coche tiene un letrero que dice, “A mime importa”. La mayoría de sus pasajeros le pregun­tan, “¿Qué es lo que a usted le impor­ta?” Este buen hermano entonces expli­ca que pertenece a una Iglesia que se preocupa por sus miembros. Si los pa­sajeros hacen más preguntas él Ies pre­senta una copia del Libro de Mormón, copias que lleva junto a sí en el asiento. Este fiel miembro ha participado en la conversión de más de doscientas almas.

¡Qué tiempo más hermoso para estar aquí, sobre la tierra! A medida que ob­servamos el progreso de la obra, deseo que todos participemos y lleguemos a ser parte íntegra del mismo. Que poda­mos por medio de un fiel servicio reco­ger el fruto de la cosecha de las semillas plantadas en la viña del Señor. Testifico que este es el reino de Dios sobre la tie­rra y que su fiel mayordomo y Profeta es Spencer W. Kimball. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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