¡Marchad!

Liahona febrero 1963

¡Marchad!

por el élder Sterling Welling Sill

La Biblia es una de nuestras más importantes fuentes de ideas para el éxito. Contiene un relato de las relaciones y convenios entre Dios y los hombres, y nos ofrece una serie de interesantes puntos de vista de gran ayuda.

Una de las partes más instructivas de la historia bíblica, se relaciona con el viaje de los Israelitas hacia la Tierra Prometida. Durante el largo período en que vivieron bajo la dominación egipcia, ellos adquirieron muchas de las características propias de los esclavos, pero el Señor les había prometido convertirlos en un pueblo escogido y permitir que se gobernaran a sí mismos en el fértil país que había sido dado previamente a sus padres. Hay muchas cosas interesantes que mencionar concerniente a ese viaje. Si el mismo hubiera sido hecho por la ruta más directa, habría sido comparativamente más corto, quizás no más de dos o trescientas millas. No obstante, era necesario que atravesaran por dificultades a fin de permitir el proceso de transformarse y prepararse para asumir su nuevo papel como un pueblo libre, autónomo y devoto. Como la mayoría de nosotros, los israelitas fueron aprendiendo lentamente y en varias oportunidades no aprendieron nada. Como consecuencia, fue preciso mantenerlos errando durante 40 años por el desierto de Arabia. Frecuentemente desandaban tanto como avanzaban.

A los tres meses de haber sido liberados de la esclavitud, acamparon al pie del Monte Sinaí. El Señor llamó a Moisés a la cumbre del monte y le dijo que quería establecer un convenio con el pueblo escogido de Israel.

En verdad, Él les haría “un reino de sacerdotes, y gente santa”. Moisés presentó entonces la proposición del Señor a la congregación, y todo el pueblo, a una voz respondió: “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos”. (Éxodo 19:8)

En consecuencia, Moisés regresó al monte donde, dentro de un marco de rayos y relámpagos, Dios formalizó el convenio mediante la entrega de las leyes por las cuales todas estas bendiciones habrían de serles concedidas.

Pero los israelitas tuvieron dificultades en vivir conforme lo habían prometido. Continuamente se estaban escurriendo hacia sus antiguas costumbres como esclavos egipcios. Aún antes de que Moisés volviera del monte, el pueblo congregado al pie del mismo había fabricado un ídolo de oro en forma de becerro.

Esta conducta fue típica en ellos a través de aquellos cuarenta años de angustia y penuria que siguieron. Siempre hubo entre ellos murmuraciones, disensiones y pecado. Muchos perdieron sus vidas por causa de su desobediencia. Cuando finalmente arribaron a destino, de los cientos de miles originales que habían dejado Egipto cuarenta años antes, sólo dos hombres habían sobrevivido y llegado a la Tierra Prometida. (Deuteronomio 1:36-39)

Al leer esta historia, uno queda impresionado ante el gran volumen de fracasos entre este potencialmente escogido pueblo, aun teniendo al Señor y a Moisés tratando de llevarles de la mano. Es interesante reconocer que somos descendientes de este pueblo. Es también interesante tratar de pensar en una época en que el Señor no haya tenido gran dificultad en Su constante empeño por elevar a Su pueblo. Aun cuando vino a la tierra en persona, mil quinientos años después de Moisés, tampoco Jesús obtuvo mejores resultados. Muchas vidas, entonces y ahora, han estado y están continuamente caracterizándose por las cualidades negativas de los esclavos. Constantemente se manifiestan el desaliento, las murmuraciones prejuiciosas  y  la  falta  de  voluntad  para  cooperar  aun  dentro  de nuestros propios intereses. Hay todavía muchas convicciones que somos incapaces de administrar en forma apropiada.

Los israelitas tuvieron una experiencia interesante al comienzo de su viaje. Inmediatamente después de su salida de Egipto, encontraron su avance bloqueado por el Mar Rojo, mientras que una horda de egipcios los perseguía desde la retaguardia. Sin embargo, el Señor les había prometido protegerles y aun mostrado Su poder en Egipto; pero así y todo, como la mayoría de los esclavos, cayeron en la desesperación ante el primer indicio de dificultades.

Perfilado este problema, ellos recriminaron a Moisés:

“¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto?

“¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.” (Éxodo 14:11-12)

¿Quién, sino un esclavo, podría pensar tan negativamente y expresarse tan cínicamente ante alguien que estaba tratando de ayudarle? Esto indicó que ellos mismos no estaban bien seguros de lo que estaban haciendo. Cada vez que surgía un problema, comenzaban a murmurar acerca de él y de cuánto mejor habría sido si se les hubiera dejado en la paz de la esclavitud, aun cuando su trabajo haya sido muy desagradable y sus vidas rebajadas casi al mismo nivel que las bestias. El Señor estaba tratando de cambiar esta situación desfavorable, pero, como la mayoría de las gentes, ellos preferían estar como estaban y, ante cualquier contrariedad no vacilaban en elevar sus manos y decir al Señor, “¡Yo lo sabía, yo lo sabía!”.

Una vez más, Jehová trató de alentarlos y llamando a Moisés, le dijo:

“¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.” (Éxodo 14:15)

El Señor ocasionalmente nos provee un Mar Rojo que cruzar, a fin de ayudarnos a desarrollar nuestra dedicación y nuestra capacidad para solucionar los problemas.

En otras palabras, Él manifestó: “¿Por qué no tratáis de ayudaros un poco vosotros mismos? Sed más agresivos. Creed en lo que estáis haciendo. Yo no puedo ayudar tanto a quien primero no se ayuda a sí mismo”.

Mucho de lo que el Señor ha dicho a cada generación, podría ser expresado con una sola palabra: “¡Marchad!”

Pensemos en lo que Él podría haber hecho con nuestros antepasados o con nosotros mismos en sólo un año, si nos paráramos sobre nuestros propios pies y fuéramos a trabajar y a hacer las cosas exactamente en la forma en que lo ha pedido.

Una de las más frecuentes actividades de los Israelitas parece haber sido quejarse. Cuando el Señor les indicó lo que debían hacer, aun en bien de sus propios intereses, ellos le contestaron: “Déjanos que sirvamos a los egipcios.”

Particularmente, muchas veces no nos gusta que el Señor nos moleste demasiado acerca de nuestro propio perfeccionamiento. Con frecuencia, hasta pareciera que nos resiente Su intención de introducir a alguno de nosotros en el reino celestial. Más que nada, queremos estar solos. No estamos dispuestos a cruzar muchos Mares Rojos, o a luchar contra muchos egipcios.

Imaginemos lo que habría pasado si se hubiera permitido a los israelitas proceder conforme a sus propios antojos. En tal caso, ¿qué habría sido de nosotros? Durante este período de la marcha de Israel por el desierto, el Señor instituyó la interesante costumbre de usar filacterias. Indicó a los israelitas que escogieran algunas de sus más importantes promesas y palabras divinas de las Escrituras, y grabándolas en pequeños trozos de cuero, colocaran éstos sobre sus frentes, alrededor de las muñecas o del cuello, donde pudieran tenerlas siempre a la vista, en la esperanza de que así podrían recordarlas. Fue algo similar a la costumbre actual de atarse un hilo en el dedo índice para acordarse de algo. En cuanto a la salvación de nuestras propias almas, tal como a nuestros antepasados en el desierto, también debe sernos a veces recordada, y he aquí por qué necesitamos tantos directores, consejeros y maestros que continuamente nos repitan: “¡Marchad!”

Cuando nuestros antepasados se encontraban sirviendo como esclavos a los egipcios, debían trabajar bajo el látigo de sus señores. Frecuentemente, cuando no eran productivos o eficaces, se les castigaba. Resulta interesante reconocer que esto era lo que Satanás propuso en el concilio de los cielos. Fue suya la idea de utilizar la fuerza y la compulsión para rescatar a la raza humana. Muchas veces consentimos con esta idea, pero no nos gusta cuando es el Señor quien nos insta al progreso. Cuando es Él quien nos urge, no es extraño que nos salgamos de la huella. Pero el Señor ha dicho: . . .Los que no quieran soportar la disciplina, antes me niegan, no pueden ser santificados.” (Doctrina y Convenios 101:5)

La solución de la mayoría de nuestros problemas consiste en hacer lo que el Señor nos ha indicado y desarrollar una reserva mayor de aquel tipo de virtudes que los hombres libres aprovechan para avanzar, tales como la iniciativa, el trabajo, el valor, el empeño y la autodisciplina. En nuestros programas necesitamos más movimientos positivos y no tanto detenimiento, deslizamiento o retroceso.

Resulta ciertamente difícil probar nuestras propias fuerzas de carácter o voluntad, hasta que no nos topamos con algún problema. Por eso es que el Señor ocasionalmente nos provee un Mar Rojo que cruzar, a fin de ayudarnos a desarrollar nuestra dedicación y nuestra capacidad para solucionar los problemas. Es necesario que aprendamos a contestar la mayoría de nuestras propias oraciones mediante el cultivo de un poco más de energía, vitalidad y entusiasmo por lo que estamos haciendo, y de la habilidad para franquear cada Mar Rojo que encontremos, sin tener que hacer toda una escena ante el Señor.

Todos sabemos que la disciplina, la capacitación, el valor y el ser industriosos son aspectos importantes para el éxito de los deportistas y soldados. La sociedad está constantemente tratando de enseñar a sus postulantes en las artes comerciales y profesionales, a fin de cultivar y utilizar sus talentos. También en la Iglesia necesitamos aprender a desplegar al máximo nuestra capacidad. Algunas veces tendemos a corrompernos con la antigua doctrina sectaria de las perversiones y debilidades naturales del hombre. Un escritor dijo: “Sólo soy un gusano indino”. Eso no es, precisamente, lo que el gran Dios del universo quiere que sus hijos sean. Él continuamente nos dice: “¡Poneos sobre vuestros pies y marchad!”

Hace un tiempo escuché a un hombre hablar en una conferencia de estaca, dedicando la mayor parte de su tiempo a hablar de sus debilidades, sus muchas imperfecciones y su falta de preparación. Aunque no lo estuviera diciendo, sus muchos y lastimosos problemas personales habían sido demasiado evidentes en cada cosa que hacía. El mismo se consideraba “absolutamente impotente”. Pero no ha sido la intención del Señor que lo fuera. Dios lo había dotado de Sus propios atributos, diciéndole entonces: “¡Sé fuerte! Marcha. ¡Sé perfecto!” Nosotros somos hijos de Dios y Él quiere que lleguemos a ser perfectos, no que nos arrastremos en el polvo.

A medida que mi amigo parecía estar jactándose inconscientemente de sus propios sentimientos de debilidad e indignidad, me pareció oír nuevamente la voz del señor diciendo: “¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.” Y Él no significó que debíamos avanzar arrastrándonos como lisiados o como esclavos, desprevenidos y desinteresados en nuestro propio progreso. Quiere que avancemos como herederos de Su omnipotencia. Nos ha dicho que no debiéramos esperar que se nos mande, sino proceder conforme a nuestra propia voluntad, a fin de alcanzar la gloria y la justicia con nuestras propias fuerzas. Debemos alejarnos de la inútil doctrina de la debilidad humana.

Dios no nos ha creado débiles, pecaminosos o incapacitados. No hay   nada   depravado   o   débil en el hombre creado por el Todopoderoso, a menos que uno se abandone a sí mismo. Cuando nosotros defraudamos nuestras propias posibilidades, no hacemos sino desacreditar a nuestro Creador. La debilidad sólo se manifiesta cuando ponemos nuestras capacidades en cabestrillo, como si fuera un brazo roto, y entonces nos dedicamos a hablar acerca de nuestra imperfección y le pedimos al Señor que haga el trabajo por nosotros. Tendríamos mayor fuerza si en nuestras oraciones al señor incluyéramos la súplica que nos permita hacer Su trabajo, en vez de estar siempre pidiéndole que Él haga el nuestro. La Escritura nos alienta con estas palabras: “Vamos adelante a la perfección.” (Hebreos 6:1) El Señor no quiere que pasemos toda nuestra vida en el primer grado.

Las cualidades  propias de los esclavos, tales como el temor, la murmuración, la ignorancia, la inferioridad y la incredulidad, se manifiestan y reaccionan como si fueran un reloj automático. La “cuerda” de su autonomía, se enrosca a medida que su propio movimiento se produce. Cuanto más indulgentemente las permitimos, mayor fuerza adquiere y más nos tiranizan. Cuanto más larga es nuestra esclavitud, más nos contentamos con nuestra suerte.

Los esclavos nunca logran superarse porque están acostumbrados a moverse sólo bajo el rigor del látigo. Un esclavo es un subalterno. Cuando está solo, nada hace y entra en actividad ante el aguijoneo del látigo de su señor.

En cuanto a nosotros mismos, meditemos hasta que punto debemos depender de otros, aun tratándose de nuestra asistencia a la Iglesia. Frecuentemente dependemos de nuestras esposas para vitalizar nuestra fe. Dependemos de nuestro obispo o presidente de rama y de los maestros orientadores, quienes continuamente están alentándonos a alcanzar el reino celestial. Dependemos del Señor para hacer el bien y hasta para fortalecer nuestro carácter y franquear nuestros Mares Rojos.

No debemos permitir que nuestras cualidades de esclavos determinen nuestra personalidad, porque ellas podrían llegar a dominar nuestras vidas con temible violencia.

Napoleón tuvo una vez un obstáculo que salvar. Quería invadir Italia con su ejército, pero los Alpes se interponían en sus planes. Napoleón dijo entonces: “Yo venceré los Alpes”, y construyó caminos a través de sus desfiladeros hasta que el camino entre Italia y París quedó tan abierto como el de entre la capital francesa y cualquier otra ciudad del país. En sólo cuatro meses, Napoleón pudo introducir, a través de los Alpes, su infantería, su caballería y todo su cargamento en Italia, arribando de esta manera al destino propuesto. Nosotros necesitamos un poco más de ese espíritu proactivo en nuestro trabajo en la Iglesia. El hombre ha aprendido a aplastar el átomo.

Ahora necesitamos aplastar la inercia, la ociosidad, la indiferencia, la indecisión, el letargo, la pereza, el pecado, la ignorancia y el temor, a fin de que podamos superar nuestros Mares Rojos, nuestros Mares Muertos, y entrar en la tierra prometida. El Señor ya dio la fórmula a nuestros antepasados, cuando dijo a Moisés: “Di a los hijos de Israel que marchen.”

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