Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Liahona de Febrero 1988

Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Constantemente se nos recuerda, tanto por medio de los himnos como en forma oral o escrita, que la familia es la base de una vida recta, y que ninguna otra institución puede tomar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales.

Una casa se construye de madera, cemento, piedras o ladrillos. Una familia se edifica con amor, sacrificio y respeto. Una casa puede ser un paraíso cuando cobija a la familia. Esta puede ser grande o pequeña y estar compuesta de gente joven o vieja; puede estar bien constituida o ser desorganizada y tener serios problemas; puede estar formada por padre, madre e hijos de ambos sexos, solteros todavía, o por un matrimonio solo. Pero, sea cual sea la condición, continúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Aprendamos del Supremo Arquitecto

Ya sea que nos estemos preparando para establecer nuestra propia familia o simplemente considerando cómo hacer un paraíso de la que ya tenemos, todos podemos aprender del Señor. Él es el Supremo Ar­quitecto, y nos ha enseñado cómo edificar un hogar.

Mientras Jesús caminaba por los polvorientos ca­minos de los pueblos y las aldeas, que en la actuali­dad llamamos reverentemente Tierra Santa, y enseñaba a sus discípulos en la hermo­sa Galilea, lo hacía fre­cuentemente por medio de parábolas, en un lenguaje que las perso­nas podían comprender con más facilidad. Mu­chas veces se refirió a .la edificación del hogar.

En una oportunidad declaró que “toda. . . casa divi­dida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Y en los últimos días advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden. . . y no de confusión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que recibió el profeta José Smith en Kirtland, estado de Ohio, el 27 de diciem­bre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; pre­parad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de glo­ria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. v C. 88:119).

¿Dónde podríamos encontrar un diseño más apro­piado para establecer sabia y adecuadamente nuestro hogar? Este sería como el que Mateo describió, una casa edificada “sobre la roca”, capaz de resistir las lluvias de la adversidad, los ríos de la oposición y los vientos de la duda que se encuentran permanente­mente presentes en el turbulento mundo en que vivi­mos. (Véase Mateo 7:24—251)

Algunos podrían preguntarse: “Pero si esa revela­ción se dio como guía para la construcción de un templo, ¿se puede también aplicar a la vida familiar?

Yo les respondo:

¿Acaso el apóstol Pablo no dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en voso­tros?” (1 Corintios 3:16.)

Dejemos que el Se­ñor sea el Arquitecto Maestro de la familia, del hogar que establez­camos. Entonces cada uno de nosotros será el constructor de ese ho­gar y de esa familia.

Quisiera mencionar al­gunas normas dadas por Dios, lecciones de la vi­da, y puntos para consi­derar a medida que construimos.

Arrodillémonos a orar

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y el enderezará tus vere­das.” (Proverbios 3:5-6.)

Así habló el sabio Salomón, el hijo de David, rey de Israel.

En el continente americano, Jacob, el hermano de Nefi, de­claró: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” (Jacob 3:1).

Este consejo inspira­do de los cielos tiene para nosotros en la ac­tualidad el mismo valor que el agua pura y cris­talina para la reseca y sedienta tierra por­que vivimos en tiempos de gran inquietud.

Los consultorios médicos de todo el mundo se en­cuentran llenos de pacientes aquejados de problemas emocionales al igual que de aflicciones físicas. Nuestros tribunales manejan enorme cantidad de casos de divorcio debido a que mucha gente no ha po­dido resolver sus conflictos. En las grandes compañías modernas existen comités especia­les que pasan largas ho­ras tratando de ayudar a la gente que tiene pro­blemas.

Un empleado de per­sonal encargado de atender a los que nece­sitan ayuda puso sobre su escritorio un cartelito para todos aquellos que tenían problemas para resolver.

El cartel decía: “¿Ha probado orar?” Esta persona qui­zás no se diera cuenta en toda su magnitud de que el consejo que daba puede resolver más pro­blemas, aliviar más su­frimiento, prevenir más transgresiones y brindar mucha más paz y tran­quilidad en el alma hu­mana que cualquier otro método que se pueda utilizar.

A un destacado juez de los Estados Unidos se le preguntó qué po­demos hacer los ciuda­danos de diferentes países del mundo para reducir el crimen y la desobediencia a las leyes y para que haya paz y tranquilidad en nuestra vida y en nues­tras respectivas nacio­nes. Pensativamente contestó: “Yo diría que vol­ver a la antigua práctica de la oración familiar”.

¿No os sentís agradecidos de que la oración fami­liar no sea algo pasado de moda para nosotros? No hay nada en el mundo más bello que ver a una familia unida en oración. Hay realmente un gran significado en lo que se dice de que “la familia que ora unida se mantiene unida”.

El Señor nos mandó que tuviéramos oracio­nes familiares cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siem­pre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas y vues­tros hijos” (3 Nefi 18:21).

Pensemos en una típica familia de la Igle­sia ofreciendo sus ora­ciones al Señor. El pa­dre, la madre y los hijos están hincados, con la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Un dulce espíritu de amor, uni­dad, y paz inunda el hogar. ¿Piensan que el padre, al escuchar a su pequeño hijo orar a Dios, pidiendo que su papá haga lo que es correcto y obedezca los manda­tos del Señor, puede te­ner dificultad en hacer lo que su niño ha pedi­do?  O una adolescente, al oír a su dulce madre rogar al Señor que ins­pire a su hija para que seleccione bien a sus ami­gos, para que se prepare a fin de poder casarse en el templo, ¿no creen que trataría de hacer todo lo posible por que se cumpla lo que su ma­dre, a la que ama tanto, ha pedido en humilde oración? Y cuando un padre, una madre y to­dos los hijos oran in­tensamente pidiendo que los varones de la fa­milia vivan dignamente para que cuando llegue el momento puedan re­cibir un llamamiento para servir como em­bajadores del Señor en los campos misionales de la Iglesia, ¿se dan cuenta de que esos muchachos crecerán con el firme deseo de servir como misioneros?

Al ofrecer a Dios nuestras oraciones fami­liares y personales, ha­gámoslo con fe y con­fianza en El. Si alguno de nosotros ha sido len­to para escuchar el con­sejo de que debemos orar siempre, no hay mejor momento que ahora para comenzar a hacerlo. Aquellos que piensan que la oración puede ser un síntoma de debilidad deben re­cordar que una persona nunca es más grande que cuando está de ro­dillas.

Sirvamos diligentemente

Para obtener un ejemplo de lo que es el servicio, sólo tenemos que recordar la vida del Señor. Al ministrar en­tre los hombres, la vida de Jesús fue como un resplandeciente faro de bondad. El fortaleció nuevamente los inútiles miembros de los paralíticos, dio vista a los ojos de los ciegos, oído a los Sordos y vida al cuerpo de los muer­tos.

Sus parábolas son una prédica sobre el poder que cada uno de noso­tros puede encontrar dentro de sí. Con la pa­rábola del buen samaritano enseñó: “Amarás a tu prójimo”. Por medio de la bondad demostrada a la mujer adúltera, enseñó una comprensiva compasión. En su parábola de los talentos nos enseñó a todos que debemos superarnos y esforzarnos por lograr la perfec­ción. Es como si nos hubiera estado preparando para el papel que desempeñaríamos al establecer una fami­lia eterna. Las personas que elevan a otras no depen­den de los demás para obtener su propia fortaleza.

Los que cumplen con la voluntad del Señor y obede­cen sus mandamientos no ponen en duda su palabra. La gente que sirve a las demás personas no tiene tiempo para estar de mal humor, resentirse o tener lástima de sí misma.

En la vida de nuestro Profeta, el presidente Ezra Taft Benson, y en su familia encontramos un buen ejemplo de lo que es el servicio diligente. El presi­dente Benson contó a las Autoridades Generales las circunstancias en que su padre respondió al llama­miento para servir en una misión: Dejó a su esposa, que estaba esperando un bebé, a sus siete hijos, la granja y todo lo que poseía para ir a servir. ¿Perdió acaso algo? Nuestro Profeta nos cuenta que su madre reunía a todos los hijos alrededor de la mesa de la cocina y allí, a la vacilante luz de la lámpara de pe­tróleo, les leía las cartas que recibía del esposo. Va­rias veces durante la lectura tenía que parar para enjugarse las lágrimas que brotaban incesantemente de sus ojos. ¿Cuál fue el resultado? Que llegado el momento todos sus hijos sirvieron en una misión, to­dos sirvieron diligentemente.

Ayudemos a los que van por mal camino

En la travesía de la vida hay muchos que se desvían de la buena senda, que hacen caso omiso de las señales del camino que lleva a la vida eterna, para luego descubrir que el desvío que eligieron no los conduce absolutamente a ningún lado. La indiferen­cia, la negligencia, el egoísmo y el pecado cobran un alto precio en la vida de los seres humanos. En mu­chas familias existen personas que inexplicablemen­te, sin ninguna razón aparente, se rebelan, y luego se dan cuenta de que lo único que lograron fue sufri­miento y pesar.

Al final del año 1985 la Primera Presidencia ex­presó su preocupación por los miembros que habían abandonado el redil de Cristo, en una declaración especial titulada “Una invitación a regresar”. El mensaje contenía la siguiente súplica: “Recomenda­mos a los miembros de la Iglesia que perdonen a los que les hayan ofendido. A aquellos que se han hecho inactivos y a los que han empezado a criticar la Igle­sia ‘Regresen. Regresen y siéntense a la mesa del Se­ñor, para probar nuevamente los dulces y agradables frutos del hermanamiento con los santos’. Estamos seguros de que muchos han deseado regresar, pero se han sentido incómodos ante la idea. Les aseguramos que encontrarán brazos abiertos para recibirlos y ma­nos dispuestas a ayudarlos.”

Debemos extender esa misma invitación cariñosa a los integrantes de nuestra familia que han abandona­do los senderos de la verdad. El amor es el lazo de unión, el bálsamo que cura. Jamás debemos dejar de amar, ni siquiera a los miembros de nuestra familia que nos hayan causado aflicción. El Señor nos ha ordenado que debemos vivir “juntos en amor” (D. y C. 42:45).

Hincaos a orar. Servid diligentemente. Ayudad a aquellos que van por mal camino. Cada uno es una parte vital del diseño preparado por el Señor para hacer de nuestro hogar un pedacito de cielo.

Edifiquemos con habilidad, de la manera correcta y siguiendo Su diseño. Entonces el Señor, que es nuestro inspector en dicha construcción, nos podrá decir, como lo hizo cuando se le apareció a Salomón, constructor de la antigüedad: “Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi co­razón todos los días” (1 Reyes 9:3). Entonces tendre­mos hogares celestiales y familias eternas. Humilde y sinceramente ruego para que todos podamos recibir esta inmensa bendición. □

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