El cargo

Liahona enero 1963

El cargo

por el élder Sterling Welling Sill

El 21 de enero de 1957, Dwight D. Eisenhower prestó por segunda vez juramento como presidente de los EEUU. Poniendo su mano sobre la Biblia abierta en el Salmo 33, donde dice: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová” (Salmos 33:12), levantó la derecha y exclamó: “Solemnemente juro ejecutar con fidelidad el oficio de Presidente de los Estados Unidos y dedicar lo mejor de mi capacidad a la preservación, protección y defensa de la Constitución. Dios me asista en ello”.

El juramento al oficio de Presidente sirve más o menos como modelo para todos los demás funcionarios públicos. El prestar juramento es un proceso por medio del cual uno acepta el cargo y promete dar fiel cumplimiento a la responsabilidad para la que ha sido nombrado. El juez principal de la Suprema Corte de Justicia es quien generalmente toma el juramento del Presidente. Los demás funcionarios reciben su cargo del oficial superior inmediato y también, al prestar juramento, cada uno de ellos acepta solemnemente el cargo, dispuesto a dedicarse a su deber, no importan los impedimentos u obstáculos que pueda encontrar en su camino.

El método o modelo de esta costumbre tan benéfica fue probablemente adoptado a raíz del procedimiento utilizado por Dios mismo, cuando dio a Moisés las siguientes instrucciones: “…Toma a Josué, hijo de Nun, varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él; Y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, y le darás el cargo en presencia de ellos.” (Números 27:18-19)

En otra oportunidad, el Señor le dijo a Moisés: “Manda a Josué, y anímalo, y fortalécelo.” (Deuteronomio 3:28) “Y Moisés hizo como Jehová le había mandado… y puso sobre él sus manos, y le dio el cargo, como Jehová había mandado por  mano de Moisés.” (Números 27:23)

Dwight D. Eisenhower tomando juramento en 1957 como Presidente de los EEUU

También todo soldado presta juramento de fidelidad a su bandera. Dicho procedimiento habrá de ayudarle a mantener su mente siempre orientada hacia sus deberes. Le inspirará y le conservará digno y verídico ante cualquier perturbación o problema que pueda surgir durante sus servicios.

Asimismo, este juramento ha de desarrollar en él una confiabilidad más vigorosa, y su mente y su conciencia contendrán siempre un concepto fiel de lo que constituye su sagrada responsabilidad. Algo que nuestra habilidad para dirigir necesita más que casi cualquier cosa para poder tener éxito, es un altamente dedicado sentido de la responsabilidad a fin de que cada uno, inclusive nosotros mismos, pueda saber exactamente su posición y de esta manera cumplir fielmente con lo que le ha sido confiado y ha aceptado. Probablemente sea verdad que la clave por medio de la cual los hombres y las mujeres del mundo pueden ser mejor juzgados, radica en la importancia que ellos mismos conceden a las responsabilidades que respectivamente han aceptado.

Quizás no encontremos una característica más impresionante y benéfica para nuestra habilidad para dirigir, que la contenida en la clase de fe manifestada por Job, cuando respondiendo a sus amigos que le insinuaban alejarse de Dios, él dijo: He aquí, aunque él me matare, en él esperaré.”(Job 13:15)

Inspirado en forma similar, Sócrates declaró: “Cualquiera sea lo que me asignéis hacer, preferiría mil veces morir antes que fracasar”.

Parece que tanto Job como Sócrates sabían administrar bien sus cargos  respectivos.  También  nosotros  podemos  hacer  lo  mismo, haciendo uso de toda cualidad particular que deseemos desarrollar. Cuando Theodore Roosevelt prestó juramento al oficio presidencial, puso sus manos sobre la Biblia abierta en el primer capítulo de Santiago, que en su versículo 22 dice: “Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores”. El registro de su vida y sus acciones, indican que Theodore Roosevelt fue un “hacedor de la palabra”.

¡Cuán maravilloso sería si al aceptar una asignación en la Iglesia nos dispusiéramos a ser hacedores —no sólo deseosos conservadores, oidores o pensadores— en todo! Nuestra capacidad sería incrementada y nuestro poder acrecentado si primero grabásemos en nuestras mentes la responsabilidad de nuestro cargo particular y entonces diéramos cumplimiento al mismo. Hay gente que al aceptar una asignación simplemente dice: “Trataré de hacerlo”, “Haré lo mejor que pueda” o “Espero tener éxito”. En primer lugar, ello es una contradicción, porque ¿cómo podría una cumplir una asignación si no se siente apoyado por toda la fuerza de su propia voluntad? Decir “Trataré de hacer lo mejor que pueda” es muy indefinido y frecuentemente indica que se carece de un objetivo preciso y de una firme determinación.

Se dice que en una oportunidad un coronel llamó a un sargento y le dijo: “¿Quiere usted llevar este mensaje al general?” El sargento respondió: “Trataré, señor”. El coronel le replicó: “No le he pedido que trate; sólo le he preguntado si quiere usted llevar este mensaje al general”. El sargento, un tanto sorprendido, balbuceó: “Haré lo mejor que pueda, señor.” El coronel, inmutable, insistió: “No quiero que haga usted lo mejor que pueda, sino que lleve este mensaje al general”.

El sargento contestó entonces: “Lo haré o moriré en la empresa, señor.” Con la misma firmeza original, el coronel dijo: “No le estoy sugiriendo ni pidiendo que muera; sólo le pido que lleve este mensaje al general”.

Nuestros fracasos, en su mayoría, se deben al hecho de que nunca hemos aceptado realmente y en primer lugar nuestro llamamiento.

Por ejemplo, tomemos el caso de un poseedor del sacerdocio a quien, como maestro orientador, le han sido asignadas seis familias, a las que debe visitar una vez por mes. Supongamos, como frecuentemente ocurre, que él ha dicho: “Haré lo mejor que pueda”.

En general, éste es el comienzo de un largo proceso de apremios, llamados de atención, comprobaciones, preocupaciones, nerviosismo y oración por parte de la presidencia de estaca o distrito, del sumo consejo, del obispado o presidencia de la rama y de los distintos líderes que supervisan la obra de los maestros orientadores, quienes en el último día del mes y después de haber estado durante todo el mes inútilmente preocupados, deben hacer ellos mismos las visitas del caso.

Si el barrio o rama obtuviera un 100% en las visitas y éstas hubieran sido hechas en tiempo, les daría probablemente motivo para una celebración. Sin embargo, para hacer visitas mensuales a seis familias no se necesita ningún individuo de características fenomenales. En verdad, la asignación podría constituir el trabajo más duro del mundo si nosotros no sentimos un genuino deseo de llevarla a cabo, o si para ello necesitamos ser persuadidos por alguien. Es muy fácil obtener un 100% en nuestras actividades o asignaciones, si primero hemos aceptado cabalmente nuestra responsabilidad. Toda realización se facilita cuando definida y entusiastamente nos decidimos de antemano a hacer cualquier cosa que fuere necesario para llevar a cabo nuestro objetivo.

La obra de los maestros orientadores es siempre mucho más fácil cuando es hecha durante la primera semana del mes, sin tener que ser apremiado, suplicado o aun ayudado por otro.

Supongamos que el presidente de una nación necesite tener una docena de supervisores constantemente vigilándole, comprobando sus actividades y recordándole que debe ser fiel a su llamamiento. Por supuesto, su actuación no sería digna de encomio.

Siendo que ha prestado juramento a su oficio, él debe ser fiel por sí mismo y con todas sus fuerzas, y esta es una buena idea que nosotros podríamos adoptar.

¡Cuán grandes líderes podríamos ser si aprendiéramos a decir, como Job, que no importa lo que pase, el trabajo será cumplido, que el trabajo será hecho correctamente y en tiempo!

Imaginemos que cada vez que aceptamos una asignación levantamos voluntariamente nuestra mano derecha y prestamos juramento al oficio para el cual hemos sido llamados. Supongamos que nos comprometemos y garantizamos que el trabajo será hecho porque nosotros queremos realizarlo.

Si la tarea consiste en visitar seis familias por mes, nos preocuparemos y conseguiremos que estas visitas se efectúen en tiempo, sabiendo que ello nos ayudará a entrar en el reino celestial.

La tarea, en realidad, no es pequeña. Por supuesto, no hay “pequeños trabajos” en la Iglesia del Señor y, por consiguiente, no debemos olvidar que toda violación voluntaria a un sagrado juramento, constituye perjurio.

Al hacer su asignación a Timoteo, Pablo le escribió: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”. (2 Timoteo 4:1-2)

Pablo depositó directamente sobre Timoteo una responsabilidad. El gran interrogante, por  supuesto, es saber si la misma fue o no aceptada cabalmente por Timoteo.

“En este mundo, lo primordial es conservar elevadas nuestras almas”

Los más grandes problemas de nuestra condición de directores no residen en nuestra asignación en sí; siempre surgen o dormitan en nosotros mismos. Si podemos solucionar cada uno de nuestros problemas íntimos, todo lo demás será fácil. El gran autor francés Flaubert, dice: “En este mundo, lo primordial es conservar elevadas nuestras almas”. Ciertamente, esto es también el primer requisito en nuestra habilidad para dirigir.

El 15 de febrero de 1835, Oliverio Cowdery otorgó oficialmente el cargo a los miembros seleccionados para el Consejo de los Doce, y les dijo: Es mi sagrada responsabilidad el haceros esta asignación”. Luego, entre otras cosas, agregó: “Si aun en el más mínimo grado faltáis a vuestro deber, grande será vuestra condenación. Porque cuanto más alto es el llamamiento, más grandes son los resultados de la transgresión. Cuidaos para que vuestros afectos no sean presa de las cosas mundanas”.

Este problema existe aún entre nosotros. Nuestras afecciones son frecuentemente eclipsadas por otras cosas, y es entonces cuando descuidamos nuestros llamamientos y nuestras responsabilidades.

El hombre no es importante por sí mismo, sino por lo que cree, representa y realiza. ¿No es acaso impresionante saber que estamos apoyando y defendiendo las cosas más importantes del mundo? En realidad, aumentamos nuestra propia importancia al estar conectados con ellas y por los cargos que hemos aceptado y que estamos determinados a llevar a cabo.

Un considerable porcentaje de los Doce originales de esta dispensación fracasaron en sus deberes. Algunos de ellos abandonaron la Iglesia. El mismo Oliverio Cowdery cayó poco después de haber dado el cargo a los Doce. Su interés se fue debilitando y finalmente apostató de la Iglesia. Pero si juzgamos el futuro en base al pasado, sabemos que muchos fracasarán y perderán el reino celestial. Es ya bastante trágico que perdamos nuestras bendiciones, mas pensemos en el dramático y eterno remordimiento de aquel que no ha sabido ser fiel al cargo que su propio Creador le ha dado.

Es verdaderamente una de las tragedias más graves de la vida el que algunas personas ubicadas en lugares de gran responsabilidad política y personal, comprometiendo aun asuntos temporales y financieros propios y de otras personas, fracasen en sus tareas. Pero mucho más trágico aún es cuando alguien que posee un oficio religioso y es responsable por el bienestar espiritual y vida eterna de otros, demuestra ser “indigno de su mayordomía”.

Muchos leemos y pensamos acerca de la importancia de librarnos de nuestros temores. Uno de los grandes presidentes norteamericanos dijo en cierta ocasión: “Lo único que debemos temer es el temor mismo”. Nadie puede negar que necesitamos más valor, más bravura en nuestras vidas. Hay tiempo para ser valiente, pero también hay tiempo para temer y algunas veces el temor mismo es más necesario que cualquier otra cosa. La valentía de hacer el mal, o la valentía de ser ociosos e irresponsables, no son virtudes. Debemos cultivar un poco más el temor al fracaso, el temor a la violación de nuestra palabra o promesa y el temor al pecado.

Capitán Moroni, un modelo de líder comprometido

El temor es también una de las fuerzas constructivas del alma, si sólo aprendemos a temer las cosas debidas. Shakespeare ha dicho: “Temer lo malo generalmente remedia lo peor”.

Para nuestra propia conveniencia, cada uno de nosotros debiera aceptar y comprometerse a la misma responsabilidad que el personaje shakesperiano Polonias depositó en Alertes: “Te encomiendo ser verídico contigo mismo”. El sabio Salomón, al concluir su libro de Eclesiastés, nos hace otro encargo estimulante: “El fin de todo discurso leído es éste: teme a Dios, y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre.” (Eclesiastés 12:13)

Esta es la clase particular de actitud que yo quisiera establecer firmemente en mi vida y, si pudiera, me gustaría también ayudar a otros a poseerla. Se nos ha encargado “guardar la fe”, y hacer la obra del Señor. Lo demás queda librado a nosotros mismos.

¿Aceptaremos el cargo?

 

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