La verdad acerca de Dios

Publicado en la revista Liahona entre los años 1955-1956. Octubre-noviembre, 1955. Febrero, 1956. Marzo, 1956. Abril, 1956, páginas.

 La verdad acerca de Dios

Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Muchos cristianos que hoy viven, devotamente creen que Dios de nuevo se ha revelado al hombre, literal y personalmente, en esta época misma en que vivimos.

Este conocimiento de Dios nuevamente revelado, ha surtido un efecto más devastador y tumultuoso en las creencias religiosas modernas, que cualquier otro acontecimiento desde la resurrección de nuestro Señor, hace ya unos dos mil años.

¿Qué es este nuevo conocimiento que ha venido al mundo? ¿Tiene analogía con las enseñanzas de los antiguos profetas? ¿Cambia, aumenta o derriba sus testimonios? ¿Cuál es su efecto en los credos y dogmas universalmente aceptados por los miembros de casi toda la iglesia cristiana? De hecho,

¿Qué clase de ser es Dios? ¿Y cuantos cristianos realmente saben qué clase de ser están adorando?

¿Es Él un personaje a cuya imagen el hombre ha sido creado, o es una esencia espiritual increada que llena la inmensidad del espacio, presente en todas partes y sin embargo, sin hallarse en ningún lugar particular?

¿Se le puede ver, conocer, describir, o es invisible e imposible de ser visto, desconocido e imposible de ser conocido, una incomprensible fuerza mística que llena todo el espacio?

¿Es Él una persona, una entidad, una personalidad que puede ser conocida, un individuo con todo poder que se apareció a los antiguos profetas y habló con ellos cara a cara, o es Él las leyes y potencias, las fuerzas e influencias que componen las leyes de la naturaleza?

¿Puede Dios estar solo en un lugar a la vez? ¿Es una persona, una personalidad, un individuo glorioso y exaltado que tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre, o es Él las leyes que rigen el universo, los poderes y dominios que hay en todas las cosas, que, sin embargo, no se pueden catalogar, segregar o definir?

¿Es Dios un espíritu, irreal e inaccesible, o es la personificación de toda buena gracia, de modo que siente celo por su nombre, se aíra con los inicuos, es misericordioso hacia los pecadores arrepentidos y justo para con todos los hombres?

¿Y qué se sabe de la Trinidad? ¿Se compone de tres personajes separados que son uno en propósito y plan, o es esta Trinidad eterna solamente tres manifestaciones de la misma esencia espiritual cuyos miembros no son sino diferentes representaciones de la misma cosa?

¿Cómo es que la Trinidad es tres, y sin embargo, uno? ¿Y cuáles son el carácter, perfeccionamiento y atributos que cada uno de los tres posee?

Conceptos antagónicos respecto a Dios

En diversas épocas han existido muchas ideas opuestas acerca de Dios, y en la actualidad aún prevalecen varias en el mundo. Gran cantidad de hombres han convertido el palo o la piedra de Dios; otros han adorado vacas o cocodrilos; otros han visto en los cuerpos celestiales y en la fuerza de la naturaleza objetos dignos del homenaje de los mortales.

En la era cristiana. Tanto los concilios como los individuos han redactado credos, tratando de dar fin a la casi universal incertidumbre concerniente a la naturaleza de Dios y la clase de ser que es.

Uno de estos credos especifica que Dios es Todopoderoso, increado e incomprensible. Acomodan estas descripciones igualmente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; y sin embargo, reza que “no son tres eternos, sino un eterno; como tampoco hay tres increados, ni tres incomprensibles, sino un increado y un comprensible”. La conclusión a que se llega es que “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios; sin embargo, no hay tres dioses sino un Dios”. (Símbolo de Atanasio).

Otra iglesia proclama que Dios es “el Ser Supremo, incorpóreo e increado”. (Catholic belief, por Bruno, pág. 1) Pero quizás el concepto ortodoxo mejor conocido, se halla en esta declaración: “No hay sino un Dios viviente y verdadero, sempiterno, sin cuerpo, partes o pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad”. (Iglesia Episcopal Protestante de los Estados Unidos. Artículo 1).

Por otra parte, muchos creen que Dios es un ser personal a cuya imagen el hombre ha sido creado, y que los miembros de la Trinidad son personajes distintos, unidos como uno en propósito y plan

El Dios no conocido

Es palpable que no pueden ser verdaderos todos los conceptos que hoy existen concerniente a la naturaleza de Dios y la clase de ser que es, así como a la relación que entre sí tienen los miembros de la Trinidad y sus misiones. La verdad siempre armoniza consigo misma, y los conceptos que se oponen diametralmente no pueden todos estar expresando la verdad.

En vista de que la creencia en Dios es la base fundamental de cualquier religión, así como la creencia en un Dios verdadero es esencial a una religión verdadera, se concluye que es de suma importancia que aquellos que buscan la salvación lleguen al conocimiento de Dios.

Contrastan con los conceptos expresados en los credos de la cristiandad moderna las palabras de nuestro Señor en su gran oración intercesora:

Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. (Juan 17:3).

José Smith enseñó:

“El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con Él como un hombre conversa con otro. . . ” (Enseñanzas del Profeta José Smith. pág. 192)

Cuando Pablo se puso de pie ante el Areópago para razonar con los filósofos y religiosos atenienses, él dijo:

“. . . Pasando y mirando   vuestros   santuarios,    hallé    también   un altar en el cual estaba esta inscripción. AL DIOS NO CONOCIDO.” (Hechos 17:23)

Para estos hombres era desconocido aquel ser que es vida eterna conocer. Casi igual condición prevalece hoy entre aquellos que aceptan los credos que proclaman a Dios como algo incomprensible, increado, y sin cuerpo, partes o pasiones.

Pablo, sin embargo, con la majestad y conocimiento de su apostolado dijo a los hombres de Atenas:

“. . . Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.” (Hechos 17:23)

Y así hoy los testigos del Señor salen proclamando una nueva revelación de Dios y la Trinidad, a fin de que los hombres conozcan a estos santos seres y lleguen a ser herederos de la vida eterna.

La revelación es la única fuente de conocimiento respecto del Dios verdadero y viviente. El hombre ha de beber de esta fuente o para siempre jamás tener sed. No puede hallar a Dios buscándolo solamente en el campo de la razón. Puede hacerse ídolos, escribir y desarrollar conceptos filosóficos, pero todas estas cosas serán sus propias creaciones. No afectan la verdad acerca de Dios. Si no es revelado, permanece desconocido para siempre.

De manera que como lo expresó Isaías:

“¡A la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20)

La personalidad de Dios

Como todo cristiano sabe, la Trinidad se compone de tres miembros: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.

Sin embargo, al presentar el conocimiento revelado de la personalidad de Dios, no se intentará al principio, en el caso de determinados pasajes de las Escrituras, distinguir entre el Padre y el Hijo. Ya que tienen las mismas características personales, los mismos atributos perfeccionados, la misma personalidad (aun cuando son personajes separados), los pasajes de las Escrituras que se citan se aplican o pueden aplicarse igualmente a cada uno de ellos. Los que buscan la verdad pueden más tarde hacer las distinciones necesarias que indican las misiones que cada uno de ellos lleva a cabo, así como su relación entre sí, como miembros de la trinidad.

De manera que si la vida eterna consiste en conocer a Dios, y ya que desea que el hombre obtenga esta salvación, él se ha revelado al ser humano de cuando en cuando. Esta revelación, comenzó desde el principio, con nuestro Padre Adán. Mientras todavía se hallaba en el jardín de Edén, anduvo y habló con Dios, vio su faz, recibió instrucciones de él y supo cómo era. (Génesis 2:15-25; 3:1-24).

Más tarde, cuando el Señor reveló la historia de la creación, explícitamente enseñó que Él era un ser a cuya imagen y semejanza el hombre había sido creado. Por leer las Escrituras, claramente se deduce que Él fue el modelo según el cual el hombre fue creado física y naturalmente sobre la tierra. Por más que se quiera, es imposible tergiversar las palabras en el sentido de que el hombre fue creado meramente a su imagen y semejanza espiritual.

La historia de la creación del hombre, según el Génesis dice así:

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. . .

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1:26-27).

Éste es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo.

Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán el día en que fueron creados.

Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set. (Génesis 5:1-3).

De manera que Adán fue creado a su imagen y semejanza de Dios, en la misma forma que Set fue creado a imagen y semejanza de Adán. Pablo dio la misma interpretación literal a estas palabras, explicando que como el varón “es imagen y gloria de Dios”, así, “la mujer es gloria del varón”. (1 Corintios 7).

Vemos pues que el hombre, en cuanto a su forma, es semejante a Dios, y que Dios en su forma es como el hombre. Tanto uno como otro tienen tamaño y dimensiones. Ambos tienen un cuerpo. Dios  no  es  una existencia etérea que se halla en todas las cosas, ni tampoco es meramente los poderes y leyes mediante los cuales todas las cosas son gobernadas.

Esto es lo que enseña las Escrituras antiguas; más tarde veremos qué puede añadir a esto la revelación moderna.

Muchos profetas vieron a Dios

Por medio de la fe, muchos hombres han visto a Dios y han dejado su testimonio sobre su naturaleza y la clase de ser que es. Leemos que cuando Moisés, uno de los profetas más grandes que ha habido;

“. . . Entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la entrada del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés.

Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara,  como  habla  cualquiera  con su prójimo. . .

En otra ocasión le fue prometido a Moisés ver “las espaldas” del Señor”. (Éxodo 33:9, 11,25).

Moisés no fue el único testigo de Señor en su tiempo. Fue aquella una época en que mediante la fe se dieron muchas grandes manifestaciones espirituales.

Y subieron Moisés, y Aarón, Nadab, y Abiú y setenta de los ancianos de Israel;

Y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está claro.

Mas no  extendió  su  mano  sobre  los  príncipes  de  los  hijos  de  Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron.” (Éxodo 24:9-11).

Isaías nos ha dado un testimonio parecido:

“. . . Vi yo al Señor –nos dice- sentado sobre un trono alto y exaltado, y las faldas de su manto llenaban el templo.

Entonces   dije: ¡Ay de mí que muerto soy!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, a Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:1, 5).

Tan bien conocido es el hecho de que Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob y muchos de los profetas vieron manifestaciones similares, que no se precisa documentar. Y que ese mismo conocimiento continuó entre los elegidos de Dios en la época del Nuevo Testamento, es de común conocimiento entre los estudiantes del evangelio.

En la ocasión del martirio de Esteban, por ejemplo, hallamos una clara ilustración de las personalidades de los miembros de la Trinidad. Por testificar de Cristo a aquellos a quienes acusó de ser “entregadores y matadores” del Justo, Esteban fue apedreado y muerto.

Pero Esteban, estando lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios,

Y dijo: ¡He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios!” (Hechos 7:55-56).

En ese momento se hallaba Esteban en la tierra, recibiendo testimonio del Espíritu Santo, uno de los miembros de la Trinidad, mientras que el Padre y el Hijo, los otros dos miembros, estaban en el cielo.

Al regocijarse en el testimonio de los profetas, quienes, mediante la justicia y la fe se perfeccionaron lo suficiente para ver la faz de Dios, también es importante notar que las Escrituras expresamente prometen que aquellos que alcancen la gloria celestial verán a Dios, porque “el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes”.

De modo que tenemos los testimonios escritos de los antiguos profetas que conocieron a Dios, vieron su cara, estuvieron en su presencia y oyeron su voz. Más tarde consideraremos si este mismo ser invariable –este ser que es el mismo ayer, hoy y para siempre; este ser “en quien no hay cambio ni sombra de variación”. (Santiago 1:17), ha cesado de hablar, si ya no se revela al hombre, si se ha convertido en una inexistencia etérea y ha llegado a ser un DIOS NO CONOCIDO.

Cristo es conforme a la imagen del Padre

Uno de los grandes testimonios de Cristo, durante su ministerio en la carne, fue revelado al mundo la verdad acerca de Dios y su personalidad. En aquel día, como sucede hoy, la mayor parte de la gente había perdido el conocimiento de Dios y se hallaba imbuida en vanas y locas ideas. Como lo expreso Pablo, era una época en que el mundo no había podido conocer a Dios por sabiduría, por lo que “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintio 1:21), proclamar la verdad salvadora.

Nuestro Señor proclamó ser el Hijo de Dios, y esta proclamación constituía una afirmación de que su Padre era como Él, así como cualquier hijo es engendrado a imagen y semejanza de su padre. Sin embargo, la historia divina, previendo la futura confusión en que se hundiría el mundo, con respecto a la personalidad de Dios, no paró allí. Al contrario, las Escrituras especifican de una manera clara y positiva que Cristo efectivamente fue creado conforme a la real y expresa imagen de la persona del Padre.

Cristo fue una manifestación de Dios al mundo. Nació, alcanzó la edad madura, ejerció su ministerio entre sus semejantes, fue crucificado, murió y se levantó de nuevo al tercer día mediante una resurrección gloriosa. Inmediatamente después inició una serie de apariciones a los Apóstoles y discípulos, en la que les mostró su cuerpo, permitiéndoles palpar la naturaleza tangible de ese cuerpo y comiendo alimentos en su presencia para impresionarlos con la realidad física de su cuerpo resucitado.

En el camino de Emaús, por ejemplo, el resucitado e inmortal Señor, sin darse a conocer a sus discípulos, anduvo y habló con ellos como cualquier ser mortal. Luego al atardecer, cuando lo reconocieron, “él se desapareció de los ojos de ellos”, y en el acto “tornándose a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos”, y relataron las cosas que les habían acontecido con el Señor resucitado.

Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, Él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían espíritus.

Mas él les dice: ¿Por qué estáis turbados y suben pensamientos a vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos; como veis que yo tengo. Y él diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y maravillados, díjoles: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le presentaron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y comió delante de ellos.” (Lucas 24:13-53)

Ahora bien, teniendo presente que Cristo después de su resurrección era un ser tangible, físico, personal, con un cuerpo de carne y huesos que podía ser tocado y palpado, sí, un cuerpo que podía andar, hablar y comer, preguntémonos: ¿Y su Padre?

Sobre la respuesta a esta interrogación las Escrituras hablan claramente. Pablo dijo a los corintios que Cristo “es la imagen de Dios”. (2 Corintios 4:4).

A los colosenses dijo que Cristo era “la imagen del Dios invisible”, (Colosenses 1:15), y a los filipenses enseñó que era “en forma de Dios y que fue hecho semejante a los hombres”. (Filipenses 2:6-7).

A los hebreos hizo la afirmación más directa de todas:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por medio de los profetas,

En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien, asimismo, hizo el universo,

Quien, siendo el resplandor de su gloria, y  la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” (Hebreos 1:1-3)

No es de extrañarse, pues, a la luz de estas claras enseñanzas que revelan que Dios y el Hijo son personajes glorificados, y cuyos cuerpos de carne y huesos, perfeccionados y exaltados, son la misma imagen de uno y otro, que Jesús correspondiera a la solicitud de Felipe, “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”, con estas palabras:

“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?” (Juan 14: 8-9).

¿Qué más perfecta manifestación de la personalidad del Padre necesitaba Felipe, que ver a aquel que es la misma imagen de la persona del Padre, aquel que aunque a imagen y semejanza de su Padre es una persona separada y distinta de Él, ya que dijo: “Voy al Padre: porque el Padre mayor es que yo?” (Juan 14:28).

Ninguno que acepte la Biblia puede dudar que Cristo, durante su ministerio entre los mortales, así como después que se levantó en una resurrección gloriosa, fue conforme a la imagen física de su Padre. Pero también, en relación con esto mostraremos más adelante lo que se ha revelado en nuestra época sobre este tema de trascendental importancia.

La paternidad de Dios

A fin de mostrar a los atenienses que la Divinidad era “semejante a oro, o a plata, o de piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombre”, el Apóstol Pablo les citó, con la aprobación de ellos, sus propios poetas griegos, los cuales habían enseñado que los hombres son de linaje de Dios. Pablo afirmó que los poetas habían dicho la verdad, positivamente declarando, por su parte, que somos “linaje de Dios”. (Hechos 17:28-29).

Exhortando a los santos hebreos a que sobrellevasen las pruebas y padecimientos de esta probación mortal, el mismo Apóstol dijo:

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”  (Hebreos 12:9)

Y sobre esta misma verdad eterna (que somos del linaje de Dios) se basaron las instrucciones dadas por Cristo a sus discípulos, de que al orar se dirigiesen al Padre en estos términos: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Es decir, que Dios no sólo fue el Padre de Cristo según la carne, sino que también es el Padre de los espíritus de todos los hombres; todos son su estirpe espiritual: nacieron como hijos suyos antes de su nacimiento en este mundo.

El Señor reafirmó lo anterior cuando, después de su resurrección, María quiso abrazarlo y él la detuvo con estas palabras:

“. . . No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. (Juan 20:17).

Muchos son los pasajes de las Escrituras que aclaran esta verdad de que los hombres son linaje de Dios, y sus hijos espirituales, y que vivieron con Él en la preexistencia, antes que naciesen como seres mortales.

Fue durante esta época de la preexistencia que “fue echa una grande batalla en el cielo” y Lucifer y la tercera parte de las huestes del cielo fueron echados fuera por su rebelión”, (Apocalipsis 12:7-9), y desde entonces han sido conocidos como “los ángeles que no guardaron su dignidad”.

Con referencia a este período –“cuando las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios”- el Señor le preguntó a Job: “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra házmelo saber, si tienes inteligencia?” (Job 38:1-7)

Y por motivo de la presencia de Dios en este primer estado, pudo Él decir a Jeremías:

“Antes que te formase en el vientre, te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones.” (Jeremías 1:5)

De manera que si somos hijos de Dios el Padre, linaje del mismo ser al cual Cristo ascendió después de su resurrección, si efectivamente somos sus hijos espirituales, entonces nosotros, como hijos suyos, somos creados a su imagen y semejanza y Él es un ser Personal.

Más adelante el lector podrá ver que estas patentes verdades bíblicas han sido confirmadas por medio de la revelación en nuestros días.

Dios es espíritu

En otro lugar hablaremos del origen del falso concepto de que en cierto modo indefinible a Dios es tres seres o personas, y a la vez una. Sin embargo, deben examinarse en esta parte en que hablamos de su personalidad, los pasajes que se citan en defensa de esos credos que lo definen como un espíritu sin cuerpo, partes o pasiones, que llena la inmensidad del espacio y está presente en todo lugar.

Las opiniones comprendidas en estos credos ni se formularon conforme a las Escrituras ni se originaron en ellas. Sin embargo, después de reducirse estas falsas creencias a credos formulados, se echó manos de ciertos versículos de las Escrituras tratando en vano de apoyar dichos credos y establecer su verdad.

Generalmente se reconoce la absurdidad de seleccionar partes y trozos de las Escrituras, sacándolos de su contexto e interpretándolos sin referirlos al tomo entero de la palabra revelada. Sin embargo, ya que ésta es la única manera en que se puede hallar lo que parece ser de apoyo para las falsas doctrinas, se hace necesario evaluar lo que se pretende y examinar los pasajes en su perspectiva correcta para ver si están de acuerdo con todo lo que el Señor ha dicho sobre el tema.

Quizás el pasaje más conocido de esta índole es el que se ha tomado de la conversación que nuestro Señor sostuvo con la mujer samaritana junto al pozo. Las palabras que se han seleccionado dicen: “Dios es espíritu”; y esta expresión ni confunde ni es difícil de entender cuando se examina correctamente.

Leamos el contexto. Nuestro Señor hablaba con la mujer samaritana acerca del lugar donde debían adorar los fieles, pues parece que los samaritanos adoraban sobre el monte donde la conversación se desarrollaba, mientras que para los judíos, el lugar central de su adoración era Jerusalén.

Entonces nuestro Señor dijo:

“Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre busca a tales para que le adoren.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, es necesario que le adoren en espíritu y en verdad.

Le dijo la mujer: Sé que el Mesías ha de venir, el cual es llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas.

Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.” (Juan 4: 22-26)

En primer lugar, hay que notar que los judíos, es decir, aquellos que se habían convertido y tenían el conocimiento de lo que era salvación, sabían a quien adoraban y sabían lo que adoraban. No profesaban entregar su adoración a una esencia espiritual desconocida, incognoscible e incomprensible, que está presente en todas partes. Sabían quien era el Padre que ellos adoraban.

¿Pues qué? ¿Es Dios espíritu? Por supuesto que sí, y en iguales términos y dentro del mismo significado que estas palabras: El hombre es espíritu. Pero esto no quiere decir que el hombre o que Dios son esencias espirituales que indefinidamente están presentes en todo lugar. Ambos son personajes, individuos, personas de substancia espiritual. Sus espíritus respectivos tienen forma y tamaño y dimensiones; y se hallan dentro de sus propios cuerpos únicamente y no en ningún otro.

El hombre es espíritu, pero es también un cuerpo tangible. Dios es Espíritu, y también Él es un cuerpo tangible.

Un alma, ya sea mortal o inmortal, se compone del cuerpo y del espíritu. El cuerpo es tangible, echo de una substancia que se puede palpar y tentar, como los Apóstoles palparon el cuerpo de Cristo resucitado. El espíritu también es una entidad verdadera, un ser real. Sin embargo, el cuerpo espiritual está hecho de una substancia más pura y refinada, de modo que no se puede ver y palpar por el hombre en la carne.

Por consiguiente, cuando los Apóstoles vieron ante sí al Cristo resucitado, “ellos, espantados y asombrados, pensaban que veían un espíritu”. (Lucas 24:37). El Señor les disipó sus temores y les dio una señal por medio de la cual podían distinguir entre un espíritu y una persona que tiene carne y huesos. Los invitó a que lo palparan, a que tocaran las marcas de los clavos en sus manos y que metieran la mano en su costado.

El espíritu del hombre se halla dentro de su cuerpo. Cuando muere, el espíritu abandona el cuerpo, y éste es depositado en la tumba. Después de su crucifixión, el cuerpo de Cristo reposó en la tumba, pero su espíritu fue y predicó a otros espíritus, “espíritus encarcelados, los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaban la paciencia de Dios en los días de Noé”. (1 Pedro 3:20).

Al tercer día su Espíritu entró nuevamente en su cuerpo, verificándose la gloriosa resurrección. El Señor se levantó de la tumba y fue las primicias de los que dormían. Ahora ya no era mortal, era inmortal; su cuerpo y su espíritu estaban inseparablemente unidos, para nunca más volver a quedar separados por la muerte.

Ya hemos visto que el Señor resucitado con su cuerpo tangible de carne y huesos era la imagen expresa de la persona del Padre, el cual a su vez también tenía un cuerpo tangible de carne y huesos, en el cual el espíritu y el cuerpo se hallaban inseparablemente unidos.

De modo que el cuerpo es cuerpo y espíritu; Cristo es cuerpo y Espíritu, y Dios es cuerpo y Espíritu. ¿Qué impropiedad, pues, hay en decir que “Dios es Espíritu”, cuando se tiene un entendimiento correcto de la frase?

Y así como toda la revelación –pasada, presente y la que el Señor Todopoderoso todavía se digne conceder a sus hijos en este estado mortal- concuerda perfectamente entre sí, en igual manera hallaremos que las revelaciones de los postreros días confirman esta enseñanza de la Biblia, y que Dios tiene un cuerpo además del espíritu.

La omnipresencia de Dios

Los hombres a veces hablan de omnipresencia de Dios como si Él mismo llenara la inmensidad del espacio y estuviera presente en todo lugar. Este es un concepto pagano y completamente falso. Sin embargo, hay una manera en que Dios es omnipotente; y se puede usar este término para describirlo, cuando se entiende y define correctamente.

Dios es un ser personal que se halla en un lugar, y cuya persona no puede estar sino en un solo lugar a la vez. Sin embargo, es poseedor de todas las cosas. A Él pertenecen todo poder, toda sabiduría y toda verdad, y Él ha dado leyes a todas las cosas. Mediante sus leyes la tierra fue creada y es gobernada; toda especie de vida existe y crece, y los planetas se mueven en sus órbitas.

Por motivo de que ha dado leyes a todas las cosas, y porque su poder creador y director está dentro de todas las cosas, propiamente se puede decir que es omnipresente. Él es una persona; pero el poder, la agencia, la influencia, el espíritu que de su Persona emana para gobernar y dirigir todo lo ha creado, está presente en todo lugar y efectivamente llena la inmensidad del espacio. Pero esto no es Dios, sino la agencia mediante la cual hace su obra, el poder que tiene sobre todas las cosas.

Por consiguiente, David exclamó en lenguaje poético:

“¿Adónde me iré de tu espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia?

Si subo a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hago mi lecho, he aquí, allí estás tú.

Si tomo las alas del alba y habito en el extremo del mar,

Aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra.” (Salmo 139:7-10).

En su famoso discurso sobre el Areópago, el Apóstol Pablo habló de la proximidad de Dios en palabras semejantes. Dijo que convenía que los hombres “buscasen a Dios” porque “cierto no está lejos de cada uno de nosotros: porque en Él (es decir, en su presencia) vivimos, y nos movemos y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje suyo somos”. (Hechos 17:27-28).

Una vez más afirmamos que tanto en los días antiguos como en los modernos esta doctrina de la omnipresencia de Dios ha sido revelada con toda claridad.

Unidad de la Trinidad

En vista de que se ha mostrado tan claramente que los miembros de la Trinidad son personas separadas y distintas, ¿Qué significan las Escrituras cuando dicen que son uno, y que mora el uno en el otro?

La respuesta es fácil de hallar. Con tan sólo recitar los pasajes de referencia, si es que se lee todo el contexto, desde luego se verá el verdadero significado de las palabras de nuestro Señor y de los Apóstoles que escribieron las palabras. Por cierto, estos versículos arrojan mucha luz sobre la naturaleza de la Trinidad, así como la relación que entre los santos de Dios debe haber aquí en el estado mortal.

En su gran oración intercesora, Cristo pronunció algunos de los conceptos más nobles que se hallaban en las Santas Escrituras. (Incidentalmente, todas las ocasiones en que habló a su Padre son evidencias directas de que Él y su Padre no eran la misma persona y personalidad. ¡Que insensatez pensar que estaba orando a sí mismo!). Al dirigirse al Padre dijo:

Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

Ahora pues, Padre, glorifícame tú en tu presencia con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.

Porque las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Y ya no estoy en el mundo; pero éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos;

Para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Y la gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.

Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos, como también a mí me has amado.

Y yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos. (Juan 17: 4-6, 8, 11, 20-23, 26).

En el sermón del buen pastor, previamente dado, el Señor había hecho afirmaciones similares: “Yo y el Padre una cosa somos… Hijo de Dios soy. Si no hago obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque a mi no creáis, creed a las obras; para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. (Juan 10:30, 36, 38).

En la conversación que sostuvo con Felipe, nuestro Señor expresó las mismas verdades:

“¿No crees–le preguntó- que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mí mismo, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.” (Juan 14:10-11).

Juan, el Apóstol amado que tuvo el privilegio de escribir las declaraciones anteriores con respecto a la unidad que existe entre el Padre y el Hijo, entendía estas cosas claramente, y en sus propias epístolas continúa sus expresiones sobre algunos puntos relacionados con el tema. A los santos de su época escribió lo siguiente:

“Pero el que guarda su palabra, en él el amor de Dios verdaderamente se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.

El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

Y el que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. Y por esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

Ninguno ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.

Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo para ser el Salvador del mundo.” (1 Juan 2:5-6; 3:24; 4:12-14).

Esta explicación bíblica de la unidad de la Trinidad se puede comprender debidamente en las palabras que Pablo escribió a los miembros de la Iglesia en su día:

“. . . Firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio.”

“. . . sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.”

Nada hagáis por contienda  o  por  vanagloria;  antes  bien,  con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo;

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,

El que, siendo en forma de Dios, no tuvo como usurpación el ser igual a Dios.

Sin embargo, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; (Filipenses 1: 27; 2.2-3; 5-7)

También fue Pablo, que por motivo de la revelación que en ellos había, pudo decir a los santos de Corinto: “Nosotros tenemos la mente en Cristo.” (1 Corintios 2:16).

¿Cuál, pues, es la verdadera doctrina de la unidad de la Trinidad? La lectura de los pasajes citados nos ha mostrado un concepto claro y fácil de entender respecto de esta doctrina básica. No encierra ningún misterio incomprensible en cuanto a la manera en que el Padre y el Hijo son un Dios, y cómo es que mora el uno en el otro. Son los credos de los hombres y no las revelaciones del Señor lo que han causado un concepto enredado y confuso de este punto.

El Padre y el Hijo son dos personas, y sin embargo, son uno en propósito, en plan, en obediencia a la ley, en todos los atributos de la perfección. Poseen la misma mente, la misma sabiduría, gloria, poder y plenitud. Son uno en el mismo sentido en que se deseaba que los Apóstoles fuesen uno, y en el que se espera que todos los miembros de la Iglesia sean uno en atributos, pero no en persona ni personalidad.

Es también en este mismo sentido que el Padre y el Hijo moran uno dentro del otro; y con ese mismo significado Cristo puede estar dentro de nosotros, queriendo decir que puede haber en nosotros “el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús”.

Precisamente con el mismo significado, y expresando el mismo pensamiento, podríamos decir que los fieles miembros de la Iglesia moran uno dentro del otro, en el sentido de que todos son de un mismo espíritu y una misma mente, poseen el mismo amor y concuerdan uno con otro, de modo que cada hombre estima a su hermano como a sí mismo. Y si “tenemos la mente de Cristo”, como dicen las Escrituras, también somos uno con el Padre y el Hijo, conforme con lo que los pasajes citados tan claramente enseñan.

Estas verdades, en igual manera hallan confirmación en lo que Dios, por su propia boca, ha hablado en tiempos modernos.

Carácter, atributos y perfecciones de Dios

Para obtener la fe que los ha de salvar, los hombres, ante todo, deben creer en Dios; es decir, deben creer en el Dios verdadero y viviente que efectivamente es, el cual está revelado en las Escrituras, ese ser personal a cuya imagen el hombre ha sido creado. La fe que salva se basa en la verdad; no resulta de creencias falsas, ni puede ejercitarse en dioses falsos.

En segundo lugar, la fe que salva se gana sólo por seguir un concepto verdadero y correcto del carácter, perfecciones y atributos de Dios. Otra vez reiteramos que esta fe no resulta de tener falsas opiniones, ni de abrigar falsos conceptos del carácter y atributos del Dios Omnipotente. La verdad, la eterna verdad, es el fundamento del progreso y la salvación.

El tercer punto esencial para la adquisición de la fe es que los hombres obtengan el real conocimiento de que el curso de la vida que siguen va de acuerdo con la voluntad divina. La fe viene por medio de la rectitud, no mediante la rebelión.

Ya hemos hecho un breve estudio bíblico de la personalidad de Dios y la naturaleza de la Trinidad. Es ahora nuestra intención mencionar, por lo menos, la verdadera naturaleza de su carácter, perfecciones y atributos. Entonces restará que aquellos que lo buscan con integro propósito de corazón conformen sus vidas con las normas de la rectitud personal que el evangelio exige, si desean ganar una herencia interminable en su reino eterno.

Sin citar aquí la multitud de pasajes de las Escrituras sobre los cuales se basan estas conclusiones, quizá será suficiente enumerar las seis verdades básicas respecto del carácter de Dios, contenidas en las revelaciones. Aun cuando estas verdades fundamentales se oponen directamente a mucho de lo que se enseña en los credos del mundo (como por ejemplo, la falsa aserción en los credos de que Dios no tiene pasiones), no obstante, hallarán cabida en el corazón del que sinceramente busca la verdad. Estas verdades son:

  1. Que Dios existió antes que el mundo fuese creado, y es el mismo Dios hoy que entonces fue.
  2. Que es misericordioso, lleno de gracia, tardo en irritarse, abundante en benevolencia, y que así lo fue desde las eternidades y así lo será por las eternidade
  3. Que no cambia, ni hay en Él variación y que su curso es un giro eter
  4. Que es un Dios de verdad, y no puede
  5. Que no hace acepción de persona
  6. Que es la incorporación misma del amor.

De las revelaciones también aprendemos que los atributos de Dios son: Conocimiento, fe o poder, justicia, juicio, misericordia y verdad. Sus perfecciones son las perfecciones que acompañan todas las características y atributos de su naturaleza, lo cual quiere decir que Él tiene todo conocimiento y todo poder, dispensa la más perfecta justicia, posee juicio infinito, la plenitud de misericordia, etc.

Para llegar a entender correctamente estos principios, los hombres pueden depositar en Él esa confianza, sobre la cual se funda la fe que salva.

El credo que dice que no tiene pasiones y que es incomprensible es tan atroz como el que le niega un cuerpo y partes, porque cierra la puerta a un estudio de su verdadero carácter y atributos.

Si no tiene pasiones, hay un error en los Diez Mandamientos, pues éstos dicen: “Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso”, y la gran proclamación sobre el monte de Sinaí es sin sentido cuando dice: “Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo justificará al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, sobre los terceros y sobre los cuartos”.

Ciertamente una de las maneras en que la iniquidad de los padres es visitada sobre los hijos y que éstos heredaran de sus padres falsas y vanas ideas acerca de la naturaleza y la clase de ser que es Dios.

Como todas las cosas respecto de Dios, que han sido reveladas, el conocimiento de su carácter, atributos y perfecciones una vez más se ha sabido por revelación directa.

La pérdida del conocimiento de Dios

La salvación, la meta más elevada a que puede aspirar el ser humano, se puede lograr únicamente por medio del conocimiento del Dios verdadero y viviente, y de las leyes que ha ordenado. Satanás se opone tenazmente a toda justicia y busca la manera de impedir que los hombres obtengan la salvación. Por consiguiente, trata de pervertir y destruir la verdad acerca de Dios y la Trinidad.

Por lo que parecen ser medios perfectamente naturales los hombres se han desviado en pos de falsas creencias acerca de Dios. Por ejemplo, en el Imperio Romano existían varias filosofías paganas, una de las cuales era el gnosticismo. Los gnósticos creían que desde las eternidades existía un ser que incorporaba en sí mismo todas las virtudes. El concepto que se formaban de esta esencia era el de la luz más pura, que se difundía a través del infinito espacio. Había otras nociones divergentes respecto de Dios, la eternidad de la materia y la creación de todas las cosas que existían en esta y varias otras filosofías paganas.

Cuando llegó a su fin la era de la persecución romana y se hizo popular el cristianismo de aquel día, grandes concursos de gentes paganas se unieron a la  Iglesia.  Llevaron  consigo  sus  creencias  y  filosofías.  Su  conversión consistía principalmente en adoptar los nombres de las doctrinas cristianas y aplicarlas a ligeramente modificadas pero bien inculcadas antiquísimas nociones paganas.

De esto resultó la incertidumbre y la confusión en todo campo doctrinal, pero no tan grande como en el de la Trinidad. Tan violentas fueron las controversias resultantes, que en el año 325 de la era cristiana el emperador Constantino reunió a un número de delegados para que adoptasen un credo y llegasen a una conclusión con respecto a las opiniones discrepantes sobre Dios y la Trinidad.

De las riñas y conciliaciones, de la confusión y el tumulto, de la fusión de opiniones discordantes de aquel cónclave, se formuló el primer gran credo falso de la era cristiana. Este credo, llamado de Nicea, junto con otros que le siguieron en breve, sirvieron de fundamento al falso concepto de que Dios es una esencia espiritual que llena todo el espacio, un ser inmaterial sin cuerpo, partes o pasiones, incorpóreo, increado e incomprensible.

Los hombres se habían apartado del Dios de las Escrituras, y se habían hecho dioses para sí mismos, fundiéndolos de una masa heterogénea de incertidumbres paganas, igual que si se lo hubieran labrado de madera o piedra. Los hombres se hicieron sus propios dioses, los definieron en sus credos y entonces se pusieron a adorarlos, olvidando que eran la obra de sus propias manos. Los hombres habían convertido en falsedad la verdad acerca de Dios. En las generaciones subsiguientes, no teniendo el espíritu del Señor para guiarlos, los hombres pronto cesaron de dudar de la verdad de los falsos credos, y la adoración del “Dios no conocido” se hizo universal.

Muchos de los antiguos profetas previeron y predijeron que esta lamentable y terrible apostasía tendrían que prevalecer, y más maravilloso aun, también fue previsto y predicho el fin de esta noche de tinieblas y la restauración del conocimiento de Dios.

En la antigüedad el Señor condenó a Israel por abandonarlo a Él, yéndose en pos de otros dioses para servirlos y adorarlos:

Por tanto, yo os arrojaré de esta tierra a una tierra que ni vosotros ni vuestros padres habéis conocido, y allá serviréis a dioses ajenos de día y de noche, pues no os mostraré clemencia.

Sino: ¡Vive Jehová, que hizo subir a  los  hijos  de  Israel  de  la  tierra del norte y de todas las tierras adonde los había  arrojado!  Porque  los haré volver a su tierra, la cual di a sus padres.

Oh Jehová, fortaleza mía, y fuerza mía, y refugio mío en el día de la aflicción, a ti vendrán naciones desde los extremos de la tierra, y dirán: Ciertamente mentira heredaron nuestros padres, vanidad en la que no hay provecho.

¿Hará  acaso  el  hombre dioses para  sí?  ¡Pero  ellos  no  son  dioses!” (Jeremías 16:13, 15, 19-20)

¿Qué son los falsos conceptos de los credos sino “posesión de mentiras, vanidad y cosas sin provecho”?. No hay salvación en la adoración de dioses falsos. ¿Y de dónde vinieron los credos sino de las manos de los hombres?

“¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha.

Espantaos, oh cielos, por esto, y temblad; horrorizaos en gran manera, dice Jehová.

Porque dos males ha hecho mi  pueblo:  me  abandonaron  a  mí,  fuente de aguas vivas, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua.”  (Jeremías 2:11-13).

Sin embargo, las profecías concluyen con una esperanza:

“Por tanto, he aquí, les haré conocer esta vez; –dice el Señor, es decir, una vez más, sólo esta ocasión, la última vez que va a ser revelado el conocimiento de Dios y los hombres lo conocerán– les haré conocer mi mano y mi poder, y sabrán que mi nombre es Jehová.”  (Jeremías 16:21).

Su mano y su fortaleza de nuevo se conocen, y su santo nombre se anuncia a todo el mundo, esta vez, la última, a fin de que los hombres de esta época, así como los de la antigüedad, puedan tener una esperanza de salvación y vida eterna.

Se establece el conocimiento de Dios

El Apóstol Pablo atinadamente describió las condiciones que existían en la dispensación del Meridiano de los Tiempos, cuando dijo que el mundo no conoció a Dios por sabiduría. Entonces Cristo vino para manifestar a su Padre nuevamente a los hombres, por lo que “agradó a Dios salvar a los creyentes con la locura de la predicación”. (1 Corintios 1:21).

El mundo moderno ha visto una repetición exacta de esta condición, el mundo, por sabiduría –representada por los credos– no conoció al Dios verdadero y viviente. Entonces llegó la hora en que había de iniciarse la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. Se abrieron los cielos, y ese Dios que es un Ser inmutable de nuevo se reveló a sus hijos en la tierra. Y ahora, nuevamente, por la última vez, ha agradado a Dios salvar a los creyentes en la locura de la predicación.

En la primavera de 1820 llegó una ola de vehemente avivamiento religioso a las regiones fronterizas de América. En ningún lugar se sintió con mayor ímpetu que en la parte occidental del Estado de Nueva York. Allí el Señor había colocado al joven escogido por Él para estar a la cabeza de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, el hombre por medio de quien Él se dignaría dar principio a la restauración de todas las cosas habladas por los profetas de la antigüedad.

Este joven favorecido, cuyo nombre era José Smith, hijo, turbado por las proclamaciones de “He aquí está Cristo”, y “He allí”, un día leyó el siguiente pasaje de la Epístola de Santiago:

Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5).

“Nunca un pasaje de las Escrituras –dijo este joven más tarde- llegó al corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión al mío. Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces”.

Por fin, guiado por el Espíritu, fue a un lugar apartado y recurrió al Señor con una fe sin igual. Era el momento señalado en que se deberían abrirse los cielos, la hora que Dios había decretado para que nuevamente empezara la revelación. El joven José fue la persona preparada y preordenada para poner el fundamento de la gran obra del Señor en los últimos días, y así vino al hombre tan gloriosa visión.

“Ví una columna de luz, más brillante que el sol –dijo el joven profeta- directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí. Al reposar la luz sobre mí vi a dos personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mí nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!

Había sido mi objeto acudir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, apenas me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera y a cuál debería unirme.

Se me contestó que no debería unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que con los labios me honran, más su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella.” (José Smith 2:12, 16, 19)

Desde ese momento empezó a menguar el poder de los credos: credos que eran una abominación a la vista del Señor porque no enseñaban la verdad acerca de Él, a quien es vida eterna conocer.  Desde  ese momento empezó a esparcirse sobre la tierra la verdad acerca de Dios, y desde ese momento el Señor empezó a revelar, línea por línea y precepto por precepto, más acerca de Él y sus leyes, las cuales, si se obedecen, darán a sus hijos la facultad para volver a su presencia y heredar la vida eterna.

Poco después se recibieron revelaciones que verificaron en todo sentido cuantas cosas los antiguos profetas habían visto y conocido y enseñado. Se reveló que “Dios creó al hombre, a imagen de Dios lo hizo; a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó” (Moisés 6:8-10).

Nuevamente se dio a saber que Cristo es la imagen expresa de la persona del Padre; que todos los hombres son progenie espiritual del Padre y que los miembros de la Trinidad son uno en propósito, plan y perfección.

Por cierto, unos veintitrés años después de la primera visión, el profeta José Smith escribió como revelación:

“El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.” (Doctrinas y Convenios 130:22)

¡Aquel, a quien es vida eterna conocer a dejado de ser el “Dios no conocido”!

Tendrá que haber por último un glorioso día milenario cuando “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Un día en que “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová”.

Hasta que llegue ese día de gloria y luz, el conocimiento de Dios ha de ser proclamado por la boca de sus siervos de los últimos días, que hablarán y escribirán según los inspire el Espíritu Santo, y citarán a los autores inspirados de las Escrituras antiguas y modernas para apoyar sus enseñanzas.

A la luz de todo lo que los profetas han dicho acerca de Dios, los que sinceramente buscan la verdad no se ofenderán por esta nueva revelación de Dios; más bien, se regocijarán porque la luz ha venido al mundo. Las personas sinceras en todas partes han aceptado hasta hoy los falsos conceptos de los credos, porque de sus padres recibieron “mentira, vanidad y cosas sin provecho”.

La luz de la verdad ahora pone de manifiesto la oscuridad de los credos. “Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3:19).

Todo hombre que venga a la luz, esa luz que se manifiesta en las enseñanzas y espíritu de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, podrá obtener para sí un conocimiento seguro de los Seres a quienes es vida eterna conocer. Exponemos nuestra propia salvación en la lección del Dios que hemos de adorar.

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