Anécdotas excepcionales

Conferencia General Octubre 1975

Anécdotas excepcionales

Por el élder Sterling W. Sill
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Como parte del programa de cada una de las reuniones de directores que se efectuaron en 1966, en conexión con las conferencias trimestrales de es­taca, se presentaron durante unos dos o tres minutos breves relatos de anécdo­tas excepcionales. Una anécdota excep­cional es parte de una experiencia in­sólita vivida por una persona, pero que se aplica a la vida de muchas otras.

Una parte interesantísima de la per­sonalidad humana, es que cada indivi­duo ha sido dotado por la creación con el instinto de coleccionista; y así como las ardillas coleccionan bellotas, al­gunas personas coleccionan estampillas, mariposas y monedas, y hay otros que coleccionan acciones, bonos y pólizas de seguro, cuentas bancarias y bienes raíces. También coleccionamos actitu­des, habilidades, hábitos y rasgos de personalidad.

Desde 1966 yo he coleccionado setenta y dos breves anécdotas excep­cionales. Estos son segmentos de las ex­periencias de alguien, los cuales he cin­celado, pintado y pulido, y aun memorizado y grabado, a fin de que estén dis­ponibles eternamente para mi propio uso personal. En los doce minutos que se me han asignado esta tarde, quisiera presentaros como un regalo, cuatro anécdotas excepcionales de tres minu­tos cada una.

Esta es la primera:

Después del asesinato de Julio César, el mundo se dividió en dos grandes campos de batalla. Uno estaba dirigido por los conspiradores de Bruto y el otro por Octavio César y Marco Antonio, un amigo de Julio César. Durante la larga y ardua guerra que siguió, Marco Antonio se distinguió como el soldado más gran­dioso en el mundo. Podríamos pregun­tarnos, “¿cómo hizo para lograrlo?” Si pudiéramos descubrir los secretos de su éxito, podríamos reproducirlos en nues­tra propia vida. A continuación daré al­gunas de las claves que se han men­cionado en relación con los logros de Marco Antonio: “Armado con su con­vincente habilidad para dirigir la pala­bra, el poder de su lógica, el valor de su habilidad para dirigir y la autodisciplina que lo caracterizaba, arrasó con todo lo que se le ponía delante. Tomó sobre sí las tareas más difíciles con la más asombrosa disposición; durante semanas vivió con una dieta de insectos y cortezas de árboles. Y así se ganó la indiscutible lealtad de sus hombres, el elogio del pueblo, el apoyo de Octavio y la confianza en sí mismo”. Teniendo en su contra tal destreza y dedicación, los generales enemigos abandonaron uno a uno la batalla. Y cuando ganó la guerra, Marco Antonio ocupó el lugar que antes había tenido el grandioso Ju­lio César, como amo y señor del mun­do. Pero cuando hubo pasado la nece­sidad de luchar, se convirtió en un ser ocioso, y la ociosidad es la causante de algunos de los fracasos más trágicos de la vida.

Marco Antonio se dirigió a Egipto donde cayó en los brazos amorosos de la hechizante reina Cleopatra; allí llegó a ser víctima de los lujos agradables, de la perfumada elegancia y la inmoralidad de la corte egipcia. Su grandiosa mente se nubló con las llamas del vino y se convirtió en lo que Plutarco llama “un General sólo de nombre”. Cuando abandonó sus mejores cualidades, per­dió la lealtad de sus hombres, la ova­ción del pueblo, el apoyo de Octavio y su propio respeto. Finalmente se envió una guardia de soldados para que to­maran prisionero a Marco Antonio y lo llevaran a Roma encadenado. Ya no era necesario enviar un ejército para ven­cerlo, sino sólo un puñado de los solda­dos más mezquinos.

Sin embargo, Marco Antonio evitó que lo arrestaran y se enterró una daga en el corazón y, mientras yacía agoni­zante le dijo a Cleopatra que no había existido ningún poder en el mundo suficientemente fuerte como para ven­cerlo, con excepción de su propio po­der:  Sólo Antonio puede conquistar a Antonio”. Y así, mientras contemplaba la llegada de los soldados romanos y pensaba en la desgracia que había traído sobre su pueblo, y la vergüenza y humillación que había causado a su fa­milia, pronunció su último discurso que William Haines Lytle ha traducido y en el que Antonio le dice a Cleopatra:

“No permitas que los subordinados
De César escarnezcan al león caído.
No fue soldado el que provocó su caída,
Sino él mismo quien el golpe se asestó.
Fue aquel que hoy reposa en tu rega­zo
Quien se alejó de la gloriosa luz,
El que embriagado en tus caricias,
Insano todo un mundo despreció.”

(“Antony and Cleopatra” The Best Lo- ved Poems of the American People, Comp. Hazel FellemaYt, Carden City, New York: Doubleday and Company, 1936, pág. 203.)

Este hombre había tenido en sus manos el control de todo el mundo y no había ninguno sobre la tierra con el po­der suficiente para quitárselo; solo él mismo. Pero nosotros tenemos a nues­tro alcance un mundo que es mucho más significativo que aquel al que per­tenecía Marco Antonio. No hay ningún poder en el universo que pueda inter­ponerse entre nosotros y el reino celes­tial, sólo nuestro propio poder. Sólo Antonio puede conquistar a Antonio.

La segunda anécdota es de “The Pil­grim’s Progress” (El progreso del pere­grino), de John Bunyan:

Él nos hace el relato de un hombre que se pasó su vida entera rastrillando el tamo y el estiércol de la tierra. Sin embargo, había constantemente un án­gel suspendido sobre su cabeza, con una corona celestial en la mano y le ofrecía cambiarle la corona por el rastri­llo. Pero siendo que este hombre se había preparado sólo para dirigir la vis­ta hacia abajo, pasó por alto la opor­tunidad que el ángel le brindaba y con­tinuó rastrillando el tamo y la basura de la tierra.

También hay un ángel que está sus­pendido sobre nuestra cabeza, con una corona celestial en la mano y nos pro­mete cambiarla por nuestro rastrillo si sólo dirigimos la vista hacia Dios con toda fe, rectitud y comprensión. A la bestia se le dieron cuatro patas y por tal motivo su visión está limitada a la tie­rra; pero el hombre fue creado a la ima­gen de su Creador, de tal forma que pueda mirar hacia Dios. Nosotros tene­mos un himno, que dice:

Oh, alza ya, alma, tu faz
La aflicción deja atrás
Deja la senda del error
Recibe ya a tu Señor.

Y alguien que siguió ese consejo, re­cuerda esa experiencia diciendo:

Mis ojos más allá de las alturas ele­vé,
Y tener prestas alas anhelé
Que me llevaran a la Cresta ilumina­da
Como lo hace mi espíritu también.

Y aunque mis pies en tierra se man­tengan,
Forzado los trayectos a recorrer,
Cada vez que miro hacia arriba Derivo por ese hecho más poder.

La tercera anécdota tiene su origen en la mitología griega y es la historia de Pigmalión y Galatea:

Pigmalión era un escultor de Chipre y como todos los grandes artistas, ama­ba su trabajo. Entonces, llegó el día en el cual creó su gran obra maestra; en in­mortal marfil esculpió la estatua de una bellísima mujer y mostró la forma hu­mana y los rasgos de su personalidad en toda su excelencia. Trabajó incansable­mente, semana tras semana y mes tras mes, hasta que finalmente terminó la estatua. Fueron tan maravillosos la de­voción y el amor que Pigmalión prodigó a su obra, que los dioses decretaron que la estatua tuviera poder para respirar, moverse y vivir. Y cuando la obra maes­tra descendió de su pedestal, Pigmalión la llamó Galatea y se casó con ella. Pero esto es mucho más que un simple mito. La historia de Pigmalión es la historia de cada ser humano; porque Dios de­cretó que todo aquel que ame a su obra, logrará que su obra tenga vida.

La cuarta anécdota se refiere al rey Ricardo Corazón de León, que gobernó Inglaterra durante la segunda parte del siglo XII:

Ricardo organizó una cruzada a la Tierra Santa para quitarles a los turcos el Santo Sepulcro. La expedición no tu­vo éxito y Ricardo fue capturado y con­finado a una prisión extranjera. Durante su ausencia, los traidores se posesiona­ron del gobierno, y cuando el rey logró escapar y regresar a Inglaterra, por ra­zones de su seguridad personal fue ne­cesario que se vistiera con ropa común y sin armadura. Cuando regresó a su país en secreto reunió a algunos de sus más fieles seguidores con la idea de que Inglaterra volviera a manos de sus legítimos gobernantes. Una de las pri­meras cosas que hizo después de formar este pequeño grupo, fue atacar el casti­llo de Torquilstone, que era la fortaleza del enemigo en la cual Ivanhoe, el fiel amigo y seguidor del rey, había sido he­rido y puesto en prisión.

Cuando Ivanhoe escuchó los ruidos del asalto que se iniciaba afuera del cas­tillo y siendo que estaba imposibilitado de levantarse del lecho por las heridas y la pérdida de sangre, pidió a su enfer­mera, Rebeca, que se parara cerca de la ventana y le explicara lo que estaba sucediendo. La primera cosa que desea­ba saber era quién dirigía a los atacan­tes; con ese fin le pidió a Rebeca que le describiera la insignia o cualquier otra marca en la armadura del líder, pues así podría saber quién era y qué esperanzas tenía de ser rescatado. Rebeca le infor­mó que el líder peleaba con una arma­dura común y sin marcas y que no tenía insignia ni identificación alguna. Ivan­hoe dijo: “Entonces dime cómo pelea y yo sabré quien es.” (Esto quiere decir que cada uno tiene un conjunto de ras­gos tan característicos como sus huellas digitales y que la mejor clave para nues­tra identificación es lo que hacemos.) Así fue que Rebeca trató de describir a este grandioso caballero que vestía una armadura negra mientras contendía y movía su potente espada con poderosos golpes, asaltando el castillo casi sin ayuda. Y éstas son algunas de las cosas que ella le describió: “Caen sobre él las piedras y vigas de las paredes del casti­llo, pero él las trata como si fueran plu­mas o pajas. Pelea como si tuviera la fuerza de veinte hombres en un solo brazo. Es peligroso pero aun así, mag­nífico, presenciar cómo el brazo y el corazón de un solo hombre pueden triunfar sobre cientos”. Supongo que el brazo de Ricardo no sería más fuerte que el de cualquiera de sus guerreros, pero no era de allí de dónde provenía su fortaleza. Rebeca había dicho: “El bra­zo y el corazón de un solo hombre.” Ri­cardo estaba peleando con su corazón, estaba luchando por su Patria; y cuando uno comienza a poner su corazón en lo que está haciendo, es entonces cuando se pueden producir los milagros.

Ivanhoe desconocía quien era ese hombre; aunque sabía que Ricardo pe­leaba de esa manera, y que nadie podía luchar como el rey, creía que éste to­davía estaba prisionero en un calabozo.

Fue en esa ocasión cuando rindió tribu­to a un líder desconocido, pues era ca­paz de reconocer los rasgos que caracte­rizan a la grandeza. Sus palabras fueron: “Juro por el honor de mi casa que soportaría diez años de cautiverio para luchar un solo día al lado de ese gran­dioso hombre, en una contienda como ésta”. No podría haber para él una tor­tura mayor que el cautiverio, pero aun así declaró: “Con gusto languidecería diez años en un calabozo, por el privile­gio de luchar bajo el estandarte de un hombre grandioso y por una causa jus­ta”.

Nuestra causa es justa, es la más grandiosa que se haya conocido en el mundo; la única pregunta que po­dríamos hacernos es: “¿Cómo luchare­mos?” Y nuestro Líder nos ha dicho: “Por lo tanto, oh vosotros que os em­barcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparez­cáis sin culpa ante Dios en el último día” (Doc. y Conv. 4:2).

Ahora, como un regalo especial, me gustaría hablaros del testigo de una de las experiencias más extraordinarias que se han llevado a cabo sobre la tie­rra, cuando el primer Profeta de nuestra dispensación declaró al mundo:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive!

Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre—

Que por él, y mediante él, y de él los mundos son y fueron creados, y los ha­bitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.” Doc. y Conv. 76:22- 24.)

Que el Señor nos bendiga con su Espíritu a fin de que seamos elevados a la Gloria Celestial; lo ruego sinceramen­te en el nombre de Jesucristo. Amén.

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