¿Puedes oír el silbido?

Liahona febrero 1961

¿Puedes oír el silbido?

por el élder Sterling Welling Sill

Mucho es lo que se ha dicho y, escrito acerca de la habilidad para dirigir, y la manera en que puede lograrse. A fin de hacer un estudio más convenientemente, diremos que la habilidad para dirigir se divide en secciones; primero, para que podamos entender mejor lo que es, y en segundo lugar, reducirla a su denominador más sencillo con objeto de que con mayor facilidad podamos dominarla y reproducirla en nuestras propias vidas.

Algunas de las divisiones importantes de la habilidad para dirigir tienen que ver con “elección,” “preparación” y “disciplina.” Las casas de negocios más importantes del mundo están gastando anualmente millones de dólares en pruebas de aptitud, entrevistas personales y otras maneras de seleccionar a la persona hábil para el trabajo más conveniente. Después de la “selección” viene la “preparación.” El hombre que ha recibido preparación siempre es más eficaz que el que no la tiene. Cuando descuidamos la preparación para dirigir, desperdiciamos nuestros recursos más importantes; pero cuando intervienen una selección cuidadosa y una preparación eficaz, es mucho más fácil efectuar los grandes resultados. Necesitamos las mejores ideas y el estímulo más incitante para ayudarnos en estos pasos importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir.

Se ha relatado con mucha frecuencia una historia sumamente interesante y benéfica concerniente al sistema que se emplea en la selección y preparación de los mejores caballos árabes. Son los caballos destinados a emplearse en servicios importantes. Por supuesto, el animal debe tener inteligencia y resistencia; pero también debe tener la habilidad para aceptar una disciplina rígida. Debe haber obediencia absoluta a las órdenes del amo. Desde que empieza su preparación, le es inculcado al caballo la importancia de responder inmediatamente al silbido del amo. Para poner a prueba la disciplina del caballo y su fuerza para dominarse, se le hace pasar por una serie de ensayos severos, uno de los cuales tiene por objeto determinar cómo reacciona en un lance crítico. Se le priva de agua por algunos por algunos días. Entonces cuando por fin se abre la puerta del corral, el caballo echa a correr hacia el depósito cercano de agua fresca para  apagar la sed que se ha visto obligado a aguantar. Pero cuando el animal está a punto de llegar al agua, se oye el silbido del amo. Se dice que cuando los caballos tienen mucha sed, algunos de ellos no prestan atención al silbido; otros rápidamente calman su sed y entonces obedecen el silbido. Hay otros, sin embargo, que pese a las circunstancias, en cuanto oyen el silbido, inmediatamente dan la vuelta y van al amo. Estos son los que se gradúan con honores y son aceptados para los servicios más importantes. Los demás son eliminados y se les deja para trabajos menos exigentes.

La vida tiene algunos exámenes algo parecidos, en lo que respecta a la habilidad para dirigir. Nosotros, somos candidatos al servicio del Maestro, constantemente estamos pasando por estas pruebas. La manera en que podemos vencerlas determina nuestro nombramiento. Todos los días nos vemos obligados a escoger, y por lo que escogemos fijamos nuestro propio valor y determinamos nuestro propio futuro.

Viene a nuestros pensamientos una de estas pruebas que Jesús pasó. Inició su ministerio con el bautismo que le administró Juan. Inmediatamente después fue conducido por el espíritu al desierto donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, preparándose para su lucha con Satanás y las grandes pruebas de la tentación. (Mateo 4:1) Habiendo llegado al punto de su mayor debilidad y hambre física, Satanás le ofreció, alimentos, gloria y poder. Jesús soportó todas estas pruebas sin flaquear, así como pasó toda otra prueba sin vacilar. Fue una de las señales de su grandeza, y comprobó su derecho de ser llamado el Maestro. Fue maestro sobre la tentación; maestro de las circunstancias, y más que todo, maestro de sí mismo.

Como contraste, pensemos en algunos otros que en circunstancias mucho menos críticas no vencen la prueba y consiguientemente son rechazados como desecho, como materia de segunda clase.

Por ejemplo, conozco un misionero que al volver de su misión logró mucho éxito como agente de ventas y al fin ganó la posición de socio menor, en una compañía grande. Había soportado muchas pruebas con éxito, pero llegó una de mucha importancia, que no pudo dominar. Al ver, según le parecía, que su éxito iba aumentando, empezó a olvidarse de los ideales que se le habían enseñado: comenzó a fumar, a beber un poco y hacer algunas otras cosas que no correspondían con sus normas de lo que era bueno y lo que era malo. No prestó atención al silbido de su conciencia ni a la vocecita apacible del espíritu. Cuando su conducta llegó a oídos de los jefes de la empresa que tenían que ver con su ascenso, fue rechazado como candidato a una alta posición administrativa y cambiado a una posición de menor responsabilidad. Más tarde se preguntó a uno de los oficiales de la compañía acerca del asunto. Contesto que su negociación jamás colocaría a un miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días en un puesto de responsabilidad, si no era fiel a sus ideales y enseñanzas.

Este hombre no era miembro de la Iglesia, y él mismo fumaba y bebía un poco. Para él no era asunto de religión; era asunto de fuerza de carácter y buenos métodos comerciales.

Los hombres que tienen grandes responsabilidades no pueden dar cabida a muchas debilidades en su carácter Nuestros hechos no solamente son importantes en sí mismos; también son de importancia por lo que representan. El hecho de que este joven abandonó sus normas por cosas triviales era señal de que había un defecto muy grave en su carácter. Esta debilidad o imperfección es seña patente a todos -sea un caballo árabe, un una organización comercial o un miembro de la Iglesia- de que no sirve sino para una responsabilidad menor.

Sino se puede depender del caballo en toda circunstancia, es mejor darse cuenta de ello antes que falle en alguna responsabilidad importante. Lo mismo se puede decir de cualquier hombre. ¡Cuán importante es que fijemos nuestra atención completa en la edificación de nuestras fuerzas y la eliminación de nuestras debilidades, antes que éstas nos pongan fuera de la carreras!

No parece sino natural que el caballo árabe sienta el deseo de calmar su sed ardiente antes de cumplir con su deber. También es fácil imaginar que nosotros podemos hallarnos tan absortos en nuestros propios intereses o placeres, que no oímos el llamado del deber o la voz de la rectitud. Sin embargo, si la vocecita apacible del espíritu no llega hasta nuestros oídos, es obvio que hay algún defecto en nosotros, en lo que concierne al servicio más importante. Porque al abrirse la puerta del corral, por decirlo así, nadie podrá determinar con certeza lo que haremos, salvo que probablemente buscaremos nuestra propia satisfacción, en nuestra propia manera, ante todas las cosas.

La debilidad de este joven ex-misionero lo incapacitó para un servicio importante y el honor y la oportunidad consiguientes. Es difícil en extremo no ser un “desecho” en las demás cosas. Este joven tenía buenas capacidades, pero no podía confiarse de él cuando se manifestó la influencia de sus propios intereses. En lo que concernía a la negociación, no podía contarse con él para que fuera leal. Tal fue la opinión de estos importantes hombres de negocios. Por otra parte; ¿cuál nos parece que será la opinión del Señor?

¿Qué habría pensado de su propio Hijo, si no hubiera sido fiel a las enseñanzas de su Padre en toda circunstancia?

Todos sabernos lo que hizo Judas cuando se le presentó la – oportunidad de ganar treinta piezas de plata. Ahogó los gritos de su conciencia mientras trataba de calmar su sed avarienta en el oro.

Los caballos árabes no tienen más que el silbido de su amo para guiarlos. Deben tener confianza en lo que no pueden entender. Pero nosotros tenemos el evangelio, y nuestro entendimiento, y nuestra razón.  Tenemos  un  admirable  policía  personal  conocido  como nuestra conciencia. Tenemos esa vocecita apacible del espíritu que nos orienta continuamente. El que escucha fielmente su conciencia nunca cometerá muchos errores, por lo menos, sin saber lo que está haciendo. Sólo cuando no escuchamos, o no queremos obedecer, es cuando tropezamos con serias dificultades. Nuestro problema consiste en preparar nuestro corazón, nuestra actitud y nuestros oídos a fin de que siempre podamos oír el silbido y obedecerlo en seguida.

Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz.” La rectitud tiene un son familiar para aquellos que siguen al Maestro. Sin embargo, si uno continuamente desobedece su conciencia, no tardará en llegar el tiempo en que ésta ya no podrá guiarlo. Sólo en la obediencia continua estriba la seguridad.

Un pastor tenía una hija, la cual en su niñez solía acompañar a su padre al campo para cuidar las ovejas. Una de las cosas que más le impresionaba era oír  a su padre llamar a las ovejas cuando se hallaban esparcidas. Su voz resonaba con toda claridad en el llano, y las ovejas parecían entender que era para su beneficio y que siempre debían obedecer. No cabe duda que hubo ocasiones en que algunas de ellas no habían terminado de pastar, o por alguna razón no estaban listas para volver cuando oían el llamado. Sin embargo, obedecían a pesar de todo. Bien, supongamos que una de las ovejas determinara no hacer caso, sino más bien pasar la noche en el llano, fuera del redil. En poco tiempo su imprudencia la haría víctima de los lobos o ladrones.

La propia hija del pastor, cuando hubo crecido, abandonó el abrigo y seguridad de su propio hogar y se fue a vivir sola en una ciudad grande. Como todas las demás jóvenes, se sentía perfectamente capaz de cuidarse a sí misma; pero no había pasado mucho tiempo cuando empezó a seguir la manera de vivir de las ciudades grandes y a enredarse con sus pecados. Empezaron a cundir los rumores desagradables, y dentro de poco llegaron hasta su casa. El padre, obedeciendo su instinto de pastor, fue a la ciudad a buscar a su hija, Recorrió la ciudad llamando como hacía con sus ovejas, y por último llegó a oídos de ella. Cuando la joven oyó el llamado, entendió su significado y se dio cuenta de su propio peligro. Encontró a su padre y volvió en sí.

Una de las cosas que más inquietaba a Jesús era aquellos que tenían oídos, pero no podían o no querían escuchar. Es la cosa más fácil hacernos sordos con las cosas que no queremos escuchar. Mientras seamos fieles, la vocecita apacible continuamente nos hablará; Pero si seguimos menospreciando su voz y pasando por alto sus consejos, llega a ser más indistinta y difícil de oír hasta que por fin quedamos solos.

No es menester que seamos bendecidos con grandes facultades mentales para sobrepujar en nuestra obra. No es necesario salir triunfantes en concursos de popularidad; pero sí debemos oír el silbido. Debemos ser fieles a los instintos que Dios nuestro Padre ha dispuesto para nuestro beneficio y orientación. De esta manera se multiplica muchas veces la posibilidad del éxito, porque entonces, si nos encaminamos hacia alguna acción mala, la conciencia nos silba. Si somos inteligentes en nuestros deberes, el silbido es nuestro recuerdo constante. Job, lo oyó y fue el Maestro. Dijo así “aunque me mataré, en él esperaré.”

Hay algunos hombres y mujeres, cuya recepción oral está sintonizada tan delicadamente, que el susurro más quedo de su conciencia. La obediencia es todavía mejor que el sacrificio. Somos nosotros los que principalmente nos seleccionamos a nosotros mismos para ocupar puestos de importancia ante el Maestro, disciplinándonos a nosotros mismos. Sólo cuando tenemos esa percepción espiritual  interna es cuando estamos verdaderamente listos para progresar. No basta con que oigamos el silbido sólo cuando nos convenga, antes también debemos oírlo y obedecerlo aun cuando estemos a punto de realizar alguna importante satisfacción personal que sea preciso abandonar. Entonces si somos nobles, sin dilación abandonaremos los gustos que deseamos satisfacer y volveremos al Maestro.

¡Que satisfacción tan maravillosa debe ser para el gran Pastor de todos nosotros, saber que somos obedientes, que somos confiables, que haremos lo recto pese a las consecuencias o incitaciones al otro lado del camino! Cuando necesitemos alguna inspiración para reafirmar nuestra determinación, recordemos a Jesús en la hora de su mayor hambre y sed, frente al propio Satanás, negándose a disponer de alimentos después de su largo ayuno de cuarenta días y cuarenta noches. También rechazó las cosas que la mayor parte de los hombres buscan todas sus vidas. En su necesidad mayor pudo ser más fuerte que las tentaciones más potentes del adversario. Después que hubo resistido a Satanás, descendieron ángeles y lo sirvieron. He ahí, el modelo. Como fue con El, puede ser con nosotros.

Por tanto, debemos ocasionalmente ponernos a examinar nuestros oídos para ver si con bastante claridad podemos escuchar el silbido.

 

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