¿Soy yo, Señor?

Liahona septiembre 1960

¿Soy yo, Señor?

por el élder Sterling Welling Sill

Una de las últimas y más importantes de las responsabilidades terrenales de Jesús fue preparar a los Doce para las cargas del ministerio que pronto descansarían sobre ellos. Al comer de la última cena en el aposento alto, los discípulos deben haberse sorprendido en extremo cuando oyeron a su Maestro decir:

“De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.”

Y Mateo sigue diciendo:

Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:21-22)

La traición es cosa terrible, y una de las mejores maneras de contrarrestar esta falta o cualquier otra, es desarraigarla de la mente y del corazón y destruirla antes de cometerla. Con presentar este asunto a todos los Doce, quizás el Señor estaba procurando que todos examinaran su conciencia mientras todavía estaba con ellos. El problema principal concernía a Judas, pero el Maestro también tenía una lección para los otros once, porque después que Judas hubo salido del cuarto, y los demás hubieron acabado de comer, cantado un himno y salido al monte de las Olivas, Jesús dijo a los once:

“Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche.” (Mateo 26:31)

Pedro mismo, que más tarde llegó a ejercer tan benéfica influencia y con gusto dio su vida por el Maestro, manifestó entonces su propia necesidad de examinar su alma. Le dijo a Jesús:

“Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.”

Jesús le respondió:

“Esta noche, antes que el gallo cante, me negaras tres veces.”

Le era imposible a Pedro creer que tal aconteciera. Afirmó:

“Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré.”

Y Mateo añade significativamente:

“Y todos los discípulos dijeron lo mismo.” (Mateo 26:33-35)

Al llegar al Getsemaní, Jesús les dijo: “Sentaos aquí, mientras voy allí y oro.” Llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, a los cuales especialmente encargó que velaran con Él. Entonces se apartó de ellos también “y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando.” (Mateo 26:36-39) Debe haber sentido aún más el peso de la tristeza cuando volvió y encontró dormidos a sus discípulos de rnás confianza. Hacía tan poco que todos le habían profesado su lealtad y constancia, pero no habían podido cumplir la sencilla solicitud del Maestro de velar con El una hora. Entonces dijo algo que nosotros frecuentemente tenemos motivo para reflexionar: “El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es  débil.” (Mateo 26:41)

Debemos estar preparados para combatir esta tendencia común hacia la debilidad que tan frecuentemente se manifiesta en nuestra naturaleza humana. Un momento estamos tan seguros de poder hacer frente a cualquier situación, y el siguiente nos hallamos caídos de espaldas sobre nuestros anhelos más estimados. Parecía que Pedro estaba tan seguro de sí mismo a la hora de la cena, pero antes que cantara el gallo, aun él, Pedro, la roca, el pilar, el discípulo principal, había hecho precisamente lo que tan vigorosamente había declarado no hacer jamás. Sin la menor intención de hacerlo, había negado al Maestro. No sabemos todo lo que sucedió esa noche, pero Jesús había predicho que los once “se escandalizarían” de Él, citando la profecía de que cuando el pastor es herido, las ovejas de la manada son dispersas.

Esta manera interesante en que reaccionaron los discípulos más fieles de Jesús pone de manifiesto algunos de nuestros propios peligros, porque también llevamos con nosotros las semillas de todos los pecados. Podemos fortalecer la “carne” examinando ocasionalmente nuestros propios corazones con la significativa pregunta, “¿Soy yo, Señor?”; porque solamente teniendo presente nuestras propias posibilidades de cometer un mal podemos destruir estos errores antes de cometerlos. Tomas Carlyle dijo una vez que “la mayor de todas las faltas es no estar consciente de ninguna”. Esto también nos indica en donde existe la mayor probabilidad de que nos desviemos.

Judas dio tanta cabida en su alma a la maldad, que lo destruyó. Todos debemos damos cuenta de nuestra propia tendencia a esa misma cosa. Ninguno de nosotros se halla libre de la posibilidad de pecar. Aun los once que fueron escogidos tuvieron problemas serios. Ninguno de ellos pudo permanecer despierto para apoyar al Maestro, ni aun durante esa hora en que, bajo el peso de los pecados del mundo, sudaba grandes gotas de sangre por cada poro.

Esta posibilidad de transgredir puede llegar a ser sumamente fuerte aun en las personas más buenas, si no se cuidan constantemente. Escuchemos la confesión que Pablo, en otro tiempo el gran Saulo de Tarso, escribió a Timoteo: “Habiendo sido yo antes blasfemo y perseguidor e injuriador: pero recibí misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.” (1 Timoteo 1:13) Pero aunque Pablo llevó una vida buena después de su conversión milagrosa, nunca pudo deshacer el daño que había causado. Pese a lo sincero de su arrepentimiento, no podía devolverle la vida a Esteban o deshacer los demás daños. ¡Qué amargura para uno tener que reflexionar su pasado y decir de sí mismo: “Blasfemo, perseguidor e injuriador he sido yo!”

La diferencia entre el éxito y el fracaso en nosotros mismos frecuentemente depende de nuestra habilidad para examinar nuestras propias almas y arrepentirnos antes que el pensamiento inicuo haya tenido oportunidad de incubar. Cierto es que muchos de nuestros pecados, grandes y pequeños, podrían evitarse si tuviéramos un poco más de experiencia en el arte de examinar nuestras conciencias anticipadamente. Entonces podríamos desarraigar y destruir cualquier tendencia nociva antes que produjera su fruto malo. Podríamos, con alguna regularidad, provechosamente hacernos la pregunta de los discípulos a nosotros mismos, y entonces insistir en una respuesta franca e imparcial. Todos deberíamos exigir periódicamente una prueba convincente de nuestra propia integridad y la habilidad para cumplir con lo que hemos prometido.

Igual que los discípulos, habrá ocasiones en que estaremos pensando en una cosa en el momento preciso en que estamos a punto de hacer todo lo contrario. Pedro no tenía la menor intención de hacer lo que hizo; pero su vehemente declaración no duró ni una sola noche. En igual manera, nosotros frecuentemente no podemos predecir lo que haremos en determinadas circunstancias.

Permitimos que la maldad se cometa primero y entonces nos examinamos después. Decimos: ¿Cómo se me ocurrió hacer tal cosa?” Y aun así, frecuentemente no recibimos una respuesta satisfactoria. Pedro sintió tanto remordimiento después de haber negado al Señor, que “saliéndose fuera lloró amargamente”. Judas también sintió un remordimiento intenso, pero no reflexionó con suficiente anticipación; y habiéndole negado los sacerdotes su oferta de reparar el mal que había hecho, arrojó el dinero a los pies de ellos y salió y se ahorcó. ¡Qué lástima que no pudo haber sentido el remordimiento antes! El pesar y las lágrimas son de poco valor cuando vienen tan tarde. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos ponemos  a  pensar  seriamente  después  de  haberse  cometido  el pecado. Por decirlo así, cerramos con llave la puerta del establo después que el caballo se nos ha ido. Si pudiéramos ajustar el momento de nuestro remordimiento y sentir el pesar algunas horas antes, podríamos evitar la mayor parte de nuestros errores.

Conceptuamos a Judas con el espantoso título de “hijo de perdición”. Pero su experiencia trágica nos recuerda que muchos de nuestros propios errores vienen por motivo de la misma clase de introspección ineficaz. Cuando no podemos percibir en nosotros mismos una maldad que se aproxima, nos privamos de toda previsión protectora. Si dedicáramos a la prevención sólo la mitad de la energía que empleamos en el remordimiento, cambiaría el aspecto completo de nuestra vida. La precaución es mucho más benéfica como instrumento del éxito que el remordimiento más profundo.

Supongamos que alguien nos sugiriera la posibilidad de que, igual que Judas, nosotros podríamos traicionar al Señor. Con toda probabilidad, nos llenaríamos de indignación; no cabe duda que nos sentiríamos absolutamente seguros de poder dominarnos en cualquier situación. Sin embargo, esta disposición de no sospechar es precisamente con la que frecuentemente nutrimos el pecado mismo que está recibiendo la fuerza suficiente para destruirnos.

Debemos recordar que Judas no es el único que ha cometido una traición. Por ejemplo, ¿qué opinión tendríamos de la siguiente situación? El año pasado en una de las ramas, el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico ganaron su diploma individual. En otra rama de esa misma estaca, solamente el 10% lograron hacerlo. Alguien fue culpable de la pérdida del 77% de los jóvenes, que no se habrían perdido si se hubiera trabajado con ellos como en la primera de las ramas citadas. Si hubo traición aquí, ¿quién la cometió?

Casi la última instrucción que Jesús dio a Pedro antes de ascender a los cielos fue la comisión, repetida por tres veces: “Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:16) La desobediencia completa consistiría en no hacer nada. Dejar que los corderos mueran de hambre no es tan aparatoso como una traición directa; sin embargo, los resultados puedan ser  igualmente  desastrosos.  Es interesante  recordar  que Jesús no perdió su exaltación eterna por motivo de la traición de Judas. Por otra parte, algunos de los jóvenes de esta rama del 10% pueden perder su exaltación por motivo del descuido sencillo de sus directores llenos de buenas intenciones. Algunos, sin comprenderlo, pueden ser desleales a su comisión o negar su responsabilidad, o dudar de su autoridad o quedarse dormidos cuando se presenta su oportunidad. Los medios podrán ser diferentes, pero al fin y al cabo,

¿cuál es el resultado?

El presidente John Taylor dijo: “Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubierais cumplido con vuestro deber”. (Journal of Discourses 20:23).

Cuando aceptamos nuestro llamamiento según esa base conviene que estemos bien fortificados con algún medio eficaz para evitar el fracaso.

Hace tiempo un anciano de sesenta y cuatro años dijo: “Si hace 40 años hubiera sabido lo que hoy se habría vivido de otra manera.” Lo que quiso decir fue: “Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo”.

Pero si Judas hubiese sabido, mientras proyectaba la traición, lo que sabía momentos antes de suicidarse, también quizá él habría obrado de otra manera.

En lo que concierne al éxito, la previsión es de valor infinitamente mayor que la retrospección.

Uno de los rasgos inspiradores de la vida del Maestro es que no tuvo que cometer un solo pecado para descubrir que esto era malo. Hay algunas personas que tienen que cometer todo error personalmente. No nos ayudará mucho cuando estemos delante del divino tribunal y lamentemos: “Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo.” Ni aun el “lloro, gemidos y crujir de dientes” nos será de mucho provecho. No podemos volver a vivir nuestras vidas. La vida no permite ensayos. No podemos practicar el nacimiento o la muerte o el éxito. Pero sí podemos  ayudarnos  a  nosotros  mismos  si  tan  sólo  prevemos  y analizamos anticipadamente las maldades potenciales, mientras todavía son ideas.

La traición, sea el grado que fuere, es terrible; pero también lo es la insensatez; y lo mismo puede decirse de la incompetencia y la desidia y cualquier otro medio por el cual se pierden las bendiciones eternas. Por tanto, nos sería de mucha ayuda protegernos de los errores posibles examinándonos la conciencia ocasionalmente con la significativa pregunta de los discípulos: ¿”Soy Yo, Señor?”

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