Dos grandes verdades

El 6 de octubre de 1951 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 122 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1951. Revista Liahona abril 1952. Improvement Era, diciembre 1951.

Dos grandes verdades

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Dos grandes verdades deben ser aceptadas por el género humano si se salvará: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el verdadero Hijo de Dios, quien derramó su sangre y su resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual traída a nosotros por la Caída; y más, que Dios ha restaurado a la tierra, en estos últimos días, por intermedio del profeta José, su Santo Sacerdocio con la plenitud del eterno Evangelio. Sin estas verdades el hombre no puede tener esperanzas para la vida venidera. (Véase The Improvement Era, Vol. 38, Pág. 204-205.)

Esas palabras fueron dadas por la Primera Presidencia de la Iglesia en un testimonio al mundo en ocasión del centenario del establecimiento del Quórum de los Doce Apóstoles en esta dispensación, y si el Espíritu me da facilidad de palabra, me gustaría decir algunas cosas con referencia a ellos.

Salvación centrada en Cristo

Nosotros somos el pueblo de Dios. Nosotros somos los miembros del Reino de Dios en la tierra la cual es la Iglesia, y nosotros tenemos el conocimiento y la luz y la revelación lo que nos hace saber que la salvación está centrada en Cristo. Nosotros creemos en Cristo, Nosotros somos la Iglesia de Cristo. Nosotros creemos que por medio de su sangre expiatoria y el sacrificio en que él trabajó, todo hombre será levantado en inmortalidad, eso quiere decir, que su cuerpo, y su espíritu serán reunidos, una resurrección será traída; y nosotros creemos que, los que obedecen las leyes y ordenanzas del Evangelio, ganarán, en adición a la inmortalidad, el glorioso regalo de la vida eterna.

Nosotros tenemos testimonio y conocimiento que Cristo fue el primero nacido del Padre, en el mundo espiritual de las preexistentes eternidades, él obedeció las leyes del Padre y por diligencia y rectitud ascendió hasta el estado de un Dios.

Nosotros lo reconocemos como el Creador, bajo el Padre, del mundo y todo lo que en él hay. Nosotros lo adoramos como el Dios quien reveló sus verdades rescatadoras a todos los profetas antiguos, esos poderosos líderes que han venido en todo tiempo cuando ha tenido un pueblo sobre la tierra.

Nosotros creemos que él vino a este mundo nacido de María, literal y realmente como nosotros nacemos de nuestra madre; que él vino al mundo nacido de Dios el Eterno Padre, el Todopoderoso Elohim; como nosotros nacemos de nuestros padres en este mundo literal y actualmente.

Nosotros creemos que él tuvo el poder de dar la vida y de volverla a tomar, porque María fue su madre y Dios fue su padre.

Nosotros testificamos de Cristo; nosotros tenemos el conocimiento que la salvación está en él y por medio de él y sólo por él. La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente”. (Mosíah 3:18), y “Cuan grande es la importancia”, como Lehi lo expresó, “de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra”. (2 Nefi 2:8)

Ahora no es posible en mi juicio, para la gente en el mundo aceptar a Cristo y ser salvos, a menos que al mismo tiempo ellos acepten a los profetas a quienes Cristo ha mandado, y reciban la administración de las santas ordenanzas bajo sus manos.

Cristo y sus profetas son uno. Nosotros no podríamos creer en Cristo sino hubiera profetas para declarar de Cristo y de sus verdades salvadoras. El Apóstol Pablo razonó en este tópico y dijo:

“¿Y cómo creerán en aquel  de  quien  no  han  oído?  ¿Y  cómo  oirán sin haber quien les predique?

¿Y cómo predicarán si no son enviados?  (Romanos 10:14-15)

A no ser por Cristo, no habría salvación. Si no fuera por los profetas de Dios enviados en las varias edades de la historia de la tierra, el testimonio de Cristo no se hubiera predicado, el mensaje de salvación no habría sido enseñado, y no habría administradores quienes pudieran desempeñar las ordenanzas de salvación para los hombres, eso es, ejecutarlas para que sean ligadas aquí en la tierra y selladas eternamente en los cielos.

Por eso el Señor ha mandado profetas. Nadie se supondría que pudiera creer en Cristo y rechazar a Pedro, a Santiago y a Juan. El Señor y sus profetas van de acuerdo. Cristo dijo Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”; y él dijo a sus apóstoles Vosotros los pámpanos”: (Juan 15:1, 5) Las ramas y la vid están unidas. El enseñó también que si las ramas fueran cortadas de él, serían marchitas, muertas y arrojadas al fuego. Si la gente del mundo cogiere el fruto de la vida eterna de las ramas, ellos tienen que aceptar a los profetas, porque las ramas son los profetas.

Dispensación del evangelio

Este ha sido el sistema que el Señor ha tenido desde los días de nuestro padre Adán hasta el presente, y continuará eternamente. El Señor mandó a Adán en el principio a enseñar los principios de la salvación. Adán tuvo una dispensación del Evangelio, eso es, el Señor le reveló directamente del cielo, dispensadas a él, las verdades salvadoras; y cualquiera que vivía en los días de Adán para ser salvo en el reino celestial, tuvo que aceptar a Jesucristo en quien la salvación descansa, y también tuvo que aceptar a Adán como el revelador, el profeta, el administrador legal que enseñaba las leyes de salvación y administraba las ordenanzas: y así ha ido sucediendo en cada dispensación. En los días de Enoc, si un hombre quería ser salvo en el reino celestial, el aceptaba a Cristo como el Salvador del mundo y a Enoc como su profeta. Y así en los días de Abrahán, de Moisés, de Pedro, Santiago y Juan y de hoy en día.

Yo supongo que el proceder de la Iglesia no fue muy diferente en días pasados. Ellos tenían cultos de testimonios, y cuando la gente se paraba en los cultos, ellos eran movidos por el Espíritu Santo, ellos dieron testimonio que Jesucristo era el Hijo de Dios, quien vendría y que Adán era el profeta, o Enoc, o el cabeza de cualquiera dispensación que fue restaurada; y esa es la manera de hoy en día. Nosotros testificamos de Jesucristo, testificamos de José Smith, y ellos son uno. Ellos están unidos perfectamente.

Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado”. (Doctrinas y Convenios 84:36-38)

Visión de Abraham

Ahora ¿Puedo mencionar la gran visión que el gran Patriarca Abrahán tuvo? Ustedes recordarán que el Señor le enseñó las huestes de la preexistencia y, particularmente, los nobles y grandes en aquel mundo. Abraham los vio, las inteligencias, los hijos espirituales de Dios, nuestro Padre, los grandes y nobles espíritus que estaban entre ellos, y el Señor le dijo, . . . Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.” (Abraham 3:23)

Así como con Abraham, como con todos los profetas de Dios. Algunas veces alguien desea saber, eso es, alguien en el mundo, como es que el Padre y el Hijo aparecerían a un muchacho de catorce años y medio, en la primavera de 1820, para introducir, como nosotros lo expresamos la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.

José Smith se sentó con el Padre Abraham en los concilios de la eternidad y José Smith fue ordenado como Abraham fue ordenado para venir y ser él cabeza de una dispensación del Evangelio aquí. El había ascendido por virtud de obediencia, inteligencia, progresión y rectitud a un alto estado de perfección espiritual en ese mundo. Cuando él vino aquí, trajo consigo los talentos y habilidades, la profunda espiritualidad, y la rectitud innata que él desarrolló ahí bajo la tutela de Dios el Padre.

En los mundos eternos, el primogénito espíritu nacido del linaje del Padre fue Jehová quien es Jesucristo. El fue preeminente. Hallándose cerca de Cristo estaba el gran espíritu Miguel. Cristo fue ordenado como un cordero sacrificado desde la fundación del mundo, escogido para venir a aquí y ser el Redentor.

Miguel fue preparado y escogido y mandado aquí como el Padre Adán, el primer hombre entre los hombres, la primera carne sobre la tierra, la cabeza de la raza humana, y el Sumo Sacerdote presidiendo bajo Cristo, sobre toda la tierra.

José Smith

Los hombres espirituales que se asociaron con Cristo y Adán en las eternidades de la preexistencia y fueron más valientes que todos sus compañeros, fueron los escogidos para dirigir las varias dispensaciones del Evangelio. Uno de esos fue el profeta José Smith. Esto no requiere mucha reflexión, me parece, para nosotros saber que José Smith fue uno de las docenas de grandes espíritus que el Eterno Padre tuvo en todos los concilios de la eternidad; que él vino para estar aquí al tiempo señalado y a la hora precisa y al momento exacto que el Señor designó para abrir esta dispensación. El estuvo aquí para tomar parte en el evento.

Yo no creo que el Padre y el Hijo aparecerían a cualquier muchacho de catorce años y medio si él hubiera ido a aquella arboleda para preguntar al Señor cuál de todas las Iglesias era la correcta. Y creo que el Señor había preparado a José Smith desde las eternidades para este evento; que José Smith tenía la compostura espiritual la fuerza necesaria para la rectitud que lo habilitó para soportar la visión; que él tuvo el talento y habilidad para avanzar en rectitud en el reino de Dios sobre la tierra, primero, establecerlo entonces, perfeccionar algo su organización antes que fuese llevado a su hogar celestial, antes que él sellara su testimonio con su sangre.

A mi juicio Cristo y sus profetas son uno; en estos días la salvación es primero, por medio de Cristo, y su sacrificio expiatorio, y éste es el segundo, aceptando el sacrificio expiatorio y las doctrinas de Cristo como ella han sido revelada por el profeta José Smith, como son enseñados por los oráculos vivientes quienes llevan el manto del Profeta y están en este momento a la cabeza del reino de Dios sobre la tierra.

Experiencia personal

Puedo solamente contarles una experiencia que tuve. Nunca he dicho esto a ninguna persona, excepto a mi esposa. Hace seis meses en la Asamblea Solemne, cuando la Primera Presidencia de la Iglesia fue sostenida, cuando yo me senté detrás de uno de los pulpitos de abajo, la voz del Señor vino a mi mente tan ciertamente, estoy seguro, como la voz del Señor vino a la mente de Enos, y las palabras mismas fueron formadas y éstas decían:

Estos son los que he escogido para la Primera Presidencia de mi Iglesia. Síguelos”—esas pocas palabras.

He tenido un testimonio de la divinidad de esta obra desde mi juventud. Fui criado en una familia donde el amor ha sido la fuerza motriz, donde mis padres me enseñaron la rectitud, y he crecido con un testimonio. Pero ese testigo fue un seguro más añadido. Para mí significaba que si no lo hubiera sabido antes, lo cual supe antes, que ésta es la Iglesia del Señor; que su mano está sobre ella, que él la organizó; que estos hombres que presiden son llamados de él; que ellos son sus ungidos; que si nosotros los seguimos a ellos como ellos siguen a Cristo, nosotros tendremos la vida eterna, la cual es mi oración y para todo Israel. En el nombre de Jesucristo, Amén.

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