Productores y consumidores

Liahona marzo de 1963

Productores y consumidores

por el élder Sterling Welling Sill

El método profesional de cualquier realización, consiste en determinar primeramente el problema.

Aristóteles dijo que “nunca podremos conocer realmente un hecho, sino por medio de sus propias causas”. Todo éxito tiene una causa; todo fracaso tiene un fundamento.

La indigestión y la obesidad tienen sus motivos. La espiritualidad misma nace de una causa. Existen razones para el entusiasmo y para la dedicación. Si somos capaces de descubrir los motivos del éxito, también podremos reproducirlos. Si encontramos las causas del fracaso, podremos eliminarlas.

La causa o razón de la mayoría de las cosas, tanto buenas como malas, frecuentemente se encuentra bajo nuestras propias narices. Muchas veces está tan cerca de nosotros que no la discernimos claramente. Una de las causas del éxito, que puede ayudarnos para cualquier realización, es la antigua e infalible cualidad de ser industriosos.

Acerca de dicha virtud, el famoso escritor inglés, James M. Barrie, autor, entre otras, de la obra “Peter Pan”, dijo: “Si usted la posee, lo demás no importa; y si carece de ella, tampoco lo demás importa”. Ser industriosos y sus actividades resultantes engendran toda clase de éxito, espiritual o temporal.

Santiago ha dicho que aun “la fe sin obras es muerta en sí misma”. En verdad, con toda su importancia y alcance a cuestas, y no obstante lo poderosa que puede llegar a ser en nuestras vidas, la fe no puede sobrevivir separada del trabajo. Aislemos nuestra fe de las tareas apropiadas y a poco habrá muerto. Podría decirse que casi todo en la vida muere en la inactividad.

Tanto en el desarrollo de nuestra habilidad para dirigir, como en la práctica de nuestra religión, debemos conceder la mayor prioridad a este factor del éxito: ser industriosos.

No podemos conceptuar altamente a un hombre que simplemente se contenta con ser un consumidor, mantenido y cuidado por otros. Cuando la inactividad se manifiesta, no es que sólo traiga consigo perjuicios, sino que resulta totalmente contraproducente que un grupo de gente activa deba mantener a un grupo de ociosos. Nuestra economía se basa en la producción.

La misma civilización peligra cuando mucha gente insiste en que el mundo debe proveerle los medios de vida. Exactamente lo mismo sucede con nuestros asuntos espirituales. Resulta espiritualmente erróneo que un grupo de miembros de la Iglesia haga todo el trabajo, mientras que el resto permanece en la inactividad.

También en la Iglesia hay gente que cree que ella debe proveerles los medios de vida, y resultan ser un contrapeso en el reino.

Aparentemente algunos piensan que Dios está obligado a concederles la vida eterna. Pero los tales se verán al fin desengañados, porque el plan del Señor está fundamentado en la “ley de la cosecha”, y tal como lo declaró el apóstol Pablo, “todo lo que el hombre sembrare, esto también segará” (Gálatas 6:7), y no podemos pretender cambiar esta ley porque es una ley básica por tiempo y eternidad.

Uno de mis amigos ha logrado mucho éxito y satisfacción al enseñar a sus hijos las cualidades de ser industriosos y de la resolución. Para ello, les ha provisto de los medios e incentivos de la producción.  Y  por  supuesto,  como  él  dice,  los  resultados  de  la cosecha dependen de sus hijos. Cuando éstos eran todavía niños, los inició en las actividades del campo con un par de animales vacunos y algunas gallinas, en una pequeña parcela de tierra. Pronto los jóvenes comprendieron la ley y se capacitaron para hacer un buen uso de ella. A medida que fueron cultivando sus ambiciones, habilidades y se preocuparon de ser industriosos, en similar relación la cosecha fue aumentando.

Dios es el Autor de esta ley, la cual es aplicada imparcialmente a todos los hombres. No es un instrumento de soborno, ni tampoco una dádiva; es una consecuencia, y como tal se aplica al progreso de nuestros bienes terrenales o a nuestra exaltación eterna misma.

La cosecha aumentará en la medida que nos capacitemos y cultivemos nuestras ambiciones, habilidades y seamos industriosos.

Dios nos provee de los materiales crudos del intelecto, la oportunidad y la voluntad. Podemos refinarlos, cultivarlos y utilizarlos conforme a nuestro propio provecho, y los beneficios resultantes de la cosecha quedarán en nuestras manos.

Sabemos que si no sembramos, no podemos cosechar, y, en todo caso, si sembramos espinas, cosecharemos espinas. Es dentro de esta ley que cada uno de nosotros debe trabajar por su propia salvación. Nadie más puede hacer el trabajo de uno mismo. Nadie puede cultivar la espiritualidad personal de otro individuo. A raíz de que algunos no quieren trabajar, la Iglesia está desbordando de miembros que, en el sentido religioso, son meramente consumidores. Vale decir que, el lugar de enseñar, se conforman con ser enseñados; en vez de aprender a orar, se contentan con ser incluidos en las oraciones de otros; más bien que ayudar a que otras personas sean bendecidas, su único interés consiste en recibir bendiciones. Estos son los que insisten en el derecho de recibir inspiración divina, y, sin embargo, se desentienden de su obligación de inspirar a otros con sus actos. Pretenden milagros y maravillas, pero no están dispuestos a llevar a cabo sus deberes más simples.

Todos ellos coinciden en querer que sus oraciones sean contestadas completamente y a tiempo.

En oportunidad en que un grupo de gente se reunió para orar al Señor por lluvia, alguien comentó que si el Señor, para satisfacer nuestras súplicas, se tomara todo el tiempo que nosotros necesitamos para  satisfacer Sus mandamientos, la lluvia llegaría demasiado tarde y no haría bien alguno. La opinión general parece indicar que mucha gente piensa que Dios es una especie de criado cósmico cuya responsabilidad es responder infaliblemente cada vez que se le llama.

Cierto muchacho explicó en una oportunidad que la razón por la cual él no decía sus oraciones todas las noches, era que “algunas veces no tenía nada que pedir”. Quizás haya entre nosotros demasiados individuos cuyas vías espirituales pretenden modelarse conforme a las características de los lirios del campo y por consiguiente, “no trabajan ni hilan”. Nuestros apetitos se asemejan demasiado a los apetitos del consumidor, rara vez a los del productor.

En nuestros intereses materiales, frecuentemente la necesidad nos impulsa desde atrás, pero en nuestra vida religiosa, donde no existe esta presión, consciente o subconscientemente solemos quedar atrás y pasamos a ser simples consumidores.

Bien dijo George Bernard Shaw que “así como tenemos el derecho de consumir riquezas sin producirlas, tampoco podemos pretender asimilar la felicidad sin reponerla”. Sin embargo, este tipo de razonamiento parece ser bien aceptado y comprendido en los asuntos económicos, pero no así en nuestras actividades espirituales. La mayoría de la gente acude a su trabajo diario por voluntad y medios propios, mientras que muchos de nosotros en la Iglesia parecemos tener necesidad de ser alentados o exhortados constantemente a prestar atención a los asuntos de la vida eterna.

El Señor nos ha dicho que debemos ir a Su casa de oración en el Día de Reposo y rendir nuestras devociones al Altísimo. Pero antes de hacerlo, muchas veces nos preocupa quién habrá de ser  el orador y en qué consistirá el programa. Entonces supeditamos nuestra asistencia a las reuniones —y con ello el mandamiento del Señor— a nuestras posibles complacencias. Aun hay veces en que pensamos que no hemos obtenido mucho beneficio de la reunión, pero no se nos ocurre preguntarnos a nosotros mismos cuánto o qué hemos hecho para contribuir con la reunión en sí.

La espiritualidad de un mero consumidor en la Iglesia, tiende a alcanzar una condición comparable a la del Mar Muerto. Este mar es “muerto” porque simplemente recibe y no da nada. El Mar Muerto es uno de los cuerpos más salobres del mundo. No existe especie animal alguna que pueda vivir en sus aguas, ni vegetación posible en sus playas. Por otro lado, y casi en el mismo terreno, el caso del Mar de Galilea es diferente. El mar de Galilea es un lago de agua fresca y deliciosa, precisamente porque da a la vez que recibe. Los peces abundan en sus aguas; alegres pájaros sobrevuelan su superficie, casi rozándola; una variada vegetación prolifera en sus costas. El Mar de Galilea constituye un notable ejemplo en base al cual podríamos modelar nuestras vidas.

Alguien se quejaba cierta vez que el Cristianismo era sólo dar, dar, dar. Pero uno de sus amigos le respondió: “¡Cuán hermosa definición de la religión de Jesús!”

Dios es un productor; Él ha “creado” los cielos y la tierra. Ha “creado” el gran milagro de la vida humana. Ha puesto en práctica un programa de actividad, del cual El mismo es el centro, y quiere que seamos como El, que nos paremos sobre nuestros propios pies y trabajemos con nuestras propias manos. “Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos”. Dios ama los productores.

Los grandes placeres no provienen de un viaje gratis o de un pan no ganado.  No  es  realmente  agradable  vivir  continuamente  de  la caridad.  Antes  bien,  para  triunfar  y  ser  feliz  es  menester  estar capacitado para dar, y es precisamente la correcta capacidad para dirigir la que desarrolla la más extensiva y constructiva actividad. “Aquel que consigue hacer trabajar a diez hombres, es mayor que el que hace el trabajo de diez hombres.”

El Mar Muerto es uno de los cuerpos más salobres del mundo. Ninguna especie puede vivir en sus aguas

La vida en el Mar de Galilea y sus costas es muy rica.

Si uno puede hacer el trabajo de diez hombres, es entonces capaz de construir casi cualquier cosa; pero el que consigue poner en actividad a diez trabajadores, está edificando hombres.

En cierto sentido, la Iglesia es como un gimnasio enorme, donde podemos desarrollar nuestra espiritualidad mediante nuestros propios ejercicios.

El evangelio no solamente es un conjunto de ideas, sino también de sentimientos y actividades. Uno de los problemas más grandes del mundo es el desempleo, la falta de trabajo. Esto es también una de nuestras mayores preocupaciones espirituales. El programa de bienestar dispone que si está dentro de nuestras posibilidades el evitarlo, no debemos permitir que un solo hombre esté sin trabajo, ni siquiera por una semana, y el mismo plan deberían adoptar todos los directores y maestros, a fin de que nadie  permanezca espiritualmente desempleado o religiosamente ocioso. Todo miembro de la Iglesia debe ser un productor. Porque como dijimos al principio, no es conveniente que un grupo de gente mantenga a otro.

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