¿Habéis visto alguna vez al Señor?

Ensign,  junio, 1987. Liahona marzo 1988

¿Habéis visto alguna vez al Señor?

por el élder Sterling Welling Sill

Hace algún tiempo se me pidió que acompañara a un grupo de visitantes a recorrer el edificio de las oficinas de la Iglesia en Salt Lake City. Estas personas deseaban saber más sobre la doctrina de la Iglesia, la función del liderazgo en ella y su organización. Parecían muy interesados y pasamos un tiempo agradable analizando el tema.

Durante el recorrido, una joven levantó la mano y me preguntó:

—Hermano Sill, ¿ha visto usted alguna vez a Dios?

Me sentí un poco sorprendido, ya que no esperaba ese tipo de pregunta, pero de todas maneras le contesté:

—Sí no le importa, contestaré a su pregunta con tres respuestas.

Número uno, tratando de acercarme lo más posible a lo que estoy seguro se refiere su pregunta, la respuesta es no, no lo he visto. Pero así, a secas, la respuesta no está completa ni es absolutamente fiel, por lo tanta, voy a agregar una segunda: No lo he visto desde el día de mi nacimiento, el 31 de marzo de 1903. Antes de esa fecha lo vi muchas veces.

Las Escrituras son muy claras en cuanto al hecho de que todos vivimos con Dios en los cielos antes de comenzar nuestra vida terrenal. El es nuestro Padre Celestial, y por lo tanto cada uno de nosotros lo ha visto y oído muchas veces.

El gran filósofo Sócrates afirmó que aprender es meramente recordar. Dios es nuestro Maestro, y todo lo que somos lo trajimos con nosotros de Su presencia en los cielos. “Conozco mucho sobre el Salvador”

Y la tercera respuesta es que aun cuando es verdad que no he visto a Dios durante mi vida mortal, es también verdad que tampoco he visto a mi propio espíritu desde mi nacimiento en esta tierra; a pesar de ello, no me cabe la menor duda de que poseo un espíritu.

Pero, aunque no he visto al Señor durante esta vida, he leído muchas veces cuidadosamente los cuatro extraordinarios tomos de Escrituras que El hizo que se escribieran. Sé cómo piensa El. Sé lo que El desea que yo haga. Sé cómo es por el testimonio de las personas que lo han visto. Y sé muchas otras cosas acerca de El.

Por ejemplo, el Jesús resucitado se le apareció a Juan el Revelador en la isla de Patmos. Juan dice que “estaba en el Espíritu en el día del Señor” cuando escuchó detrás de él “una gran voz como de trompeta”.

Se volvió para ver quién le hablaba y vio “a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido. . . con un cinto de oro.

“Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego” (Apocalipsis 1:13- 14).

Cuando el profeta José Smith tuvo la visión del Padre y del Hijo, dijo que su “fulgor y gloria no admiten descripción” (José Smith—Historia 17).

Hay algunas experiencias, aun en esta vida, que son muy difíciles de describir. Por ejemplo, si tratara de describir la mirada que ilumina los ojos de mi nietecito cuando algo lo hace feliz, tendría cierta dificultad.

Quizás lo intentara diciendo que los ojos le brillan, o que la cara se le ilumina; pero en realidad ninguna de las dos descripciones sería fiel a la verdad. Los ojos de mi nieta son siempre del mismo tamaño, de la misma forma y del mismo color, pero cuando está contenta algo le ilumina toda la cara; es algo que se puede percibir pero que es muy difícil de describir.

Al describir a Jesús resucitado, Juan dice que Sus ojos eran como llama de fuego. No se habla de una chispa o un brillo, sino que esa característica de gloria y resplandor se magnifica muchas veces. Juan trata de describir la voz del Señor resucitado diciendo que era una gran voz, como de trompeta. Tengo un buen amigo que tiene una de esas voces “como de trompeta”.

Es clara, armoniosa y resonante; fácil de entender y hermosa para escuchar. Su pronunciación es casi perfecta. Algunos oradores tienen la clase de “trompeta” que menciona Pablo:

“Y sí la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Corintios 14:8.)

Algunos discursantes tienen una trompeta que no es bastante fuerte para dejarse oír, ni bastante clara para que se pueda entender, ni bastante interesante para mantener la atención de los que escuchan.

Me imagino la voz de Jesús resucitado muchísimo más resonante y hermosa que la de mi amigo, de la misma manera que el resplandor de la faz del Señor es muy superior al de la cara de mi nieta.

El profeta José Smith vio también al Señor cara a cara después de la dedicación del Templo de Kírtland. Al describir cómo era, dijo:

“Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol” (Doctrina y Convenios 110:3).

¡Y eso es verdaderamente brillante!

Esas mismas cualidades las pueden poseer también, hasta cierto grado, otros hijos de Dios. Por ejemplo, Moroni resucitado también se le apareció a José Smith, quien da una descripción detallada de su apariencia de la siguiente manera:

“Toda su persona brillaba más de lo que se puede describir, y su faz era como un vivo relámpago” (José Smith—Historia 32).

No solamente su persona era gloriosa, sino que aun su ropa era brillante. El

Profeta dijo:

“Llevaba puesta una túnica suelta de una blancura exquisita. Era una blancura que excedía cuanta cosa terrenal jamás había visto yo; ni creo que exista objeto alguno en el mundo que pudiera presentar tan extraordinario brillo y blancura” (José Smith—Historia 31).

Se decía que Sócrates no era un hombre muy atractivo, pero aun así oraba a Dios pidiéndole: “Hazme hermoso por dentro”.

Todos hemos visto personas de aspecto sencillo que han llegado a convertirse en hermosas por medio de una radiante espiritualidad.

Un espíritu divino puede hacer que un cuerpo completamente carente de belleza se convierta en hermoso. Aun cuando no he visto al Señor en esta vida, conozco su palabra.

Sé de la gran Expiación que El llevó a cabo en beneficio de todos los hijos  de  Dios.  Conozco  la  resurrección  gloriosa  y  celestial  del Salvador, una resurrección similar a la que prometió a todos los que guardaran sus mandamientos. Conozco también el recto y estrecho camino y cómo seguirlo con el fin de poder merecer la entrada en el reino celestial.

En una ocasión el Señor le dijo a Tomás:

“Porque me has visto, Tomás, creíste; [más] bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:29).

El Salvador mismo prometió:

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

Con todas estas ventajas, tengo que poder mantenerme fiel y esperar hasta que El venga en nubes de gloria para comenzar su reino milenario sobre la tierra, cuando todo ojo lo verá y todo corazón se regocijará por sus bendiciones.

En preparación para ese gran acontecimiento, esforcémonos para adquirir una luz más radiante en nuestros ojos, un brillo más grande en nuestro corazón y un fuego más puro en nuestra alma. Entonces, en ese día, cuando lo veamos nosotros mismos, también nosotros podremos ser glorificados.

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