El testimonio de Jesucristo

El 9 de abril de 1972 en la sesión del domingo por la mañana en la Conferencia General Anual número 142 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril 1972. Revista Ensing julio 1972. Liahona abril 1973.

El testimonio de Jesucristo

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Acudí al Señor para preguntarle qué habría yo de decir en esta ocasión, y recibí la clara y afirmativa impresión de que debería expresar mi testimonio de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo.

Poseo lo que se conoce como “el testimonio de Jesucristo”, lo cual significa que yo sé por revelación personal del Espíritu Santo a mi alma, que Jesucristo es el Señor, que trajo la vida y la inmortalidad a la luz mediante el evangelio, y que ha restaurado en este tiempo la plenitud de su verdad sempiterna, a fin de que nosotros junto con nuestros antepasados, lleguemos a ser herederos de su presencia en la eternidad.

La fuente de un testimonio

Un testimonio proviene del Espíritu de Dios; no existe otra fuente. Y cuando se da un testimonio tiene que darse mediante el poder del Espíritu Santo. Por lo tanto, deseo y ruego fervientemente que en esta ocasión pueda yo ser guiado por ese poder, de manera que os exprese los deseos, la voluntad y la voz del Señor.

Deseo expresar mi testimonio a mí mismo, a vosotros como miembros de la Iglesia, y a todo el mundo. Cuando os hable por el poder del Espíritu Santo, para que mi testimonio penetre en vuestros corazones y sea en vosotros como un manantial que mane hacia la vida eterna, para que vuestros corazones ardan dentro de vosotros de manera que conozcáis la verdad y la divinidad de las palabras que os diga, debéis ser guiados por el mismo Espíritu, y por esta razón ruego que vuestro corazón pueda abrirse y que vuestras almas se enciendan dentro de vosotros y conozcáis la verdad de que os hablaré.

Me tomare la libertad, tanto por vía de testimonio como para acentuar lo que digo, de leer unas palabras de mi propia composición:

Yo creo en Cristo

Yo creo en Cristo, Él es mi rey,
Con todo el corazón he de cantarle,
Con voz gozosa y reverente
Solemnes alabanzas elevarle.

Yo creo en Cristo, el Hijo de Dios;
Vivió en la tierra como hombre,
Sanó enfermos, levanto a los muertos,
Alabado por sus obras sea su nombre.

Yo creo en Cristo, bendito ser,
Como hijo de María a reinar vino,
Entre mortales, y a su prójimo salvar
De la angustia y el dolor del mal camino

Yo creo en Cristo que marcó la vía,
Que cuanto el Padre poseía pudo lograr,
Que a los hombres dijo: “Venid, seguidme,
Y así, mis amigos, podréis con Dios estar.”

Yo creo en Cristo mi Señor, mi Dios;
En la tierra buena Él mis pies planta.
Con toda mi alma he de adorarlo,
De la verdad y la luz es la fuente santa.

Yo creo en Cristo, mi rescate pagó,
Librándome del poder del maligno;
Y en su eterna mansión celestial
Con gozo y amor viviré, si soy digno.

Yo creo en Cristo, el Supremo ser,
En Él toda esperanza es realidad,
Y mientras lucho en el dolor y la pena
Su voz me dice que mi labor será premiada.

Yo creo en Cristo; y pese a todo,
En ese gran día con Él podré estar
Cuando de nuevo a la tierra
Él venga Entre los hijos de hombres a reinar.

El plan de salvación

La salvación se origina con Dios nuestro Padre Celestial. Realmente, la salvación es ser como Él, heredar, poseer y recibir aquello de lo cual Él goza. Si hemos de conocer a Dios, debemos creer como Él cree, pensar como Él piensa y experimentar lo que Él experimenta.

El grandioso plan de salvación fue creado por nuestro Padre Celestial para brindarnos la posibilidad de avanzar, progresar y llegar a ser como Él. Mas la salvación se centra en Cristo. El plan requirió la creación y la población de esta tierra, a fin de que pudiésemos venir aquí y ganar experiencias que no podrían vivirse de ninguna otra manera.

En las eternidades que precedieron a esta vida, vivimos con nuestro Padre celestial; estuvimos presente cuando Él pregonó en alto en medio de la eternidad: “¿A quién enviaré para que sea mi hijo, para que lleve a cabo el sacrificio infinito y eterno de la expiación y ponga en plena vigencia los términos y las condiciones de mi plan eterno?” Todos estuvimos allí.

La salvación se centra en Cristo

Ahora bien, la salvación se centra en el Señor Jesucristo; en las palabras del ángel que se presentó ante el rey Benjamín:

“. . . La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente.” (Mosíah 3:18)

A José Smith le preguntaron: “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?” El respondió:

“Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los Apóstoles y Profetas concerniente a Jesucristo: que murió, fue sepultado se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas, que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 67)

Esto equivale a decir que el sacrificio expiatorio del Señor es el centro de todas las cosas, en lo que a nosotros concierne. Dios nuestro Padre Celestial nos creó,  sin lo cual no tendríamos existencia, y Cristo el Hijo nos ha redimido, sin lo cual no habría ni inmortalidad ni vida eterna.

Ahora, lo glorioso que ha sucedido en estos tiempos es que los cielos se han abierto, que Dios ha hablado nuevamente, que ha llamado oráculos vivientes, hombres que son Apóstoles y Profetas para que sean sus portavoces y proclamen al mundo sus resoluciones, sus propósitos y su voluntad; y su mensaje es el evangelio restaurado de Jesucristo, administrado en la Iglesia que lleva su nombre.

El testimonio de muchos

Mi voz, es la voz del testimonio. Testifico de la veracidad y divinidad de esta obra; pero mi voz no es la única, pues no es sólo una la voz que clama en un desierto. El testimonio que os doy es sólo un eco de los testimonios que han sido pronunciados por personas fieles desde la primavera de 1820, cuando aparecieron el Padre y el Hijo para dar comienzo a esta última grandiosa dispensación de la verdad eterna. Y el testimonio que doy no es sino un presagio de ese testimonio que todavía ha de ser promulgado por diez mil veces diez mil personas, congregadas de toda nación y tribu y lengua y pueblo, redimidas por la obediencia al mensaje que Dios restauró mediante José Smith en estos tiempos.

Poder

Y si existe algo maravilloso en cuanto a esta obra, es que es verdadera, que hay validez de salvación, virtud y fuerza en el evangelio de Jesucristo, y que el poder de Dios para salvación se encuentra aquí, en las cumbres de estos montes sempiternos. Y esta gloriosa verdad se está extendiendo por todas las naciones de la tierra tan rápidamente como su gente acepta el testimonio que se le da y cree las verdades que nuestros representantes proclaman. Esta es la época de la cual Dios ha dicho que todos los congregados de Israel serán testigos de su nombre. “. . . Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, y yo soy Dios”. (Isaías 43:12).

Este es el tiempo en que Él ha dicho que todo élder de su reino, que todo aquél que posea el Santo Sacerdocio, tiene poder para hablar en su nombre, tiene el Espíritu Santo que da testimonio e ilumina sus pensamientos, y poder para proclamar las verdades de salvación.

Proclamo estas verdades y deseo de corazón que los hombres crean y obedezcan. Creo que puedo decir junto con Nefi que toda mi intención es persuadir a los hombres a que vengan al Dios de Abraham y al Dios de Isaac y al Dios de Jacob y que sean salvos, porque la obra es verdadera, porque la salvación yace en Cristo. Y siendo Dios nuestro testigo, es verdadera.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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