Los deseos del corazón

(Discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 8 de octubre de 1985.)

Los deseos del corazón

por Dallin H. Oaks
del Quorum de los doce apóstoles

Le he pedido al hermano Holland (Rector de la Universidad Brigham Young] que no me presentara como es de costumbre. Lo hice a fin de poder presentarme yo mismo de una manera que resulte pertinente al tema sobre el cual hablaré a continuación.

Yo fui bautizado y confirmado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y recibí el don del Espíritu Santo. En el transcurso de mi vida he hecho muchas cosas buenas, y he hecho algunas otras impropias. Sé que mis pecados pueden serme perdonados. Tengo un testimonio del hecho de que un Padre Celestial amoroso ha concedido el medio, el sacrificio expiatorio de su Hijo, para que toda la humanidad se pueda salvar por medio de la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

Las características que acabo de mencionar en cuanto a mi persona también se aplican a casi todos los hombres y mujeres en este auditorio. Estas características son vitales. Su valor excede de gran manera los así llamados logros que frecuentemente se mencionan cuando se procede a presentar a una persona.

Además, todos deseamos la bendición suprema de la exaltación en el reino celestial. Aun cuando, debido a nuestra insuficiencia humana, no siempre podamos lograr aquello a lo que aspiramos, deseamos dar lo mejor de nosotros y ése es precisamente el tema de mi discurso: “Los deseos del corazón”.

Me atrae este tema, pues considero que recalca el contraste fundamental que existe entre las leyes de Dios, según están reveladas en las Escrituras, y lo que llamaré las leyes de los hombres, tal cual se les detalla en las legislaturas y en los códigos legales con los cuales estuve íntimamente relacionado en mis treinta años de jurisconsulto.

Las leyes de los hombres jamás contemplan los deseos ni las ideas de la persona en forma aislada. La ley trata de establecer la condición mental o intención de una persona sólo cuando hay que determinar qué consecuencias se han de aplicar a una determinada acción realizada por ese individuo.

En contraste con ello, las leyes de Dios contemplan el aspecto espiritual. Las cosas espirituales se ven afectadas por las acciones, pero también por deseos o pensamientos independientes de las acciones. Las consecuencias determinadas por el evangelio están basadas en los deseos del corazón.

Un simple ejemplo bastará para ilustrar dicho contraste. Supongamos que un vecino nuestro tiene estacionado frente a su casa un hermoso automóvil deportivo. Nos sentimos atraídos hacia él, pero no hacemos nada al respecto. Nos limitamos a mirarlo por largo rato con codicia. Al hacerlo así, habremos pecado, habremos quebrantado uno de los Diez Mandamientos (véase Éxodo 20:17). Las consecuencias serán de naturaleza eterna.

Hasta este punto no habremos quebrantado ninguna de las leyes del hombre: sin embargo, si procedemos a la acción, tal como el hacer contacto con los cables del arranque y alejarnos del lugar en el automóvil, habremos cometido un delito que nos hace pasibles a un castigo o a hacer una restitución conforme a las leyes del hombre,

Al tratar de juzgar qué tipo de sanciones se deben aplicar a nuestra acción, la ley procurará determinar con qué intenciones nos apoderamos del vehículo. Si apenas deseábamos tomarlo prestado dando por sentado erróneamente que nuestro vecino nos permitiría hacerlo, tal vez no seamos tenidos por culpables de ningún delito. No obstante, sí seríamos considerados responsables de cualquier daño causado al automóvil mientras lo hubiéramos usado. Si teníamos la intención de llevarnos el vehículo contrario a los deseos de su dueño pero devolverlo al poco rato, habríamos cometido un delito de menor importancia. Si lo que queríamos era llevarnos el automóvil en forma permanente, entonces el delito sería considerado de mayor importancia. Para escoger entre estas varias opciones, un juez o un jurado tendría que determinar el estado mental o emocional del infractor.

Para citar otro ejemplo, si un documento hubiera sido firmado, mas se pusiera en tela de juicio su validez, la ley evaluaría la intención del firmante para determinar si el documento habría sido firmado como una broma, o de buena fe.

Estos sencillos ejemplos nos indican que algunas veces las leyes del hombre tendrán en cuenta la condición mental de una persona para determinar las consecuencias de ciertas acciones, pero la ley nunca habrá de sancionar ni de tener en cuenta la intención o los deseos por sí solos. Lo mismo acontecía en la época de los pueblos del Libro de Mormón.

Como podemos leer en Alma, los ciudadanos de esa nación eran castigados por sus actos criminales, pero “no había ninguna ley contra la creencia de un hombre” (Alma 30:11,).

Y está bien que sea así, pues la ley es un instrumento imperfecto que carece de método alguno capaz de analizar el corazón de una persona.

En contraste, la ley de Dios puede determinar consecuencias basándose estrictamente en nuestros pensamientos y deseos más profundos; no existe la más mínima vacilación en la administración de esta ley. Tal como Ammón enseñó a su pueblo: “[Los] ojos [de Dios] están sobre todos los hijos de los hombres, y conoce todos los pensamientos e intenciones del corazón; porque por su mano todos fueron creados desde el principio” (Alma 18:32).

De igual manera, Pablo advirtió a los hebreos que Dios “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, y “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12-13).

Estas verdades extraídas de las Escrituras nos indican claramente que Dios nos puede juzgar no sólo por nuestros actos, sino también por los deseos del corazón. No sólo puede hacerlo, sino que lo hace; así lo ha declarado una y otra vez. Si leéis teniendo presente este tema, tal vez os sorprenderéis ante la cantidad de casos en que las Escrituras nos enseñan que seremos juzgados de acuerdo con los deseos del corazón. ¡Cuánto deberíamos tener en cuenta esta realidad!

Tal vez sea para muchos comprometedora, pero no debería tomarlos por sorpresa. ¿Por qué? Tenemos el libre albedrío y lo ejercemos no sólo en lo que hacemos, sino también en lo que decidimos, en lo que tenemos la voluntad de hacer o en lo que deseamos. Las restricciones que pesan sobre la libertad tal vez nos priven del poder de hacer, pero nadie puede privarnos del poder de nuestra voluntad o nuestro deseo. El libre albedrío constituye un principio eterno, y también lo es la responsabilidad que tenemos de la forma en que lo ponemos en práctica. La responsabilidad debe entonces extenderse y aplicar consecuencias a los deseos del corazón.

Veamos qué nos dicen las Escrituras sobre los deseos del corazón. Primero me referiré a un grupo de pasajes que se aplican a este principio de una manera negativa, haciéndonos culpables de haber pecado debido a nuestros pensamientos y deseos malos. Después trataré otros pasajes que se aplican de una forma positiva, prometiéndonos bendiciones precisamente por los buenos deseos del corazón.

La más conocida de todas las designaciones del pecado que se dan en las Escrituras como resultado de los deseos del corazón tiene que ver con el pecado sexual. El Salvador declaró:

“He aquí, fue escrito por los antiguos que no cometerás adulterio; mas yo os digo que quien mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su corazón” (3 Nefi 12:27-28; véase también Mateo 5:27-28).

El Nuevo Testamento ofrece otros ejemplos de pecados cometidos exclusivamente en forma de pensamientos, tal como la condenación del enojo y de los sentimientos malsanos (véase Mateo 5:22).

El Libro de Mormón hace referencia a este mismo principio en su definición de las supercherías sacerdotales. Este es el pecado que cometen aquellos que predican el evangelio para sacar provecho personal más bien que para extender la obra del Señor.

“Son supercherías sacerdotales el que los hombres prediquen y se constituyan a sí mismos como una luz al mundo, con el fin de poder obtener lucro y alabanza del mundo; pero no buscan el bien de Sión” (2 Nefi 26:29; véase también Alma 1:16).

La superchería sacerdotal no es un pecado que se comete únicamente sobre la base de nuestros deseos, puesto que también implica un acto, como el de predicar. No obstante, coloco a la superchería sacerdotal dentro de la categoría de un pecado de deseo, puesto que el acto de predicar, a menos que se trate de doctrina falsa, es un hecho que normalmente elogiamos; se transforma en pecado únicamente cuando se lleva a cabo con el deseo indebido de sacar provecho u obtener alabanzas. El pecado está en el deseo y no en el acto en sí.

Lo mismo acontece con las personas de diferentes dispensaciones a las que el Señor describe diciendo que se le acercaron con sus labios pero que tenían su corazón lejos de

El. El Señor dio tal descripción por medio de sus siervos en Isaías 29:13, en Mateo 15:8, en 2 Nefi 27:25 y en José Smith — Historia 19.

El salmista condenó al pueblo del antiguo Israel, “pues sus corazones no eran rectos con [Dios]” (Salmos 78:37). En una carta dirigida a W. W. Phelps, en 1833, el profeta José Smith empleó esta misma frase:

“Recuerda que Dios ve los motivos secretos de las acciones humanas, y conoce el corazón de todos los vivientes… resulta también inútil aparentar cuando el corazón no es recto ante Dios, pues Dios mira al corazón” (Dean C. Jessee, ed., The Personal Writings ofjoseph Smith, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1984, págs. 263 – 264).

¿Qué quiere decir eso? Nuestro corazón es recto ante Dios cuando realmente deseamos lo que es digno. Nuestro corazón es recto ante Dios cuando deseamos lo que Dios desea.

La fuerza de voluntad que nos fue divinamente concedida nos da total control sobre nuestros deseos, pero los deseos del corazón son tan fundamentales, tan interiores y profundos, que tal vez nos lleve muchos años asegurarnos de que los hemos acondicionado y educado al punto de que sean absolutamente rectos.

El presidente Joseph F. Smith enseñó que “la educación de nuestros deseos es de importancia trascendental para nuestra felicidad en la vida” (Doctrina del Evangelio, pág. 291).

¿Cómo educamos nuestros deseos? Supongo que comenzamos con nuestros sentimientos.

Los deseos del corazón son profundos y fundamentales, pero nuestros sentimientos están mucho más cerca de la superficie y nos resulta tanto más fácil advertirlos e influir en ellos.

Es común escuchar comentarios como los siguientes: “Lo odio. No puedo hacer nada por cambiar lo que siento”; “No puedo tolerar que nadie me diga lo que tengo que hacer; es más fuerte que yo. Así soy”.

¿Habéis hecho alguna vez algo que, si bien considerabais que era correcto, lo hacíais sólo porque no teníais más remedio que hacerlo? ¿Habéis observado alguna vez un mandamiento de Dios con una actitud de resentimiento o santurronería, o sencillamente a la espera de un provecho personal inmediato? Considero que la mayoría de nosotros hemos tenido experiencias así. ¿Recordáis cómo os sentisteis en esas ocasiones? ¿No creéis que el Padre Celestial, que nos dio la fuerza de voluntad a la cual llamamos libre albedrío, tendrá muy en cuenta tales sentimientos? ¿Acaso no nos hablan a las claras esos sentimientos sobre los deseos del corazón?

Si queremos tener deseos justos y un corazón recto ante Dios, debemos controlar nuestros pensamientos y lograr los sentimientos apropiados. Mi madre, quien había quedado viuda, entendía ese principio.

“Ora en cuanto a tus sentimientos”, solía decirnos. Nos enseñó a sus tres hijos que debíamos orar para tener los sentimientos debidos en cuanto a nuestras experiencias — ya fueran positivas o negativas — y a las personas a quienes conocíamos. Si nuestros sentimientos eran buenos, casi de seguro optaríamos por las acciones correctas y haríamos las cosas motivados por la razón debida. De igual manera, Helamán les enseñó a sus hijos que no sólo era importante que ellos hicieran “lo que es bueno”, sino que debían hacerlo movidos por razones correctas. No debían actuar para vanagloriarse sino para ganar un tesoro en el cielo (véase Helamán 5:7-8).

En el libro de Moroni encontramos la siguiente enseñanza:

“Porque he aquí, Dios ha dicho que un hombre, siendo malo, no puede hacer lo que es bueno; porque si presenta una ofrenda… a menos que lo haga con verdadera intención, de nada le aprovechará.

“Porque he aquí, no le es contado por justicia.

“Pues he aquí, si un hombre, siendo malo, presenta una ofrenda, lo hace de mala gana; de modo que le es contado como si hubiese retenido la ofrenda; por tanto, se le tiene por malo ante Dios.” (Moroni 7:6-8.)

Debemos no solamente hacer lo que está bien, sino que debemos hacerlo de buena gana y por motivos correctos, o el acto no se considerará justo.

¿Habéis visto alguna vez al receptor de una ofrenda discutir acaloradamente con el dador hasta que éste se enojó de tal manera que le lanzó el regalo a la cara? En lo que tiene que ver con la “verdadera intención” del dador, ¿es este triste episodio diferente de alguna manera de otro en el que una persona hace algo con un sentido de coerción o resentimiento? No hay bendiciones para lo que se hace sin “verdadera intención”.

Moroni incluso aplicó este principio a nuestras oraciones:

“E igualmente le es contado por mal a un hombre, si ora y no lo hace con verdadera intención de corazón; sí, y nada le aprovecha, porque Dios no recibe a ninguno de éstos” (Moroni 7:9).

En la historia que escribió en el año 1832, el profeta José Smith hizo referencia a un problema que tenía con una intención de su corazón. Explicó que cuando había ido por primera vez hasta el cerro Cumora, el ángel no había querido darle las planchas, diciéndole que aún no había llegado el momento. Durante los años que tuvo que esperar antes de recibir las planchas, el joven Profeta se vio tentado en sus pensamientos; y más tarde escribió al respecto:

“Me había tentado el adversario y procuraba obtener las planchas con fines de lucro, y no guardé el mandamiento de tener la única mira de glorificar a Dios, por lo que fui reprendido y entonces procuré diligentemente obtener las planchas; mas no las obtuve hasta que llegué a la edad de veintiún años” {Personal Writings, pág. 7).

Por medio de ese interesante relato vemos que el Señor miró en el corazón del joven Profeta, lo reprendió por sus deseos indebidos con respecto a las planchas, le dio tiempo para arrepentirse y madurar, y finalmente lo perdonó y le permitió seguir adelante con el cumplimiento de su misión.

Muchos pasajes de las Escrituras revelan que los deseos del corazón se tendrán en cuenta en el día del juicio. Alma enseñó que cuando seamos “llevados ante el tribunal de Dios para ser juzgados… nuestras palabras nos condenarán, sí, todas nuestras obras nos condenarán… y nuestros pensamientos también nos condenarán” (Alma 12:12, 14).

Dos de mis versículos predilectos de las Escrituras se encuentran en el Salmo 24:

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón” (Salmos 24:3-4; véase también Alma 5:19).

Me gustan esos versículos porque expresan la idea tan clara y sucintamente. Si nos abstenemos de obrar mal, tendremos las manos limpias. Si nos abstenemos de tener pensamientos prohibidos, tendremos un corazón puro. Quienes asciendan y estén en el lugar santo deben contar con ambas cosas.

En sus enseñanzas tocantes a la justicia y la misericordia en el día del juicio, Alma declaró que si las obras y los deseos de una persona son malos, de la misma forma le serán restaurados, “porque así como ha deseado hacer mal todo el día, así recibirá su recompensa de maldad cuando venga la noche” (Alma 41:5).

En el segundo capítulo de Romanos, el apóstol Pablo enseña al respecto otra gran verdad.

Explica que Dios juzgará “los secretos de los hombres” (Romanos 2:16) “según [la] verdad”

(Romanos 2:2). Compara la posición de los gentiles que no tienen la ley pero que mediante sus acciones mostraban “la obra de la ley escrita en sus corazones” (Romanos 2:15), con los judíos, que predicaban la ley mas no la ponían en práctica. Entonces termina con estas profundas verdades:

“Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne;

“sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.” (Romanos 2:28-29.)

¿Qué significado tienen para nosotros todas esas enseñanzas en cuanto a nuestros sentimientos y deseos?

¿Estamos seguros de hallarnos sin culpa bajo la ley de Dios simplemente porque nos abstenemos de hacer cosas malvadas? ¿Qué sucede si damos cabida en nosotros a pensamientos y deseos malsanos?

¿Habrán de pasar inadvertidos en el día del juicio los sentimientos de odio?; ¿y los de envidia?; ¿y qué hay de los de codicia?

¿Somos inocentes si nos embarcamos en prácticas comerciales que tienen como fin engañar, aun cuando no vayan acompañadas de ningún acto que sea penable por la ley?

¿Estamos sin culpa ante la ley de Dios por el simple hecho de que la ley del hombre no le ofrezca un remedio legal a nuestra víctima?

¿Nos haremos merecedores de recibir bendiciones si procuramos las cosas de Dios, como ser por la prédica o publicación del mensaje del evangelio, pero lo hacemos con el interés

de obtener riquezas u honor en vez de hacerlo con la única mira de glorificar a Dios?

Las respuestas a tales preguntas son una ilustración de lo que describiríamos como “malas noticias”, o sea, que es posible cometer pecado sin la acción en sí, simplemente por nuestros pensamientos y los deseos de nuestro corazón.

Pero también hay buenas noticias. De acuerdo con la ley de Dios, podemos recibir recompensa por nuestra rectitud aun cuando no podamos llevar a la práctica aquellas acciones que comúnmente están relacionadas con las bendiciones de las que hablé anteriormente.

Esto me recuerda algo que solía decir mi suegro. Cuando alguien deseaba sinceramente hacer algo por él pero las circunstancias no se lo permitían, él decía: “Gracias. A falta del hecho, basta con la intención”. Este dicho representa en pequeña escala el principio que aplicará Aquel que nos ha de juzgar. El recibirá los verdaderos deseos del corazón en lugar de aquellas acciones que realmente sean imposibles de efectuar.

Antes de repasar las Escrituras, advirtamos que este principio ilustra otro contraste más entre las leyes de Dios y las de los hombres. Es totalmente impracticable el otorgar una ventaja legal sobre la base de una intención que no se traduzca en acción. El “tuve toda la intención de firmar ese contrato” o “teníamos intenciones de casarnos” no puede aceptarse como equivalente del acto determinado que requiere la ley. Si la ley fuera a contemplar las intenciones ante la ausencia de los hechos, daría rienda suelta al abuso, puesto que las leyes de los hombres no cuentan con ningún método confiable que permita determinar nuestros pensamientos más profundos.

En contraste, la ley de Dios puede recompensar un deseo justo, puesto que nuestro Dios omnisciente puede determinar si existe o no. Como ha sido revelado por medio del Profeta de esta dispensación, Dios “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (D. y C. 33:1). Si una persona se abstiene de determinado acto porque realmente no lo puede llevar a la práctica, aunque lo haría si pudiera, nuestro Padre Celestial lo sabrá y la recompensará correspondientemente.

La mejor ilustración que nos ofrecen las Escrituras en cuanto a este punto la encontramos en la enseñanza del rey Benjamín cuando se refirió a la acción de dar:

“Y además, digo a los pobres… que rehusáis al mendigo porque no tenéis; quisiera que en vuestros corazones dijeseis.- No doy porque no tengo, mas si tuviera, daría.

“Ahora, si decís esto en vuestros corazones, quedáis sin culpa” (Mosíah 4:24 – 25).

Pablo describió el mismo principio en su segunda carta a los corintios, donde dice: “Si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene” (2 Corintios 8:12).

El presidente Harold B. Lee se basó en estos pasajes cuando definió otro ejemplo:

“Esposas y madres a quienes se os han negado las bendiciones del matrimonio y la maternidad en esta vida — que decís en el corazón, ‘Si hubiera podido hacerlo, lo habría hecho, o daría si tuviera, pero no puedo, pues no tengo’ — el Señor os bendecirá de la misma forma que si lo hubieseis hecho, y la vida venidera compensará a quienes deseen en sus corazones las justas bendiciones que no pudieron recibir por razones ajenas a su dignidad” (Ye Are the Light ofthe World, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1974, pág. 292).

Los deseos de nuestro corazón serán algo muy importante a tener en cuenta en el juicio final. Alma enseñó que Dios “concede a los hombres según lo que deseen, ya sea para muerte o para vida; [y] según la voluntad de ellos, ya sea para salvación o destrucción. Sí… el que conoce el bien y el mal, a éste le es dado según sus deseos” (Alma 29:4 – 5).

Se trata de una enseñanza que nos deja mucho en que pensar, y que puede resultar sumamente gratificadora. Quiere decir que una vez que hayamos hecho todo lo que podamos, nuestros deseos harán el resto. También quiere decir que si lo que deseamos es justo, podremos ser perdonados por aquellos errores que inevitablemente cometeremos al tratar de ver cristalizados nuestros deseos. ¡Cuan tranquilizante para nuestros sentimientos de insuficiencia! Como dijo Alma:

“Es indispensable para la justicia de Dios que… si sus hechos fueron buenos en esta vida, y buenos los deseos de sus corazones, que también sean ellos restituidos a lo que es bueno en el postrer día…

“uno resucitado a la dicha, de acuerdo con sus deseos de felicidad…

“Si se ha arrepentido de sus pecados y deseado la justicia hasta el fin de sus días, en igual manera será recompensado en justicia” (Alma 41:3, 5-6).

Del mismo modo, en esta dispensación el Señor ha revelado que El juzgará “a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (D. y C. 137:9).

El principio que nos hace saber que seremos juzgados tanto por los deseos de nuestros corazones como por nuestras acciones ofrece dos posibles malos entendidos. Os prevengo contra ellos.

Primero, debemos tener presente que el deseo es un substituto únicamente cuando la acción se hace realmente imposible. Por ejemplo, suponed que una persona optara por no pagar el diezmo pensando que su deseo sería suficiente. El pago del diezmo puede ser difícil, pero si hemos recibido un ingreso, rara vez será imposible. Si tratamos de valemos de la excusa de que nos es imposible cumplir con algo para cubrir el hecho de que en realidad no queremos hacerlo, y por consiguiente no hacemos todo lo que podríamos por llevar a cabo los actos que se nos han mandado, nos estaremos engañando a nosotros mismos, pero jamás engañaremos al Juez Justo.

A fin de que se le pueda aceptar como substituto para una acción, el deseo no puede ser superficial, impulsivo ni pasajero, sino que debe ser honrado y total. Encontramos una analogía persuasiva en la referencia que el apóstol Pablo hace a la clase de remordimiento y pesar necesarios para que el arrepentimiento sea válido para la salvación. Lo que él denomina “la tristeza del mundo” no es suficiente. Ese tipo de tristeza o pesar “produce muerte” (2 Corintios 7:10). El arrepentimiento requiere lo que él llama “la tristeza que es según Dios” (2 Corintios 7:10). Para que los deseos del corazón puedan hacernos merecedores de bendiciones, deben ser tan genuinos que también se pueda decir de ellos que son deseos según Dios.

Segundo, no debemos dar por sentado que los deseos del corazón, los cuales aparentemente pueden satisfacer la ley del evangelio, pueden también satisfacer una ordenanza del evangelio.

No hay nada en las Escrituras que pueda hacernos pensar que las buenas intenciones pueden substituir la ejecución de una ordenanza requerida. Considerad las palabras del

Señor al instituir dos ordenanzas del evangelio: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Y con respecto a los tres grados de gloria, la revelación moderna declara: “Para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio de matrimonio]” (D. y C. 131:2). No se hace referencia a excepción alguna en estos mandamientos, ni en ninguna otra parte de las Escrituras.

Sin embargo, en la justicia y en la misericordia de Dios, el rígido efecto de los mandamientos relativos a las ordenanzas esenciales se ve templado por la autoridad divina de efectuar estas ordenanzas en forma vicaria por aquellos que no las efectuaron en vida.

Entonces, una persona que se encuentre en el mundo de los espíritus y desee aceptar la ordenanza recibirá los beneficios de esta acción en forma vicaria de la misma manera que si la hubiera llevado a cabo ella misma. De este modo, mediante el amoroso servicio de aquellos que los representan en esta vida, los espíritus que han partido también serán recompensados por los deseos de sus corazones.

En resumen, ante la ley de Dios somos responsables de nuestros sentimientos y deseos así como de nuestras acciones. Los pensamientos y deseos malvados serán castigados. Los hechos que parecen ser buenos nos reportarán bendiciones sólo cuando los llevemos a la práctica con una intención sincera y justa. En el aspecto positivo, seremos bendecidos por los dignos deseos de nuestro corazón aun cuando algunas circunstancias exteriores hayan hecho imposible que transformáramos nuestros deseos en hechos.

Parafraseando las enseñanzas de Pablo en el capítulo 2 de Romanos, es un Santo de los

Últimos Días el que lo es en lo interior, aquel cuya conversión es del espíritu, del corazón, que no es alabado de los hombres debido a hechos visibles, sino de Dios por los profundos deseos del corazón.

Que Dios nos bendiga para que podamos entender este gran principio y llevarlo a la práctica. Nos pone a prueba; es reconfortante; es verdadero.

Dios vive. Jesucristo es su Hijo. El sufrió y murió por nuestros pecados, para que mediante el arrepentimiento, las buenas obras, los justos deseos de nuestro corazón y el cumplimiento de todas las leyes y ordenanzas del evangelio podamos obtener el grado más alto de gloria en el reino celestial. Tal es el destino de los hijos de Dios, de lo cual doy testimonio, pidiendo las bendiciones de nuestro Padre Celestial sobre cada uno de nosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén. (Discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 8 de octubre de 1985.)

 

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