El convertido

Liahona agosto1973

El convertido

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los primeros estatutos del éxito del director estipula que a fin de que un individuo pueda llegar a ser director, ha de estar antes convertido a la razón de su obra. Esta es también una de las primeras leyes del éxito religioso. La blasfemia más seria no es el lenguaje profano sino la alabanza hipócrita.

Dios ha acumulado sus más grandes condenaciones sobre aquellos que se acercan a Él con los labios mientras sus corazones están lejos de Él. En cierta oportunidad el Señor dijo a su Apóstol mayor:

“Simón. . . tú una vez vuelto, fortalece a tus hermanos” (Lucas 22:31-32)

Simón Pedro pudo haberse sentido un tanto ofendido por cuanto él probablemente pensara que ya estaba convertido; mas lo que sucedió aquella noche en el juicio cuando él mismo negó tres veces al Señor pudo haber sido indicación de que aun Pedro no estaba completamente convertido.

Alguien ha descrito nuestro mayor problema religioso traducido en el hecho de que somos simples “cristianos bíblicos”; vale decir, que la cristiandad se fundamenta principalmente en la Biblia sin que haya mucho de ésta en nosotros. Se ha indicado que no es tan importante cuántas veces pasemos por la universidad a menos que de algún modo la universidad pase por nosotros. Ciertamente, cuando un individuo entra en la Iglesia se originan para él grandes beneficios, pero las cosas en verdad grandiosas empiezan a verificarse sólo cuando la Iglesia entra en él.

Una encuesta realizada hace algún tiempo indicó que más del 95 por ciento de las personas interrogadas dijeron creer en Dios; pero el número podría ser muchísimo menor de los que pudiesen contarse como sus verdaderos discípulos o legítimos convertidos a sus doctrinas. Mahatma Gandhi (1869-1948; patriota y filósofo indio) dijo cierta vez que por cada hombre honesto, hay 999 personas que creen en la honestidad. Recordemos además, al pobre Diógenes (denominado el Cínico, filósofo griego; 413-327 a. de J.C.) que anduvo por Atenas en pleno día con el farol encendido buscando tan sólo un hombre honesto.

Si me preguntaseis si  yo creo en la honestidad, me sentiría un poquito ofendido, pues consideraría que deberíais saber que creo en ella; pero permitidme contaros una experiencia que viví hace poco.

Cuando venía con mi familia desde Arizona viajando en automóvil, nos detuvimos en una gasolinera y mientras atendían nuestro pedido de gasolina uno de los niños me preguntó si podría comprarles refrescos.

Fue así que me dirigí a la máquina automática de bebidas gaseosas que había allí; inserté una moneda de diez centavos en la ranura y saqué una botella, inserté otra moneda de diez centavos y saqué otra botella, inserté otra moneda igual y saqué la tercera botella, pero esta vez la máquina no se cerró y pude sacar la cuarta botella gratis. En total, obtuve cuatro botellas por treinta centavos. Y mientras volvía al automóvil para entregar los refrescos, pensé: “De todos modos cobran demasiado por la gasolina.” Sin embargo, el pequeño vigilante mental que está de guardia aquí, en alguna parte de mi cerebro, comenzó a agitarse, diciéndome: “Mira, Sterling, si vas a ser un pillastre, más vale que saques más de diez centavos de todo esto.”

No sé qué habría hecho si la bebida gaseosa hubiera costado veinticinco centavos, pero volví sobre mis pasos e inserté la otra moneda de diez centavos en la máquina. Ahora, ¿puede alguien decirme si yo creo o no en la honestidad? ¿Por lo que digo en cuanto a ello, o por lo que hago cuando estoy frente a una máquina que expende refrescos donde nadie puede verme excepto yo mismo? O, ¿cómo vais a decir si yo creo o no que el evangelio es verdadero? ¿Por lo que digo en la reunión de testimonios o por la forma en que llevo a cabo mi asignación?

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