Los hijos del convenio

El 29 de septiembre de 1950 en la sesión del viernes por la mañana en la Conferencia General Semianual número 121 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1950, octubre, Revista Liahona febrero, 1951.

Los hijos del convenio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El Presidente George Albert Smith dijo esta mañana que no con el solo hecho de tener sus nombres en los registros de la Iglesia se salvarán los miembros en el reino de Dios, sino que es necesario guardar los mandamientos.

El Elder Joseph Fielding Smith dijo la misma cosa y nos leyó el convenio del bautismo, es decir, el convenio que hacemos en las aguas del bautismo.

El convenio

Somos un pueblo que toma y hace convenios. Tenemos el evangelio que es el nuevo y sempiterno convenio: nuevo porque el Señor lo ha revelado de nuevo en nuestro día; sempiterno porque sus principios son eternos, han existido con Dios desde toda la eternidad, y son las mismas leyes invariables por las cuales todos los hombres de todas edades pueden salvarse. El evangelio es un convenio que hace Dios con sus hijos aquí sobre la tierra a fin de traerlos de nuevo a su presencia y darles la vida eterna, si caminan en las sendas de la verdad y justicia mientras están aquí.

Somos los hijos del convenio que hizo Dios con Abrahán, nuestro padre. A Abrahán, prometió Dios la salvación y exaltación si caminamos en las sendas que el Señor le había enseñado. Además, el Señor hizo convenio con Abraham  que  restauraría  a  la  simiente  de  Adán  las  mismas  leyes  y ordenanzas, en toda su belleza y perfección, con la cual lo recibió aquel patriarca de la antigüedad. “Pues cuantos reciban este evangelio,” le dijo el Señor,   “serán   llamados    por    tu    nombre;    y    serán    considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos.” (Abraham 2:10.)

Ahora tenemos este mismo convenio sempiterno. Tenemos el evangelio restaurado, y toda persona que pertenece a la Iglesia, quien ha pasado por las aguas del bautismo, ha tenido el privilegio inestimable de hacer un convenio personal con el Señor que le salvará con la condición de que haga las cosas que promete hacer cuando entra en ese convenio con Dios.

Explicación de Alma

Alma repitió este convenio personal de salvación en las aguas de Mormón en estas palabras —todo, por supuesto, se resume en la promesa de guardar los mandamientos de Dios— pero Alma da estas particularidades: El dice que cuando entramos en las aguas del bautismo hacemos convenio de que entraremos en el rebaño de Cristo y ser nombrados con su pueblo. Hacemos convenio que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo y en verdad ser Santos. Hacemos convenio de que sobrellevaremos mutuamente nuestras cargas, para que sean ligeras. Hacemos convenio de llorar con los que lloran. Hacemos convenio de consolar a los que necesitan consuelo. Hacemos convenio de que seremos testigos de Cristo y de Dios en todo tiempo y en todas las cosas y en todos los lugares donde estuviésemos, aún hasta la muerte. Entonces, como resumen, Alma dice que hacemos convenio de que le serviremos a Dios y guardaremos sus mandamientos.

La parte del Señor

En cambio, es decir, si hacemos todas estas cosas, el Señor por su parte promete que saldremos en la primera resurrección y seremos redimidos por él; que derramará más abundantemente sobre nosotros su espíritu mientras estemos aquí en esta vida, y que tendremos la vida eterna en el mundo venidero.

No creo que el Señor haga convenios inútiles con ningún individuo y por tanto, cualquier persona que guarde este convenio, y que haga todas las cosas requeridas por él, puede tener en su corazón la seguridad de que irá a la presencia de Dios y tendrá vida eterna en las mansiones que están preparadas.

Renovación del convenio

Tan importante es este convenio a la vista de Dios que él nos ha proveído el medio y la manera de renovarlo a menudo. La ordenanza por la cual renovamos este convenio es la ordenanza del sacramento. Cada vez que participamos del sacramento dignamente, con corazones humildes y espíritus contritos, convenimos de nuevo de que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo, de siempre recordarle, y siempre guardar los mandamientos que él nos ha dado. Y el Señor nos promete de nuevo que siempre tendremos su Espíritu consigo; y además, que tendremos vida eterna en su reino según la revelación que dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero”. (Juan 6:54.)

El ser salvo significa ir al reino celestial. El ser exaltado significa ganar el cielo o grado más alto en aquella gloria. No sólo se nos ha permitido como Santos de los Últimos Días de tomar el convenio de salvación, y de renovarlo de cuando en cuando, pero también hemos sido privilegiados al entrar en convenios que nos dará la exaltación en el reino de nuestro Padre. Después de que un hombre ha tomado el convenio del bautismo y oprimiéndose ha avanzado en justicia y en constancia ante el Señor, y ha deseado guardar los mandamientos, y manifestado por sus obras que pone las cosas del reino de Dios primero y que permitirá que las cosas del mundo sean de importancia secundaria, llega el tiempo cuando es llamado y escogido y ordenado al sacerdocio mayor. La ordenación al sacerdocio mayor incluye un convenio de exaltación.

El Señor reveló este convenio a José Smith en estas palabras:

Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; El que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.

Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.

Así que, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.

Pero el que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare totalmente, no recibirá perdón de los pecados en este mundo ni en el venidero. (Doctrinas y Convenios 84:33-41)

Cumplimiento de bendiciones

Ahora según las revelaciones que hemos recibido, la plenitud  del sacerdocio, significando, supongo, la plenitud de las bendiciones del sacerdocio, se puede obtener sólo en los templos de Dios. Hay una orden del sacerdocio que se llama el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. Cuando las personas entran en ese orden del matrimonio, administrado en los templos del Señor, por los siervos del Señor, teniendo la autoridad del Señor, hacen un convenio de exaltación, un convenio que les hará levantarse en la resurrección como esposo y esposa. La organización de la familia continuará, y ellos ganarán el galardón más alto y el honor y la gloria más grande que nuestro Padre puede conferir sobre sus hijos. Ellos serán dioses, aun los hijos de Dios, y todas las cosas serán suyas, porque recibirán de la plenitud del Padre.

Estos convenios que hacemos en las aguas del bautismo y cuando participamos del sacramento, si los guardamos, nos garantizarán un lugar en el mundo celestial. Estos convenios que hacemos en las aguas del bautismo y cuando participamos del sacramento, si los guardamos, nos garantizarán un lugar en el mundo celestial. Estos convenios que tomamos cuando somos ordenados al sacerdocio mayor, y cuando entramos en ese orden del sacerdocio que es el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, si lo guardamos, nos garantizarán un lugar de exaltación en la eternidad.

Y como es con el convenio del bautismo, así también es con el convenio del matrimonio: No creo que el Señor este haciendo un convenio inútil con nosotros u ofreciéndonos algo que no podemos obtener. En cada caso, si guardamos nuestra parte del convenio y hacemos las cosas que sabemos que debemos hacer, el Señor ha prometido hacer lo que a él le corresponde y guardar su parte del convenio y darnos el galardón prometido.

La puerta del bautismo

A veces alguno dirá: “Pues, yo he sido bautizado en la Iglesia; soy un miembro de la Iglesia; sólo seguiré y viviré una vida común: no cometeré crímenes grandes; viviré una vida cristiana más o menos buena: y al fin ganaré el reino de Dios.”

No lo entiendo de esa manera. Creo que el bautismo es sólo la puerta. Es una puerta que nos pone en una senda: y el nombre de esa senda es el camino recto y angosto. El camino recto conduce hacia arriba desde la puerta del bautismo hasta el reino celestial. Después de que una persona ha entrado por la puerta del bautismo, tiene que proseguir adelante con firmeza en Cristo, como dice Nefi, teniendo una esperanza resplandeciente, y un amor perfecto hacia Dios y todos los hombres; y si persevera hasta el fin, entonces obtendrá el galardón prometido.

Y así es también con el matrimonio y la exaltación. A veces las personas piensan que pueden entrar en la ordenanza de matrimonio celestial y entonces ser indiferentes o tibios o aun cometer iniquidades y pecar, y aun creer que al fin, en las eternidades que son preparadas, después que hayan pagado los castigos por sus pecados, entonces saldrán como esposo y esposa y entrarán en su exaltación: Esto no es el caso. Los mismos principios que se aplican al bautismo y la salvación se aplican también al matrimonio y la exaltación. No hay tal cosa como el obtener la salvación o la exaltación excepto por la obediencia de aquellas leyes sobre las cuales la recepción de estas bendiciones se basa. La salvación nunca ha sido y nunca será el fruto del pecado.

Permanecer en nuestros convenios

Después de que hemos sido bautizados, después de que nos hemos casado en el templo, después de que hemos hecho todos estos convenios, tenemos que guardarlos. Cada promesa que recibimos depende de nuestra fidelidad subsiguiente. Así declara expresamente el mismo convenio de matrimonio. Tenemos que ser obedientes, fieles, y diligentes, valientes en el testimonio de Cristo, caminando por cada palabra que procede de su boca. Por medio de tal curso santificaremos nuestras almas. Cuando llegamos a ser santificados y puros, somos capaces y elegibles y dignos de pararnos en la presencia del Padre. Nada impuro puede morar en su presencia. El proceso entero de la salvación, la probación entera por la cual pasamos en la mortalidad, es para permitirnos limpiar, perfeccionar y purificar nuestras almas. Es para permitirnos desechar la maldad, la iniquidad y la carnalidad y todo lo que nos aparta de Dios de nuestras almas, y reemplazar esas características con justicia, virtud, verdad y obediencia, y si lo hacemos, grado por grado, nos perfeccionará hasta que al fin estaremos limpios y sin mancha y puros y capaces de sufrir la gloria del mundo celestial. Si no podemos sufrir la gloria del reino celestial, no podremos ir a donde Dios y Cristo están.

Bendiciones

Recibimos las bendiciones más grandes que los hombres pueden recibir aquí en esta vida por vivir el evangelio. El mundo puede estar en tumulto, roto y desordenado; puede haber sangre y carnicería por todos lados, pero si guardamos los mandamientos de Dios, recibiremos el Espíritu Santo como nuestro compañero y guía. Los que reciben el Espíritu Santo obtendrán la paz que sobrepuja todo entendimiento. Ahora este es el don más grande que una persona puede obtener mientras mora en la mortalidad.

Y entonces por haber guardado esos mismos mandamientos y por haber caminado en esa misma senda, habiendo guardado esos mismos convenios, obtenemos la promesa segura de que seremos herederos de una exaltación celestial en las mansiones que son preparadas. El evangelio nos da las bendiciones más grandes que se puede obtener en el tiempo, y nos asegura la herencia más grande que se puede obtener en la eternidad. ¡Cuán agradecidos debemos estar por ellos! Cuan ansiosos debemos estar de guardar los mandamientos de Dios, y los convenios que hemos hecho, para que podamos tener todas las cosas selectas y ricas que el Señor promete a los Santos. Es mi oración que lo podamos hacer, en el nombre, de Jesucristo. Amén.

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