El libro de Mormón

Liahona de Octubre 1988

El libro de Mormón

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

En nuestras reuniones can­tamos a menudo un ‘himno que a todos nos gusta mucho; lo escribió Parley P. Pratt hace más de un siglo:

Un ángel del Señor
del cielo descendió
silencio a romper.
Al mundo reveló
que en Cumora yace el
Registro Santo, libro fiel,
que en Cumora yace el
Registro Santo, libro fiel.
(Himnos de Sión, 112.)

Esas palabras representan la declaración del élder Pratt sobre la milagrosa aparición de un libro extraordinario. La forma en que él llegó a conocer ese libro es una historia in­teresante.

En agosto de 1830, siendo predicador laico, Parley Parker Pratt se encontraba en viaje desde el estado de Ohio al este del de Nueva York. En la ciudad de Newark conoció a un diácono bautista; de apellido Hamlin, que le habló “de un libro, un libro extraño, ¡MUY EXTRAÑO! . . . Se suponía que ese libro, según me dijo había sido escrito originalmente en plan­chas, de oro o bronce, por una rama de las tribus de Israel; y que lo había descu­bierto y traducido un joven de las cerca­nías de Palmyra, estado de Nueva York, con la ayuda de visiones o del ministerio de ángeles. Le pregunté cómo y dónde se podía obtener el libro, y me prometió que me lo mostraría en su casa al otro día… A la mañana siguiente fui a su casa, donde por pri­mera vez vi EL LIBRO DE MORMON —ese libro único entre todos los libros— . . . que, en las manos de Dios, fue el medio principal que dirigió o entero de mi vida futura.

‘Lo abrí con gran anhelo y leí la portada. Luego, leí el testi­monio de varios hombres que fueron testigos de la manera en que se encontró y se tradujo. . . Leí todo el día; me molestaba co­mer, pues no tenía el deseo de tomar ali­mento; me molestaba la idea de dormir al llegar la noche, pues prefería seguir leyendo.

“Mientras leía, el Espí­ritu del Señor vino sobre mí, y, tan manifiesta y claramente como un hombre sabe que existe, supe y comprendí que el libro era verdadero.” (Autobiography of Parley P. Pratt, tercera edición. Salt Lake City, Deseret BookCo., 1938, págs. 36-37.)

Parley P. Pratt tenía entonces veintitrés años. La lectura del Libro de Mormón lo afectó tan profun­damente que al muy poco tiempo se bautizó en la Iglesia y se convirtió en uno de los defensores más acérrimos del libro. En su ministerio viajó de costa a costa en lo que ahora es los Estados Unidos, y también a Canadá e Inglaterra; él inició la obra del evangelio en las islas del Pacífico y fue e! primer él­der mormón que pisó la tierra de América del Sur. En 1857, mientras era misionero en Arkansas, un hombre lo atacó y lo mató. Lo enterraron en una zona rural cercana a la comunidad de Alma, y ac­tualmente un gran bloque de granito marca su tumba en el tranquilo lugar. Talladas en la pulida superficie están las palabras de otro de sus magnífi­cos y proféticos himnos, como declaración de la vi­sión que él tenía de la obra en la que se había em­barcado:

El alba rompe de
verdad y en Sión se deja ver . . .
Tras noche de obscuridad,
bendito día renacer.

De ante la divina luz
huyen las sombras del error . . .
La gloria del gran Rey Jesús
ya resplandece con fulgor.
(Himnos de Sión, 1.)

Parley P. Pratt no fue el único que tuvo una ex­periencia así con el Libro de Mormón. A medida que los ejemplares de la primera edición fueron cir­culando entre las personas y que la gente lo leía, cientos de hombres y mujeres espiritualmente fuertes se vieron tan afectados por la lectura que renuncia­ron por él a todo lo que poseían; y más aún, en los años siguientes no fueron pocos los que dieron tam­bién la vida por el testimonio que llevaban grabado en su corazón de la veracidad de este extraordinario libro.

Infinito como la verdad

En nuestros días, ciento cincuenta y ocho años después de haberse publicado por primera vez, hay más personas que nunca que lo leen y se intere­san en él. Mientras que en aquella primera edición se imprimieron cinco mil ejemplares, en la actuali­dad las ediciones se imprimen en cantidades masi­vas, de hasta un millón de ejemplares, y en más de setenta idiomas.

El atractivo que presenta es tan infinito como la verdad, tan universal como el ser humano. Es el único libro que contiene una promesa de que el lec­tor puede saber con certeza, por medio del poder di­vino, si su contenido es verdadero.

Su origen es milagroso y cuando se cuenta ese origen por primera vez a alguien que nunca ha oído hablar de la Iglesia, resulta poco menos que increí­ble. Pero el libro existe y está listo para que lo pal­pen, lo sostengan en la mano y lo lean. Su existen­cia es indisputable.

Con excepción de la historia relatada por José Smith, todos los esfuerzos que se han hecho por ex­plicar su origen han demostrado no tener fundamentó. Es un registro de la América antigua. Al igual que la Biblia es la Escritura del Viejo Mundo, el Libro de Mormón lo es del Nuevo Mundo; cada uno de ellos habla del otro y cada uno lleva en sí el espíritu de inspiración, el poder de convencer y convertir. Juntos, ambos libros se convierten en tes­tigos de que Jesús es el Cristo, el Hijo resucitado y viviente de Dios.

La narración del Libro de Mormón es una crónica de naciones desaparecidas hace largo tiempo; pero en las descripciones que hace de los problemas de la sociedad actual está tan al día como el periódico matinal y, con respecto a las soluciones que pueden darse a esos problemas, es mucho más inspirado, de­finido e inspirador que aquél.

No conozco otro escrito que declare con tanta claridad las trágicas consecuencias que sufre la so­ciedad humana cuando sigue un curso contrarío a los mandamientos de Dios. En sus páginas se cuenta la historia de dos civilizaciones que florecie­ron en el hemisferio occidental. Cada una de ellas comenzó como una pequeña nación cuyo pueblo andaba en las vías del Señor; pero junto con la prosperidad aparecieron males que fueron en au­mento; el pueblo se dejó vencer por los ardides de líderes ambiciosos que lo oprimían con pesados im­puestos, calmaban sus temores con promesas va­nas, miraban con indulgencia y hasta alentaban la inmoralidad, y que terminaron por conducirlo a terribles guerras que dieron como resultado la muerte de millones de personas y, al final, la extin­ción de dos grandes civilizaciones en dos épocas di­ferentes.

Las historias de estas dos grandes naciones, rela­tadas con advertencias en esté volumen sagrado, nos indican que, aunque debe existir la ciencia, aunque debe existir la educación, aunque deben existir las armas, también debe existir la rectitud si deseamos ser merecedores de la protección de Dios. No hay ningún otro testamento que ilustre con tanta claridad el hecho de que cuando el hombre y las naciones andan en las vías de Dios y obedecen sus mandamientos, prosperan y progresan; pero cuando hacen caso omiso de El y su palabra, sobre­viene una decadencia que, a menos que sea contra­rrestada por la rectitud, conduce a la impotencia y a la muerte. El Libro de Mormón es una afirmación del proverbio del Antiguo Testamento que dice: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34).

Un mensaje grandioso y conmovedor

Aunque el Libro de Mormón habla fuerte­mente de los problemas que afectan a nuestra socie­dad moderna, la grandiosa y conmovedora esencia de su mensaje es el testimonio, vibrante y verdadero, de que Jesús es el Cristo, el prometido Mesías. El libro testifica de Aquel que recorrió los polvorientos cami­nos de Palestina sanando a los enfermos y enseñando las doctrinas de salvación; Aquel que murió en la cruz del Calvario, que salió de la tumba al tercer día, apareciendo a muchos, y que, antes de su ascensión final, visitó a los habitantes del hemisferio occiden­tal, de quienes ya había dicho anteriormente: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” (Juan 10:16.)

Durante siglos la Biblia fue el único testimonio escrito de la divinidad de Jesús de Nazaret; ahora, a su lado se levanta otro poderoso testigo para llevar a la humanidad de regreso al Señor.

Recuerdo el relato de un hombre sobre la forma en que se había convertido a la Iglesia:

“Había invitado a salir a una chica encantadora. Cuando fui a buscarla, vi sobre la mesa un ejemplar del Libro de Mormón, un libro del que nunca había oído hablar. Lo tomé y empecé a leerlo; me inte­resó, por lo que conseguí uno para mí y lo leí todo.

“En esa época tenía una idea más bien tradicional de Dios y Jesucristo, aunque nunca había pensado seriamente en asuntos religiosos. Pero al leer el li­bro, mi mente recibió luz y comprensión de verda­des eternas, y dentro de mí surgió el testimonio de que Dios es nuestro Padre Eterno y que Jesús es nuestro Salvador.”

La experiencia de ese joven sobre quien tanto in­fluyó el Libro de Mormón es similar a las que han tenido millones de personas en los últimos ciento cincuenta y ocho años.

El mismo libro que convirtió a Brigham Young, Willard Richards, Orson y Parley Pratt y muchos otros de los primeros líderes de la Iglesia también está convirtiendo gente en Argentina, en Finlandia, en Ghana, en Taiwán, en Tonga y en cualquier parte donde hombres y mujeres lo lean con verda­dera dedicación y oran al respecto. La promesa de Moroni, que él escribió en medio de su soledad des­pués que su pueblo había sufrido la destrucción, se cumple todos los días, en todas partes. (Véase Mo­roni 10:4-5.)

Una convicción de la verdad

Cada vez que alentamos a alguien a que lea el Libro de Mormón, le hacemos un fa­vor a esa persona, puesto que si lo lee y ora con un sincero deseo de saber la verdad, por el poder del Espíritu Santo sabrá que el libro es la verdad.

Y de ese conocimiento surgirá una convicción de la verdad de muchos otros conceptos. Porque si el Libro de Mormón es la verdad, entonces también es verdad que Dios existe. A través de sus páginas, hay un testimonio tras otro del solemne hecho de que nuestro Padre es real, que es una persona y que ama a sus hijos y busca la felicidad de ellos.

Y si el libro es la verdad, también es verdad que Jesús es el Hijo de Dios, el Unigénito de Dios en la carne, nacido de María, “una virgen, más hermosa. . . que toda otra virgen” (véase l Nefi 11:13-21), porque el libro así lo testifica en una descripción inigualada en toda la literatura.

Si el libro es la verdad, entonces Jesús es verda­deramente nuestro Redentor, el Salvador del mundo. El gran propósito de su preservación y apa­rición es, de acuerdo con la declaración que aparece en el mismo libro, “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se mani­fiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón).

Si el libro es la verdad, José Smith era un Profeta de Dios, porque él fue el instrumento en las manos de Dios para sacar a luz ese testimonio de la divini­dad de nuestro Señor.

Si el libro es la verdad, Ezra Taft Benson también es un Profeta, pues posee todas las llaves, los dones, los poderes y autoridad que poseyó el profeta José Smith, que fue quien comenzó esta obra de los últi­mos días.

Si el Libro de Mormón es la verdad, la Iglesia es verdadera, porque en ella existe y se manifiesta la misma autoridad bajo la cual salió a luz este sagrado registro. Es la restauración de la Iglesia que el Sal­vador estableció en Palestina, la misma restauración que El decretó cuando visitó este continente, según lo que está registrado en este libro sagrado.

El cumplimiento de la profecía

Si el Libro de Mormón es la verdad, la Bi­blia es la verdad. La Biblia es el Testamento del Viejo Mundo; el Libro de Mormón es el Testa­mento del Nuevo Mundo; uno es el registro de Judá, el otro es el registro de José, y ambos se han juntado en la mano del Señor para que se cumpla la profecía que se encuentra en Ezequiel 37:19. Juntos, los dos libros declaran Rey al Redentor del mundo y establecen la realidad de su reino.

El libro es una voz que ha conmovido el corazón de hombres y mujeres en muchas tierras. Los que lo han leído, orando respecto a él, fueran ricos o po­bres, eruditos o ignorantes, han crecido espiritual­mente gracias a su poder.

Citaré palabras de una carta que recibimos hace unos años. Era un hombre quien escribía, diciendo: “Estoy preso en una cárcel federal. Hace poco en­contré en la biblioteca de la prisión un ejemplar del Libro de Mormón, y lo leí. Cuando llegué a la parte en que Mormón se lamenta por los de su pueblo que han caído, diciendo: ‘¡Oh bello pueblo, cómo pudis­teis apartaros de las vías del Señor! ¡Oh bello pue­blo, cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que espe­raba con brazos abiertos para recibiros! He aquí, si no hubieseis hecho esto, no habríais caído’ (Mor­món 6:17-18), cuando leí eso, sentí como si Mor­món hubiera estado hablándome a mí. ¿Podrían en­viarme un ejemplar de ese libro?”

Le enviamos el libro. Después de cierto tiempo, un día fue a verme a mi oficina convertido en un hombre diferente. El espíritu del libro lo conmovió y lo cambió, y hoy es un hombre de éxito, rehabili­tado, ganándose honradamente el sustento de su fa­milia.

Esa es la influencia poderosa que ejerce este libro sobre todos aquellos que lo leen y oran sobre su contenido.

Mis hermanos, sin reservas os prometo que si leéis el Libro de Mormón y oráis acerca de él, no obstante las muchas veces que podáis haberlo leído antes, veréis que sentís que el Espíritu del Señor es más fuerte en vuestro bogar, que se fortalece la re­solución de obedecer los mandamientos de Dios y que se siente que aumenta el testimonio de la vi­viente realidad del Hijo de Dios. □

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