¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

Liahona de abril 1960

¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

por el élder Sterling Welling Sill

Hallándose en Filipos, Pablo y Silas pasaron por una experiencia interesante mientras estaban en prisión. A la medianoche, mientras oraban y cantaban, vino de repente un gran terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel. Se abrieron todas las puertas de la prisión y las cadenas con que estaban atados los presos se soltaron. El carcelero, despertando de su sueño, sacó la espada para matarse, pensando que todos sus prisioneros habrían huido. Mas Pablo le aseguró que todos estaban allí. Entonces el carcelero fue y se derribó a los pies de Pablo y Silas y les preguntó: “Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?”

Pablo instruyó al carcelero sobre lo que había de hacer, y éste empezó su vida nueva bautizándose esa misma noche. Observemos que el carcelero primeramente sintió una necesidad. Solicitó la información a uno que en su concepto podía darle la respuesta. Entonces, todo lo que tuvo que hacer fue obedecer las instrucciones.

Nos parece que ésta es una fórmula o receta muy buena para resolver la mayor parte de los problemas. Concuerda con el consejo de Jesús, cuando declaró: “Pedid, y se os dará.” El carcelero deseaba   saber.   El conocimiento proviene de la explicación, discusión, lectura, reflexión. Un pensamiento pequeño expresado a nuestras mentes puede desencadenar una sucesión de reacciones. Entonces, el producto de nuestras mentes es la respuesta que podemos poner por obra.

Es posible obtener la respuesta a muchos problemas por medio de este sistema. Algunas veces quizá los hechos ya existen en nuestra mente, pero una expresión de alguna otra persona puede obrar como especie de catalizador que cristaliza nuestros pensamientos y los dispone en forma adecuada para nuestra maquinaria mental.

La pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, se compone de nueve palabras sencillas. Sin embargo, para el carcelero la respuesta probablemente representaba la salvación.

“¿Qué es menester que ya haga para ser salvo?”, es probablemente la pregunta más importante de todo el mundo.

Lo que podría considerarse como la segunda pregunta de mayor importancia es muy parecida. Esta se compone de diez palabras, y dice: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Para aquellos de nosotros que estamos ayudando a llevar a cabo la obra del Señor, la frase podría tornarse en: “¿Qué es menester que yo haga para salvar a otros?”

Los que son líderes en la Iglesia tienen la responsabilidad de ver que cada uno de aquellos que esté bajo su dirección salga aprobado para entrar en el reino celestial. Es la asignatura principal y más importante del mundo. Creemos y decimos que podemos ser salvadores en el monte de Sión; pero no es una tarea sencilla. Probablemente la única manera de poder ser un salvador es salvar a alguien. Eso es lo que Jesús designó como la cosa de mayor importancia, aun cuando para ello se necesite trabajar toda la vida.

Salvar a alguien es un procedimiento algo complicado; y sin embargo, tal vez no sea más complicado salvar a otros que a nosotros mismos. Muchas personas se esfuerzan toda la vida y no logran salvar sus propias almas.

Al contestar la pregunta del carcelero, Pablo indicó, como Jesús lo hizo antes de Él, que hay ciertas cosas bien definidas con las cuales es necesario cumplir a fin de lograr la exaltación eterna.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas.

Por otra parte, el éxito, igual que la exaltación, también depende de un conjunto bien preciso de requisitos.

Esta operación de salvarnos a nosotros mismos es conocida como la de la salvación; pero cuando se trata de salvar a otros, entonces se llama habilidad para dirigir. En estas dos operaciones están comprendidas las habilidades más importantes que se conocen.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas. Faltando cualquiera de las dos, la otra pierde mucho de su valor.

Tenemos autoridad. Ahora resta el gran problema de adquirir la habilidad. De manera que el asunto de mayor importancia llega a ser la habilidad para dirigir con éxito.

Se ha demostrado una vez tras otra que un soldado lucha con más brío, un agente de ventas puede vender mayor número de artículos y un misionero logra más conversos, si trabajan bajo la dirección de alguien que puede enseñar y capacitar y administrar y organizar y delegar e inspirar e impulsar. Esto constituye una descripción breve de la habilidad para dirigir.

Hace algún tiempo visité una estaca, uno de cuyos barrios había logrado que el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico recibieran sus certificados de logros personales. Esto podría considerarse como la mejor medida que disponemos para identificar a los que marchan de acuerdo con el horario que conduce al reino celestial. En otro barrio de esa estaca, con la misma clase de jóvenes, solamente un 10% alcanzaron sus logros.

La diferencia radicaba enteramente en sus directores. Si hiciéramos un cambio y pusiéramos los líderes que lograron el 87% en el barrio que solamente alcanzó el 10%, indudablemente veríamos el promedio del barrio de porcentaje menor subir hasta aproximadamente el 87%, que es la medida de la habilidad de sus directores; mientras que si ponemos en el barrio del porcentaje alto los directores que lograron solo el 10%, no pasaría mucho tiempo sin que bajara el promedio hasta 10%.

El carcelero preguntó: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”. Se han escrito o predicado muchos tomos de escrituras y miles de libros y sermones para ayudarnos a encontrar la respuesta. Si preguntásemos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”, obtendríamos una respuesta más o menos de la misma amplitud, aunque probablemente no tan clara para nuestro entendimiento. La mayor parte de los escritos y discusiones eclesiásticos tienen que ver con la doctrina, filosofía e historia de la Iglesia. En nuestra Iglesia no existe la misma abundancia de ideas, métodos y maneras de proceder que hablen de lo que podemos hacer para que la doctrina influya en la vida de la gente. En la habilidad para dirigir está comprendido todo el campo de aptitud administrativa, métodos de preparación, inculcación de ánimo, medios para mejorar las relaciones humanas, etc.

También abarca el poder del ejemplo y se esfuerza por utilizar todos los recursos de la personalidad, el espíritu, las facultades y los sentidos, a fin de realizar este objeto único: la exaltación eterna de la familia humana.

Sin embargo, pese a la definición que demos a la “habilidad para dirigir eficazmente”, claramente se destaca como la fuerza más grande del mundo. Empleándola, el hombre puede transformar el ánimo moral de una comunidad entera, si lo desea. Ser un director constituye mucho más que ser un hombre bueno. Saber dirigir quiere decir tener la habilidad para hacer que la bondad funcione en las vidas de otros.

El presidente de un quórum, un obispo o un presidente de estaca ha realizado una tarea   magnífica si cumple con los requisitos necesarios para entrar en el reino celestial; y sin embargo, nos es una realización tan grande como lograr que también otros  sean aptos para recibir la misma gloria. Aprender de memoria todas las doctrinas de la Iglesia y cumplirlas al pie de la letra nunca puede ser igual que la habilidad para hacer que estas doctrinas opere en la vida de otros.

Nuestra falta de habilidad para dirigir es el principal factor restringente en la Iglesia y en la vida. El asunto de mayor trascendencia en la vida es lograr el éxito. No hemos sido colocados aquí para derrochar nuestra vida en el fracaso. El fracaso es un pecado; no porque lo sea de sí mismo, sino por lo que simboliza. Si el carcelero no hubiera obedecido las instrucciones, habría sido una indicación de cierta debilidad en él. Pero cuando dejamos de hacer las cosas que son necesarias para salvar a otros, entonces es señal de debilidad en nosotros. Tenemos que vencer estas debilidades; es necesario convertirlas en nuestra fuerza. Todo fracaso es una tragedia. No debemos fracasar; no podemos permitirnos ese lujo. La vida eterna de otros depende de nuestro éxito. La exaltación por todas las eternidades es una idea grandísima. Por consiguiente, una de las preguntas más importantes del mundo es ésta que debemos hacernos a nosotros mismos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Pensemos en la multitud de cosas que dependen de que acertemos con las respuestas correctas.

La habilidad para dirigir es a la vez un arte y una ciencia, y probablemente ninguna persona domina lo uno o lo otro a la perfección.

Obtener ayuda en nuestra habilidad para dirigir viendo obrar a nuestros líderes mayores.

Nadie llega a aprender durante su vida todo lo que hay que saber acerca de la medicina.

Llegamos a entender aun mucho menos de la habilidad para dirigir por dos razones: Primero, la habilidad para dirigir, en todos sus aspectos, es mucho más extensa que cualquier otra ciencia; y segundo, desafortunadamente, por regla general no nos dedicamos con el mismo empeño a nuestra obra de aprender a dirigir. Sea como sea, distamos mucho de alcanzar los límites de nuestras posibilidades.

Fue el notable inventor Edison, según creo, quien dijo que nadie sabía sino un medio por ciento de cualquier cosa. Sin embargo, si nos desanimamos por causa de lo dilatado de nuestro campo, será una de las cosas más desastrosas que podemos hacer. Probablemente el mejor lugar para iniciar nuestra tarea será empezar, como el carcelero empezó, haciéndonos la pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?” Y si entonces, al grado que vayamos hallando respuestas, empezamos a obrar con la prontitud del carcelero y continuamos trabajando diligentemente el esto de nuestras vidas, indudablemente recibiremos el premio consiguiente al éxito.

Determinemos, pues, excavar cada semana en un pequeño rincón del campo de la habilidad para dirigir y procuremos hallar algunas respuestas que inmediatamente podamos llevar a la práctica. Así desarrollaremos gradualmente la destreza que viene con el éxito en la habilidad para dirigir. Podemos obtener ayuda de muchas fuentes, y nos beneficiamos mucho cuando leemos y meditamos. Una de estas fuentes es el estudio de los grandes directores.

Las Escrituras hablan acerca de algunos de ellos; otros obran contemporáneamente con nosotros en la Iglesia; en otros campos hay muchos otros hombres que se destacan como directores. No obstante, los principios básicos del éxito en la habilidad para dirigir son muy parecidos, no importa donde los encontremos, y nosotros podemos seleccionarlos, adaptarlos y emplearlos en la obra del Señor.

La siguiente idea podrá ayudarnos. Ha llegado a nosotros una tradición de la Grecia antigua acerca de un gran pintor llamado Apeles. Vivió en el cuarto siglo antes de Cristo y pintó un retrato que lleva por título La Diosa de la Belleza, el cual dejó encantado al mundo. Por muchos años viajó extensamente por muchos países, observando los rasgos más bellos de las mujeres más hermosas. Entonces pintó las cualidades más atractivas que halló en cada una: un ojo de aquí, una frente de allí. Acá pintó una gracia particular, y allá, cierto rasgo de belleza. El resultado, en conjunto, fue su gran obra maestra, el retrato de una mujer perfecta, cuya belleza dejo admirado al mundo.

Todo director destacado es también un “conjunto de cualidades”. Toda persona es “muchos en una”. Se ha dicho que si se restara de cada uno de nosotros lo que propiamente pertenece a otra persona, no quedaría mucho de nosotros. Pero únicamente por este procedimiento de extraer lo mejor de aquellos con quienes nos asociamos, puede la personalidad individual elevarse al máximo grado, en lo que concierne a su habilidad para dirigir.

Cada persona y cada cosa tiene algo que nos puede enseñar. Podemos adoptar y adaptar todo lo que sea menor y digno de consideración. Examinando estas ideas, puede grabarse en lo interior de nuestro propio cerebro y aumentar nuestra habilidad para dirigir, como sucede con nuestro conocimiento del evangelio: línea por línea, y precepto por precepto. Entonces conoceremos esto que llamamos crecimiento, el mayor de todos los fenómenos naturales.

Probablemente la forma más práctica de mejorar nuestras cualidades como directores es estar conscientes de nuestras necesidades. Esa sensación, de por sí, nos ayudará a discernir las buenas cosas que hay en otros, a lograr el mayor beneficio de lo que leemos, oímos y pensamos. Si estudiamos continuamente el problema entero, seremos orientados para descubrir las habilidades necesarias. La inspiración y bendición del Señor santificará y enriquecerá la obra completa, y ganaremos nueva fuerza y ambición para ésta, la mayor de todas las empresas, la habilidad para dirigir en la obra del Señor.

Estas habilidades nos ayudarán a contestar las dos preguntas más grandes de nuestra vida: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, y “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

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