Por que el Señor instituyo la Oración

Publicado en el libro La Oración, 1977, Deseret Book Company, Páginas, 6-20, ISBN 087747-836-8. Revista Ensign, enero 1976, páginas 7-10.

Por que el Señor instituyo la Oración

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

En la pared occidental del cuarto del Consejo de los Doce Apóstoles, en el Templo de Salt Lake City, cuelga una pintura del Señor Jesucristo orando a su Padre en el Jardín de Getsemaní. Sumido en una incomparable agonía, padeciendo un profundo sufrimiento tanto físico como espiritual, más allá de la comprensión humana —haciendo parecer insignificante la inminente tortura de la cruz— aquí se encuentra nuestro Señor suplicándole a su Padre la fortaleza para llevar a cabo la infinita y eterna expiación.

De todas las oraciones pronunciadas, tanto en el tiempo como en la eternidad, por dioses, ángeles u hombres mortales, ésta se destaca en forma suprema, por encima y en forma preeminente, sobre todas las demás.

En este jardín llamado Getsemaní, fuera del muro en Jerusalén, el supremo miembro de la raza de Adán, Aquel cuyos pensamientos y palabras eran perfectos, le imploró a su Padre que le ayudara a salir triunfante en la más atormentadora prueba que se han impuesto sobre el hombre o Dios.

Allí, entre los olivos, sumido en el puro espíritu de adoración y perfecta oración, el Hijo de María se debatió bajo el peso más abrumador que haya soportado el hombre mortal. Allí, en la quietud de la noche de Judea, mientras Pedro, Santiago y Juan dormían, el Hijo mismo de Dios, con una oración en los labios, tomó sobre sí los pecados de todos los hombres, hecho condicionado al arrepentimiento.

Sobre su sufriente Siervo el gran Elohím colocó en aquel momento el peso de todos los pecados de todos los hombres de todos los siglos que creyeran en Cristo y buscaran su presencia. Y el Hijo, quien era a la imagen del Padre, imploró a su divino Progenitor el poder necesario para cumplir con el principal propósito por el cual había venido a la tierra.

Ese fue el momento en el que toda la eternidad estuvo en juego. A Aquel que no conocía el pecado se le sometió a tan grande agonía —creada por el pecado— que traspiró grandes gotas de sangre de cada poro y hubiera deseado “. . . no tener que beber la amarga copa. . .” (Doctrinas y Convenios 19:18)

Desde la aurora de la creación hasta este momento supremo, y desde esta noche expiatoria a través de los interminables siglos de la eternidad, no hubo ni habrá lucha tal como está.

“. . . El Señor Omnipotente, que reina, que era y que es desde todas las eternidades hasta todas las eternidades”, que descendió “. . .del cielo entre los hijos de los hombres. . .” (Mosíah 3:5); el Creador, Protector y Preservador de todas las cosas desde el comienzo, quien hizo del barro su tabernáculo; la única persona nacida en este mundo que tuvo a Dios como su Padre; el Hijo mismo de Dios —hasta cierto punto más allá de la comprensión mortal— cumplió en aquella hora la expiación infinita y eterna que eleva a la humanidad a la inmortalidad, a la vez que eleva a quienes crean y obedezcan hasta alcanzar la herencia de la vida eterna. Dios el Redentor rescató al hombre de la muerte temporal y espiritual que había provocado la caída de Adán; fue en ese momento que Él, quien nos rescató o compró con su propia sangre, ofreció la más suplicante de las oraciones personales jamás emitidas por labios mortales. Dios el Hijo oró a Dios el Padre, para que la voluntad del Primero se viera incorporada en la voluntad de Segundo, y para que Él pudiera cumplir con la promesa que hizo cuando fue elegido para ser el Redentor. “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre.” (Moisés 4:2)

Como el obediente Hijo que era, cuyo sólo deseo fue el de llevar a cabo la voluntad del Padre que le envió, nuestro Señor oró siempre y a menudo durante su probación mortal. Como Dios era su Padre, por herencia natural Jesús  fue  investido con poderes intelectuales y una visión espiritual superiores a los de cualquier otra persona. A pesar de sus superlativos poderes e investiduras naturales, o podríamos decir, como consecuencia de ello (porque en verdad, cuanto más espiritualmente perfeccionada e intelectualmente dotada es una persona, tanto más reconoce su lugar en el esquema infinito de las cosas y reconoce así sus necesidades de ayuda y guía de quien en verdad es infinito), por lo tanto, en virtud de esos poderes e investiduras superlativas, Jesús sintió más que ningún otro hombre la necesidad de la constante comunicación con la Fuente de todo poder, toda inteligencia y toda bondad.

Cuando llegó el momento de elegir a los doce testigos especiales que habían de testificar de Él y de su ley hasta los confines del mundo, y quienes habrían de sentarse con Él sobre doce tronos para juzgar a toda la Casa de Israel, ¿cómo fue que hizo Él la elección? La historia inspirada dice lo siguiente:

“. . . Él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.” Así llegando a saber la voluntad de su Padre, “. . . cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó Apóstoles. . .” (Lucas 6:12-13)

Cuando se aproximó la hora de su arresto y pasión; cuando quedaba una gran verdad más que debía ser inculcada a los Doce —que si hubiesen de tener éxito en la obra asignada y merecer el galardón eterno con Él y su Padre, debían ser uno tal como Él y el Padre eran uno— en ese momento de importancia suprema Él enseño la verdad como parte integral de su gran oración intercesora algunos de cuyos fragmentos nos han sido preservados en el capítulo 17 del Evangelio de Juan.

Cuando aún después de su resurrección se encontraba orando al Padre, cuando Él, glorificado y perfeccionado, trató de dar a los nefitas la más trascendental de las experiencias espirituales que podrían soportar no lo hizo mediante un sermón, sino mediante una oración.

“. . . Y las cosa que dijo en su oración no se pueden escribir, y los de la multitud que lo oyeron dieron testimonio. . . Jamás el ojo ha visto o el oído ha escuchado, hasta ahora, cosas tan grandes y maravillosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre.”

Y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre que pueda escribirlo, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que habló Jesús; y nadie  se  puede  imaginar el gozo que llenó nuestras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre.” (3 Nefi 17:15-17)

Pero en Getsemaní, como ejemplo para todos los hombres sufrientes, apesadumbrados y atormentados, Él volcó su alma a su Padre con súplicas jamás igualadas. No sabemos cuáles fueron las peticiones que hicieron, cuales las expresiones de doctrina que emitió, qué palabras de gloria y adoración habló. Tal vez, al igual que sucedió más tarde con su oración entre los nefitas, las palabras no pudieron ser escritas, sino sólo comprendidas por el poder del Espíritu. Sabemos, no obstante, que en tres distintas ocasiones de esta oración Él dijo en sustancia y contenido de pensamiento: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. . .” la historia inspirada dice:

Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:42-44)

Aquí se destaca un aspecto verdaderamente maravilloso. El Hijo de Dios oró “más intensamente”. El quien todo lo había hecho bien, cuyas palabras eran todas justas, el Ser perfecto sobre quien el Padre derramó su Espíritu sin medida, el único ser perfecto que habría de caminar por los polvorientos caminos de nuestro planeta, el Hijo de Dios, oró “más intensamente”, enseñándonos a sus hermanos que todas las oraciones, incluyendo la suya, no son iguales, que cuanto mayor sea la necesidad tanto más intensa y llenas de fe deberían ser las súplicas que se elevan ante el trono de Aquel para quien las oraciones son de dulce sabor.

En estas circunstancias, entonces, buscando la forma de aprender y vivir la ley de la oración, para que al igual que Él, nosotros podamos ir al lugar en que Él y su Padre moran, hagamos un resumen de lo que en verdad constituye el glorioso privilegio de presentarnos ante el trono de la gracia. Aprendamos la forma de hacerlo intrépida y eficazmente, no solamente mediante la palabra sino también en forma espiritual, para que podamos atraer sobre nosotros, al igual que lo hizo nuestro Señor, los poderes mismos del cielo. Quizás los siguientes diez puntos nos permitan cristalizar nuestro pensamiento y nos guíen en el perfeccionamiento de nuestras oraciones personales.

1.- Lo que es la oración.

En un tiempo morábamos en la presencia de nuestro Padre, veíamos su faz y conocíamos su voluntad; hablábamos con Él, escuchábamos su voz, recibíamos de Él consejo y dirección. Tal era nuestra condición como hijos espirituales en la vida preterrenal. Entonces actuábamos a base del conocimiento.

Ahora nos encontramos alejados de la presencia divina. Ya no vemos su faz ni escuchamos su voz como sucedió en aquel entonces. Ahora actuamos a base de la fe. Pero aun así necesitamos consejo y dirección igual o más aún de lo que los necesitábamos cuando convivíamos con las huestes angelicales de los cielos antes de que el mundo existiese. En su sabiduría infinita, conociendo de nuestras necesidades, el bondadoso Padre Celestial nos proveyó la oración como medio por el cual continuáramos comunicándonos con Él.

Tal como lo describí en otra ocasión: “Orar es hablar con Dios, ya sea en forma oral o mediante los pensamientos emitidos por la mente. Las oraciones pueden incluir expresiones de alabanza, de agradecimiento y adoración; son las solemnes ocasiones en las que los hijos de Dios solicitan al Eterno Padre aquellas cosas, tanto temporales como espirituales, que consideran que necesitan para sostenerles en sus muchas tribulaciones mortales. Las oraciones son oportunidades para la confesión: oportunidades en que, con profunda humildad de corazón y contrición de espíritu, los santos confiesan sus pecados a Dios y le imploran su perdón purificador.” (Mormón Doctrine, segunda edición, Bookcraft, pág. 581)

2.- La razón por la cual oramos.

Hay tres motivos básicos y fundamentales por los que oramos:

a.- Se nos ha mandado hacerlo. La oración no es algo de relativo significado a lo que podemos echar mano sólo si se nos ocurre, sino que se trata de un decreto eterno de “. . . Y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás”. Esto fue su palabra en la primera dispensación. “Y Adán y Eva, su esposa, no cesaron de invocar a Dios” (Moisés 5:8,16). En los tiempos modernos recibimos la siguiente instrucción: “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá” (Doctrinas y Convenios 4:7) Los maestros orientadores son llamados en la Iglesia para “. . . Visitar las casas de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente y en secreto. . .” (Doctrinas y Convenios 20:47) A su pueblo de los últimos días, el Señor les dijo en forma de mandamiento: “Y un mandamiento les doy: Quien no cumpla con sus oraciones ante el Señor, cuando sea tiempo, será tenido en cuenta ante el juez de mi pueblo” (Doctrinas y Convenios 68:33)

b.- Las bendiciones temporales y espirituales son la consecuencia de la oración. Tal como todas las revelaciones lo indican, los portales de los cielos se abren de par en par para quienes oran con fe, el Señor derrama sobre ellos su justicia, son preservados en circunstancias peligrosas, la tierra le brinda sus mejores frutos y en su corazón mora el gozo del evangelio.

c.- La oración es fundamental para la salvación. Ninguna persona responsable jamás ha logrado o llegará a lograr el descanso celestial, a menos que aprenda a comunicarse con el Señor de ese re “Porque ¿cómo conocerá un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos e intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13)

3.- Orar al Padre

El mandamiento dice que debemos orar al Padre (Elohím) en el nombre del Hijo (Jehová). Las revelaciones son perfectamente claras al respecto. “Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mí nombre”, dijo el Señor Jesús a los nefitas (3Nefi 18:19) Aun así, hay una cantidad asombrosa de falsas doctrinas y prácticas en las iglesias cristianas, lo que ocasionalmente se ve aun entre los verdaderos santos.

No faltan aquellos quienes oran a los llamados “santos” y les ruegan que intercedan por ellos ante Cristo. Los libros de oración oficiales de las varias sectas contienen algunas oraciones dirigidas al Padre, otras al Hijo y otras al Espíritu Santo, constituyendo en algunos casos la excepción en lugar de la regla el que las oraciones  sean  ofrecidas  en  el nombre de Cristo. Muchas personas consideran que logran una relación especial con nuestro Señor cuando dirigen sus peticiones directamente a Él.

Es verdad que cuando oramos al Padre la respuesta viene de parte del Hijo. “Porque hay. . . un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). José Smith, por ejemplo, le pidió al Padre en el nombre del Hijo, e hizo preguntas cuyas respuestas no fueron pronunciadas por la voz del Padre sino por la del Hijo, porque Cristo es nuestro abogado, nuestro intercesor, el Dios que rige y regula esta tierra (bajo el Padre). También es verdad el hecho de que en algunas oportunidades, Cristo asume en sus respuestas la prerrogativa de hablar mediante la divina investidura de la autoridad como si fuera el Padre, lo que significa que habla en la primera persona y utiliza el nombre del Padre porque el Padre puso sobre el Hijo su propio nombre.

También es verdad que nosotros y todos los profetas podemos expresar adecuadamente nuestras alabanzas al Señor Jehová (Cristo). Podemos cantar adecuadamente alabanzas a su sagrado nombre, tal como sucede en la expresión “Aleluya”, la cual significa alabado seas, o alabado sea Jehová; pero lo que debemos comprender perfectamente bien es el hecho de que siempre oramos al Padre, no al Hijo, y siempre oramos en el nombre del Hijo.

4.- Pedir bendiciones temporales y espirituales

Nos corresponde el derecho de orar y se espera que lo hagamos por todas las cosas que realmente necesitamos, ya sea que se trate de elementos temporales o espirituales. No poseemos, sin embargo, el derecho a peticiones ilimitadas; nuestros pedidos deben basarse en la equidad. “Pedid, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).

Amulek habla de cosechas y rebaños, de campos y manadas, del mismo modo que de la misericordia y la salvación, al tratar de las cosas a las que debemos referirnos cuando oramos. (Alma 34:17-29). La oración del Señor habla del “pan nuestro de cada día” (Mateo 6:11), y Santiago nos insta a que pidamos sabiduría (Santiago 1:5), lo que en principio significa que deberíamos  buscar  y  pedir  todos  los  atributos  característicos  de  Dios.

Nuestras revelaciones dicen: “Mas en todo se os manda pedir a Dios. . .” (Doctrinas y Convenios 46:7). Nefi dice:

“Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer en el Señor, sin antes orar al Padre en el nombre de Cristo, a fin de que Él os consagre vuestras acciones y vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9).

La promesa del Señor a todos los fieles es:

Si preguntares, recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que llegues a conocer los misterios y las cosas pacíficas, aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna” (Doctrinas y Convenios 42:61)

Es evidente que tenemos que orar por todo lo que debemos tener en justicia y en sabiduría. Ciertamente debemos procurar un testimonio, revelaciones y todos los dones del Espíritu incluyendo el cumplimiento de la promesa que se encuentra en Doctrinas y Convenios, sección 93:1, de buscar la presencia del Señor. Pero, por encima de todas las demás peticiones que podamos hacer, debemos rogar por la compañía del Espíritu Santo en esta vida, y por la vida eterna en el mundo venidero. Cuando los Doce nefitas “. . . Le pidieron lo que más deseaban. . .” de acuerdo con lo registrado en el Libro de Mormón, “. . . Su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9). El don más grande que puede recibir el hombre en esta vida es el don del Espíritu Santo, del mismo modo que el don mayor que puede recibir en la eternidad es la vida eterna.

5.- Orar por los demás

Nuestras oraciones no deben ser egoístas ni centradas en nosotros mismos, sino que debemos buscar el bienestar espiritual de todos los hombres. Algunas de nuestras oraciones son sólo para el provecho y la bendición de los santos; otras son para la iluminación y el beneficio de todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Jesús dijo en su gran oración intercesora: “Yo ruego por ellos; porque son tuyos” (Juan 17:9). Pero también mandó: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44). Así entonces, como Cristo “es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1Timoteo 4:10), también nosotros oramos por todos los hombres, pero especialmente por nosotros mismos, nuestras familias, los santos en general, y por aquellos que se esfuerzan por creer y conocer la verdad. Especialmente nos preocupan los enfermos que pertenecen a la casa de la fe y aquellos que se encuentran investigando el evangelio restaurado. Refiriéndose a los miembros de la Iglesia, Santiago dice: “. . .Orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). A quienes asisten a las reuniones de la Iglesia y tratan  de  aprender   acerca   de   la   verdad,   el   Señor   Jesucristo   Dice: “. . . Rogaréis al Padre por ellos en mi nombre”, con la esperanza de que se arrepientan y se bauticen (3 Nefi 18:23; 30)

6.- Cuándo y dónde orar

“Orad siempre” (2 Nefi 32:9). Así está escrito, significando que debemos orar regularmente, permanentemente, todos los días; y también, que debemos vivir con un espíritu de oración siempre en nuestro corazón, para que de esa forma nuestros pensamientos, palabras y acciones sean siempre de tal calidad que agraden o estén en armonía con el Padre Eterno. Amulek nos habla de orar “. . . En la mañana, al medio día y en la tarde. . .” y dice que deberíamos derramar nuestras almas delante del Señor, en nuestros aposentos y en nuestros sitios secretos y en nuestros yermos (Alma 34:17- 29). Jesús enseñó la oración, tanto personal como familiar: “. . . Orad al Padre, con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas e hijos.” (3 Nefi 18:15, 21)

La práctica actual de la Iglesia es la de tener oraciones familiares dos veces al día, nuestras oraciones personales diarias y la bendición de los alimentos a las horas correspondientes (excepto en lugares públicos u otras circunstancias, donde tal bendición podría parecer ostentosa e inapropiada), además de las oraciones adecuadas en nuestras reuniones.

7.- Cómo orar

Debéis siempre dirigiros al Padre, dar gracias por sus bendiciones, pedir conforme a vuestras justas necesidades, y hacerlo en el nombre de Jesucristo. Tal como las circunstancias lo permitan y requieran debéis confesar vuestros pecados, pedir la inspiración del Señor con respecto a vuestros    problemas personales, agradecerle por sus bondades, y articular tales expresiones de adoración y doctrina que os acerquen cada vez más a un estado de unidad con Aquel a quien oráis. Dos de las normas más descuidadas y al mismo tiempo más necesarias para la oración son:

a.- Orar intensamente, sinceramente y con todas las energías y la fuerza de vuestra alma. Las meras palabras y las repeticiones vanas de excelencia literaria no son suficientes, y son en realidad de poco va La verdadera elocuencia no se encuentra en la excelencia del idioma (aun cuando esto debería tratar de lograrse), sino en el sentimiento que acompaña a las palabras, sin importar lo pobremente que sean elegidas o pronunciadas. Mormón dijo: “. . . Pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones. . .” (Moroni 7:48). También dijo “Igualmente le es imputado a mal si un hombre ora y no lo hace con verdadera intención de corazón; Sí, y nada le aprovecha, porque Dios no recibe a ninguno de éstos.” (Moroni 7:9).

b.- Orar mediante el poder del Espíritu Santo. Este es el logro supremo en la oración. La promesa dice: “Y se os dará el Espíritu por la oración de . .” (Doctrinas y Convenios 42:14). “Y si sois purificados y limpiados de todo pecado, pediréis lo que quisiereis en el nombre de Jesús y se hará” (Doctrinas Y convenios 50:29). Las Escrituras dicen con respecto a la futura era del Milenio, cuando todas las oraciones sean perfeccionadas: “Entonces se les concederá a cualquier hombre cuanto pidiere. . .” (Doctrinas y Convenios 101:27)

8.- Utilización del albedrío y la oración

Nunca ha sido, ni es, ni jamás será el designio ni el propósito del Señor, no obstante, cuánto se lo roguemos en oración, el resolver todos nuestros problemas sin luchas y esfuerzos de nuestra parte. Este es un estado probatorio, y en él disponemos de nuestro albedrío. Somos probados para comprobar la forma en que habremos de definirnos al confrontarnos con diversos problemas; cual ha de ser el curso que sigamos mientras nos encontremos en esta vida transitando sus caminos, no por el conocimiento sino por la fe. Es decir que nos encontramos aquí para resolver nuestros propios problemas,  para  luego  pedir consejo al Señor en oración y recibir la confirmación espiritual de que nuestras decisiones son correctas. Al disponerse para su trabajo de traducción del Libro de Mormón, José Smith no se concretó a pedirle al Señor que le explicara el significado de los caracteres que se encontraban escritos sobre las planchas, sino que más bien Él le requirió que estudiara en su mente el tema al que se hallaba confrontado para que pudiera así tomar decisiones propias, y que después le preguntara al Señor si sus conclusiones eran correctas. (Doctrinas y Convenios 8 y 9). Lo mismo sucede con nosotros en todo lo que se nos requiere que hagamos. Una vez que hayamos hecho todo lo posible por nosotros mismos, podemos consultar al Señor mediante la oración poderosa y eficaz, lo que nos dará el poder para llegar a las conclusiones correctas.

9.- Seguir las formalidades de la oración

Aunque muchas, estas formalidades son simples y fáciles y contribuyen así al espíritu de reverencia que caracteriza a las oraciones sinceras y productivas. Nuestro Padre es glorificado y exaltado; es un Ser Omnipotente. Comparados con Él nosotros somos como el polvo de la tierra: aun así somos sus hijos y mediante la oración podemos acercarnos a Él. Cualquier acto de reverencia que nos condicione a lograr el perfecto estado mental necesario para orar tiene sus repercusiones positivas. En nuestras oraciones buscamos la guía del Espíritu Santo, en lo profundo de nuestros sentimientos meditamos sobre las solemnidades de la eternidad; nos allegamos a Dios con un espíritu de humilde respeto con reverencia y adoración; nos expresamos con palabras solemnes y reverentes; escuchamos esperando oír su respuesta. Durante la oración nos presentamos de la mejor forma posible, pues estamos en su divina presencia.

Casi por instinto, por lo tanto, hacemos cosas como inclinar la cabeza y cerrar los ojos, cruzar los brazos, arrodillarnos, o incluso postrarnos delante del Señor. Utilizamos para dirigirnos a Dios el idioma sagrado de la oración, que es el idioma bíblico, y que, a pesar de ser el tuteo, jamás es el irreverente; y cuando decimos “Amén” a otras oraciones nos hacemos participes de lo expresado por otras personas.

10.- Vivir conforme a la forma que oramos

Hay un antiguo adagio que expresa una idea muy correcta, y dice: “No lo hagas, si no puedes orar al respecto”, lo que significa que si somos incapaces de orar y actuar sobre lo orado, o hacer algo que complemente a la oración que expresamos, es mejor no hacerlo; y es verdad que nuestros hechos en gran manera son engendrados por nuestras oraciones. Habiendo orado, actuamos de acuerdo con esa oración; nuestros justos pedidos surten el efecto de marcar un derrotero justo para nuestra conducta. El joven que sincera y honestamente, ejerciendo toda fe posible, ora para salir en una misión, tendrá que hacer todo lo necesario a fin de prepararse para cumplir con ésta. Los jóvenes que oran con fe para poder casarse en el templo y luego actúa de acuerdo con esas oraciones, jamás estarán satisfechos con un matrimonio mundano. La oración y los hechos están tan íntimamente ligados que tras haber recitado la ley de la oración en forma detallada, Amulek llega a la siguiente conclusión:

“. . . Porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si lo tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá de nada, mas seréis como los hipócritas que niegan la fe”. (Alma 34:28).

Hemos hablado breve e imperfectamente de la oración y de algunos de los grandes y eternos principios que son una parte de ella. Queda tan sólo algo más: testificar del hecho de que esta doctrina es verdadera y de que la oración  es una realidad viviente que nos guía a la vida eterna.

La oración puede ser una conversación incoherente o confusa para la mente carnal, pero para los santos de Dios es el medio de comunicación con lo divino. Para quien no ora y es rebelde, parecería como un acto de piedad sin sentido, originado en la inestabilidad mental; pero para aquellos que hayan saboreado sus frutos, se convierte en ancla a la que recurre el alma cuando se ve sometida a las tormentas de la vida.

La oración proviene de Dios; no las vanas repeticiones de los paganos, ni la retórica de los libros de oraciones, ni el tributo labial falto de sinceridad de los hombres lujuriosos, sino la oración nacida del conocimiento y la nutrida por la fe que se ofrece en el espíritu y en la verdad.

La oración abre las puertas hacia la paz en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero. Es esencial para la salvación, y a menos que hagamos de ella una parte integral de nuestra vida y podamos así hablar con el Padre y obtener sus respuestas por el poder de su Espíritu, permaneceremos en nuestros pecados.

O tú, por quien tenemos paz
Tuviste que andar;
La senda de la oración
Enséñanos a orar.
(Himnos de Sión, Núm.  129.)

De todas estas cosas doy testimonio, y ruego al Padre en el nombre del Hijo que todos los Santos de los Últimos Días, del mismo modo que todas las personas en el mundo que se unirán a ellos, puedan lograr la paz y el gozo en esta vida y la plenitud eterna en la vida venidera, mediante la oración y una vida justa.

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