La poesía en nuestra vida

Ensign, mayo, 1978. Conference Report, abril, 1978

La poesía en nuestra vida

por el élder Sterling Welling Sill

Hace un tiempo, leí un interesante libro escrito por un siquiatra neoyorquino, e intitulado, El poder curativo de la poesía, en el cual el mencionado siquiatra explica cómo durante cuarenta años, se había valido de la aplicación práctica de grandes ideas para curar a sus pacientes que sufrían de males emocionales y problemas siquiátricas; estas ideas no pertenecían todas al género poético, pues también recurría a las de las Escrituras y la buena literatura, así como a las que inspiran los himnos religiosos.

Creo que el poder curativo que aplicaba dicho siquiatra, podría relacionarse con la práctica de algunos médicos de no recetar a sus pacientes remedios de farmacia, sino una visita a la librería, práctica que han adoptado al descubrir que existe mayor poder curativo en los libros que en los específicos. De allí que la madre sane las magulladuras de sus hijos con besos y caricias.

Al meditar en las diferentes maneras de sanar los males, traté de entender lo que pensó Cristo cuando dijo: “Médico, cúrate a ti mismo” (Lucas 4:23). Y -creo que nos señaló un buen método para curarnos cuando  dio instrucciones  a Emma  Smith de  hacer  una selección de himnos inspirados, cuyos mensajes se anidaran en nuestra mente y corazón.

Hace poco fui a una biblioteca en busca del librito que aquí tengo, el cual es una compilación de los noventa himnos que seleccionó Emma Smith para la Iglesia. Y considerando que todos tenemos diferentes necesidades así como diferentes intereses, me parece que cada uno de nosotros debería hacer su propia selección de himnos y proceder a aprenderlos de memoria tomando la determinación de atesorarlos, de modo que pudiéramos obtener el máximo tanto de su poder curativo, como de progreso y salvación.

William James, el destacado psicólogo norteamericano, hizo la siguiente pregunta: “¿Os gustaría crear vuestra propia mente?” Y usualmente, eso es lo que sucede. El profesor James dijo que la mente humana se compone de aquello con que se alimenta, y que la mente, como la mano del tintorero, se tiñe del color de lo que sostiene. Si tomo en la mano una esponja con tinta azul, mi mano absorbe el color azul; y si retengo en la mente y el corazón pensamientos de fe y entusiasmo, toda mi personalidad lo reflejará.

Si pensamos negativamente nuestra mente será negativa; si albergamos pensamientos pervertidos, desarrollaremos mentes pervertidas. Por otra parte, si anidamos pensamientos celestiales, que son la clase de pensamientos que Dios tiene en su mente, desarrollaremos mentes celestiales y cumpliremos lo que bien dijo un poeta:

La mente es para mí un reino En donde encuentro tales gozos Que superan toda alegría Que el mundo pueda brindar.

Cuando asistimos a los funerales de personas queridas, aumentamos nuestra propia santidad escuchando la música inspiradora y las santas oraciones que allí se pronuncian, consolando a los deudos, y avivando así en nosotros mismos los más bellos pensamientos. Hace poco, en mi despacho, unos padres desconsolados me contaron que habían perdido a su hijita de tres años de edad, la que inexplicablemente murió ante sus propios ojos; naturalmente, los padres, transidos de dolor, sentían la necesidad de desahogarse hablando con alguien. Todos sabemos que podemos servir de bálsamo a quienes expresan sus pesares, si escuchamos con amor. Así fue que me encontré relatándoles mis tristes recuerdos de cuando yo era un jovenzuelo y permanecía velando junto al lecho de mí querida hermanita de tan sólo siete años de edad, que moría de difteria.

La madre de la otra niñita que he mencionado, pensaba que no había cosa más terrible que su hermosa hijita hubiera muerto en los albores de la vida. Y yo puedo comprender ese dolor.

Al cabo de un rato, le dije: “Hermana, si usted quisiera, yo podría referirle algo que refleja lo que tal vez sea un dolor mayor que la congoja que usted experimenta ahora”. Y ella me contestó: “Hermano, si sabe usted de algo peor que esto, me gustaría escucharlo”.

Procedí entonces a recitarle el poema de James Whitcomb Riley, titulado Desolacibn. En él no se destaca el desconsuelo de la madre cuyo hijo había muerto, sino la profunda congoja de su interlocutora, la que nunca había tenido hijos, y dice lastimeramente a su desolada amiga:

Déjame llorar contigo, Déjame, te ruego,
A mí, a quien la muerte No ha quitado hijo,
Porque nunca lo he tenido; Déjame llorar contigo
Por el pequeño de cuyo amor Yo nada sé.
¡Ah! los bracitos que Con divina ternura
Te rodeaban el cuello…
Y las manitas aquellas que besabas…
Todo eso yo… nunca conocí.
¿No ves, acaso, Mi razón para llorar por ti?
Con gusto haría lo que posible fuera
Para darte consuelo y mitigar tu pena.
Mas, ¡ay! cuánto mayor
El dolor que mi alma anida,
Que ni siquiera llorar puedo
Por el hijo al que nunca he dado vida.
(Poetical works…, N. Y. Grosset Dunlap, 1937. Pág. 444.)

Me siento agradecido al poeta por esos pensamientos suyos, pues él me ha servido de inspiración para compilar mi propio libro de pensamientos curativos que ayuden al acongojado.

Tenemos, además, la poesía que infunde valor. Durante muchos años, el señor Rice, famoso comentarista deportivo, viajó extensamente asistiendo a las grandes competiciones de este género, con el fin de identificar las características que hacen a los campeones. Y así, compuso unos setecientos versos sobre las cualidades que impulsan a la gente a superarse, uno de los cuales se titula El valor para triunfar y dice así:

Quisiera pensar que puedo mirar
A la muerte sin temor, y decir:
Todo lo que me queda
Es el último aliento; ¡quítamelo!
Conviérteme en polvo,
O en sueños, o llévame lejos…
Donde el alma vaga
Y el polvo de las estrellas fluye
En la noche interminable.
Pero luego agrega:
Sin embargo, prefiero pensar
Que puedo mirara la vida, y decirle:
Dame lo que sea, lucha,
Obstáculos, azules o nublados cielos;
Porque con todas mis fuerzas
Enfrentaré hasta la última embestida,
Y ni la fría mano de acero del destino
Me podrá vencer.

Se ha dicho que los poetas siguen a los profetas en poder para elevar el espíritu humano. Por mi parte, nunca he sabido que a Eliza Snow la hayan sostenido como profetisa, y sin embargo, ella escribió el himno Oh, mi Padre. A veces nos limitamos sólo a leer la letra de los himnos de la Iglesia, en vez de aprenderlos de memoria, de atesorarlos, y de repasarlos constantemente… una y otra vez.

Pensemos en lo que sucedería en el mundo si cada persona hiciera su propia selección de los noventa poemas sobre la fe, que le emocionaran más vivamente. No creo que en esta ocasión os gustara escucharme entonar en un solo “Oh, mi Padre”, pero confío en que no os disguste si recito sus poderosas palabras de fe y adoración.

La hermana Snow escribió:

Oh mi Padre, tú que moras, En el celestial hogar, ¿Cuándo volveré a verte, Y tu santa faz mirar? ¿Tu morada antes era De mi alma el hogar? ¿En mi juventud primera, Fue tu lado mi altar? Pues, por tu gloriosa mira, Mi hiciste renacer, Olvidando los recuerdos De mi vida anterior.

Pero, algo a menudo, Dijo: “Tú, errante vas”, Y sentí que peregrino Soy, de donde tú estás. Antes te llamaba Padre, Sin saber por qué lo fue, Mas la luz del evangelio Aclaróme el porqué ¿Hay en cielos padres solos? Niega la razón así. La verdad eterna muestra Madre hay también allí. Cuando yo me desvanezca, Cuando salga del mortal Padre, madre, ¿puedo veros En la corte celestial? Sí, después que ya acabe Cuanto haya que hacer Dadme vuestra santa venia Con vosotros a morar. (Himnos de Sión No. 208.)

Sería difícil encontrar muchos pasajes, aun entre las palabras de los profetas, que tenían más poder curativo que este himno.

Pensad en lo que sucedería en nuestra vida si cada uno de nosotros aprendiera de memoria un buen número de poemas de amor. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos tiene una sección de Poemas de fe y libertad.

El Señor dijo:

“Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mí, y será contestada con una bendición sobre sus cabezas.” (Doctrina y Convenios 25:12.)

Yo tengo otras oraciones que me gusta repetir mentalmente al dirigirme al trabajo por las mañanas. He aquí una de ellas:

Oh Dios, te doy gracias
Por este mundo tuyo
Y su belleza, que al espíritu aviva.
Por el sol radiante y el aire y la luz.
Oh, Dios, te doy gracias por la vida.
Esta vida a ti yo la consagro,
Y cada aurora, Cuando veo el alba romper,
Plena de gozo por el nuevo día, 
De gratitud siento mi alma estremecer.
Un nuevo día que la ocasión me brinda
De plasmar en silencio una obra de amor,
Que crezca y Con el paso del tiempo rinda
La sagrada labor que glorifica a Dios.
(Autor desconocido)

Veo que los poetas han exaltado, además, otras cosas buenas; tenemos por ejemplo, las odas al trabajo honrado, al entusiasmo y al progreso.

Alguien ha dicho:

Tarde o temprano, la muerte llega a todo ser viviente de esta tierra; Y cada uno su vida dar quisiera Por causa que sea digna y valedera.
¿Podría el hombre dar su vida mejor, Que luego de enfrentar peligro y dolor Por honrar el nombre que de otro heredo Y sacrificarlo todo por su Dios?
(Adaptado de Lays of Ancient Rome, por Thomas B. Macaulay, Charles Schribner’s Sons, 1912.)

A medida que pasa el tiempo, quizás tengamos que enfrentar nuevas dificultades. A mí me gusta darme ánimo parafraseando un poema titulado “¡Sigue adelante!”.

La cosa tal vez parezca mal, Mas, ¿quién el fin sabrá? Adelante, pues, y aún en tu vejez, De tu misión orgullo ten, Saluda a la vida con alegre faz,

Y dale toda tu fortaleza Pues para eso aquí estás. Pelea la buena batalla, perseverando hasta el fin,

Y si la muerte te avasalla Sea éste tu grito de guerra: ¡Adelante, mi alma, no cedas!

En esta ocasión quisiera dejar con cada uno de vosotros mi bendición y la expresión de mi afecto, valiéndome de las palabras de un antiguo poema irlandés que se usaba para sanar el alma y elevar la vida de los seres queridos:

Que el camino se despeje delante de ti, Y el viento sople sólo a tu espalda. Que el radiante sol ilumine tu rostro Y riegue la lluvia tus prados.

Que Dios te guarde ahora y siempre, Amparándote en el hueco de Su mano.

Que así sea siempre, lo ruego sinceramente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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