Tal como

Liahona diciembre 1961

Tal como

por el élder Sterling Welling Sill

Hace muchos años el gran psicólogo William James, anunció su famoso principio de “tal como”. Es decir, si deseamos incorporar determinada virtud a nuestra vida, debernos obrar “tal como” si ya la tuviéramos. Es una idea sumamente constructiva que conviene llevar a la práctica. Si deseamos ser valientes, actuemos con valor. Si queremos desarrollar una disposición cordial, amigable y feliz, no podemos andar con la cara enfurruñada y odio en el corazón. Nuestras facultades mentales y espirituales son como siervos. Siempre nos sirven lo que les pedimos. Sí nos portamos como si esperásemos llegar a ser un “don nade” en la vida, éstas suponen que lo decimos en serio y nos conceden lo que deseamos.

En su obra Como Gustéis, William Shakespeare dice: “El mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres meramente actores… y en su tiempo un hombre desempeña muchos papeles.” Supongamos que vamos a desempeñar el papel de Fausto, Hamlet o cualquier otro de los personajes importantes de un drama. Primero tendríamos que llenar nuestros pensamientos con las palabras, disposición y espíritu del personaje que vamos a representar y entonces trataríamos de vivir de acuerdo con el papel. No sólo trataríamos de hablar, pensar y obrar como Hamlet o Fausto, sino mentalmente seríamos tal personaje.

Una noticia recientemente publicada hablaba de “La Pasión del Señor” que se presenta cada diez años en el pequeño pueblo bávaro de Oberammergan en el cual un grupo de actores representan la última semana de la vida de Cristo. El drama se ha presentado regularmente desde el año 1663. Cada cual acepta el papel que se le señala y entonces trata de vivir como esa persona y nada más, hasta convertirse en ella. El que desempeña la parte de Jesús debe pensar como Jesús y obrar y sentir como El. ¿Podemos imaginar el resaltado que ello producirá en su vida? ¿Podemos imaginar la potencialidad de este principio de “tal como” en nuestras vidas individuales, si seleccionamos el papel que deseamos representar en la vida y entonces vivimos de conformidad con él las veinticuatro horas del día?

El artículo de referencia sobre “La Pasión” contenía una observación interesante acerca de un hombre que hacía poco se había suicidado. Durante los últimos cinco años había estado desempeñando el papel de Judas Iscariote. Pero no era todos: era el tercer Judas en años recientes que se había suicidado. Si había vivido como Judas y pensado como Judas, ¿Qué cosa más natural que morir como Judas?

Pensemos en el peligro que correríamos, si estudiáramos a una persona degradada y nos pusiéramos a vivir como ella, llenando nuestra mente con sus pensamientos, adoptado sus hábitos y disposición mental. ¿Qué resultado podríamos esperar? Nadie sabe hasta qué punto influyen los pensamientos en nuestras vidas. Sabemos que pueden cambiar nuestra expresión facial. Pueden determinar nuestra apariencia corporal; pueden producir una grande espiritualidad dentro de nosotros; pueden acuñar nuestras cualidades de personalidad en la cantidad que queramos; pueden volvernos locos o pueden elevarnos hasta la más alta realización, sólo con gobernar lo que pensamos y cómo pensamos.

Este principio de “tal como” es una de las ideas más potentes del mundo. Escojamos el papel que queramos desempeñar en la vida, dediquémonos a ello con todo el corazón y ello será lo que llegaremos a ser. Así con esa sencillez. Bien, supongamos que se ha escrito un drama en el cual nos toca representar a un hombre que está acumulando una fortuna inmensa. Este papel exige un hombre de carácter,  vigor, integridad y, entusiasmo; uno en quien todos tienen confianza, uno que domina con solo con su presencia. Pero supongamos que al desempeñar este papel nos vistiésemos como una persona desaseada e irresponsable, y que nos presentáramos en el foro de una manera perezosa, titubeante, como si no tuviésemos ambición, determinación, proyectos o fe de poder lograr jamás cosa alguna que valiera la pena. Supongamos que en el foro actuásemos con todo género de disculpas, careciendo completamente de confianza en nosotros mismos y diciéndonos constantemente: “No puedo hacerlo”; “tengo miedo”; “es más de lo que puedo hacer”; “no nací para ser próspero e industrioso”; “las cosas buenas no son para mí”. ¿Qué clase de impresión causaríamos? ¿Qué clase de personas llegaríamos a ser? ¿Qué clase de éxito alcanzaríamos?

¿Cuánto tiempo tardaría un joven para lograr el éxito si se colocara en un ambiente de fracaso y permaneciera allí hasta quedar completamente empapado de ese ambiente? ¿Cuánto tiempo necesitaría un hombre para obtener el éxito si continuamente se estuviera menospreciando a sí mismo, pensando en el fracaso, vistiéndose como si le hubiera sobrevenido el fracaso y siempre quejándose de sus dificultades insuperables? ¿Cuánto se tardaría en llegar al éxito que él mismo nunca pensó alcanzar? El artista más consumado del mundo jamás podría pintar el rostro de una hermosa Madona mientras su mente estuviera llena de pensamientos depravados.

Y sin embargo, esto es más o menos lo que miles de personas están tratando de hacer todos los días. Así son en su trabajo diario; así lo hacen con su trabajo en la Iglesia; y en forma general sucede la misma cosa en sus vidas. Hay muchas personas que casi parecen estar completamente satisfechas con permanecer en la pobreza material o espiritual. Por lo menos, han cesado de esforzarse con vehemencia para salir de ella. Muchos han perdido la ambición o la esperanza de lograr el éxito. Casi se puede medir la calidad del concepto que un hombre tiene de la vida la primera vez que uno lo conoce. Podemos ver la cantidad de pesimismo que hay en su vida y hasta qué grado lo han dejado desilusionado unas pocas contrariedades. Algunas personas se desaniman con suma facilidad. Llegan al grado de tratar a todos con sospechas y desconfían de todo el mundo, incluso de ellos mismos. Mientras el hombre lleve consigo este ambiente de pobreza, siempre dejará una impresión de pobreza. Si constantemente estamos recalcando lo malo que hay en nosotros, si siempre estamos criticando nuestras propias debilidades y flaquezas y reprochándonos a nosotros mismos por no obrar mejor, sólo estamos grabando más profundamente estos cuadros desafortunados en nuestras memorias y les damos mayor influencia en nuestras vidas.

Con demasiada frecuencia nos estorba el paso el antiguo concepto de los sectarios sobre la depravación e inferioridad del hombre. No hay nada de lo depravado o inferior en el hombre que Dios ha creado. La única inferioridad que hay en nosotros es la que nosotros mismos hemos puesto allí. Dios nos creó a su imagen. Nos invistió con sus atributos y nos dio dominio sobre todas las cosas de la tierra, incluso nosotros mismos. El hombre fue creado para que se mantuviera con la cabeza erguida, y ser como Dios, no como esclavo. Se tuvo por objeto que fuese un éxito, no un fracaso. Podemos estar  seguros de que nuestro éxito jamás sobrepujará nuestra confianza en nosotros mismos. Debemos ver un mundo mejor antes que podamos vivir en él. Nos toca desempeñar el papel de la vida que nosotros mismos elijamos.

¿En qué otra cosa estaba pensando Salomón, sino en este principio de “tal como” cuando dijo: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él? (el hombre)”

Salomón no dijo: “Cuál es su pensamiento en su mente tal es.” El corazón era considerado el centro del ser. Allí es donde sentimos y vivimos; y allí es también donde “llegamos a ser.”

Esta filosofía de “tal como” alcanzó su expresión más sublime en la vida y enseñanzas del propio Maestro. Jesús dijo: “Todo es posible para aquel que cree.” Sería difícil hallar una expresión de mayor fuerza que ésta. No dijo que únicamente son posibles pocas cosas; sino que todo es posible. El proverbio pudo haber rezado así: “Porque cual es su esperanza en su corazón, tal es él.” Conviene tener cuidado en lo que vayamos a cifrar nuestras esperanzas, porque probablemente lo realizaremos.

La confianza y la fe son la base misma de todo lo que se logra. ¡Qué fuerza tan tremenda hallamos en una convicción genuina! Jesús dijo: “Sea hecho, según tu fe.” Esta idea potente se ha reiterarlo en todas las Escrituras, es el principio original del concepto de “tal como”. Esta expresión de la fe central dobla nuestra fuerza y multiplica nuestra habilidad. Llega a su mayor altura en la importante meta que nos mostró Jesús cuando dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”

Si no hay el valor dentro de nosotros mismos, ¿cómo podría manifestarse? Es maravilloso creer en Dios, pero para  nosotros sería más maravilloso, aún vivir en tal forma que El también pudiera creer en nosotros y que pudiésemos creer en nosotros mismos. Uno debe creer en sí mismo y debe quererse a sí mismo. Debe creer en su trabajo y debe gustarle su trabajo. Si deseamos ser grandes, creamos en la grandeza y desempeñemos el papel correspondiente. Un espíritu lleno de valor y una mente viva y feliz producen un cuerpo de correspondiente condición saludable. Hay poca enfermedad física entre aquellos que tienen buena salud mental y emocional, que aman la vida y lo que están haciendo.

En la Iglesia y fuera de la Iglesia podemos ver a muchas personas que están arruinando sus vidas pensando negativamente. Nos ponemos a desempeñar el papel de cobardes, pecadores, pusilánimes, y así vivimos. Asumimos una modestia falsa y decimos. “No soy capaz; no soy digno; no estoy preparado” Tratamos a Dios con excusas, dilaciones e informalidad. Aceptamos un llamamiento con renuencia y desánimo, y de ese modo nos colocamos dentro del molde de la deformidad.

Si vamos a llamarnos siervos del Maestro, actuemos como corresponde. Debemos recordar quiénes somos: que somos hijos de Dios. Si esperamos algún día llegar a ser como El, ¿por qué no empezarnos a conducirnos en esa forma desde hoy? Ciertamente Él no es débil, ni pobre, pecador o incapaz. Si queremos ser como El, ya es hora de empezar.

La mayoría del mundo sectario cree que Dios es incomprensible, inconcebible,  sin  forma,  sin  pasiones  o  sentimientos.  Si  fuimos formados a la imagen de nada, puede haber justificación para pensamientos negativos; Pero no es cierto. Nuestro Padre es un Personaje glorificado que todo lo sabe y, todo lo puede. Literalmente es el Padre de nuestros espíritus, y según las leyes de herencia, podemos llegar a ser como nuestro Padre. En cuanto a posibilidades, ya somos como El. En vista de que hay en nosotros toda facultad potencial, debernos comenzar a desempeñar ese papel. ¿Por qué hemos de estar pensando continuamente en la debilidad y el fracaso? ¿Por qué hemos de conservar nuestras mentes funcionando a la inversa e insistiendo en pensar negativamente? Podemos beneficiar mucho nuestras vidas descartando la filosofía del fracaso. Debemos dejar de lado las disculpas, la crítica y la demora. Debemos cesar de estar obligando a otro a que nos recuerde nuestro deber, como si fuésemos incompetentes, inválidos como niños. Debemos dejar nuestra falsedad, pecados. Si continuamos actuando como el diablo, eso es lo que llegaremos a ser.

Uno de los problemas que hay en nuestra Iglesia es el cambio constante de oficiales y maestros. Continuamente estamos emprendiendo la marcha y parando, dejando un puesto sin haber logrado el éxito para empezar otro. Muchas personas descubren su disposición mental manifestando un gozo inmenso cuando se les releva de algún puesto. Si pensamos y obramos como desertores, llegaremos a ser desertores. Si no nos emociona estar en la obra de Dios, si nos abruma en lugar de entusiasmarnos, entonces quiere decir que hay algo en nosotros de que debemos arrepentirnos. La obra del Señor es importante y debería ser placentera; y nosotros deberíamos ser felices mientras la desempeñamos.

Jesús mismo dijo: “Sed de buen ánimo; alegraos y gozaos.” El profeta Lehi declaró: “Existe el hombre para que tenga gozo.” El Señor quiere que empecemos a marchar en esa dirección lo más pronto posible. ¿Por qué no hacer lo que Él dice? Si esperamos ser grandes almas en el cielo, conviene que empecemos a ser grandes almas aquí. Si deseamos ser felices en la eternidad, deberíamos estar ensayando aquí. Y si queremos ser felices, no debemos conducirnos  como  si  todas  las  personas  y  todas  las  cosas  nos disgustaran; más bien, debemos portarnos “tal como” si ya fuéramos felices.

Debemos estudia, leer, pensar y trabajar como corresponde a nuestro llamamiento. Debemos saber de qué estamos hablando. Emociona la idea de que si nos esforzamos podemos pensar con benignidad y éxito, y de esa manera es como llegamos a ser personas benignas y felices. Es posible volcar los defectos en virtudes. Todo lo que nos resta hacer es entender quiénes somos y entonces desempeñar el papel correspondiente.

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