Autoridad en el ministerio

El 4 de abril de 1949 en la sesión del lunes por la tarde en la Conferencia General Anual número 119 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1949, Liahona mayo 1953.

Autoridad en el ministerio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ayer tuve el privilegio de ser un representante del Señor en el bautismo de mi hijo mayor. Después que yo había actuado conforme a la autoridad que tengo, él y yo salimos del agua. Entonces mi padre, uno de los sumos sacerdotes de Dios, puso sus manos sobre la cabeza de mi hijo y le confirmó miembro de la Iglesia de Jesucristo y le dio el don del Espíritu Santo. Este don del Espíritu Santo es el derecho al compañerismo constante de aquel miembro de la Trinidad, basado sobre la rectitud.

El sacerdocio

Mi padre y yo actuamos con la autoridad del sacerdocio, y conforme a la autorización dada por aquellos que tienen las llaves del sacerdocio. Sacerdocio es una cosa; llaves es otra. El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra para actuar en todas las cosas pertenecientes a la salvación de los hombres. Llaves es el poder de dirigir, el derecho de presidir y gobernar en el sacerdocio y en la Iglesia.

Estas dos cosas, la autoridad del sacerdocio y el poder de dirigir que acompaña las llaves del sacerdocio, nos distinguen del mundo. El poder y la autoridad de Dios se encuentran en la Iglesia de Jesucristo; no se encuentran en las iglesias que no son de Jesucristo. Las iglesias del mundo tienen una apariencia de piedad, más niegan la eficacia de ella. Es en y por la autoridad del sacerdocio que el poder de la piedad se manifiesta. Y somos la única gente del mundo que tiene ese sacerdocio, ese poder de actuar en el nombre del Señor y tener aprobados nuestros hechos ambos en la tierra y en el cielo.

Esta es la Iglesia restaurada. Se encuentra hoy día, en todo aspecto, exacta y precisamente como los antiguos la tenían. Tal como Cristo les dio a Pedro y los apóstoles de la antigüedad ambos la autoridad del sacerdocio y las llaves del reino de los cielos, o en otras palabras las llaves del reino de Dios en la tierra, cual reino es la Iglesia, así él nos ha dado a nosotros estas cosas en nuestro día. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es en el sentido más real el reino de Dios en la tierra, y ha sido designado para preparar y calificar a los hombres para que puedan ir al reino de Dios en los cielos, el cual es el reino celestial.

El reino de Dios

El profeta José Smith predicó un sermón glorioso en el cual se dio una definición del reino de Dios. De ese sermón leo estas oraciones:

Donde hay un sacerdote de Dios —un ministro que tiene poder y autoridad de Dios para administrar las ordenanzas del evangelio y oficiar en el sacerdocio de Dios, allí es el reino de Dios

Donde no hay el reino de Dios, no hay salvación ¿Que constituye el reino de Dios? Donde hay un profeta, un sacerdote, o un hombre recto a quien Dios da sus oráculos, hay el reino de Dios: y donde no hay los oráculos de Dios, no hay también el reino de Dios.

. . . Si no recibimos revelaciones, no tenemos los oráculos de Dios; y si no tienen los oráculos de Dios, no es el pueblo de Dios.

. . . Jesús en sus enseñanzas dice, “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia” y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” ¿Qué piedra? Revelación. . .

Cuando los hombres pueden saber la voluntad de Dios y encontrar un administrador Iegalmente autorizado de Dios, allí es el reino de Dios; pero donde no hay estas cosas, no hay el reino de Dios. (D. H. C. tomo 5, pp. 256-259).

Por la gracia de Dios, y por su misericordia, nos ha sido restaurado en este día la plenitud del evangelio sempiterno: todas de las leyes, ordenanzas, y principios que por obediencia a los cuales podemos ser salvos y exaltados en el reino de nuestro Padre. Ningún otro pueblo ha tenido tanto de la luz y las verdades vaciadas sobre él como lo hemos tenido nosotros.

A nosotros ha venido el Libro de Mormón —un registro de los tratos de Dios con un pueblo que tuvo la plenitud del evangelio sempiterno— y contiene, en forma clara y sencilla, las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades del cielo, y si las aceptamos y vivimos según ellas, podemos ganar los galardones más grandes que hay en la eternidad. Pero no es bastante tener la verdad solamente. La posesión de la verdad no salvará al hombre. No es bastante leer las doctrinas del reino y conocerlas. Los demonios también creen y tiemblan. No es bastante tomar el Libro de Mormón y leerlo y creerlo. Tenemos que hacer todas estas cosas. Pero después tenemos que aceptar la verdad haciendo un convenio bajo las manos de un administrador autorizado, alguien que puede ligar en la tierra y en el cielo.

El convenio bautismal

El profeta José Smith escribió estas palabras en su diario, refiriéndose a una plática que tuvo con los doce apóstoles.

Yo les dije a los hermanos que el Libro de Mormón es el más correcto de todos los libros y la clave de nuestra religión; y que el hombre se acercará más a Dios observando sus preceptos, que los de cualquier libro.(Ibid., vol.4 p. 461).

Estoy de acuerdo con cada palabra que el hermano Marión G. Romney dijo ayer (véase el Liahona de Abril de 1953, páginas 170-173). Como él ha hecho, yo he leído el Libro de Mormón con mucha oración, cuidadosamente, más veces que tengo dedos; lo creo, sinceramente y de todo corazón. Sé que es un testigo verdadero de Cristo y un revelador correcto de las doctrinas de Cristo.

Pero después que hayamos encontrado la verdad, después de haber aprendido que el Libro de Mormón fue traducido por el don y poder de Dios y que es verídico, después de que hayamos obtenido el testimonio de Cristo que viene por oír la palabra de Dios enseñada por uno con autoridad —y enseñada en rectitud y con el poder del espíritu espíritu— entonces tenemos que aceptar esa verdad por el convenio del bautismo; y tenemos que hacerlo bajo las manos de un administrador autorizado.

El bautismo es la puerta al reino de Dios tanto en el cielo como en la tierra. Y la clase de bautismo que queremos ustedes y yo es uno que será reconocido en el cielo y en la tierra. Es una cosa organizar un sistema que sea reconocido por los hombres; y es cosa muy diferente a tener un sistema que Dios reconozca. El Señor dijo a Pedro:

“A ti daré las llaves del reino de los cielos: y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”. (Mateo 16:19)

Queremos un bautismo, (y esto también se puede decir de todas las ordenanzas), que ligará en la tierra y en los cielos, que será reconocido por el Señor ahora y también después de esta vida.

Autoridad divina

Ahora, esta oración del sermón del profeta:

Ninguna de las ordenanzas, sistemas, y administraciones en la tierra tiene valor alguno para los hijos de los hombres, a menos que éstos sean ordenados y autorizados de Dios; porque nada menos que un administrador autorizado salvará al hombre; porque ningún otro será reconocido por Dios o sus ángeles. (D.H.C., tomo 5, p 259).

Hablando del nuevo y sempiterno convenio, que es el evangelio, el Señor dijo al profeta:

“. . . Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, efectuaciones, uniones, asociaciones o aspiraciones que por el Santo Espíritu de la promesa, bajo las manos del que es ungido, no se hacen, se celebran y se ligan, tanto por esta vida como por toda la eternidad, y eso también de la manera más santa, por revelación y mandamiento, mediante la instrumentalidad de mi ungido, al que he señalado sobre la tierra para tener este poder. . . ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después de ella; porque todo contrato que no se hace con este fin, termina cuando mueren los hombres”. (Doctrinas y Convenios 132:7).

Entonces el Señor propone una pregunta a todos los que han organizado sistemas de religiones bajo autoridad asumida, autoridad reclamada de generaciones ya muertas. Es esto; “. . . Recibiré de tus manos lo que yo no he señalado” (Ibid., 10.) Ciertamente que no. Su casa es una casa de orden, y no una casa de confusión. Ningún hombre puede entrar a él o a su Padre a menos que sea por su palabra la cual es su ley.

Y finalmente, en lenguaje tan inclusivo para comprender todo principio, doctrina, ordenanza, y sistema, el Señor dice:

Y todas las cosas que están en el mundo, si fueren ordenadas de los hombres en virtud de tronos, principados, potestades o cosas de renombre, cualesquiera que fueren, y que no son de mí, o por mi voz, serán derribadas, dice el Señor, y no permanecerán después que los hombres mueran, ni tampoco en la resurrección, ni después de ella, dice el Señor tu Dios.

Porque cuantas cosas permanecieren, son por mí; y lo que no sea por mí, será sacudido y destruido. (Ibid., 13-14).

Así es que sólo hay dos maneras en que una cosa en este mundo pueda ser ordenada de tal modo que quede validada y sea eficaz en el mundo de los espíritus y en la resurrección. O Dios mismo tiene que ordenarla o un agente de él, actuando bajo y de acuerdo con la autorización de él, tiene que hacerla. Entonces, y solamente entonces, el hecho será reconocido en la eternidad. No hay otra manera.

El bautismo es la puerta al reino celestial, si es administrado por un administrador autorizado, uno cuyas administraciones serán reconocidas por Dios, y si el candidato se ha hecho digno y si la ordenanza es sellada sobre él por el Espíritu Santo.

El mismo principio se aplica a todas las ordenanzas. El Señor dijo de la santa cena:

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero. (Juan 6:54).

Pero para obtener esa bendición tenemos que participar dignamente de la ordenanza, con la aprobación ratificadora del Espíritu Santo, y la ordenanza tiene que ser administrada por uno debidamente autorizado.

También es así con el matrimonio. Los hombres pueden ordenar cualquier sistema de matrimonio que les guste. Pueden casar a un hombre y una mujer en esta vida; pero cuando mueren los esposos, se acaba el matrimonio. Para que un hombre y una mujer sean esposo y esposa en el mundo de los espíritus y en la resurrección, para que la familia continúe después de la muerte, tienen que ser sellados por Dios personalmente o por un agente autorizado de él para hacerlo; y la ordenanza tiene que ser sellada y aprobada por el Espíritu Santo, una condición que se cumple solamente si los participantes son dignos.

La restauración del sacerdocio

Ahora, hemos recibido el mismo poder y autoridad que tuvieron los antiguos. En mayo de 1829, Juan el Bautista vino y dio a José Smith y Oliver Cowdery el Sacerdocio de Aarón y las llaves de ese sacerdocio. Un poco tiempo después vinieron Pedro, Santiago, y Juan y les dio a estos mismos hombres dignos el Sacerdocio de Melquisedec y las llaves del reino de Dios. Entonces, en 1835, cuando fue llamado el primer quórum de apóstoles en esta dispensación, a aquellos apóstoles les fueron dadas las llaves del reino de Dios en la tierra.

Después, más llaves fueron dadas. Elías vino el día 3 de abril de 1836. El entregó las llaves del poder de sellar, o en otras palabras, autorizó el uso del sacerdocio para sellar en la tierra y ligar en el cielo. Moisés vino y entregó las llaves del recogimiento de Israel de los cuatro cabos del mundo, y de las diez tribus de la tierra del norte. Elías vino y dio las llaves de la dispensación del evangelio de Abrahán. El profeta dice que varios ángeles desde el tiempo de Miguel o Adán hasta el tiempo actual vinieron, declarando sus dispensaciones, sus derechos, sus llaves, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio, hasta que tuvimos en esta dispensación, que es la del Cumplimiento de los Tiempos, todo el poder y autoridad que Dios jamás había dado en cualquier dispensación anterior.

Las llaves del reino

Entonces, apenas unas cuantas semanas antes de que José e Hyrum fueran a la cárcel de Cartago para sellar su testimonio con su sangre, el profeta, en el Templo de Nauvoo, confirió sobre los apóstoles todas las llaves del reino del cielo. Después de conferirles estos poderes y llaves dijo:

He sellado sobre vuestras cabezas todas las llaves del reino de Dios. He sellado sobre vosotros cada llave, poder, principio, que el Dios del cielo me ha revelado. Ahora, no importa a dónde yo vaya o lo que haga, el reino está con vosotros. . .

. . . Vosotros, apóstoles del cordero de Dios, mis hermanos, sobre vuestros hombros descansan el reino; ahora tenéis que hacer la lucha para llevar adelante la obra del reino. (Véase, The Discourses of Wilford Woodruff, p. 72.)

Desde aquel momento hasta el tiempo actual, a cada hombre que ha sido ordenado al sagrado apostolado le han sido dadas las llaves del reino de Dios en la tierra, o en otras palabras el derecho de presidir sobre esta Iglesia y este reino. Por lo tanto, en este tiempo tenemos administradores autorizados, hermanos que poseen ambos el sacerdocio y las llaves. Tenemos las verdades del cielo que enseñar; tenemos el poder de sellar a vida eterna a los hombres, bajo la condición de su fidelidad. En ningún otro lugar en el mundo se halla este poder.

Esta mañana el presidente Smith expresó un sentimiento que ha expresado repetidas veces. En este sermón del profeta José Smith de que he citado es el mismo pensamiento. El pensamiento muestra la medida, la gran capacidad, el amor que prevalece en los corazones de los dos hombres. El profeta dijo:

Doy gracias a Dios por haberme preservado de mis enemigos; no tengo enemigos sino por la verdad. No tengo otro deseo que el hacer bien a todos los hombres. Estoy movido a orar por todos los hombres. No pedimos a nadie que deseche lo bueno que tiene; solamente le pedimos que venga a recibir más. ¿Qué pasaría si todo el mundo abrazara este evangelio? Verian los hombres ojo a ojo, y las bendiciones de Dios serían vaciadas sobre este pueblo, lo cual es el deseo de mi alma. (D. H. C, tomo 5, p. 259.) Así como oró el profeta, yo oro en el nombre de Jesucristo. Amén.

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