José Smith: Un revelador de Cristo

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 3 de septiembre 1978. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_joseph-smith-revealer-christ/.

José Smith: Un revelador de Cristo

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Devota y sinceramente espero que podamos tener una rica efusión del Espíritu Santo, por dos razones: primero, para que yo pueda decir lo que el Señor diría si él personalmente estuviera aquí; y en segundo lugar, para que estas palabras penetren en sus corazones y usted puedan saber con certeza que son verdaderas. Abordaré el tema: “José Smith: Un Revelador de Cristo.”

He elegido un texto elaborado y publicado por la Primera Presidencia de la Iglesia en 1935 con motivo del centenario de la organización de la primera Quórum de los Doce Apóstoles en nuestra dispensación:

Dos grandes verdades deben ser aceptados por la humanidad, si desean ser salvos: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, aún el mismo Hijo de Dios, cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual que vino por la caída; y además que Dios ha restaurado en la tierra, en estos últimos días, a través del profeta José Smith, su santo sacerdocio con la plenitud del Evangelio eterno, para la salvación de todos los hombres en la tierra. Sin estas verdades el hombre no puede esperar la riqueza de la vida venidera. (Improvement Era, abril 1935, pp. 204-5)

Tenemos un gran modelo, un patrón revelado en el cual se entretejen todas las revelaciones que se han dado en todas las épocas, el cual nos indica cómo se provee la salvación a los hombres en la tierra. Como todos sabemos, estamos aquí en la tierra como los hijos espirituales de Dios, nuestro Padre Celestial. Estamos aquí habitando cuerpos —tabernáculos de barro— para ser probados y examinados y calificados para ver si haríamos las cosas que el Señor nos manda y ordena a sus hijos en general y a cada uno de nosotros en particular. Estamos aquí para ver si creeríamos en la verdad eterna y si cumpliríamos con los principios tan aceptados y aprendidos. Y si creemos y obedecemos, nos las arreglamos para hacer las cosas que nos permitan, primero, para tener paz y alegría y felicidad en esta vida, y en segundo lugar, para tener una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Para todas las edades en las que se ha dado el evangelio, para cada dispensación del evangelio, por cada tiempo en que Dios en su misericordia entrega el plan de salvación a sus hijos en la tierra, sigue un patrón idéntico: él revela dos grandes verdades que se aplican a la dispensación involucradas. Una de estas verdades se aplica a todas las dispensaciones y la otra a la dispensación específica. La verdad de aplicación universal para todos los hombres en todas las edades, desde el padre Adán hasta el último hombre es que la salvación está en Cristo; que él es el Redentor y Salvador de los hombres; que en y a través de su sacrificio expiatorio, y por la sangre que derramó, y la redención que obró, la salvación está disponible para todos los hombres. A causa de Cristo, todos los hombres se levantarán en inmortalidad, y los que creen y obedecen, serán resucitados resucitados a vida eterna en el reino de nuestro Padre.

La inmortalidad, por definición y en su naturaleza, es vivir eternamente con un cuerpo de carne y huesos; es ser resucitado; es tener un cuerpo y un espíritu unidos inseparablemente. La vida eterna, por el contrario, es vivir eternamente en la unidad familiar y, por otro lado, heredar, poseer, y recibir la dignidad, el honor, el poder y la gloria de Dios mismo. Cualquier persona para quien la unidad familiar continúa en la eternidad tendrá vida eterna, y en el transcurso del tiempo adquirirá toda dignidad, honor, gloria, poder, fuerza, y la omnipotencia que el Padre Eterno posee.

La inmortalidad viene a causa del Señor Jesucristo; es un regalo para todos los hombres. La vida eterna se pone a disposición a través del mismo sacrificio expiatorio, y es un don para todos los que obedecen la ley sobre la cual se basa su obtención. Las leyes de la salvación son los mismos para todas las edades. Ellos nunca han variado, y nunca pueden variar. Todo hombre desde Adán hasta la última alma que habite esta tierra debe cumplir precisa y exactamente las mismas cosas y obedecer las mismas leyes con el fin de heredar, recibir y poseer la misma gloria en la eternidad.

La salvación está en Cristo, y para que los hombres crean y obedezca las leyes de Cristo y de la doctrina de Cristo, que comprenden su evangelio eterno deben ser reveladas en cualquier época. Es un requisito universal e invariable. El evangelio no se originó en el meridiano de los tiempos, ni comenzó cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra. Es un evangelio eterno. Se inició en el comienzo, y ha descendido en períodos sucesivos de dispensaciones desde los días de Adán hasta la actualidad, y continuará mientras los hombres estén en la tierra; y siempre y eternamente la salvación estará en Cristo.

Pero necesitamos un revelador del conocimiento de la salvación en cualquier dispensación. Nuestra revelación dice:

. . . La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente. . .” (Mosíah 3:18)

Necesitamos que no haya equivocación al respecto. Nuestro afecto, nuestro interés, nuestra preocupación, nuestro amor, nuestra devoción, todo lo que tenemos y todo lo que poseemos se centra en el Señor Jesús; pero, una vez dicho esto afirmativamente e inequívoca y positivamente, llegamos al hecho de que se necesita un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para cada época de la tierra. Así nos encontramos con una cosa como ésta en nuestras revelaciones:

José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él. . .” (Doctrinas y Convenios 135:3)

Y por eso, en nuestra dispensación, vinculamos los nombres de Cristo y de José Smith.

Ahora les citaré las palabras de Brigham Young:

¿Quién puede decir en justicia algo contra José Smith? Yo estaba muy familiarizado con él, más que cualquier otro hombre. No creo que su padre y su madre le hayan conocido mejor que yo. No creo que existiera un hombre en la tierra que lo conociera mejor que yo; y me atrevo a decir con excepción de Jesucristo no ha habido y hay mejor hombre sobre en esta tierra que él. Yo soy su testigo. Fue perseguido por la misma razón que cualquier otra persona justa ha sido o está siendo perseguida en la actualidad. (John A. Widtsoe, comp. Discursos de Brigham Young, 2ª ed., pp. 702-3)

Para obtener una visión verdadera; vamos a razonar juntos y averiguar cómo el Señor opera en relación con sus hijos. En primer lugar, leemos en las revelaciones de Abraham acerca de los nobles y grandes en la vida premortal quienes fueron preordenado. A Abraham se le dice que él es uno de ellos. Ellos son señalados como la descendencia del Padre, como espíritus, como almas; y luego el relato dice:

“Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios. . .” Este es el Señor Jesús, el Señor Jehová. Este es el primogénito en el espíritu que, a través de la rectitud y celo y obediencia, se convirtió en “semejante a Dios”, es decir como el Padre.

Y él (es decir, Cristo) dijo a los que estaban con él, es decir al ejército de los nobles y grandes, los que habían visto a Abraham: Descendamos (no yo, Jehová, solo, sino los nobles y grandes, los hijos poderosos y valientes de nuestro Padre); Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos; (es decir, las huestes espirituales de los cielos) puedan morar.

Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (Abraham 3:24-25)

¿Quiénes formaban parte en aquel gran concilio de la eternidad, de los nobles y grandes que Abraham vio? No hay mucha pregunta en nuestras mentes; ellos eran las personas que fueron preordenados para ministrar a los hombres en este mundo.

Si pensamos un poco sobre el orden de prioridad, de procedencia y jerarquía. Sabemos que el Señor Jesús era el número uno: poderoso, superior, valiente, inteligente sobre todos los demás. Sabemos que un espíritu llamado Miguel era el número dos, y que nació en este mundo como Adán, el primer hombre. Sabemos que un espíritu llamado Gabriel era el tercero en preeminencia, fuerza, y el poder, y que él vino a nosotros como Noé.

Después de eso no podemos especificar y categorizar a los diversos espíritus; pero sí sabemos que el más noble y el más grande y el más poderoso entre ellos estaban ordenados para encabezar las dispensaciones para ser la persona que, por su época y edad y dispensación, iniciaría la propagación de la verdad eterna en la tierra. Sabemos, por ejemplo, con referencia a Moisés, que encabezaba una de estas dispensaciones, que nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara” (Deuteronomio 34:10) Eso establece un modelo. Sabemos de hombres como Enoc, quien vivió hasta que perfeccionó toda su ciudad y  todo su pueblo,  y  ellos fueron  trasladados  y  llevado  al cielo. Miramos hacia atrás a Abraham y lo consideramos a él como el padre de los fieles y nos alegramos de ser de su descendencia.

Hay un número limitado de poderosos espíritus nobles, que encabezaron sus respectivas dispensaciones. ¿Cuántos no sabemos?; quizá había ocho o diez o veinte, el número no importa. Pero hay un grupo reducido de individuos selectos por inteligencia, fuerza y poder junto al Señor Jehová. En el mismo sentido en que él llegó a ser semejante a Dios, estos individuos elegidos y seleccionados están destinados a dirigir su obra a lo largo de las épocas para ser semejantes a Cristo.

Al analizar la importancia relativa de estos individuos, sin conocer los detalles, se puede concluir que si un hombre nace en estos tiempos modernos para encabezar esta dispensación, es semejante a Adán, Moisés, al igual que a Abraham, o Cristo; en otras palabras, era uno de los diez o veinte espíritus más nobles y grandes que, hasta este momento, habían nacido en la mortalidad. Él y las huestes que con él llevaron a cabo sus proyectos creativos para traer a esta tierra a la existencia, él y sus compañeros encabezaron los períodos de tiempo en que la verdad eterna vino a los hijos de los hombres.

Esa es la forma en que clasificamos y colocamos al profeta José Smith: es uno de los grandes cabezas de dispensación, y una cabeza de dispensación es un revelador para su época y conocimiento de Cristo y de la salvación. Por lo tanto, los otros profetas de esta dispensación están asociados con él y los que vienen después de él, sostienen su obra y dan testimonio de él, se convierten en testigos de que él, Él principal profeta de su época, reveló al Señor Jesús y por lo tanto ha puesto la salvación a disposición.

Esto significa que en una reunión de testimonios en nuestro día vinculamos el nombre de José Smith con el de Jesucristo. Nos levantamos y decimos: “Yo sé que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo”. Y en la siguiente respiración decimos: “Yo sé que José Smith, hijo, fue elegido, nombrado, ungido, y llamado como profeta de Dios para esta época con el fin de revelar a Cristo y para revelar la salvación. “Somos testigos de Cristo, y damos testimonio de José Smith.”

Esa es la forma en que ha sido desde el principio. Siempre ha habido reuniones de testimonio. Si hubiésemos vivido en los días de Adán y nos hubiésemos reunido para adorar al Señor, el Espíritu habría descansado poderosamente sobre nosotros en esas ocasiones y nos hubiera dicho: “Yo sé que la salvación está en Cristo que ha de venir, y sé que Adán, nuestro padre, es un administrador legal que tiene las llaves y poderes y autoridad, y que él es el revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para los hombres en la tierra”.

Si hubiésemos vivido en los días de Enoc, habríamos planteado en nuestras reuniones de testimonio y diríamos: “Doy testimonio de Cristo, y doy testimonio de Enoc quien reveló a Cristo, y automáticamente Creo también en Adán, quien vino antes.” Ese patrón que también se ha seguido en los días de Noé, en los días de Abraham, en los días de Melquisedec, y en todas las épocas en que la verdad eterna ha sido revelada. Siempre hemos vinculado el nombre de Cristo al nombre de cabeza de dispensación, y automáticamente creeremos en todos los profetas que han venido antes.

No podemos suponer por un momento que sería posible para alguien que vivió en los días del Señor Jesús y que crea que él es el hijo de Dios y, sin embargo pueda rechazar el testimonio de Pedro, Santiago y Juan. Eso es una imposibilidad filosófica. Si hubiéramos vivido en ese día no habría sido posible decir: “Bueno, voy a creer en Cristo; pero no voy a creer en Pedro, Santiago y Juan, sus apóstoles, quienes lo han revelado a mí y que han dado testimonio de su origen divino.” El Señor y sus profetas siempre van de la mano. Con esto en mente permítanme leer estas palabras de Brigham Young:

Todo aquel que confiesa que José Smith fue enviado de Dios para revelar el santo Evangelio a los hijos de los hombres, y sentar las bases para el recogimiento de Israel, y la edificación del reino de Dios en la tierra, que el espíritu es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Dios envió a José Smith, y reveló el Evangelio eterno por y a través de él, es del Anticristo, no importa si se encuentra en un púlpito o en un trono. (JD 8:176-77)

Teniendo estos conceptos y estas expresiones en mente, voy a leerle algunos pasajes dados y pronunciados por el Señor Jesús, en la que se asocia a sí mismo con Juan el Bautista. Fuera de estos pasajes tendremos una afirmación y una reafirmación de la verdad y el concepto de que Cristo y sus profetas van de la mano, que no es posible creer en uno sin creer en el otro, y que al rechazar a los profetas rechazamos al mismo Cristo. Jesús dijo esto:

Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero. Porque yo no soy el único, hay otro que da testimonio de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero.

Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él también dio testimonio de la verdad.

Y él no recibió su testimonio de varón, sino de Dios, y vosotros mismos decís que él es un profeta, por lo tanto, debéis recibir su testimonio. (Juan 5: 32-35; Traducción de José Smith de la Biblia, en adelante citado como JST; todas las referencias bíblicas sin esta notación provienen de la versión King James)

Juan dio un persuasivo y poderoso testimonio como lo conocemos o encontramos en cualquier registro escrito. En las ocasiones en que Cristo los visitó cerca de Betábara, cuando bautizaba en el Jordán, él dijo:

. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29, 36)

Eso fue simplemente una declaración de texto o un encabezado para largos discursos  que, obviamente, predicó acerca de su origen divino. En una ocasión Juan dijo esto, y es tan contundente y tan claro como cualquier testimonio:

El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36)

Juan dijo, en efecto: “Este es Jesús; él es el Hijo de Dios.” No había manera posible de creer que Juan era un profeta y rechazar al Señor Jesús. Al aceptar a uno se acepta al otro. Jesús dijo:

Juan vino a vosotros en el camino de la justicia, y dio testimonio de mí, y vosotros no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, aunque visteis esto, no os arrepintis, después de creerle.

Porque el que no cree en Juan acerca de mí, no me puede creer, sin que primero se arrepienta.

Y si no os arrepentís, la predicación de Juan os condenará en el día del juicio.  (Mateo 21: 32-34; JST)

Podríamos recitar otra vez, parafraseando el idioma, y aplicarlo a José Smith y nuestra situación actual.

He aquí otro pasaje:

Entonces le dijeron los fariseos: ¿Por qué no nos recibís con nuestro bautismo, ya que nosotros guardamos toda la ley?

Pero Jesús les dijo: Vosotros no guardaís la ley. Si habíeraís guardado la ley, me hubierais recibido, porque yo soy el que dio la ley.

Yo no os recibiré con vuestro bautismo, porque no os aprovecha en nada. Porque  cuando venga lo que nuevo, lo viejo estará listo para ser desechado. (Mateo 9:18-21; JST)

Tras esas expresiones que nos son tan familiares, como la de poner vino nuevo en odres viejos. En otras palabras, tenemos una nueva revelación en nuestros días en una nueva iglesia, al igual como se encontraba en el meridiano de los tiempos.

Y algunos de ellos llegaron al él, diciendo: Maestro bueno, tenemos a Moisés y a los profetas, y todo aquel que vive por ellos.

Y Jesús respondió diciendo: Vosotros no sabéis de Moisés, ni de los profetas; por que si los hubierais conocido, hubierais creído en mí; por que de mí escribieron. Por que he venido para que tengáis vida. (Lucas 14:35- 36; JST)

El principio de que el Señor y sus profetas van de la mano es glorioso. Estas son algunas de las palabras que escribí sobre este tema en una ocasión.

Estas son algunas palabras que he escrito sobre este tema.

Somos hijos de Abraham, los Judios dijeron a Yavé;
seguiremos a nuestro Padre, heredaremos su tesoro.
Pero a partir de Jesús, nuestro Señor, vino la renovación:
sois los hijos de él, quienes están dispuestos a obedecererle,
si sois descendencia de Abraham, deberiaís andar en su camino,
y escapar de las fuertes cadenas del padre de la ira.

Tenemos a Moisés el vidente y a los profetas de la antigüedad;
cuyas palabras debemos atesorar como la plata y el oro.

Pero a partir de Jesús nuestro Señor, se oyó la voz aleccionadora;
Si a Moisés os volveís, prestad atención a su palabra;
sólo entonces podrís esperar recompensas de gran valor,
pues él habló de mi venida y labor en la tierra.

Tenemos Pedro y Pablo, y seguimos sus pasos, verdareros ceyentes,
pero el que habla es el señor de vivos y muertos:

En las manos de estos profetas, esos maestros y videntes,
que permanecen en su día y les he dado las llaves;
A ellos debéis volveros, para el favor Eterno.

Con estos principios en mente, vamos a estar atentos y de manera muy consciente de su aplicación a José Smith. Una de nuestras revelaciones dice en las palabras del Señor Jesús, dirigiéndose a José Smith . . . Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti” (Doctrinas y Convenios 5:10) Creo que Él hizo esa declaración, ya sea en esas palabras literales o en el contenido de pensamiento, de todas las cabezas dispensación se ha habido. Creo que dijo a Enoc, Moisés, Abraham, y, en principio, a todos: Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti” Alguien tiene que revelar la verdad eterna, y estos hermanos que he mencionado son los que el Señor dio esa obligación.

Por lo tanto, nos encontramos con directrices como ésta, pronunciadas por el Señor a la Iglesia inmediatamente después de su organización en el sexto día de abril en 1830. Él está hablando de José Smith:

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad”

“Porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.” (Esto establece una cabeza de dispensación, aparte de todos los otros profetas. Aquí está la posterior declaración de él)

“Porque he aquí, bendeciré con poderosa bendición a todos los que obraren en mi viña, y creerán en sus palabras que por mi conducto le son dadas por el Consolador, el cual manifiesta que Jesús fue crucificado por hombres inicuos, por los pecados del mundo, sí, para la remisión de pecados al de corazón contrito.” (Doctrinas y Convenios 21:4- 5, 9)

¿Cuál es la medida de nuestro discipulado? ¿Cómo medimos y probamos la firmeza con la que nos arraigamos a la fe restaurada? Creo que una de las grandes pruebas es el grado y alcance, el fervor y sinceridad, la devoción y la fe verdadera que le damos a las palabras que salieron del profeta José Smith. He aquí un hombre que, en primer lugar, nos dio el Libro de Mormón, que es un relato de los tratos de Dios con un pueblo que tenía la plenitud del Evangelio, que da testimonio de Cristo, que relata con sencillez y en simpleza las verdades básicas y fundamentales que los hombres deben creer para ser salvos. Aquí está un hombre que dio un libro de incomparable valor de sus palabras, como si fuera para nosotros, por lo menos, ya que fue a través de él que vinieron. Aquí está un hombre que nos dio las revelaciones en Doctrina y Convenios —revelaciones que hablan en primera persona, como el mismo Señor Jesús estuviera hablando por su voz y boca, pero a través de los labios de José Smith— un volumen de la verdad revelada que Dios Todopoderoso habla a través de su profeta.

Aquí están las palabras que el Profeta nos dio en la Perla de Gran Precio, el libro de Moisés está tomado de la traducción de José Smith de las Escrituras y el Libro de Abraham que fue traducido de papiros. Aquí están las palabras de la traducción inspirada de José Smith, si palabras que vienen de Dios por el poder profético. Aquí hay sermones majestuosos, sermones maravillosos que narran la mente y la voluntad y el plan y los propósitos de Dios a los hombres en la tierra —por ejemplo el sermón Follet del que el presidente Kimball citó copiosamente en el funeral del hermano Stapley recientemente.

Hablamos de juzgar a un hombre por sus frutos y uno de los grandes frutos de José Smith son las palabras que habló, las palabras que escribió, el mensaje de inspiración que nos dio. Sugiero que una medida de discipulado, una norma de juicio mediante la cual podemos decir cuán firmemente estamos anclados en la fe del Señor, es la forma sincera y total en que creemos en las palabras que han llegado a través del profeta  José Smith. Obviamente en consecuencia tenemos una obligación y una necesidad de atesorar estas palabras, para buscar estas verdades, para aprender lo que son, y luego hacerlos una parte viva de nosotros.

Damos testimonio de Cristo, y lo hacemos con todo el fervor y convicción y el poder de toda nuestra alma, luchando y trabajando para hacerlo por el poder del Espíritu Santo; y como nuestras voces se hacen eco de la verdad eterna de que Cristo es el Señor, decimos también que José Smith es un profeta de Dios, un administrador legal que recibió poder de Dios, llaves y autoridad para que pudiera atar en la tierra y sellar eternamente en los cielos. Aquí, decimos, es Joseph Smith, un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para nuestros días. Vinculamos nuestras voces en un gran testimonio de la verdad eterna; y la razón nos da el poder para dar testimonio de Cristo, a través de quien viene la salvación, es que José Smith, el Profeta y Vidente del Señor para nuestro día y en nuestros días, ha recibido la verdad eterna, ha dado testimonio, ha dado la revelación, ha sentado las bases.

Brigham Young dijo una vez: “Tengo ganas de gritar Aleluya, todo el tiempo, cuando pienso que pude conocer a José Smith” (Discourses of Brigham Young, pág 458.); y así es como debe ser, porque la salvación está en Cristo y la salvación está disponible porque José Smith reveló a Cristo al mundo. El mundo tampoco acepta el testimonio y cree en los profetas del Señor, y sigue su propio camino, se arriesga y pierde la esperanza de la salvación eterna. Uno debe creer en Adán y Cristo, si vive en aquel día; o en Abraham y Cristo, si vive en aquel día; o en Moisés y Cristo si viven a continuación; o, en nuestros días, en José Smith y en Jesucristo, al clamar “Hosanna” y “Aleluya” y “¡Alabado sea el Señor!” siempre y cuando sus nombres son mencionados por el poder del Espíritu Santo.

Estoy agradecido más allá de cualquier medida de expresión y en mi alma descansa la absoluta convicción, de que Jesús es el Señor. Lo sé mejor que nada en este mundo. En ese mismo sentido con certeza inquebrantable, absoluta y pura, y conocimiento revelado. Sé que José Smith, hijo, quien encabezó esta dispensación, como el profeta del Señor para nuestro día y nuestro tiempo; y que, como él afirmó, vio en la primavera de 1820 al Padre y al Hijo; y que, al igual que la afirmación de las revelaciones y las verdades que salieron de sus labios son la voz y la mente y voluntad y propósitos del Señor para mí y para todos los hombres de nuestros días.

Ruego a Dios nuestro Padre para que seamos valientes y verídicos, para que podamos permanecer y ser valientes en el testimonio de Cristo, porque la salvación está en Cristo y en ningún otro, y que podamos tener el mismo fervor y la misma devoción al vincular el poderoso y noble cabeza de nuestra dispensación con el nombre del propio Salvador.

Esto lo hago a través de la doctrina y por medio del testimonio en esta ocasión en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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