Superar al mundo

El 6 de abril de 1955 en la sesión del miércoles por la tarde en la Conferencia General Anual número 125 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril 1955. Improvement Era, junio 1955.

 Superar al mundo

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Si vamos a heredar la vida eterna en el reino de nuestro Padre, debemos superar el mundo. El mundo es un estado de maldad, la maldad y la carnalidad, un estado corrupto en el que habitan los hombres y en el que la maldad impera. Para vencer al mundo, debemos triunfar sobre estas cosas.

Todos los hombres que viven en este mundo, en este estado de carnalidad, y que no han superado el mundo, son a su vez carnales, sensuales y diabólico por naturaleza. Ese es el tipo de herencia que hemos recibido como parte de esta mortalidad, y nuestro objeto y fin es superar al mundo y desarrollar el tipo de cuerpos, atributos y perfecciones, que nos permitan morar como santos, puros, y llegar a ser seres exaltado en el mundo eterno.

Estas verdades nos han sido reveladas a nosotros en muchas revelaciones; por ejemplo, Juan escribió estas palabras:

No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.

Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.

Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1 Juan 2:15-17)

Y el gran profeta nefita, Alma, en el discurrir de la naturaleza de prueba de nuestra existencia mortal, dijo que todos los hombres son “carnales, sensuales y diabólicos por naturaleza.” (Alma 42:10)

De Santiago tenemos estas palabras:

. . . ¿No   sabéis   que   la   amistad   del   mundo   es   enemistad   con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. (Santiago 4:4)

Entonces, finalmente, tenemos estas expresiones, según lo señalado por un ángel que se le apareció al rey Benjamín en este continente:

Porque el hombre natural es  enemigo  de  Dios,  y  lo  ha  sido  desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo  del  Santo Espíritu,  y  se  despoje  del  hombre   natural,   y   se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre. (Mosíah 3:19)

A nuestro entender del plan de salvación, vinimos a esta tierra con dos propósitos. Primero: Vinimos a obtener un cuerpo mortal, un cuerpo tangible, este cuerpo que recibimos en esta vida es una casa temporal para el espíritu eterno, pero luego recibiremos un cuerpo revestido de inmortalidad por medio del sacrificio expiatorio de Cristo. Segundo: Vinimos aquí para ver si tendríamos la integridad espiritual, la devoción a la justicia, para vencer al mundo, para echar fuera al hombre natural, de refrenar nuestras pasiones, y controlar los apetitos que son naturales en este tipo de existencia.

Se nos ha puesto en este estado de probación deliberadamente. Estábamos en libertad condicional cuando vivíamos en la presencia de Dios, nuestro Padre Celestial. Pero en esa esfera vivíamos por la vista; en ese ámbito, teníamos cuerpos espirituales. Hemos sido enviados aquí a caminar por fe, y se nos han dado cuerpos mortales, que están sujetos a los males y vicisitudes, las tentaciones y deseos de la carne. Y ahora, si por la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, mantenemos los estándares de justicia personal que se encuentran en el Evangelio, si al hacer esto, podemos vencer al mundo, estaremos tomando los cuerpos que poseemos y transformándolos en el tipo de organismos que pueden habitar con seres exaltados.

El Profeta dijo que si vamos donde está Dios, debemos ser como él; es decir, debemos desarrollar las características y los atributos y las perfecciones que Dios tiene. La lucha a la que nos enfrentamos es si vamos a vencer al mundo o si seremos vencidos por el mundo. Todos los hombres abandonan el mundo cuando entran en la Iglesia; entonces superan al mundo y continúan en la justicia y en la diligencia guardando los mandamientos de Dios.

Nadie ha vencido al mundo, el mundo de la carnalidad y la corrupción, hasta que haya entregado su corazón a Cristo, hasta que utilice todos sus talentos, habilidades y fuerza en guardar los mandamientos de Dios, y en la causa de esta gran obra que ha de rodar y llenar toda la tierra.

El Señor nos ha permitido ser nuestros propios agentes, nos ha dado talentos y capacidades. Él envió a su Hijo al mundo para ser el gran Ejemplo, para ser un patrón, para marcar la forma en que podamos, como él, alcanzar la gloria y la recompensa eterna.

Fue Cristo quien dijo: “Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33), y también fue Cristo quien prometió;

Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono. (Apocalipsis 3:21)

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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