¿Quién es mi enemigo?

Liahona febrero 1959

¿Quién es mi enemigo?

por el élder Sterling Welling Sill

La bella e inspiradora parábola del Buen Samaritano fue la respuesta de Jesús a la interrogación del doctor de la ley, “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29)

En los años que la gente ha estado meditando esa respuesta, se han grabado en sus mentes algunas ideas constructivas. La historia adecuada ilustra y clarifica las ideas de tal manera, que a veces las hace más valiosas que el propio acontecimiento. Los  conceptos útiles primero deben ser claros, y así pueden penetrar nuestras mentes con una profundidad cada vez mayor y aumentar de esta manera la eficacia su influencia.

No hace mucho, otro “doctor de la ley” hizo una pregunta. Después de alguna discusión y confusión sobre algunos problemas personales, dijo en substancia: “¿Quién es mi enemigo?”

Esta es una pregunta que nos da en qué pensar, y no siempre podemos hallar la respuesta correcta. Así como nos es difícil en una película determinar quién es el “villano” y desenlazar el misterio, en igual manera se nos dificulta distinguir entre nuestros amigos y enemigos en la vida. Jesús fue el mejor amigo que la gente de esta tierra ha tenido, y sin embargo, en su propia época, así como en la nuestra, no siempre se le reconoce como tal.

Una de las desgracias comunes de la experiencia humana es la “identificación errada”. El lobo que anda entre nosotros con vestido de oveja es ocurrencia diaria, y con la misma frecuencia la gente les vuelve las espaldas a sus mejores amigos sin darse cuenta de ello.

Los amigos  y los enemigos, igual que las bendiciones, a veces llegan disfrazados. Pero aun sin el disfraz, es pésima nuestra habilidad para reconocer a unos y otros. No siempre reconocemos a nuestros padres o directores religiosos en su verdadero aspecto. Al mismo tiempo, permitimos que el enemigo con los más ridículos disfraces infiltre nuestras filas y nos robe de nuestras bendiciones sin que nos demos cuenta siquiera de que las estamos perdiendo.

“¿Quién es mi enemigo?” es una pregunta muy oportuna.

Si nos ponemos a reflexionarla quizá podremos desarrollar nuestra habilidad para identificar y reconocer. Tal vez una ilustración más nos ayude a clarificar algunas ideas.

Una de las historias más instructivas de cualquier edad, es la de Marco Antonio, amigo de Julio César. Un grupo de treinta y ocho conspiradores acababan de asesinar a César con la intención de apoderarse del gobierno del Imperio Romano. Entró entonces en la escena Marco Antonio, y tras una arenga muy eficaz durante los funerales de César arrebató la iniciativa a los conspiradores.

Entonces Antonio y Octavio César organizaron sus fuerzas y dieron principio a una larga y reñida contienda para lograr el dominio.

Plutarco, el gran moralista e historiador griego, contemporáneo de Antonio, nos relata como éste, dotado de oratoria convincente, lógica, valor y habilidad para dirigir grupos de hombres, quitó el mundo a los conspiradores.

¿Y quién es mi prójimo?

Marco Antonio pasó de un éxito a otro y llegó a ser quizá el hombre más ilustre y potente de su época. Venció toda dificultad. Soportó las marchas más arduas; vivió por largos períodos sin más comida que insectos y la corteza de árboles. Compartió estas extremas dificultades con sus hombres en medio de un ánimo asombroso. Se granjeó la incuestionable lealtad y devoción de sus soldados, los cuales estaban dispuestos a seguirlo en cualquier empresa.

Sin embargo, cuando el poder de Antonio parecía estar seguro y aparentemente no había más necesidad de seguir luchando, nuestro héroe se tornó inactivo.

Se enamoró de la seductora reina Cleopatra de Egipto y cayó víctima del blando lujo y elegancia perfumada de la corte egipcia. Su gran inteligencia se empañó con los vapores del vino. Perdió el interés en el régimen que lo había llevado al éxito. Llegó a ser lo que Plutarco llama “general de la vara de pescar”, y Shakespeare dice que se convirtió en el “bufón de la cortesana”.

Así como la han hecho tantos otros desde esa época, Marco Antonio abandonó su naturaleza más noble. No dilató mucho, pues, en comenzar a disiparse su poder. Empezó a perder su prestigio; se eclipsó su personalidad dominante, y menguó su habilidad para efectuar. Perdió su sentido de moralidad y responsabilidad. Perdió la lealtad de sus hombres, la admiración del pueblo y el apoyo de Octavio. La espléndida tarea de Marco Antonio se redujo a escombros. Por último, Octavio mandó tropas a Egipto para que apresaran a Antonio, y éste prefirió darse muerte con su propia espada que verse preso.

Y mientras yacía moribundo expresó a Cleopatra la idea tan significante de que no había habido ningún poder en la tierra suficientemente para derribarlo, sino el suyo. Antonio se deshizo a sí mismo. “Solamente Antonio pudo vencer a Antonio”—fue lo que dijo.

Todo lo que había deseado en el mundo, lo había tenido firmemente asido entre sus manos. No existía ningún poder terrenal con la fuerza suficiente para arrebatarle aquello, sino el que él mismo poseía. La oposición de los conspiradores sólo lo hizo más resuelto; los problemas planteados por las dificultades fueron la causa de sus más nobles esfuerzos; los desiertos y montañas que conquistó le dieron más fuerza.

En realidad, sus dificultades y problemas aumentaron sus habilidades. Sin embargo, cuando se “apartó de los senderos de la gloria” y comenzó a guerrear contra sus propios intereses, no hubo poder que pudiera salvarlo. Fue él mismo quien deliberadamente se postró en el polvo. De su propia voluntad “locamente arrojó de sí un mundo”.

Cuán notable este paralelo con lo que pudiera ser nuestra propia situación. Hay muchas personas que en este momento tienen a su alcance todas las bendiciones, pero deliberadamente las están echando de sí, inclusive el reino celestial y todo lo que lo acompaña. Dios nos ha dado el dominio sobre nuestro propio bienestar. Si fracasamos será porque, igual que Marco Antonio, nos hemos destruido a nosotros mismos.

Aristóteles citó a Alejandro Magno una verdad importante con la cual conviene que todos estemos bien familiarizados. Dijo: “El peor enemigo con el cual tiene que enfrentarse un ejército nunca se halla en las filas del enemigo, sino siempre en nuestro propio campo.”

No sólo es esta verdad una de las más importantes, sino una de las más trabajosas de aprender. Es sumamente difícil protegernos de nosotros mismos. Esto se aplica a individuos, como a iglesias, ejércitos y naciones.

Por ejemplo, ¿quién es el enemigo más temible de una democracia? El peor enemigo de una democracia no es un país, sino la debilidad y el pecado internos. Las grandes civilizaciones de los jareditas y los nefitas se destruyeron a sí mismas, tal como lo hizo Marco Antonio.

¿Quién es el enemigo más formidable de la Iglesia? Ningún poder “fuera” de la Iglesia puede contener su progreso. La única gente que puede estorbar nuestra parte de la obra del Señor somos nosotros mismos. Desde 1834 el Señor declaró que “. . . si no fuera por las transgresiones de mi pueblo. . . bien habrían sido redimidos ya”. (Doctrina y Convenios 105:2)

Hay ocasiones en que nos destruimos a nosotros mismos por las cosas más triviales. La caída de Antonio empezó por su inactividad y la impía atracción de una reina egipcia. Otros desechan sus bendiciones sin tener mayor pretexto. Se pierde la fe porque en el interior yacen la inactividad, el ocio y el pecado.

El profeta José Smith tenía menos temor de los actos del populacho que de aquellos que pudiesen tornarse traidores entre su propio pueblo.

Guillermo Law, uno de los consejeros de José Smith, ayudó a entregarlo en manos de sus enemigos, y el 12 de junio de 1844 el alguacil David Bettisworth de Carthage llegó a Nauvoo con órdenes de aprehender a José y a Hyrum. El mandamiento de prisión se expidió a raíz de una acusación hecha por Francisco M. Higbee, que había sido miembro de la Iglesia.

El Presidente David O. McKay ha dicho: “Raras veces, si acaso las ha habido, es perjudicada la Iglesia por causa de la persecución de nuestros enemigos ignorantes o mal informados o perversos. Constituyen una barrera mucho más grande a su progreso aquellos que critican, los que violan los mandamientos, los que no quieren hacer nada dentro de la Iglesia. “

Es menester que indiquemos a los enemigos actuales de la Iglesia si es que vamos a resolver nuestros problemas. ¿Quién está impidiendo el progreso de las varias estacas, ramas y misiones?

¿Quién tiene la culpa de que estén perdiendo sus bendiciones el crecido número de miembros menos activos? ¿Quién es el responsable de la orientación familiar que no se lleva a cabo? No puede haber sino una respuesta. La dificultad estriba en los miembros de la Iglesia, tanto en los que se niegan a dirigir como en los que no quieren seguir.

El Señor no nos tendrá por inocentes. Él ha dicho que todo hombre quedará “sin excusa”. (Doctrina y Convenios 88:82) Y esto se aplica a los que no quieren escuchar, y más particularmente a los que no quieren enseñar. El que está dirigiendo corre peligro de incurrir en la condenación a la que se refirió el apóstol Pablo que dijo:

“¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16)

Es la cosa más sencilla caer en las garras de esa grave debilidad de la naturaleza humana que incita a querer “justificarnos” por las cosas que hacemos, sean buenas o malas. Disimulamos nuestras propias debilidades. Se nos ofusca la vista cuando se trata de ver nuestras propias flaquezas. Una de las razones por las que debemos “amar a nuestros enemigos” es porque ellos tienden a señalar nuestras debilidades y de este modo nos aguijan a que seamos activos. Por lo menos, nos alertan; mientras que nuestros “amigos” a veces nos seducen a cometer el pecado de engañarnos a nosotros mismos, que es el principio del desastre.

Tomas Carlyle dice que “la mayor de todas las faltas es no darse cuenta de que las hay.”

Más que cualquier otra cosa, necesitamos saber analizarnos, criticarnos y examinarnos objetivamente a nosotros mismos.

El Señor nos ha indicado el gran gozo que será nuestro si nos fuera posible traerle un alma. ¿No será lógico suponer que el dolor será en igual proporción si dejamos perder un alma por causa de nuestra negligencia o si la desviamos por motivo de nuestro mal ejemplo? Sobre esto, el Señor ha dicho:

“¡Y ay de aquel por quien vino esta ofensa!. . . ” (Doctrina y Convenios 54:5)

Nuestra propia debilidad o falta de integridad o capacidad inferior para dirigir pueden fácilmente ser una piedra de tropiezo más grande que la oposición deliberada, y si no estamos enterados de nuestros problemas, nuestras ofensas pueden llegar a ser más grandes y numerosas. Debemos estar seguros que la obra del Señor no sufrirá internamente por causa de nosotros.

Podemos aplicar esta pregunta de “¿Quién es mi enemigo?” a nosotros personalmente. ¿Qué es lo que me conserva ignorante y pobre y en el fracaso? ¿Por qué no puede impresionarnos esta idea tan importante de que el Señor ha colocado ante nosotros toda bendición y oportunidad para esta vida y la eternidad? El reino celestial para nosotros y nuestros prójimos está a nuestro alcance.

No hay poder en el mundo suficientemente fuerte que nos impida obtener esas bendiciones sino nosotros mismos. “Solamente Antonio puede vencer a Antonio”.

Ni aun Satanás puede obligarnos a hacer lo malo contra nuestra voluntad.

Somos responsables de nuestros propios hechos. El pecador trae sobre sí su propia condenación. El perezoso pierde las bendiciones del trabajo que deja de efectuar. Si verdaderamente creyésemos lo que decimos que creemos, algunos de nosotros no haríamos lo que hacemos. Porque si perdemos las bendiciones del reino celestial, será únicamente porque nosotros mismos nos hemos “apartado de los senderos de la gloria” y deliberadamente arrojamos nuestras bendiciones por la ventana, pues no hay otro poder en el mundo que impida nuestra eterna exaltación y felicidad más que nosotros mismos.

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