Un hombre llamado Juan

Publicado en El Sacerdocio en acción, relatos sobre el Sacerdocio Aarónico, Tomados de la revista New Era de mayo 1984, páginas, 59-62.

Un hombre llamado Juan

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Una o dos veces en un periodo de mil años a veces cada cien años, más o menos, siempre a intervalos irregulares, siempre cuando el propósito divino así lo requiere; Viene a la tierra un hombre de perfección casi divina. Abraham fue uno de ellos; Moisés fue otro. José Smith fue el designado para nuestros días.

Estos hombres extraordinarios gigantes espirituales que se contaban entre los “nobles y grandes” de la vida premortalsiempre se han destacado como los faros ante el mundo. La obra que ellos llevan a cabo cambia el curso de la historia, y su vida siempre ha estado llena de problemas y tribulación. Otro de esos hombres fue Juan el Bautista.

¿Qué sabemos sobre este personaje? Lo que se sabe con certeza es bastante para llenar un libro, y lo que se ha especulado sobre su persona es suficiente para llenar un segundo tomo. La vida, el ministerio y la muerte de Juan siguieron un curso trágico y desusado.

Su nacimiento fue predicho por los profetas de la antigüedad, quienes se refirieron a él diciendo que sería una voz que clama en el desierto preparando el camino para el Señor (Isaías 40:3). El propio Gabriel, un ángel que venía de la presencia de Dios, visitó a Zacarías para anunciarle que su esposa, Elisabet, ya entrada en años, daría a luz un hijo cuyo nombre debía ser Juan, y que presentaría al Mesías ante Israel. Zacarías dudó de la palabra de Gabriel y por ello quedó sordo y mudo hasta después del nacimiento, cuando le pusieron nombre al niño.

Juan dio testimonio de Jesús como ningún otro profeta. Testifico de Él aún antes de su propio nacimiento, cuando todavía estaba en el vientre de su madre, cumpliéndose así esta promesa de Gabriel:

“. . . Será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15)

Unos treinta años después, mientras Juan bautizaba en Bétabara, Jesús fue a donde él estaba. Al verlo, Juan testificó:

“. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29)

Y no dudamos que, después de languidecer cerca de un año en los repugnantes calabozos donde lo mantenían encarcelado y antes de ser asesinado por mandato del malvado Herodes Antipas, hubiera vuelto a testificar lo mismo.

Sabemos de la intrepidez de Juan para denunciar el pecado, que llegó al punto de acusar al rey Herodes de incesto y adulterio. Sabemos también que Jesús mandó ángeles para que lo confortaran en la prisión y que Él mismo dijo que entre los nacidos de mujeres, no había mayor profeta que Juan el Bautista (Lucas 7:28)

No obstante, la acción principal de su vida, la que sobresale entre todo lo demás, es que bautizó al Hijo de Dios. Siendo sacerdote del orden Levítico o Aarónico, Juan llamaba a las personas al arrepentimiento y los bautizaba para la remisión de sus pecados. Había elegido Betábara, sobre el río Jordán, para llevar a cabo los bautismos, y multitudes iban a escucharlo y recibir de sus manos el bautismo.

Su prédica y bautismos tenían por objeto preparar a la gente para la venida del Señor. “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento,” enseñaba, “pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11)

Cuando llegó Jesús, que venía de Galilea hacia el Jordán, cerca de Jerusalén, le pidió que lo bautizara. Con admiración, sobrecogido por el hecho de que el mismo Hijo de Dios fuera a recibir el bautismo de sus manos, pero al mismo tiempo sabiendo de antemano que así sería, Juan le dijo:

“. . . Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió:  “.  .  .  Permítelo  ahora,  porque  así nos  conviene cumplir toda justicia.” (Mateo 3:14-15)

Juan accedió a los deseos de su primo y, solemnemente, con dignidad y con el poder y autoridad del Sacerdocio de Aarón autoridad que los levitas habían empleado a lo largo de los siglos para bautizarsumergió al Señor Jesús en las aguas turbias del Jordán.

Entonces ocurrió el milagro: Los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu Santo que descendía serenamente, como una paloma, para morar con el Cordero de Dios para siempre (Mateo 3:16). Esta es una ocasión, de dos posibles en toda la historia, de que tengamos registro, en la cual un hombre mortal vio a la persona del Espíritu Santo. Y todavía había de suceder algo más. Una voz habló, una voz desde los cielos, la voz del Padre de todos nosotros, y dijo con gloriosa majestad:

“. . . Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Mateo 3:17)

En breve, ésta es la historia bíblica de Juan. Todas las historias de las Escrituras tienen su moraleja, su enseñanza, su doctrina, algo que guíe y ayude a aquellos que las lean y mediten sobre sus profundos y maravillosos conceptos. Nefi expreso de la siguiente forma lo que debemos aprender del bautismo de Jesús:

“Ahora, sí el Cordero de Dios, que es santo” —e indudablemente, Cristo no tenía pecado— tiene necesidad de ser bautizado por agua para cumplir con toda justicia, ¡cuánto mayor es, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo impuros,” — ¿y quién de nosotros no ha pecado?— “de ser bautizados, sí, por agua!” (2 Nefi 31:5)

Cristo no fue bautizado para la remisión de pecados, porque Él no había cometido ninguno. No obstante, como lo explica Nefi, recibió el bautismo por las siguientes razones:

  1. como demostración de humildad ante el Padre;
  2. como convenio de que obedecería los mandamientos;
  3. como preliminar para recibir el don del Espíritu Santo;
  4. para entrar al reino de Dios, pues nadie, ni siquiera el Hijo de Dios, puede entrar en él sin el bautismo; y
  5. como modelo y ejemplo para todos los seres humanos, para poder decir: “Sígueme tú. . . A quien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:5-12)

Y en conclusión, para nosotros, los que vivimos en estos últimos días, quizás el hecho más extraordinario de la vida de Juan sea que visitó a José Smith y a Oliver Cowdery el 15 de mayo de 1829, en su gloria de ser resucitado, y les dijo:

“Sobre  vosotros,  mis  consiervos,  en  el   nombre   del   Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el  cual  tiene  las  llaves  del  ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud.” (Doctrinas y Convenios 13)

Alabado sea el Señor por la obra y el ministerio de un hombre llamado Juan.

 

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