La resurrección

Liahona abril 1968

La resurrección

por el élder Sterling Welling Sill

El más grande de todos nuestros conceptos humanos tiene que ver con la inmortalidad de la personalidad y la gloria eterna del alma humana. Dios que es el autor de la vida, es también el autor de un programa divino para nuestro progreso eterno y felicidad. El programa no consigue sus propósitos cuando nosotros fallamos al hacer lo que nos corresponde para llevarlo a cabo. El hecho de que no entendamos todos los detalles no deberá impedir que seamos fieles y obedientes, ya que realmente nadie sabe mucho acerca de nada. No entendemos nuestro propio nacimiento, vida o muerte. Algunos han afirmado que ellos no creerían nada que no entendieran, pero esta filosofía limita severamente nuestra lista de creencias de que cualquier éxito material llega a ser imposible.

Unas de las palabras más profundas de Jesús fue esta declaración en la que dijo: “Al que cree todo le es posible.” (Marcos 9:23) Si un individuo cree en las leyes de salud y nutrición, podrá traer grandes bendiciones sobre sí mismo, aunque no pueda entender todos los procesos que se requieren. Uno puede gozar de los beneficios de la luz, energía y calor sin entender mucho acerca de la electricidad.

Honramos a Sir Isaac Newton por descubrir la ley de gravedad, y sin embargo la gravedad en sí no ha sido descubierta. Hemos descubierto solamente algunas de las cosas que la gravedad hace. Nadie puede realmente entender la electricidad, la luz del sol o cómo crece el pasto. No entendemos la manera en que nuestras mentes funcionan, o cómo se reproducen las células de nuestro cuerpo. Ni siquiera descubrimos la circulación de nuestra propia sangre hasta la época de Harvey, hace un poco más de trescientos años. No obstante, los científicos más sabios que trabajan en los laboratorios mejor equipados, no han podido crear un vaso sanguíneo o hacer que crezca una bellota. Nadie tampoco puede crear vida o impedir la muerte. La comodidad de más valor que existe es la vida, y uno de los acontecimientos más importantes en la vida es la muerte.

La muerte es la entrada a la inmortalidad. Ciertamente la muerte no es un accidente o error. Es parte del programa de Dios de que el espíritu y el cuerpo estén separados temporalmente como un preludio para la última purificación y educación del espíritu, antes de la resurrección del cuerpo y la exaltación del alma. Siendo que consideramos la muerte y algunas de las cosas asociadas a la misma como desagradables, frecuentemente rehusamos darles la atención debida. Y sólo cuando pensamos acerca de la muerte en forma adecuada, podemos prepararnos eficazmente para ella. La muerte no deja de existir solamente porque la ignoremos.

Nos puede beneficiar grandemente creer en todas las leyes de Dios, incluyendo la resurrección literal del cuerpo, y seguramente no podemos suspender la creencia en la resurrección hasta que se comprendan claramente todos los detalles consiguientes. El instrumento más eficaz de todo nuestro éxito es el tener fe en nuestro Padre Celestial.

No hay duda acerca del hecho de que la mayoría de nosotros no apreciamos a Dios como deberíamos. Muchas personas desconfían de Él, otros casi dudan de su existencia, ya que se imaginan que es una influencia misteriosa e incomprensible que no pueden entender. Imaginad por un momento cuánto nos ayudaría pensar acerca de Dios como las Escrituras lo describen. Las Escrituras se refieren a Dios como una persona sabia, erudita y todopoderosa a cuya imagen fuimos creados. El es el padre de nuestros espíritus y Jesucristo es su Hijo Unigénito en la carne. Dios es el creador de un sinnúmero de mundos con todas sus leyes, maravillas, orden y belleza. No es sólo el padre de nuestros espíritus, sino que vela por nuestros intereses. Al hacer su programa eterno, no limitó los beneficios que podíamos recibir a esas pocas cosas que como seres comunes y muy a menudo desobedientes, podemos entender o vivir. Con toda la amplitud de nuestro conocimiento, probablemente no sabemos ni la millonésima parte de lo que Dios sabe, ni tampoco entendemos siquiera una pequeña parte de las bendiciones que Él tiene para nosotros.

Pablo dijo:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Corintios 2:9)

Con todas nuestras flaquezas y debilidades, ¿por qué dudamos de Dios? ¿O por qué desconfiamos de Él o lo ignoramos? Dios no hace cosas perjudiciales, caprichosas o temporales. La escritura señala que “todo lo que Dios hace será perpetuo”. Sin embargo, a pesar de su palabra y nuestro razonamiento, a veces imaginamos que una mortalidad corta llena de problemas es todo lo que hay en la vida. Por consiguiente, vivimos de conformidad y frecuentemente hacemos muy poco para desarrollar el programa que nuestro Padre eterno ha establecido para los hijos que ama.

Algunas personas no piensan en absoluto acerca de la vida eterna. Otros se imaginan que se nos despojará eternamente de esas tremendas creaciones que llamamos nuestro cuerpo, nuestra personalidad, emociones y memoria. Otros piensan que seremos como un grupo de pequeñas gotitas de lluvia que se hundirá en un océano común en donde toda identidad individual se perderá. Alguien ha preguntado, “De todos modos, ¿en qué clase de negocios creemos que Dios está? ¿Cómo podemos pensar que El daría vida a las almas humanas, dándoles mente para pensar, corazón para amar y manos para trabajar, y después permitir que el tiempo las borrara como si no tuvieran valor alguno?” Tal mañera de pensar acerca de un ser tan extraordinario como lo es nuestro eterno Padre Celestial, es increíble y completamente indigna.

Nosotros esperamos que nuestros hijos pequeños, que no tienen experiencia o entendimiento, acepten el consejo de sus sabios padres.  Si  un  niño  de  cinco  años  insiste  en  hacer  sus  propias decisiones, sabemos que tendría problemas. O si se ausentara de la escuela o insistiera en desobedecer las leyes de salud, podemos esperar para él un futuro inútil. Supongamos que con una plena confianza en Dios tratamos de saber lo más que podamos acerca de esa tremendamente estimulante idea de una resurrección corporal literal. De esta manera podremos obtener todas las bendiciones de Dios si desarrollamos la fe suficiente para vivir por ellas.

Para principiar, se nos ha dicho que hay varias clases de resurrección. Existe la resurrección de los justos y la de los injustos, y hay varios grados entre ambas. Sobre este punto, Jesús dijo:

No os maravilléis de esto, porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

Y los que hicieron el bien saldrán a resurrección de vida, más los que hicieron el mal, a resurrección de condenación.” (Juan 5:28:29)

Todos, buenos y malos serán resucitados. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”; pero si tratamos de hacerlo de la manera correcta, podemos mejorar la calidad de nuestra resurrección individual. Al escribir a los Hebreos, al apóstol Pablo mencionó que algunos estaban haciendo ciertas cosas “a fin de obtener mejor resurrección” y en un discurso dirigido a los Corintios indicó que algunos serían resucitados a la gloria del sol, algunos  a la gloria de la luna y algunos a la gloria de las estrellas, y entonces dijo:

“. . . Pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos.” (1 Corintios 5:41-42)

En la revelación moderna se nos amonesta que si vivimos plenamente la ley del evangelio, llegaremos a ser espíritus celestiales con el poder de resucitar en cuerpos celestiales. Quizá, pensemos que el cuerpo es maravilloso de la manera en que se encuentra, pero Pablo dice, “Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.” Si no entendemos cómo esto puede ser posible, tratemos de entender en primer lugar cómo Dios pudo juntar  tan eficazmente esta gran obra maestra de carne y sangre, huesos y tejidos, inteligencia y razón, visión y personalidad.

Cuando hasta el débil hombre mortal puede hacer cosas tan maravillosas como podemos verlo diariamente a nuestro alrededor, ¿por qué habríamos de limitar las habilidades de Dios para cumplir con lo que ha prometido?

Tenemos ante nosotros el ejemplo de la resurrección de Jesús con un gran número de testigos mortales. Pero después de la resurrección de Jesús muchos otros también fueron resucitados. La escritura dice, “Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.” La primera resurrección comenzó hace más de mil novecientos años y terminará cuando Cristo venga en su gloria a reinar sobre la tierra durante la era del Mileno. Cuando El venga, aquellos que han vivido vidas justas serán arrebatados juntamente para recibirlo. (1 Tesalonicenses 4:17) Y Juan dice, “Y vivieron y reinaron con Cristo mil años.”

Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.” (Apocalipsis 20:4-6)

Aquellos que no estén preparados para la resurrección de los justos tendrán que esperar la resurrección de los injustos que se llevará a cabo después del Milenio.

Uno de nuestros problemas más grandes al creer en la resurrección, surge probablemente porque, en primer lugar, no entendemos la importancia de nuestro cuerpo. A pesar del hecho de que el cuerpo humano es el milagro más grande de Dios, hay personas a quienes se les ha inculcado que su cuerpo les fue dado como una clase de castigo. Piensan que los cuerpos fueron designados como una prisión y que la muerte del mismo es un paso para la libertad del espíritu. Sin embargo, si un cuerpo mortal no fuera necesario, nunca se hubiera creado en primer lugar. Si no fuera necesario para la eternidad, la resurrección nunca se hubiera instituido. Si un cuerpo no fuera necesario para Dios el Padre, entonces Dios el Hijo nunca hubiera resucitado. La resurrección de Cristo no fue solamente para satisfacer una conveniencia temporal. Jesús no perdió su cuerpo después de la resurrección. No se evaporó ni se expandió de una manera misteriosa para llenar la inmensidad del espacio. Dios no es una materia incomprensible sin cuerpo, personalidad, sentimientos o forma. La revelación moderna reafirma la enseñanza de la Biblia de que Dios es nuestro Padre Celestial y de que nosotros sus hijos nos asemejamos al Padre a cuya imagen fuimos creados. Pero el Padre y el Hijo han reaparecido sobre la tierra en esta última dispensación y sabemos que cada uno es un ser individual glorificado. Un versículo de las escrituras modernas dice, El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino que es un personaje de Espíritu.” (Doctrina y Convenios 130:22)

A pesar de que el espíritu en sí no es completo, hay sin embargo algunos que insisten en despojar de su cuerpo a Dios mismo. Algunos reducirían a nuestro Padre Celestial a un espíritu o lo considerarían tan sólo una influencia. Alguien lo ha descrito como un principio eterno. ¿Os gustaría perder vuestro cuerpo o cualquier parte del mismo o llegar a ser solamente una influencia o un principio eterno?

Algunos rehúsan la palabra del Señor aparentando ignorancia pero de todos modos, nos vemos mezclados en problemas muy serios. No parece molestarnos mucho el que no entendamos las vitaminas, la electricidad o la luz del sol, pero estamos ansiosos por hacer lo que sea necesario para recibir sus ventajas.

Y seguramente si Dios puede crearnos, podemos estar seguros de que tiene la habilidad para cumplir la promesa de que resucitaremos.

Hace tiempo, el Dr. Wernher Von Braun dijo: “Muchas personas creen que la ciencia ha hecho las ideas religiosas un tanto anticuadas o pasadas de moda. Pero creo que la ciencia reserva una verdadera sorpresa para el escéptico. La ciencia por ejemplo, nos dice que nada de la naturaleza, ni siquiera la partícula más pequeña puede desaparecer sin dejar un vestigio. La naturaleza no conoce la extinción, todo lo que conoce es la transformación. Ahora, si Dios aplica este principio fundamental a las partes más pequeñas e insignificantes de su universo, ¿no es sensato asumir que también lo aplicaría al alma humana? Yo creo que sí. Y todo lo que la ciencia me ha enseñado y continúa enseñándome, fortalece mi creencia en la perpetuación de nuestra existencia espiritual después de la muerte. Porque nunca desaparece nada sin dejar un rastro.”

Algún día cada uno de nosotros llegará a ese tiempo y lugar en que este gran acontecimiento vendrá a ser una realidad y  una experiencia personal. ¡Cuan agradecidos estaremos si hemos sido dignos de las más grandes bendiciones en la resurrección de los justos! William Jones dijo una vez que “el mejor argumento que favorece a la vida es la existencia de un hombre que la merece”. Nuestra responsabilidad más grande es la de merecer una resurrección celestial y Dios se encargará del resto. Entonces un espíritu puro correrá  por nuestras venas. Seremos como Dios y viviremos con El en su reino para siempre. Que El bendiga nuestras vidas hacia esta meta, oro humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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