Como apoyar al Obispo

Liahona, Agosto 1995

Como apoyar al Obispo

por Annette Paxman Bowen

Al poco tiempo de haber sido llamado como obispo .de nuestro barrio, mi esposo aconsejó a los miembros que no criticaran la forma en que las personas de­sempeñan sus llama­mientos. Con el fin de ilustrar ese punto, utilizó como analogía la experiencia que tuvimos una vez los dos al colgar del techo exterior de la casa las luces de Navidad.

El estaba encaramado en una escalera muy alta que se apoyaba precariamente en una pendiente congelada del terreno del frente de la casa. Con un brazo se mantenía asido a la escalera, y con el otro iba colgando las luces de una viga a la otra. No le gustaban las alturas, por lo tanto, estaba algo nervioso. Yo permanecí abajo, tratando de man­tener firme la escalera. Al estirarse para alcanzar la última viga, me gritó: “¡Esto no me gusta nada! Espero no caerme y quebrar un hueso”. Sonriente, le contesté: “¡No te preocupes, que todo saldrá bien! ¡Confío e ti!” El se estiró y colocó la última luz.

Después de relatarles esa anécdota a los miembros del barrio, les explicó que la mayoría de nosotros, en nuestros esfuerzos por servir y por magnificar un llamamiento, estamos metafóri­camente encaramados en escaleras inestables. También nosotros debe­mos vencer nuestros temores e inhi­biciones en el intento simbólico de colocar una o dos luces. Al estar en esa situación, lo que más necesita­mos es a alguien que estabilice la escalera, que de vez en cuando, y si es necesario, nos dé instrucciones y que, al mismo tiempo, pronuncie palabras de aliento y confianza. Lo que no nos hace falta es una persona que esté ahí para criticar la manera en que desem­peñamos nuestra labor.

Basándonos en esa analogía, he pensado en algunos elementos deter­minados con los cuales los miembros pueden apoyar a los líderes de su barrio o rama, especialmente al obispo o al presidente de la rama. He aquí algunas sugerencias de las cosas que se deben y que no se deben hacer:

LO QUE NO SE DEBE HACER

1.- No esperar que las personas que forman parte de la organiza­ción del barrio siempre desempe­ñen sus deberes a la perfección. Hemos oído esto muchas veces, pero merece repetición. Todos nosotros, en nuestros esfuerzos por convertir­nos en verdaderos santos, comete­mos errores. Esto significa que el hermano Fulano quizás se olvide de transmitir un mensaje telefónico como prometió hacerlo, o que la hermana Sutana quizás no esté tan bien preparada como debiera estarlo para enseñar la lección.

2.- No esperar que la Iglesia satis­faga todas sus necesidades. No obs­tante que la organización de la Iglesia ha sido creada y organizada con el fin de apoyar y servir a todos los miem­bros, no puede atender a todas las necesidades de todas las personas. Habrá algún miembro que tendrá que satisfacer sus necesidades sociales con vecinos o compañeros de trabajo; algún matrimonio que tal vez requiera ayuda profesional; alguna familia que tenga que hacer sus propios arreglos para mudarse de residencia.

3.- No juzgar ni criticar. Los comentarios casuales, las expresio­nes de enojo y las sugerencias caren­tes de tacto, además de herir los sentimientos de las personas, causan

una pérdida tremenda de tiempo y energías a los líderes del barrio. Se pueden desperdiciar valiosas horas cuando las personas llaman al obispo para informarle de algo que alguien dijo en el barrio, o para pedirle que arregle desavenencias familiares.

4.- No murmurar. Muy pocos nos pondríamos del lado de Lamán y Lemuel, cuando, de hecho, quizás nosotros mismos seamos culpables de repetir comentarios ofensivos o de albergar malos sentimientos que nos lleven a murmurar con nuestro cónyuge, con los amigos o con cual­quiera que esté dispuesto a escuchar. En vez de quejarnos de alguien, sería mucho mejor que fuésemos a esa persona y, con un espíritu de her­mandad y amor, arregláramos nues­tros asuntos con ella.

5.- No acudir al obispado con un problema referente a una organi­zación, sin antes haber meditado sobre las posibles soluciones. El simple hecho de quejarse de una falla en una organización particular del barrio tal vez empeore la situa­ción y cree un desacuerdo. Por otra parte, cuando tomamos la iniciativa de ofrecernos a prestar servicio, la organización del barrio funciona efi­cazmente y muchos reciben la influencia y las bendiciones de ese ejemplo. En especial, debemos magnificar nuestros llamamientos como maestras visitantes y maestros orientadores, ya que eso aliviará con­siderablemente la carga de todos.

6.- No llamar al obispo en busca de información que nosotros mis­mos podamos obtener de alguna otra forma. Averigüemos primera­mente si las personas encargadas del horario del edificio, así como los líde­res auxiliares y de quorum, tienen directorios y calendarios del barrio.

7.- No llamar a los líderes al lugar donde trabajan, a menos que ellos hayan dado permiso para hacerlo, o a menos que se trate de una verdadera emergencia. Quizás algunos líderes puedan alterar sus horarios a fin de satisfacer las nece­sidades de los miembros del barrio, pero a otros tal vez no les sea posi­ble. A consecuencia de su trabajo, un líder tal vez no esté disponible para los miembros de su barrio, y ni siquiera para su familia. El lamenta no poder atender los llamados, pero hace todo lo posible de acuerdo con las exigencias de su trabajo.

8.- No esperar que el obispo esté presente en toda reunión y en toda actividad. Si no se presenta, no sig­nifica que no se preocupa por los miembros, que es irresponsable o que no los apoya en su llamamiento. Su ausencia significa que habrá tenido un compromiso previo o alguna emergencia. La mayoría de las veces, si el obispo puede estar presente, lo hará.

Por ejemplo, un miércoles por la noche, nuestro obispo no pudo asis­tir a la reunión donde se tratarían los asuntos de una presentación de tea­tro ambulante, debido a que tuvo que asistir a una reunión de los Lobatos. Después de la reunión, no le fue posible devolver dos llamadas telefónicas porque alguien del barrio necesitaba desesperadamente hablar con él, lo cual le llevó hasta altas horas de la noche.

LO QUE SE DEBE HACER

1.- Comprender el orden de prio­ridad de las obligaciones del líder. Después de que mi esposo fue lla­mado a servir como obispo, empeza­mos a proteger con mucho celo el tiempo que dedicábamos a la familia. En particular, gozábamos juntos de los lunes por la noche.

2.- Hacer comentarios positivos. Durante las entrevistas personales y las reuniones, debemos expresarnos con franqueza, pero al mismo tiempo con cortesía. El obispo ora diariamente para recibir inspiración y guía; sin embargo, él valora la sincera opi­nión de los miembros. Debemos mantenerlo informado en cuanto a la situación personal de nuestra vida y a cómo marchan las cosas. De ese modo, cuando llegue el momento, él podrá tomar una decisión prudente e inspirada.

3.- Ir al obispo si se necesita ayuda. No obstante, si fuese posible, se debe tratar de resolver los proble­mas sin tener que acudir a él. Si junto con los miembros de la familia es posible hallar la solución a una dificultad, eso es lo que debemos hacer. Si se precisa ayuda, se debe tratar de obtenerla de aquellas per­sonas que tengan una relación más directa con los miembros: las maes­tras visitantes o los maestros orienta­dores. Si ellos no pueden brindar la ayuda necesaria, el miembro se pone en contacto con el presidente del quorum o de la organización auxiliar correspondiente; y luego, si verdade­ramente se quiere el consejo o la ayuda del obispo, se le debe hacer saber esa necesidad. Y no debemos esperar a que él nos llame; a veces, recibirá la inspiración para hacerlo; sin embargo, él se siente agradecido cuando las personas reconocen que en verdad necesitan verlo y toman la iniciativa para concertar una cita.

4.- Ser comprensivos en cuanto a las demoras para extender lla­mamientos y poner las cosas en marcha. El mantener la organiza­ción de un barrio o rama, con todos los oficiales que se necesitan, es un proceso interminable, y los líderes dan cuidadosa consideración a las sugerencias de los miembros. Sin embargo, tal vez existan circunstan­cias privadas de las cuales quizás éstos no estén al tanto. El obispo y los otros líderes del barrio deben considerar en su totalidad la organi­zación del mismo. Un cambio en una posición quizás resulte en otros cam­bios; o los líderes tal vez sepan en cuanto a una situación difícil en la vida de una persona, lo cual a veces afecta un llamamiento.

5.- Pasar por alto las flaquezas humanas de los líderes ya que ellos cometen errores, se cansan y a veces descuidan ponerse en contacto con miembros que hayan manifestado el deseo de hablarles. De vez en cuando, a los líderes simplemente se les olvida hacer algo; a veces dicen cosas que no parecen ser correctas. Tengamos en cuenta no censurarlos; todo líder tiene sus propias debilida­des y fortalezas.

6.- Expresar agradecimiento. Un comentario positivo o una palabra de aprecio da muy buenos resultados. Los líderes continuarán desempe­ñando sus tareas, ya sea que se les alabe o no. No obstante, palabras tales como “gracias” o “le agradezco la manera en que atendió al asunto” hacen que la experiencia sea mucho más placentera. Y, ¡no lo hagamos sólo con los líderes del barrio! Expresemos con regularidad agrade­cimiento a cualquier miembro del barrio que preste servicio de cual­quier manera. A veces, es bueno recordar que la Iglesia es una organi­zación de voluntarios.

7.- Orar por el obispo, por sus consejeros, por los demás líderes del barrio y por todas las familias que lo componen. Una vez, los miembros de nuestro barrio llevaron a cabo un ayuno cuando yo me iba a someter a una operación. Después de dicha intervención, sentí el poder de las oraciones que se ofrecían por mí. Esas oraciones me ayudaron a recu­perarme con más rapidez. Del mismo modo, los obispos sienten muchas veces la fortaleza y el poder que ema­nan de las oraciones de los miembros del barrio.

8.- Asistir al templo. Los que ten­gan la bendición de vivir cerca de un templo se darán cuenta de que la asistencia regular al mismo aumen­tará su espiritualidad. Sin embargo, no importa cuán alejados vivamos del templo, el esfuerzo y el sacrificio que se hagan por asistir con tanta frecuencia como sea posible nos traerá bendiciones y nos iluminará.

9.- Amarse unos a otros. Esta exhortación del Señor es tan senci­lla, pero a la vez, ¡cuánto abarca! Los miembros de nuestro barrio, así como los de otros barrios y ramas de otras partes del mundo, han respon­dido con entusiasmo a esta invita­ción. Sus cordiales actos son innumerables a medida que se han esforzado por perdonar, expresar amor, escuchar y servirse unos a otros. A consecuencia de ello, el círculo de nuestra familia en el barrio se ha ensanchado y el amor se ha hecho más profundo, convir­tiéndose los miembros literalmente en ángeles ministrantes el uno para con el otro.

10.- Saber que se nos estima. Al servirnos mutuamente, nuestro barrio puede experi­mentar la diversa gama de emociones de una familia: com­partir nuestra admiración y nuestras desilusiones, nuestros pesares y gozos y la alegría de recibir ese apoyo. En muchos respectos, el barrio es como una familia.

Cuando mi esposo era obispo, a veces, antes de orar, revisaba la lista de los miembros del barrio, a fin de hacer inventario de las necesidades y las bendiciones. Después oraba por nuestra familia, no sólo por nuestros tres hijos y otros familiares, sino tam­bién por los maravillosos miembros de nuestro barrio.

Cuando la ocasión era apropiada, a veces me arrodillaba con él para orar por los miembros de nuestro barrio. El amor y la ayuda de los miembros están al alcance de todos nosotros. Al hacer frente a los retos de la vida, nos sentimos fortalecidos recibiendo el apoyo de los líderes del barrio y de nuestros hermanos en el evangelio. Es mediante su cuidado que percibimos el amor de nuestro Salvador y de nuestro Padre Celestial. Durante los años en que mi esposo fue obispo, vimos crecer el barrio; pero, más que nada, sentimos ese maravilloso y satis­factorio sentimiento de amor al hacer que los demás formaran parte de nuestra vida.

Ese amor despierta en nosotros el deseo de permanecer junto a la esca­lera de los demás. Cuando cada miembro de nuestro barrio trata de alcanzar alturas más elevadas, le expresamos palabras de aliento y confianza: “¡No te preocupes, que todo saldrá bien! ¡Confío en ti!” □

 

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