Las madres de los tiempos bíblicos

Liahona  mayo 1969

Las madres de los tiempos bíblicos

por el élder Sterling Welling Sill

En el Día de la Madre honramos a esa importante persona que se encuentra próxima a Dios en el beneficio que otorga a nuestras vidas. Ella ha sido el molde dentro del cual fue forjada nuestra forma física, y ha modelado nuestra vida, mental, espiritual y moralmente.

La palabra “madre” tiene también significado simbólico y metafórico. Cicerón dijo que la gratitud es la madre de todas las virtudes; una gratitud sincera es una especie de matriz de la cual pueden nacer santidad, fe y ambición. Es necesario que entendamos que los rasgos de carácter, las habilidades y los ideales también tienen madres, y sería una buena idea tratar, ocasionalmente, de llegar más allá de los resultados, a fin de trabar conocimientos con el poder que les ha dado la vida.

Un hecho muy interesante es que, incluso el Hijo de Dios necesitó una madre. Una vez al año recordamos el relato de la noche aquella en Belén, hace mucho tiempo, en que María puso a Jesús en el camino hacia su destino. El Nuevo Testamento menciona 89 oportunidades en que Jesús citó el Antiguo Testamento; nos preguntamos cuántas veces habrá citado las palabras de su madre.

Generalmente se piensa que la Biblia es nuestra más preciada posesión terrenal; contiene las instrucciones por medio de las cuales nuestras vidas pueden convertirse en gloriosas y eternas. Pero ésta ha sido grandemente enriquecida por aquellas maravillosas mujeres que dieron la vida a los profetas y ayudaron a formar la cultura en la cual vivimos.

Me imagino que el mejor lugar para empezar un estudio de las madres bíblicas es donde Dios mismo empezó. Nuestra vida se inició en los cielos. Pablo dijo:

“. . . tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban y los reverenciábamos, ¿por qué  no  obedeceremos mucho  mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?” (Hebreos 12:9)

En verdad que nadie puede haber tenido jamás un padre en los cielos ni en ninguna otra parte, sin haber tenido también una madre. El cielo no sería tal si no hubiera mujeres en él. Dios, en su sabiduría, creó un cuerpo mortal para alojar el magnífico espíritu inmortal del hombre.

Después Dios le dijo a Adán:

“No es bueno que el hombre esté solo.” (Génesis 2:18)

Así que se preparó un tabernáculo femenino para la grandiosa mujer elegida como esposa de Adán. Es interesante notar que la mujer fue creada con mayor belleza física que el hombre; tiene también una manera más suave; es más amante y espiritual en su naturaleza. Las mujeres fueron hechas para ser madres de la gran cantidad de espíritus  que  esperan  los  privilegios  de  la  mortalidad.  En  la existencia premortal Adán era conocido como Miguel el Arcángel, y es indudable que Eva era la pareja ideal para su grandioso marido. Lo que les ganó a ambos el privilegio de ser padres de la familia humana fue su excelencia en la vida premortal.

Después de abrirles los ojos, el Señor le explicó a Adán la necesidad de trabajar y de ganarse el pan con el sudor de su frente. Los registros divinos establecen que “Eva su esposa, también se afanaba con él”. Además declaran que el Espíritu Santo descendió sobre Adán y que ambos recibieron revelaciones de Dios; y Adán bendijo a Dios, diciendo, “. . . porque a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne veré de nuevo a Dios”. Y el registro continúa explicando que “Eva . . . oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: Si no hubiese sido por nuestra transgresión, jamás habríamos tenido simiente, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes”. Y Adán y Eva hicieron saber a sus hijos las verdades de Dios. (Moisés 5:10- 12) Cuando nació Caín, Eva se sintió feliz y declaró, “Por voluntad de Jehová he adquirido varón”. (Génesis 4:1)

Más tarde nació Abel y durante más de novecientos años nuestros primeros padres enfrentaron la responsabilidad de establecer eficazmente a la raza humana sobre la tierra. También conocieron la tragedia de ver a algunos de sus hijos en el camino equivocado.

¡Qué terrible choque habrán sufrido cuando Caín mató a su hermano, atrayendo sobre sí una espantosa maldición! El profeta Daniel nos habla del día en que Adán, a quien llama “el anciano de días” o el hombre más viejo, se sentará para juzgar a su pueblo. Y sigue diciendo que miles de millares le servirán y millones de millones se pararán delante de él. (Daniel 7:9-14) Ciertamente, cuando ese día llegue, nuestra fiel madre Eva estará allí a su lado.

Hay otra mujer en la Biblia que se parece a Eva en algunas cosas. Sara fue la esposa de Abraham, y el Señor la llamó “madre de naciones” y dijo que entre su posteridad se contarían muchos reyes. Ella y su esposo fueron elegidos para dejar la sociedad pecadora en que vivían en su propia tierra, y ayudar a Dios a establecer una nueva nación grandiosa de personas dignas. Sara era muy hermosa; las cualidades de su personalidad y los maravillosos rasgos de su carácter todavía irradian su brillo desde las páginas de historia sagrada. Era inteligente, paciente y encantadora y evidentemente se sentía feliz en la vida nómada que llevaban. Sara dio a luz a Isaac cuando tenía noventa años; ayudó a trasmitirle el amor que ella y Abraham siempre habían tenido hacia Jehová. Después de su muerte, Isaac rindió a su madre el supremo tributo en aquellos días, manteniendo desocupada su tienda hasta que Rebeca la ocupó en calidad de esposa.

Otra de las grandes mujeres de los tiempos bíblicos fue Raquel (que significa “serena y humilde”), la esposa que ganó Jacob después de 14 años de fatigas. Pero Raquel era estéril. El primer mandamiento de Dios había sido “multiplicad y henchid la tierra” (Génesis 1:28) y este instinto natural había sido implantado firmemente en el corazón de Raquel, quien por fin, en el colmo de la desesperación, lanzó un grito angustioso: “Dame hijos, o si no, me muero.” (Génesis 30:1) Finalmente dio a luz a José, otro hijo por quien bien había valido la pena esperar.

Pero la vida de esta magnífica mujer tuvo un fin prematuro al dar a luz a su segundo hijo, Benjamín. Raquel debe haber sido de hermoso aspecto, hablar suave y disposición amorosa; y estamos seguros de que el amor que Jacob le tenía vivirá eternamente.

La lápida que todavía marca el lugar de su tumba en las afueras de Belén, trae a nuestra mente uno de los relatos de amor más maravillosos de la historia. Jocabed fue madre de tres famosos personajes: Moisés, Aarón y Miriam; era mujer de fe indestructible e inagotables recursos. Cuando tuvo que enfrentar el edicto del gobierno que destruiría a su hijo recién nacido, Moisés, hizo una cesta de cañas, la calafateó con brea, y la ocultó entre los juncos de la orilla del río, donde la hija del Faraón iba a bañarse.

Después, la fiel hermana de Moisés, Miriam, corrió hasta donde estaba la princesa y ofreció los servicios de su madre como nodriza e institutriz del niño.

Otra de las mujeres bíblicas maravillosas, fue Ruth. Se le honra primeramente por la lealtad que demostró a su suegra, Noemí. El esposo y los dos hijos de ésta habían muerto; al quedar sola, había decidido volver a su antiguo hogar en Belén. Sin embargo, les explicó a sus dos nueras que se tendría en cuenta lo mejor para ellas que era encontrarles nuevos maridos y quedarse a vivir entre su propia gente en Moab. Pero Ruth quería mucho a su suegra y deseaba estar con ella. Ella nos muestra en su mejor aspecto, esa hermosa ligadura que a veces existe entre una anciana y una joven. Ruth le dijo a su suegra: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.” (Ruth 1:16)

Y así también ella volvió a Belén, donde espigó en los campos de Booz. Allí, bajo la experta dirección de Noemí, se desarrolló un tierno romance entre Ruth y Booz quienes más adelante se convirtieron en los bisabuelos del rey David.

Entre las nobles mujeres de los tiempos bíblicos se encuentra Ana, la madre del gran profeta hebreo Samuel. Ella es un ejemplo de dedicación a Dios que ha sido raramente excedido. Gran parte de su tiempo lo pasaba en medio de la amargura y el llanto porque no tenía hijos; en el templo de Silo ofreció una oración en la cual prometió que si Dios le concedía un hijo, ella lo dedicaría al servicio divino. Dios le concedió lo que pedía, y ella cumplió la promesa que le había hecho. Cuando su pequeño tenía solamente tres años, esta valiente mujer lo llevó al templo y lo consagró al Señor. El niño empezó sus deberes sacerdotales bajo la dirección de Eli el sacerdote, y finalmente Samuel se convirtió en el sacerdote del templo y después en Profeta del Señor.

Uno de sus grandes privilegios fue ungir a David, Rey de Israel. Y por fin llegamos a María, la madre virgen de Jesús. Es sumamente interesante imaginar la clase de mujer que sería para haber sido elegida por Dios para que fuera la madre de este Hijo en especial.

Era pura de corazón y con hermosura de carácter; hizo de su vida un completo compromiso con Dios y recibió el rol más grandioso que pudiera recibir mujer alguna. Fue madre siendo aún muy  joven, como lo consideraríamos de acuerdo a nuestras costumbres; pero poseía gran humildad, devoción ilimitada y obediencia ciega a la voluntad de Dios.

Confiándole a su prima Elisabeth que había sido elegida para ser la madre del Hijo de Dios, le dijo: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; santo es su nombre.” (Lucas 1:46-49)

Indudablemente María derramó muchas lágrimas de gozo y gratitud cuando sostuvo por primera vez contra su seno al Cristo niño en Belén; debe haber derramado otras a medida que observaba su espléndido desarrollo varonil. Pero entonces la hostilidad de la gente se volvió contra El, y finalmente María se vio obligada a esperar aquellas largas y tristes horas al pie de la cruz. Pero aun a la muerte de su Hijo, fue altamente bendecida entre las mujeres.

Hay veces en que podemos ver mejor lo positivo de una idea si contemplamos su lado negativo. Hace unos cuantos años, Lillieth Schell escribió para el Día de las Madres un estimulante relato titulado “La otra mujer”, que es parte de la historia de la crucifixión. Describe la agonía y el sufrimiento de la cruz; habla de la sed, los labios resecos y el vinagre; después, la amargura de aquel último grito seguido por el temblor de tierra, la oscuridad y el terrible miedo. Desde la cruz, Jesús, señalando a su discípulo amado, había dicho a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo” y le dijo a Juan: “He ahí tu madre”.

Después del fin, Juan condujo a María con Salomé y otra mujer, a su propia casa. Tarde en aquella noche, en medio de todo el llanto, alguien llamó a la puerta. Juan abrió y vio a una mujer desconocida parada en el umbral. Le preguntó: “¿A quién buscas?” Y ella respondió: “A la madre del que fue crucificado.” Juan le dijo: “Está acá, pero no puedo permitirte que la molestes.” La mujer, diciendo “Es necesario”, empujó a Juan y entró a donde se encontraba el pequeño grupo de mujeres llorosas; se detuvo un momento mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, y luego, después de identificar a aquélla que buscaba, se le acercó y le dijo: “Te ofrezco compasión.” María le replicó: “Te lo agradezco mucho, mujer, quienquiera que seas.” Entonces le desconocida exclamó: “¡Ah, qué feliz eres!”

Asombrada por aquellas extrañas palabras, María, la madre de Jesús, levantó sus ojos empapados y miró profundamente el rostro de la mujer. Lo que vio en él le hizo olvidar su propia amargura. “Hermana mía” le dijo, “siento que más bien soy yo quien debe ofrecerte compasión. Tú pena, tu dolor, ¡cuán grandes deben ser!

¿Me contarás lo que te pasa? ¿Me dirás quién eres?” “Mi nombre es Judith”, respondió la mujer. “Procedo de Kerioth de Judea.” María contestó: “Amiga mía, ¿no puedes contarme tu pena? Quizá pudiera ayudarte, y en todo caso, deseo compartirla contigo.” “Mi pena”, dijo Judith, “es tal que no podrías siquiera imaginarla.” Elevó la mano y apartó de la frente un mechón de cabello gris. Después, apretándose la garganta, como para aliviar un terrible dolor, dijo con un penetrante sollozo: “Yo soy la madre de Judas Iscariote.”

Deseo terminar con la honrosa mención de otra gran mujer: nuestra propia madre. Dios nos ayude a ser dignos de ella.

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