Éxito por sustracción

Liahona octubre 1962

Éxito por sustracción

por el élder Sterling Welling Sill

La cuestión principal de la vida es triunfar. No estamos aquí para desperdiciar nuestras vidas en el fracaso. Hay una canción que dice más o menos así: “Si fracasamos, hagámoslo gloriosamente.” Pero esto es sencillamente ridículo. No existe tal cosa como “un fracaso glorioso”. El fracaso es algo pecaminoso, no sólo en sí mismo sino por lo que representa, puesto que generalmente evidencia que hay algo que anda mal, ya sea en nosotros como en nuestros procederes.

Podemos alcanzar el éxito por medio de dos métodos primarios. El primero es por adición. Para poder triunfar, agregamos virtudes a nuestras habilidades y buenas obras. Pero el éxito por adición no es suficiente. Debiéramos comprender que parte del éxito se logra sólo por substracción. Es decir, necesitamos tener también un buen sistema para la eliminación de nuestras faltas. Martín Lutero dijo: “Un hombre puede estar dotado con diez virtudes, pero todas ellas pueden ser eclipsadas y anuladas por una sola falta.”

Es enteramente posible que estemos agregando virtudes sobre virtudes  a  nuestra  personalidad  continuamente,  pero  aun  así  no alcanzaremos el éxito a menos que estemos a la vez eliminando nuestras faltas. En el campo de las relaciones humanas o en los asuntos de la Iglesia, no siempre resulta adecuada la operación de tipo bancario. Un banquero suma simplemente sus ganancias y luego substrae sus gastos para poder obtener un saldo neto. De esta forma, todo desembolso queda automáticamente anulado por el monto equivalente de una utilidad. Pero en nuestras transacciones con nuestros semejantes o con el Señor, este método es impracticable porque, tal como Martín Lutero  lo destaca, la más pequeña de nuestras faltas podría pesar más que diez virtudes enormes, con el neto resultado de que mientras dicha falta no sea eliminada, nuestra entera situación haría bancarrota.

Este procedimiento de contabilidad personal podría ser prácticamente ilustrado por lo que sucede cuando encontramos una diminuta mosca dentro de un plato de sopa. No nos conformamos con extraer el insecto y una cierta cantidad compensatoria de sopa, sino que arrojamos todo el contenido del plato.

Lo mismo sucede frecuentemente en la vida. Por ejemplo, el general Douglas MacArthur se graduó a la cabeza de su clase en la famosa Academia de West Point, como un oficial brillante, un leal soldado y un jefe magnífico. Pero tuvo una simple diferencia de opiniones con un superior y fue inmediatamente despedido sin la consideración que ordinariamente correspondería siquiera a la destitución un teniente segundo. Toda una montaña de virtudes fue instantáneamente volteada por una mera falta insignificante. Por así decirlo, “el bebé fue tirado con el agua misma de su baño.”

Nuestra habilidad para dirigir y nuestra propia vida personal son gobernadas por reglas similares. Una persona podría haber acumulado suficientes ganancias como para elevarse hasta la cumbre misma de las realizaciones, pero una pequeña indiscreción, un fastidioso proceder o un mal hábito bastarán para retardar su triunfo, debido a su insospechado contrapeso.

Hace un tiempo asistí a una reunión del Alto Consejo de cierta estaca, donde se analizaron las condiciones y capacidades de algunos candidatos a ocupar determinados oficios en uno de sus barrios correspondientes. El primer candidato fue considerado muy bueno en “esto”, “esto otro” y “aquello”—pero fallaba en algo. Era capaz en extremo, muy educado y bastante bien apreciado, pero no era muy confiable. El siguiente candidato era, por el contrario, muy digno de confianza, muy capaz y enteramente honesto— pero no tenía interés. Podemos casi cerrar nuestros oídos cuando “las diez virtudes” comienzan a ser enumeradas, mas cuando el pero aparece, mejor es incorporarse y prestar atención, porque sabremos entonces cuáles son las consideraciones que habrán de pesar más en la balanza del éxito.

Las grandes ambiciones, un alto grado de inteligencia, una exquisita personalidad, etc., constituyen magníficos haberes en el arte de dirigir. Pero cuando a la par de los mismos tenemos un pequeño pecado, una insignificante infidelidad, una inmoralidad baladí o la más mínima muestra de irresponsabilidad, no importa cuán grande sea nuestro plato de sopa, tendremos que arrojar todo su contenido para librarnos de la mosca.

Es bastante conocido el caso del hombre que incendió su casa para exterminar un par de molestos ratones que se habían introducido en ella. Realmente, no necesitamos grandes cantidades de  ratones para destruir nuestra habilidad para dirigir. No es necesario tener todas las enfermedades para morir. Vale decir que si tenemos cáncer, no será menester que contraigamos también la influenza, la tuberculosis, la diabetes, apoplejía u otros males para morir, puesto que cualquiera que sufra de cáncer en cualquier parte de su cuerpo puedo morir aunque el resto del mismo este completamente sano. En nuestros esfuerzos por triunfar, es muy importante tener un buen método de adición por medio del cual ir acumulando constantemente las buenas cualidades de la industriosidad, la valentía, la buena disposición, la confiabilidad, la meditación y el planeamiento. Podríamos aun aprender a multiplicar nuestras habilidades. Si un misionero realiza una doble actividad, obtendrá cuatro veces más conversos; y si trabaja tres veces más, obtendrá nueve veces mejor resultado.

No obstante, no interesa cuan eficaz un buen director pueda ser en la adición o en la multiplicación de sus habilidades, no alcanzará un verdadero éxito hasta que no lleve también a la práctica el sistema de la substracción de los elementos nocivos a su personalidad. Es importante sembrar una virtud, pero más lo importante es extirpar los vicios, defectos y malos hábitos, porque éstos, como la cizaña u otras hierbas malas, no demoran en infestar el lugar en que se desarrollan y en ahogar o expulsar todo otro elemento opuesto que les rodee. Y este problema se agiganta cada vez más porque las faltas y las debilidades se adquieren tan fácilmente que rara vez nos damos cuenta de cuándo esto sucede.

Aunque pensamos que nadie toleraría uno solo de estos venenos del éxito, solemos decir frecuentemente: “Y. . . cada cual tiene sus defectos.” Emerson ha dicho: “Hay una grieta en todo lo que Dios ha creado; vale decir que, aunque el hombre posee sus propias fuerzas naturales, también tiene una vena potencial de debilidad por donde resulta especialmente vulnerable a todo ataque externo.” Por consiguiente, el secreto importante del éxito se encuentra más fácilmente en un saludable sistema de eliminación de defectos que en cualquier otro procedimiento de adquisición de nuevas virtudes. Es necesario que sepamos cómo contrarrestar los venenos. Necesitamos saber cómo evitar que una mosca caiga dentro de nuestra sopa.

Es interesante pensar  en tantos grandes hombres que han sido arruinados por sus propias faltas. El gran rey David del antiguo Israel era llamado “un hombre de Dios.” El pasó casi toda su vida haciendo cosas buenas; tenía tantos “haberes” que no sabía ya qué hacer con ellos. Pero pocos momentos de pecado le hicieron caer de su exaltada posición. Su experiencia es justamente una de esas que ilustran el antiguo proverbio de que “mil escalones hay del infierno al cielo, pero sólo uno del cielo al infierno. Una decisión equivocada, una mala actitud o un acto impropio bastarán para que nuestro éxito se desmorone en nuestras propias narices.

El rey Salomón fue otro que tuvo una larga lista de “créditos”. Este hombre tenía grandes  riquezas, poderes, fe y personalidad. Fue bendecido con la mayor sabiduría concedida a ser alguno hasta esa época. El Señor mismo se apareció dos veces a Salomón para darle instrucciones y consejos personales. (1 Reyes 11:9.) Tan tremendas eran las ventajas de este rey, que la Biblia nos dice que “toda la tierra procuraba ver la cara de Salomón, para oír la sabiduría que Dios había puesto en su corazón.” (Ibíd., 10:24.) Y también que “Jehová engrandeció en extremo a Salomón a ojos de todo Israel, y le dio tal gloria en su reino, cual ningún rey la tuvo antes de él en Israel.” (1 Crónicas 29:25.) No obstante, el escritor del sagrado registro agrega:

“Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón; a muchas mujeres extranjeras. . . (que) inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios,” quien le retiró entonces Sus bendiciones. (1 Reyes 11:1, 4.) Aun en la sopa de Salomón, el más sabio de los hombres de la antigüedad, cayó una mosca, y el Señor le hizo arrojar todo el contenido. Cuando murió, Salomón no contaba ya con el favor de Dios, porque había permitido que sus múltiples bendiciones fueran ahogadas por una sola falta.

Pensemos también en Moisés, quien estuvo ochenta años preparándose para realizar una tarea que le llevó otros 40. Moisés estuvo con Dios en un monte cuarenta días y cuarenta noches, hablando con El cara a cara. En cierta ocasión, cuando Moisés descendió del monte, el pueblo no pudo soportar su presencia por motivo de la brillantez con que la gloria de Dios le cubría el, rostro.

Moisés fue otro maravilloso ejemplo por su método de adición y se destacó grandemente en cuanto a la multiplicación de sus procedimientos y habilidades. Pero al llegar a Meriba también él dejó caer una mosca en su sopa, cuando tomó para sí el mérito de sacar milagrosamente agua de la roca. (Números, capítulo 20.) El Señor declaró entonces a Moisés que no tendría el privilegio de entrar con el pueblo de Israel en la tierra prometida. (Ibíd., versículo 12), pese a haberles guiado 40 años por el desierto. El gran profeta suplicóle entonces, diciendo: “Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán.” (Deuteronomio 3:25.) La tierra prometida era el objetivo hacia el cual había estado Moisés caminando durante cuatro décadas, siendo la causa de sus lágrimas, de sus oraciones y de sus conversaciones personales con el Señor. Pero el Señor fue enérgico y terminante. Su juicio no podía ser cambiado.

Finalmente el Señor concedió a Moisés un privilegio por el cual éste debe haber quedado profundamente agradecido: le permitió subir a la cumbre del Monte Nebo y ver con sus propios ojos la Tierra de Promisión —aunque mantuvo su decisión de que sus pies nunca la pisarían. Podemos imaginar la tristeza de Moisés cuando subió lenta y solitariamente a la cumbre alta de la montaña, mientras su pueblo continuaba la marcha bajo la dirección de otro hombre. El debía quedar y allí morir sólo porque no fue capaz, aun después de tantos y tantos años de adiestramiento, de evitar un proceder erróneo. Moisés fue un legislador— pero también él estaba sujeto a la ley. Lo mismo pasa con nosotros; si no eliminamos cuanto antes nuestros defectos, tendremos que pagar por ellos quizás un alto precio.

¡Cuán patético resulta que tantos grandes hombres hayan debido fracasar en sus objetivos por motivo de una insignificante y ridícula falta! Ahora bien, si reconocemos que Moisés, David y Salomón permitieron que una tremenda multiplicación de “haberes” haya sido barrida por un simple error, podemos entonces darnos cuenta de los grandes peligros que nosotros mismos debemos enfrentar. Estos grandes hombres fueron magníficos en cuanto a la adición y a la multiplicación, pero no lo suficientemente buenos en la apropiada substracción.

Miremos en derredor nuestro en busca de las pequeñas faltas que están minando las oportunidades de progreso en las personas. Un hombre fracasa porque no acepta críticas. Otro falla porque es descuidado y desorganizado. Y un tercero deja caer una mosca en su sopa por causa de una leve irresponsabilidad o una mera impuntualidad.

Dentro de cada individuo se encuentran no solamente las maravillosas semillas del progreso y de la vida, sino también los venenosos gérmenes del fracaso y de la muerte. Cada uno contiene en sí mismo las cosas que busca. Si buscamos fe, sólo tenemos que mirar dentro de nosotros mismos, pues Dios ha plantado en nuestras almas la semilla de la fe, esperando que sepamos cómo cultivarla y hacerla crecer. Si necesitamos coraje, miremos dentro de nosotros mismos, donde podremos encontrar todas las posibilidades de la grandeza.

Pero cada uno de nosotros lleva dentro de sí también las semillas de su propia destrucción. Por eso es que debemos estar constantemente sumando por un lado y restando por el otro. En las “Bienaventuranzas” el Señor nos señala algunas de las cosas que debemos agregarnos, mientras que en los “Diez Mandamientos” nos dice qué es lo que debemos eliminar. Algunas personas se muestran perturbadas por los austeros “No” de los “Diez Mandamientos”, diciendo que parecen constituir sólo un canon de preceptos rigurosos. Y en verdad lo son. El Señor probablemente los ha hecho tan fuertes como nos resultan a fin de que entendamos mejor la importancia de este proceso de substracción.

Los “Diez Mandamientos” no están redactados en términos ambiguos. Y sólo después de haber definido estas características negativas, estaremos en condiciones de realizar un real progreso en la faz positiva.

La eficaz eliminación de lo negativo es frecuentemente difícil debido a que estos pecados parecen ser al principio tan insignificante, que ni siquiera sospechamos sus malignas posibilidades. Lo malo puede iniciarse en algo pequeño, pero no permanece pequeño. Tan pronto como algo malo es incubado y comienza a crecer, pasa a tener un poder capaz de destruirnos. Y esta particularidad de que se introduzca en nosotros cuando aún es pequeña, es una de las artimañas más notables de Satanás. Así, entonces, él nos dice: “Robad un poco, mentid también; dormíos sobre vuestros laureles, sed irresponsables —que no hay daño en esto.” Pero mucha gente se ha enfermado grave y fatalmente, aun habiendo iniciado su enfermedad con unas pocas células cancerosas.

Somos particularmente vulnerables en este proceso de infiltración de lo malo, debido a que generalmente no podemos reconocer nuestras faltas a través de nuestro “punto ciego”. Es asimismo casi imposible poder lograr ayuda externa para eliminar nuestras faltas, porque nuestros amigos harán cualquier cosa por ayudarnos excepto lo más importante: hablarnos acerca de nuestras faltas, aunque ello signifique nuestra salvación. A la gente le agrada hablarnos de nuestras acumulaciones, pero rara vez acerca de lo que debemos substraer. Y aun cuando alguien trata de ayudarnos en tal sentido, no es extraño que le paguemos con enojo o resentimientos. En lugar de estar agradecidos por la corrección y enfadados con nuestra falta, rechazamos aquélla y nos abrazamos más a ésta.

El proceso eliminatorio usualmente nos lleva al lugar, como dice Shakespeare, “donde el paciente debe ministrarse a sí mismo.” Si somos verdaderamente sabios, trataremos de estar siempre relacionados con personas que nos adiestren desde la línea demarcadora del “campo de juego”, que nos hagan notar nuestros errores, nos señalen nuestras faltas y nos prevengan de reincidir en ellas. Sin alguien que nos diga la verdad con respecto a nuestros modos fastidiosos, nuestros malos: hábitos o nuestras equivocaciones inexcusables, corremos el riesgo de caer en la fosa de la decepción, donde el desastre acecha. Para un real autodesarrollo, necesitamos a alguien a nuestro lado que ocasionalmente nos ayude a rectificar nuestro camino, alguien que actúe como un espejo en el cual podamos vernos como los demás nos ven. La crítica es una de las más amargas medicinas, pero tiene la virtud de mantenernos alertas y aun con vida, mientras que la falsa cortesía del amigo amable nos resulta un narcótico que nos pone a “dormir sobre nuestros laureles.” Las personas “afirmadoras”, para quienes “todo está bien”, rara vez proveen ayuda constructiva.

Nunca debemos pensar que nuestras faltas son demasiado pequeñas para ser importantes. Al fin y al cabo, no hay tales “pequeñas faltas”, como tampoco hay “pequeños enemigos.” No hay moscas pequeñas ni “pecados sin importancia”. Asimismo, nadie suele salir del “angosto camino” en ángulo recto, sino que los que se apartan lo hacen paulatinamente.

Para alcanzar el éxito, debemos aprender todo lo posible en cuanto al sistema acumulativo y llegar a ser verdaderos expertos en la multiplicación de talentos. Pero tampoco debemos olvidar que una de las partes esenciales del éxito se obtiene por substracción.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s