Una ciudad sobre una colina

Liahona de Noviembre de 1990

Una ciudad sobre una colina

Por el Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia


“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid y subamos al monte de Jehová, a la casa del dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas,” (Isaías 2:3.)

Siempre recordaré la gran experiencia que viví durante la dedi­cación del Templo de Washington. Durante la mayor parte de una semana estuve junto con otras personas, en la entrada del templo, sirviendo de anfitrión a los invitados especiales; entre éstos se encon­traban la esposa del presidente de los Estados Unidos, jueces de la Suprema Corte de Justicia, senadores y diputados, embajadores de diversas naciones, clérigos, educadores y ejecutivos de empresas y negocios. Después de esa semana de invitaciones especiales, más de 300.000 personas caminaron reve­rentemente por ese edificio sagrado.

Diarios y revistas publicaron extensos artículos en cuanto a ese templo y la radio y la televisión llevaron la historia del edificio a muchas partes del mundo. Es de dudar que algún otro edificio construido en el este de los Estados Unidos durante esos años haya atraído tanto la atención del público.

Casi sin excepción, todos los que fueron adoptaron una actitud de admira­ción y de reverencia. Muchos se sintieron profundamente conmovidos. Al dejar el recinto del templo, la Primera Dama de la nación de esa época, la señora de Ford, hizo el siguiente comen­tario: “Esta es en verdad una gran experiencia para mí… es algo de gran inspiración para todos”.

Al encontrarme junto con mis compañeros de tarea, día tras día en ese sagrado edificio, dando la bienvenida a muchas de las más altas personalidades tanto de este país como de todo el mundo, dos pensamientos cruzaron mi mente. El primero estaba relacionado con el pasado; el segundo tenía que ver con el presente y el futuro.

Mis pensamientos volaron hacia 135 años atrás. Los miembros de la Iglesia se encontraban en ese entonces en Commerce, Illinois, sin hogar y desamparados, enfren­tándose a la perspectiva del crudo invierno que se aprox­imaba. Habían sido desalojados de Misuri, huyendo a través del río Misisipí y buscando asilo en el estado de Illinois. En un lugar donde el río forma una gran recodo, habían comprado una sección de tierra, un hermoso sitio, pero tan pantanoso que una yunta de animales de tiro no podía cruzarla sin quedar enterrada en el barro. Ese era el lugar que, con tremendos trabajos y sacrificios, habría de llegar a ser Nauvoo, la hermosa. Pero en 1839 Commerce era el lugar de encuentro de miles de miembros de la Iglesia que habían sido desposeídos de todas sus propie­dades, habiendo quedado en la absoluta miseria; indivi­duos que habían dejado atrás el trabajo y los esfuerzos de años, sus casas, graneros, tierras, capillas y edificios públicos, así como varios centenares de hermosas y pro­ductivas granjas; más aún, enterrados en las praderas debajo del pasto de Misuri, habían dejado a muchos de sus seres amados que fueron muertos por las turbas enfu­recidas. En tales circunstancias, desamparados y despo­seídos, totalmente imposibilitados de recobrar lo que en Misuri constituía su hogar, decidieron recurrir al Presi­dente y al Congreso de los Estados Unidos en busca de ayuda, y José Smith y Elias Higbee viajaron a Washington.

Partieron de Commerce el 20 de octubre de 1839, viajando en un ligero carruaje tirado por caballos. Llega­ron a la ciudad de Washington cinco semanas más tarde. La mayor parte del primer día que pasaron en la capital, la dedicaron a buscar algún alojamiento que pudieran pagar o que estuviera al alcance de sus magros recursos. En una carta que dirigieron a Hyrum Smith decían lo siguiente: “Encontramos el alojamiento más barato que podía conseguirse en la ciudad” (History of The Church of Jesús Christ of Latter-day Sninls, tomo IV, pág. 40).

Al recurrir al presidente de la nación, Martin Van Buren, le expusieron su desesperante caso; el presidente les respondió: “Caballeros, vuestra causa es justa, pero nada puedo hacer por vosotros… Si tomo medidas favo­rables para vosotros, me arriesgaría a perder los votos del pueblo del estado de Misuri” (History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, tomo IV, pág. 80).

Después de su fracaso con el presidente de los Estados Unidos, los delegados de la Iglesia recurrieron al Con­greso de la nación. En las semanas siguientes, de amar­gura y frustración, José regresó a Commerce, re­corriendo la mayor parte del camino a caballo. El her­mano Higbee permaneció en Washington a fin de seguir luchando por la causa de los miembros de la Iglesia, para llegar a conseguir sólo que el Congreso le contestara que no había nada que pudieran hacer al respecto.

¡Cuánto habían cambiado las cosas para la Iglesia desde los tiempos en que José Smith había sido repudiado en Washington, en el año 1839, basta 1974, en que tanto a la Iglesia como al templo se les dio la bienvenida! Tales, en esencia, fueron el primero y el último pensamiento que asaltaron mi mente y corazón durante esos hermosos días dedicados al Templo de Washington.

Entre esos dos capítulos, el primero y el último, corrió la hebra de otros numerosos capítulos intermedios que hablan de la muerte de José y Hyrum en aquel sofocante día 27 de junio de 1844; de la destrucción de la hermosa ciudad de Nauvoo, construida con tantos sacrificios; de las largas caravanas de carretas que cruzaron el río para internarse en el territorio de Iowa; de los campamentos de nieve y barro de aquella funesta primavera de 1846; de Winter Quarters al lado del río Misuri y la terrible difteria, las fiebres y la plaga que diezmó las filas de los santos; del llamado de los hombres a las filas del ejército, llamado hecho por el mismo gobierno que poco tiempo atrás se había negado a oír las súplicas de los santos; de la senda marcada por sepulcros a lo largo del Elkhorn, el Platte y el Sweetwater, ríos de los estados de Nebraska y Wyoming, sobre el South Pass hasta la entrada al valle del Gran Lago Salado; de las decenas de miles de santos que dejaron Inglaterra y el Este de los Estados Unidos para tomar el curso de esa senda, algunos de ellos tirando de carros de mano y muriendo en medio de las miserables condiciones creadas por el crudo invierno del estado de Wyoming; de la interminable tarea de abrirse paso por entre los arbustos de artemisa de los valles de las monta­ñas de Utah; de la excavación de kilómetros y kilómetros de canales de riego, para irrigar la sedienta tierra desértica, a fin de que produjera el sustento necesario; de décadas de clamor y denuncias contra nosotros, origina­das en el fanatismo irracional; del despojamiento de los derechos civiles bajo leyes originadas en el gobierno fede­ral con sede en Washington y ejecutadas por las fuerzas de orden civil enviadas por ese mismo poder gubernamen­tal. Estos son sólo algunos de los capítulos de aquella época histórica.

Gracias sean dadas a Dios porque esas duras épocas ya han pasado. Gracias sean dadas también a todos aquellos que permanecieron fieles, a pesar de las duras pruebas a que se vieron sometidos. ¡Qué precio, qué terrible precio tuvieron que pagar, sacrificio del cual nosotros somos los beneficiarios! No olvidemos nunca los sacrificios de los primeros santos, mis hermanos y hermanas. Debemos agradecerles a aquellos que, mediante la virtud de su vida, ganaron desde entonces una nueva medida de res­peto de parte de aquella gente para con la nuestra. Debe­mos estar agradecidos por vivir en un tiempo mejor, en el que reina un entendimiento más amplio y un aprecio más extenso y generoso para con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esos eran los pensamientos que me embargaban al encontrarme saludando a los miles de distinguidos visi­tantes que fueron al Templo de Washington, muchos de los cuales llegaron hasta el edificio con gran curiosidad y salieron del mismo con una gran admiración, y algunos, hasta con lágrimas en los ojos.

Pero esos pensamientos se relacionaban principal­mente con el pasado. Hubo otros pensamientos que tuve también sobre el presente y el futuro. Viajando en cierta oportunidad por la periferia de la ciudad de Washington, observé con admiración las imponentes agujas de la Casa del Señor, que se elevan hacia el cielo desde una colina ubicada en un denso bosque. En mi mente se agolparon entonces las palabras de muchos pasajes de las Escritu­ras, palabras pronunciadas por el Señor mientras se encontraba sobre el monte y enseñaba al pueblo. Dijo El entonces:

“Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

“Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, más sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14—16; cursiva agregada.)

Toda esta gente ha pasado a ser como una ciudad sobre una colina, que no puede esconderse. A veces, cuando un miembro de la Iglesia se ve envuelto en algún escándalo, nos ofende el hecho de que los diarios y los noticieros hagan sensacionalismo destacando que el delincuente es mormón. Siempre que eso ocurre hacemos el comentario de que si el delincuente fuera miembro de cualquier otra Iglesia, ni se mencionaría su afiliación religiosa. Pero, ¿no es acaso esto, en sí mismo, indirectamente un elogio para nuestra gente como Iglesia? El mundo espera algo dife­rente y mejor de nosotros, y cuando alguno de nuestros miembros hace algo indebido, la prensa se ocupa rápida­mente de hacerlo destacar. En verdad, hemos llegado a ser una ciudad sobre la cumbre de un monte, una ciudad que todo el mundo puede ver. Si vamos a ser en verdad quienes el Señor quiere que seamos, tenemos que llegar a ser “… linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtu­des de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admi­rable” (1 Pedro 2:9).

Si seguimos las enseñanzas de los profetas, mientras el mundo sigue con sus tendencias actuales, nos convertire­mos poco a poco en un pueblo distinto y peculiar que el mundo no podrá menos que notar. Por ejemplo, a medida que la unidad de la familia se desintegra bajo las presiones mundanas, nuestra posición con respecto a la santidad de la familia llegará a ser más evidente y aún más peculiar, en contraste con el resto del mundo, si tenemos la fe de mantenernos en esa posición.

A medida que siga desarrollándose la actitud liberal y de promiscuidad con respecto al sexo, la doctrina de la Iglesia, predicada persistentemente por más de un siglo y medio, llegará a ser aún más peculiar, y hasta rara para muchos.

A medida que el consumo del alcohol y el uso de las drogas vayan aumentando anualmente bajo los estímulos de la sociedad y las incitaciones de la propaganda, nues­tra posición, establecida por el Señor hace más de un siglo, irá volviéndose más importante.

A medida que el día de reposo del Señor vaya convir­tiéndose cada vez más en un simple día de comercio y diversión, aquellos que obedezcan el precepto de la ley escrita por el dedo del Señor en el Sinaí, que se ha reforzado por la revelación moderna, seguirán siendo considerados más extraños y extraordinarios.

No siempre es fácil vivir enteramente aislados, ni dese­amos hacerlo, sino que debemos relacionarnos con los demás. Al hacerlo así, podemos ser benévolos, inofensivos. Podemos y debemos evitar la actitud de considerar­nos perfectos o sumamente justos; al mismo tiempo, podemos y debemos mantener nuestras normas. La ten­dencia natural es precisamente la de hacer lo contrario, y muchos han sido los que han sucumbido a las tentacio­nes del mundo.

En 1.856, cuando los miembros de la Iglesia se encontra­ban prácticamente solos en los valles del Oeste de los Estados Unidos, algunos de ellos pensaron que se encon­traban a salvo de las costumbres mundanas. A tal con­cepto, Heber C. Kimball, miembro de la Primera Presidencia, contestó diciendo: “Quisiera deciros, mis hermanos, que se aproximan tiempos en los cuales tendre­mos que mezclarnos con toda clase de personas en estos tranquilos valles, a tal punto que llegará a ser difícil distinguir entre un santo y un enemigo del pueblo de Dios. Guardaos de la gran separación, porque llegará el tiempo en que todos serán “cernidos’ y muchos serán los que caerán; porque os digo que se aproxima una prueba, una gran prueba se aproxima, ¿y quién estará en condiciones de soportarla?” (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Bookcraft, 1945, pág. 446.)

No conozco la naturaleza precisa de esa gran prueba, pero me siento inclinado a pensar que el tiempo ya ha llegado y que la misma consiste en nuestra capacidad de vivir de acuerdo con el evangelio en lugar de adoptar las formas de vida, las costumbres y los vicios del mundo.

No pregono que debamos retirarnos de la sociedad, sino que, por lo contrario, considero que tenemos una gran responsabilidad y un gran cometido: ocupar nues­tros puestos en el mundo de los negocios, la ciencia, los gobiernos, la medicina, la educación, así como en cual­quier otra especialidad y vocación digna y constructiva. Tenemos la obligación de capacitar tanto las manos como el intelecto en el trabajo del mundo, para la bendición de toda la humanidad. A fin de lograrlo, debemos trabajar con otros; pero eso no significa que por hacerlo tengamos que bajar la guardia y hacer abandono de nuestras nor­mas y principios.

Si seguimos los consejos y la guía de nuestros líderes, podemos mantener la integridad de nuestra familia. Al hacerlo, aquellos que nos rodeen nos observarán con respeto y se verán impulsados a averiguar por qué y cómo lo logramos.

Podemos oponernos a la marea de pornografía y lasci­via que nos está invadiendo y que destruye la fibra misma de las naciones. Podemos evitar ser partícipes del con­sumo de bebidas alcohólicas y drogas y ayudar a evitar la proliferación de su uso. Al hacerlo, encontraremos a otras personas que sienten y piensan igual que nosotros y con quienes podremos unirnos para presentar un frente común en nuestra lucha contra todo ello.

Podemos evitar hacer compras en el día domingo. Te­niendo a nuestra disposición seis días de la semana, no veo qué necesidad tenemos de comprar muebles los domingos. Nadie tiene la necesidad de comprar ropa los domingos y, con una cuidadosa administración de nuestro tiempo, podemos evitar también vernos obligados a hacer las compras de comida en el día del Señor.

Si observamos éstas así como las demás normas enseña­das por la Iglesia, muchas serán las personas que nos respetarán y encontrarán fortaleza para hacer lo que ellas mismas saben que deberían hacer, pero que son muy débiles para tomar una decisión definitiva al respecto.

Recordemos las palabras de Isaías: “Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3).

No tenemos que comprometer nuestros principios con los demás; no debemos comprometerlos. La lámpara que el Señor ha encendido en esta dispensación puede llegar a ser una luz que alumbre todo el mundo, y otros, viendo nuestras buenas obras, serán guiados a glorificar a nues­tro Padre Celestial, emulando en sus propias vidas los ejemplos que habrán llegado a observar en nosotros.

Comenzando con vosotros y conmigo, puede haber todo un pueblo que, por virtud de nuestra vida en nuestros hogares, en el desempeño de nuestras profesiones, traba­jos y vocaciones, aun en nuestras diversiones, llegue a ser como una ciudad en la cima de una colina a la que los hombres puedan mirar e imitar, y un pendón a las nacio­nes del cual reciban fortaleza los pueblos de la tierra. □

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s