En el autobús equivocado

Liahona mayo de 1984

En el autobús equivocado

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los impedimentos más grandes para lograr el éxito es el hecho de que dedicamos mucho tiempo a cosas que nos llevan hacia lo que no deseamos ser. Es mucho lo que podemos aprender del relato que, hace varios años, nos contó el doctor Harry Emerson Fosdick al cual tituló: “En el autobús equivocado”.

Se trataba de un hombre que subió a un ómnibus con la intención de ir a la ciudad de Detroit, Michigan; pero cuando llegó al final de su viaje se encontró que estaba en Kansas City, Kansas. Este pobre hombre no podía convencerse de lo que había sucedido; cuando preguntó cómo llegar a la avenida Woodward y le dijeron que tal avenida no existía, se sintió indignado, porque él sabía muy bien que sí había una calle que se llamaba de esa manera. Le costó aceptar la realidad de que, muy a pesar de sus buenas intenciones, no estaba en Detroit, sino en Kansas City. Todo hubiese estado bien si no fuera por un pequeño detalle: había tomado el autobús equivocado.

Es interesante ver cómo muchas personas llegan a algo en la vida, algo que nunca quisieron ser. Nos fijamos metas de honor, éxito y felicidad, pero a veces tomamos los autobuses que nos llevan a un destino  de  deshonor, fracaso y desdicha. Uno de  los  propósitos fundamentales de nuestra existencia mortal es de prepararnos para la vida venidera.

Los destinos a los que podemos llegar están separados en tres grandes subdivisiones, las que Pablo compara con la luz del sol, de la luna y de las estrellas.

El dijo: “…una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:41-42).

Es indiscutible que la gloria más deseada es la que se compara con el sol, la cual yace al final de la angosta senda que conduce a la vida, pero lamentablemente para nosotros que viajamos, tal como dijo Jesús, solamente unos pocos llegarán a este destino, el cual es el más grandioso de todos. Todos deberíamos tener el deseo de llegar al reino celestial, el cielo más elevado, donde moran Dios y Jesucristo y el cual es el reino para las familias. Pero muchas personas, mientras hablan acerca del cielo más elevado, se embarcan en autobuses cuyo destino es el infierno más bajo. El menos atractivo de estos tres reinos es el telestial, que está tan por debajo del celestial como el centelleo de una estrella es pequeña en comparación con el esplendor del sol del mediodía.

Las Escrituras nos dicen que los que lleguen al reino telestial serán tan numerosos como las arenas del mar o como las estrellas del firmamento. Pero aun así, antes de que lleguen a este destino, éstos deben purgar sus pecados con el castigo del infierno.

Esta gran multitud llegará al lugar que menos deseaba. Incluso Satanás tomó el autobús equivocado, y ahora sabemos cuál es su destino final, destino que Dios, el juez definitivo, le ha determinado. Pero Satanás nunca hizo planes para tal degradación; él era conocido como Lucifer, el portador de luz, el brillante hijo de la mañana, que se mantenía cerca de Dios. El deseaba para sí lo mejor y se decía en su corazón: “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios… y seré semejante al Altísimo”. (Isaías 14:13- 14)

Pero aun siendo consciente de este objetivo maravilloso, tomó el autobús de la rebeldía que lo conduce al más bajo de los destinos. Muchas personas han tenido la experiencia, en algunos aspectos de la vida, de arribar a lugares donde no deseaban ir. Por ejemplo, nadie  se  esfuerza  por  obtener  una  buena  educación  ni  invierte grandes sumas de dinero en negocios con la esperanza de fracasar o dar bancarrota; nadie elige a su esposo o esposa con la idea de terminar en un desdichado y triste divorcio. Aun el gran número de los que se convierten en asesinos y suicidas, y que se hacen adictos a  drogas  y  al  alcohol,  no  comenzaron  a  recorrer  esas  sendas pensando que los conducirían a un destino tal.

Aquellos que cometen fechorías y actos inmorales, o que terminan en escuelas reformatorias, en cárceles o instituciones mentales, no pensaban en estos lugares cuando planeaban el sendero que irían a tomar.

Es probable que la habilidad más valiosa que una persona pueda desarrollar sea la de identificar el ómnibus que la lleva al lugar donde realmente desea ir.

En una oportunidad, hablé con una joven que tenía sentimientos de rechazo hacia sus padres. Como no se sentía querida por ellos, trataba de compensar esa falta de amor haciendo amistad con personas indignas, y pensaba que ir a la Iglesia era como rendirse a sus padres.

Su vida estaba llenándose de amargura, y estaba desarrollando hábitos y tomando actitudes que le harían tomar el ómnibus equivocado, donde se relacionaría y formaría parte de un grupo de personas indeseables.

A menos que suceda un milagro, ella llegará a Kansas City cuando todo lo que deseaba en su vida era ir a Detroit.

Supongo que nadie comienza a participar en ciertas cosas con la idea preconcebida de terminar en un quebranto nervioso, de disolver su matrimonio o de terminar en la cárcel, pero a veces el peso de la cadena de los malos hábitos no se siente hasta que es demasiado pesada para quebrarla. A veces la tragedia nos abruma porque permitimos que el desánimo siembre su semilla en nuestra personalidad. Sembramos una vida desordenada e indisciplinada y luego oramos para no recoger las consecuencias, lo cual generalmente no sucede, ya que esas semillas son muy resistentes y es difícil detener su crecimiento una vez que sus raíces han crecido en nuestra vida.

Podemos tener los objetivos más loables en nuestra mente, pero si tomamos el ómnibus que nos lleva al destino equivocado, no podemos cambiar de ruta diciéndonos simplemente a nosotros mismos que teníamos la mejor de las intenciones. A esa altura de los acontecimientos, lo importante va a ser los hechos, ya que vamos a ser juzgados por ellos y no por nuestros deseos, y sería inútil prestar atención al dicho que dice que el sendero hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Muy frecuentemente no dejamos que la mano izquierda se las intenciones sepa lo que la mano derecha de los hechos está haciendo. Tenemos grandes proyectos en nuestra mente pero nos desviamos tanto que la excepción se convierte en nuestra regla general.

Deseamos llegar a ser una buena persona en el futuro, pero no necesariamente hoy. Con frecuencia decimos: “No me juzguen por mi aspecto físico ni por mi vestimenta ni mis palabras; júzguenme por cómo me siento dentro de mí”.

Este es un razonamiento muy peligroso y muy a menudo es la causa de nuestra ruina. Yo me pregunto: ¿Por qué debe una persona dedicar tanto tiempo a parecer, actuar y pensar como lo que no desea ser?

Es necesario que destruyamos toda evidencia de rebeldía. Si vamos a un desfile vestidos de payasos, es muy probable que no pensemos ni actuemos como un rey. No debemos hacer unas pocas cosas buenas y entonces hacer un montón de excepciones; no debemos estar en el camino ancho y espacioso que conduce a la muerte cuando tenemos planeado ganar la vida eterna, la cual se encuentra al final del sendero recto y angosto.

Nos ayudaría mucho recordar que toda persona que transgrede la ley y todo pecador tienen algunos grandes ideales y ambiciones en las cuales se basa para juzgarse a sí mismo.

En una oportunidad, asistí a una reunión religiosa en la  cárcel, donde muchos de los prisioneros expresaron sus sentimientos. Sin excepción dijeron: “En esta cárcel se encuentran algunas de las mejores personas de todo el mundo”. Creo que, en muchos aspectos, eso es verdad. Algunas de las personas que están en la cárcel son más compasivas, más amables y más humildes de lo que pueden ser muchos de los que están en libertad. Algunos de ellos son tan generosos que se sacarían la camisa para dársela a un amigo que la necesite. Algunos de ellos ofrecen oraciones preciosas y tienen un testimonio maravilloso del evangelio, pero cometieron algunos errores: algunos de ellos mataron, robaron un banco, salieron borrachos a la calle, o cometieron otro tipo de transgresión. Al hacerlo, estaban dirigiéndose a un lugar donde no deseaban ir.

Sepamos claramente a dónde deseamos ir. Es muy importante recordar que, con frecuencia, nosotros mismos, en ciertos aspectos, nos enceguecemos de tal manera que no podemos vernos como realmente somos.

Es frecuente que, cuando las personas están cometiendo ciertas inmoralidades, piensen que están simplemente viviendo la vida, y se justifican con la idea de que muchos han hecho cosas peores que un pequeño acto de vandalismo o prender fuego a un edificio. Un pequeño descuido y unas pocas mentiras no significan mucho si no nos importa llegar a Detroit en lugar de a Kansas City.

Es buena idea determinar claramente a dónde queremos ir y entonces encaminarnos en esa dirección, sin desvíos de ninguna clase, recordando siempre que las excepciones puede resultar muy peligrosas. Estas pueden ser más rápidas en derribar una buena costumbre que los hechos positivos en edificarlas; uno puede resistir la tentación mil veces, y perderlo todo por tan sólo una indulgencia.

Alguien dijo que debe haber mil pasos del infierno al cielo, pero tan sólo uno del cielo al infierno.

Los ideales no nos sirven de nada si no hacemos algo por lograrlos, y puede ser muy peligroso creer que podemos salvarnos con tan sólo declarar nuestra fe de una vez por todas o por una serie de circunstancias. En una palabra, uno no puede enfrentar al enemigo, pelear la batalla y dominar a todos los adversarios a la vez.

La batalla debe ir ganándose en forma constante. Muchos han testificado acerca del evangelio y por otro lado han tomado el ómnibus con destino a la vergüenza y a la degradación.

Las semillas de la destrucción no necesitan ser muy grandes; un árbol grande de maldad puede también crecer de una pequeña semilla de pecado. Si no queremos que el árbol crezca, es mejor que no permitamos que la semilla comience a germinar.

Para terminar, resumamos este gran concepto en dos: primero, sepamos claramente a dónde deseamos ir; y segundo, tomemos el ómnibus que nos lleve allí.

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