La fórmula del éxito

Liahona, Agosto 1995

La fórmula del éxito

Por el présidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Tenemos la responsabilidad de aprender la palabra de Dios, de comprenderla y de vivir de acuerdo con ella. Busquemos la verdad entre aquellos libros y en aquellos lugares en donde sea más factible que ésta se encuentre.

En el meridiano de los tiempos, el apóstol Pedro declaró: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Este es el destino que le espera a todo Santo de los Ultimos Días si se esfuerza por lograr el cumplimiento de esas palabras.

Cuando el Salvador estuvo sobre la tierra, enseñó mediante el uso de parábolas. Recordemos la parábola de las vírgenes prudentes y las insensatas a quienes se les mandó llenar sus lámparas con aceite; cinco de ellas se prepararon debidamente y cinco no lo hicieron. Llegó entonces el día en que apareció el esposo, y no había aceite suficiente para llenar las lámparas de las que no estaban preparadas. ¿Recuerdan las palabras de censura que el Maestro dijo en aquella ocasión? “De cierto os digo, que 110 os conozco” (Mateo 25:12). He aquí una gran lección en cuanto a la preparación.

Recordamos también la parábola de los talentos, en la que a uno le fueron dados cinco talentos, a otro dos, y a otro uno. Cuán complacido estaba el Maestro con aquellas personas que habían multiplicado los talentos y los habían utilizado prudentemente, y cuán decepcionado con la persona que había recibido un solo talento y, por temen- a perderlo, lo escondió en la tierra. Estas fueron Sus palabras: “Al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera” (Mateo 25:30).

Recordamos también la parábola de la higuera. La higuera tenía hojas, pero no producía fruto; y se le mandó que jamás volviera a producirlo. Las palabras de reprobación en ese caso fueron muy fuertes: “Nunca jamás nazca de ti. fruto”. Luego se oyó el comentario de los que observaron el cumplimiento de aquel mandato: “¿Cómo es que se secó en seguida la higuera?” (Mateo 21:19-20).

Tomando en cuenta estas parábolas, quisiera hacer notar que, si en realidad hemos de ser una generación escogida, tenemos la responsabilidad de estar preparados, de ser productivos, de ser fieles y, a la vez, de dar fruto. Lo que necesitamos a medida que andemos en esta jornada que se conoce como la vida terrenal es un compás para trazar nuestro curso, un mapa para guiar nuestros pasos y un modelo según el cual podamos dar forma a nuestra vida. Quisiera presentar aquí una fórmula que, en mi opinión, nos ayudará a todos a viajar seguros a través de esta vida hacia esa gran recompensa de exaltación en el reino celestial de nuestro Padre Eterno.

Primero, llenemos nuestra mente con la verdad; segundo, llenemos nuestra vida con el servicio al prójimo; y tercero, llenemos de amor nuestro corazón.

Al hablar en cuanto a cada una de las partes de la fórmula, veremos que todas tienen un lugar en el corazón humano. Primero, llenemos nuestra mente con la verdad. Me gustaría sugerir que cuando estemos en busca de la verdad, la busquemos entre aquellos libros y en aquellos lugares en donde sea más factible que se encuentre. En varias ocasiones, he repetido estas palabras: “No encontramos la verdad arrastrándonos en el error; la encontramos buscando la santa palabra de Dios”. Hay quienes, tratando de encontrar guía e inspiración, acuden a las filosofías de los hombres, donde se pueden encontrar fragmentos de la verdad, pero no su totalidad.

A veces, la verdad de tales filosofías está basada en un fundamento superficial. Me hace pensar en la historia del mono que estaba encerrado en una jaula colocada en un terreno cerca de un gran aeropuerto. Al principio, el mono se asustaba cada vez que un avión volaba por encima de ese lugar, y del miedo empezaba a sacudir las rejas de la jaula. Al poco tiempo, pensó en que si sacudía las rejas de la jaula, el avión se iría muy lejos y él estaría a salvo. Sin duda, el mono creía que el sacudimiento de las rejas hacía que el avión, por tenerle miedo, pasara de largo y lo dejara en paz. Naturalmente que el sacudimiento de las rejas no tenía nada qué ver con el hecho de que el avión se alejara, y lo mismo sucede con algunas filosofías de los hombres. Es preciso que acudamos a la verdad de Dios.

Me gustan las palabras de Louisa May Alcott, autora de la obra clásica Mujercitas, que escribió:

A ninguna corona he de aspirar,
más que a la que todos puedan recibir;
ni otros mundos quiero conquistar, excepto el
que se halla dentro de mí.
(Traducción libre).

Todos tenemos la responsabilidad de aprender la palabra de Dios, de comprenderla y de vivir de acuerdo con ella. Al hacerlo, encontraremos que hemos aprendido y aceptado la verdad. El profeta José Smith nos aconsejó en cuanto a esto cuando dijo: “He adoptado esta regla: Cuando el Señor lo manda, hazlo” (History of the Church, 2:170).

David M. Kennedy, que fue representante especial de la Primera Presidencia, hizo una significativa declaración al ser llamado como secretario de la tesorería de los Estados Unidos. En una entrevista con la prensa, un reportero le preguntó si creía en la oración, a lo cual él dio esta respuesta categórica: “Creo en la oración, y oro”, del Comité Ejecutivo Misional y de gozar del beneficio de estar bajo la dirección del presidente Spencer W. Kimball, que era presidente de dicho comité. En una ocasión, recuerdo haber leído los datos de un candidato a misionero, y creo que el presidente Kimball indicó que el joven debía ir a Londres, Inglaterra. Pero luego dijo: “No; no es así. Envíen al joven a la Misión Dinamarca Copenhague”.

Me fijé en la solicitud y advertí que había pasado por alto leer una anotación muy importante del presidente de la estaca de ese joven. Entonces le pregunté: “Presidente Kimball, ¿ha visto usted previamente esta solicitud?”, a lo que me respondió que no, no la había visto.

“Mire lo que el presidente de estaca escribió”, continué. “‘El abuelo de este candidato a misionero es un inmigrante de Dinamarca y es el patriarca de nuestra estaca. Al joven se le prometió en su bendición patriarcal que si vivía rectamente y era fiel, volvería a la tierra de sus antepasados a fin de predicar el evangelio en ese país’ ”.

El presidente Kimball asintió en señal de aprobación y dijo: “El Señor ha revelado hoy Su voluntad”.

Los misioneros deben salir con el pleno conocimiento de que están al servicio de Dios, de que van a compartir una preciada posesión: su testimonio. Recuerden, un testimonio es algo perecedero. Aquello que guardamos egoísta-mente, lo perdemos; aquello que compartimos con buena voluntad, lo conservamos. Todos salimos ganando cuando nos acordamos de magnificar nuestros llamamientos.

La tercera parte de la fórmula es: llenemos de amor nuestro corazón. Recuerdo haber visto en la televisión un emocionante partido de béisbol entre dos equipos de talento similar, uno de los cuales contaba con uno de los bateadores más destacados de todos los tiempos. Después del partido, un reportero lo entrevistó hablando demasiado en cuanto a los aspectos técnicos del juego, mientras que el jugador hablaba de su padre. El jugador era “Hank” [Henry] Aaron, y en su niñez no había gozado de muchas de las comodidades de este mundo, pero le encantaba el béisbol. Era su gran pasión.

En esa entrevista, comentó que él y su padre solían sentarse a charlar en un viejo automóvil abandonado que se encontraba en el patio de atrás de su casa; allí pasaban horas enteras hablando.

Un día, le dijo a su padre: “Voy a dejar la escuela, papá. Voy a buscar trabajo para poder jugar al béisbol”.

Herbert Aaron le contestó a su hijo: “Hijo, yo dejé la escuela porque tuve que hacerlo, pero tú no lo harás. Durante tu corta vida, todas las mañanas he dejado cincuenta centavos sobre la mesa para que pudieras comprarte el almuerzo ese día. Yo me he quedado con veinticinco centavos para pagar mi almuerzo. Tu educación significa mucho más para mí que el almuerzo. Quiero que llegues a tener lo que yo nunca he tenido”.

Hank Aaron comentó que cada vez que recordaba la moneda de cincuenta centavos que el papá le dejaba sobre la mesa todos los días, pensaba en lo mucho que esos cincuenta centavos significaban para su padre y en que éste daba gran importancia a su educación. Y agregó: “Nunca me fue difícil seguir estudiando cuando pensaba en el amor que mi padre tenía por mí. Como consecuencia de meditar sobre ese amor, obtuve mi educación y jugué mucho al béisbol”.

Palabras modestas, por así decirlo, del más grande de los bateadores que haya puesto pie en un cuadro de béisbol: Henry Aaron.

Fijemos ahora nuestra atención en una publicación periodística que una vez leí en Los Ángeles: “Un padre ciego rescata a su hijita de morir ahogada en una nueva piscina instalada recientemente en el vecindario”. A continuación, la historia describía la manera en que se había efectuado el rescate. El padre ciego había oído el ruido del agua cuando su hijita, que no sabía nadar, se había caído a la piscina. Estaba aterrorizado y se preguntaba cómo podría ayudarla. Era de noche y ellos eran los únicos allí. Se puso de rodillas y empezó a andar a gatas junto al borde de la piscina para escuchar las burbujas de aire que provenían de la pequeña, que ya estaba ahogándose; con un agudizado sentido del oído, siguió atentamente el sonido de esas burbujas, y, en un intento desesperado, con el corazón lleno de amor y una oración en el alma, se lanzó a la piscina, asió a su preciosa hijita y la sacó del agua. El amor inspira esa clase de milagros.

Cuando pienso en el amor, pienso en Abraham Lincoln, uno de los extraordinarios presidentes de los Estados Unidos, que fue también uno de los autores y oradores más destacados de la nación. Pocas veces he leído palabras que representen mejor el amor que el hombre puede tener hacia los demás, que las que él escribió en una carta a una madre que había perdido a todos sus hijos en la Guerra Civil. Se le conoce ahora como la Carta a Lydia Bixby. Adviertan con cuidado las palabras de Abraham Lincoln y vean si no perciben también en su corazón el amor que él sentía en el suyo:

Estimada Señora:

En los archivos del Departamento de Guerra, me acaban de mostrar una declaración del Asistente General de Massachusetts indicando que usted es la madre de cinco hombres que han muerto gloriosamente en el campo de batalla.

Reconozco cuán débiles e insignificantes resultarían las palabras que podría ofrecerle para aliviar el dolor de una pérdida tan devastadora, pero no puedo contener el deseo de extenderle el consuelo que pueda encontrarse en la gratitud de la república por la que ellos dieron la vida.

Ruego que nuestro Padre Celestial mitigue la angustia de su pérdida y le deje solamente el atesorado recuerdo de los seres queridos que se han ido y el orgullo solemne que debe sentir al haber puesto sobre el altar de la libertad una ofrenda de sacrificio tan inmensa.

Con toda sinceridad y respeto,

A. Lincoln

En nuestras reuniones sacramentales con frecuencia cantamos el himno:

Asombro me da el amor que me da Jesús.
Confuso estoy por Su gracia y por Su luz,
y tiemblo al ver que por mí El Su vida dio;
por mí, tan indigno, Su sangre El derramó…
Comprendo que El en ¡a cruz se dejó clavar.
Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.
Por siempre jamás al Señor agradeceré;
mi vida y cuanto yo tengo a El daré.
(Plimnos, 118).

Asombro me da el amor que me da Jesús, el amor que da a todos. Pienso en el amor que demostró en Getscmaní; pienso en el amor que demostró en el de­sierto; pienso en el amor que demostró en la tumba de Lázaro; en el amor que demostró en el calvario del Gólgota; en el sepulcro abierto, y también en el momento en que apareció en aquella arboleda sagrada con Su Padre y habló aquellas inolvidables palabras a José Smith. Doy gracias a Dios por Su amor al entregar en sacrificio a Su Hijo Unigénito en la carne, Jesucristo, por todos nosotros. Doy gracias al Señor por el amor que demostró al ofrecer Su vida, a fin de que pudiésemos tener vida eterna.

Jesús es más que un maestro, es el Salvador del mundo; El es el Redentor de la humanidad; es el Hijo de Dios. El nos mostró el camino. Recordemos que Jesús llenó Su mente con la verdad, Jesús llenó Su vida con el servicio, Jesús llenó de amor Su corazón. Si seguimos ese ejemplo, jamás escucharemos esas palabras de censura que provienen de las parábolas. Nunca nos encontrare­mos con que nuestra lámpara está vacía; nunca seremos considerados siervos inútiles; y nunca se nos dirá que no hemos sido fructíferos en el Reino de Dios. En cambio, si seguimos con esmero las partes de esta fórmula y literal­mente llenamos nuestra mente con la verdad, llenamos nuestra vida con el servicio al prójimo y llenamos de amor nuestro corazón, quizás algún día seamos dignos de oír las palabras de nuestro Salvador: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).

Ruego que nos comportemos de tal manera que sea­mos merecedores de esa alabanza de nuestro Señor y Salvador; que cada uno de nosotros viva de tal modo que sea merecedor de la bendición del Señor cuando dijo:

“Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.

“Grande será su galardón y eterna será su gloria” (D.y C. 76:5-6). □

Los misioneros tienen la maravillosa oportunidad de brindar todo su tiempo a fin de compartir con todo el mundo esa posesión de valor inestimable: el testimonio del evangelio.

Gracias a Dios por Su amor al entregar por nosotros a Su Hijo Unigénito en la carne. Gracias al Señor por el amor que demostró al ofrecer Su vida a fin de que pudiésemos tener vida eterna.

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