Preparación

Liahona enero 1959

Preparación

por el élder Sterling Welling Sill

Una de las palabras más hermosas, notables, útiles y eficaces en nuestro idioma es preparación. El hábito de estar apercibido ha logrado más éxito, ha sido la causa de más felicidad, ha realizado el mayor bien y salvado más almas que cualquier otra cosa particular. Los obreros más productivos, los amigos más afables, los ciudadanos más útiles y los mejores líderes de la Iglesia son aquellos que siempre están completamente preparados.

Casi toda la vida se compone de preparación. El grado de preparación determina el éxito. Nos preparamos para la escuela; nos preparamos para el matrimonio; para nuestra carrera; para la vida misma; para la muerte. Alguien ha dicho: “El futuro es de aquel que se prepara para lograrlo.”

Esto no se aplica únicamente a lo futuro sino también a lo presente. También se aplica a nuestra exaltación eterna en el Reino Celestial.

La palabra que probablemente representa la tragedia más grande de nuestra vida es el vocablo desprevenido. Es una palabra trágica porque indica que el fracaso pudo haberse evitado. Tratemos de imaginar la vergüenza y chasco innecesarios de las cinco vírgenes insensatas que se hallaron sin aceite para sus lámparas. Su insensatez fue su descuido.

Todos los días vemos la tragedia de jóvenes cuyas mentes no están preparadas, cuyos espíritus carecen de instrucción. Los beneficios están disponibles, pero ellos no reciben el don.

Recientemente asistí a una importante reunión de la Iglesia, a la cual habían sido invitados cien directores. En primer lugar, los que estaban encargados de la reunión llegaron tarde. La sala en donde se iba a verificar la reunión se hallaba en completo desorden, lo que indicaba que no se había manifestado ningún interés de antemano. No se habían arreglado las sillas, la sala no estaba ventilada, no había flores, ni himnarios o alguna otra evidencia de que los encargados hubiesen pensado siquiera en esta importante ocasión. La propia reunión no estaba organizada y, consiguientemente, no logró su propósito. Y los que estaban dirigiendo la reunión se hallaban en tan grande estado de confusión como la sala.

La falta de preparación es significante por varias razones. Es usualmente la causa del fracaso; pero es más importante aún por lo que manifiesta en cuanto a la gente. Demuestra apatía, negligencia en forma palpable y presenta un cuadro mental de falta de voluntad por parte de aquellos a quienes incumbe asumir su propia responsabilidad. Salomón dijo que donde no hay visión, la gente perece. Es muy cierto.

Si no podemos ver las cosas pequeñas que están ante nuestros ojos, ¿cómo podemos esperar ver las grandes cosas que se hallan en el futuro distante?

Cuando Jesús apareció sobre el continente americano, después de su resurrección, la gente no estaba preparada para recibirlo. Por muchos años los profetas les habían dicho y hablado de su venida para redimir al mundo. Sería uno de los acontecimientos más grandes que ocurrirían, y no acontecería sino una vez en la historia del mundo. Sin embargo, cuando Jesús vino, la gente no estaba lista. Estaban incapacitados aún para aprender. Jesús les dijo:

Veo que sois débiles, que no podéis comprender todas mis palabras que el Padre me ha mandado que os hable en esta ocasión.”

“Por tanto, id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho, y  pedid   al   Padre   en   mi   nombre   que   podáis   entender; y preparad vuestras mentes para mañana, y vendré a vosotros otra vez.” (3 Nefi 17:2-3)

No era suficiente que Jesús hubiese dado su vida por ellos. Ahora tenía que esperar hasta que preparasen sus mentes para entender su mensaje. En los días de Noé, la gente estaba desprevenida; tampoco estaban preparados en Jerusalén; lo mismo sucedió en el continente occidental. Y nosotros todavía estamos desprevenidos cuando vuelva otra vez en gloria en las nubes del cielo.

La preparación es la parte más importante de nuestras vidas. Es la enseñanza principal del Señor. Jesús mismo vivió en la tierra únicamente treinta y tres años, treinta de los cuales pasó preparándose.

“Id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho…”

Si buscamos la proporción, hallamos que es más del noventa por ciento. Abundan en las Escrituras amonestaciones tales como: “Preparad el camino del Señor”, “Preparaos para lo que está por venir”, “Preparad a mi pueblo para ese gran día”, “Preparad vuestros corazones”. La necesidad apremiante de nuestras vidas es una preparación adecuada.

El diccionario dice que preparación significa “Acción y efecto de prepararse”, es decir, “disponer y ordenar una cosa para que surta el efecto deseado… disponerse para ejecutar una cosa”.

Esto se aplica a nuestros pensamientos, nuestras mentes y nuestras vidas. Necesitamos llevarlo a la práctica todos los días y en las cosas diarias.

Se nos concede toda una vida para que dispongamos nuestras vidas de acuerdo con una fórmula divina, y sin embargo, aun cuando tiene toda una vida para prepararse, la mayor parte de la gente no está dispuesta cuando llega el momento. La gran mayoría de todos los que han vivido o que vivirán sobre la tierra se presentarán ante Dios en el día del juicio, desprevenidos para entrar en el reino celestial.

¡Qué mejoría tan maravillosa podemos efectuar en nuestras vidas si adquirimos no solamente la “habilidad” sino también el “hábito” de estar preparados, de siempre tener las cosas bien organizadas y arregladas de antemano¡.

Napoleón decía que la Providencia estaba del lado del ejército que tenía los batallones más fuertes. Reconocía la tremenda ventaja militar de que disponían aquellos que estaban adiestrados y organizados y enteramente preparados de antemano. Ciertamente el Señor está del lado de aquellos que se hallan preparados, aquellos que se han adiestrados para ser valientes, industrioso y fieles. Son los que llevan determinada la mente y resuelto el corazón. El Señor está con aquellos que se han preparado a sí mismos física, mental, emocional y espiritualmente. Los premios más valiosos de la vida son para aquellos que están preparados.

En una ocasión le preguntaron a Walter Hagen, uno de los más destacados de todos los campeones de golf, cuál era el secreto del éxito. Contestó que casi desde el principio de su carrera descubrió que no podía superar a sus competidores en el juego, a menos que los superara en los ensayos. Venció en muchos campeonatos porque ensayaba hora tras hora. Solía practicar cada golpe hasta que lo perfeccionaba. Así, cuando tenía que disputar el campeonato, estaba preparado.

Vamos a suponer que seguimos ese curso en nuestra obra en la Iglesia y en nuestras vidas generalmente. ¿Hay mejor manera de desarrollar la habilidad para dirigir que por medio de la preparación, el estudio constante y la práctica intensa? Si le fue benéfico a Walter Hagen, tratándose de la preparación para la competencia en el golf, ciertamente nos será benéfico a nosotros al tratarse de la preparación para el reino celestial.

Otro campeón destacado dijo una vez que la razón principal de su éxito podía atribuirse al hábito “de estar siempre preparado”, más bien que al resto de sus habilidades, y justamente ése es el objeto que se persigue. Ciertamente la preparación es nuestra oportunidad más admirable. Sin embargo, cuán pocas veces verdaderamente la aprovechamos. ¡Cuán raro es hallar a un hombre o mujer joven que esté dispuesto a prepararse verdaderamente para la misión de su vida! ¡Un poco de educación es todo lo que buscan la mayor parte de los jóvenes, un conocimiento superficial de los libros! Por regla general así sucede con aquellos que obran con las almas humanas en “los negocios de nuestro Padre”. La mayor parte, estamos sin preparación.

Una de las más extrañas de todas las paradojas es que casi todos desean mejorar sus circunstancias, pero casi nadie quiere mejorarse a sí mismo. Y sin embargo, nuestra preparación personal es la llave de todo éxito, de la felicidad y la forma en que multiplicamos nuestras habilidades; es la manera de agradar a Dios. Solamente por medio de la preparación eficaz podemos hacer o utilizar cabalmente todos nuestros talentos dados por Dios. Si acaso carecemos de una cosa, no es la habilidad, sino la pulidez en cuanto a nuestra preparación.

Cuando no nos preparamos para lograr el éxito, automáticamente estamos preparándonos para fracasar. Cuando cesamos de progresar, empezamos a resbalarnos en dirección contraria.

Una vez se le preguntó a un destacado almirante si estaba preparado para la derrota. Contestó: “Por supuesto que no. Estoy preparado para el triunfo.”

Cuando no nos preparamos para la victoria, automáticamente nos estamos preparando para la derrota. La victoria resulta de la previsión; la derrota de la imprevisión.

El Señor te necesita para un servicio importante en la Iglesia. Pero “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? (Doctrinas y Convenios 121:34) Porque sus pensamientos han estado en otras cosas y no se hallan preparados.

Si no están preparados, ¿cuál es la razón? Y ¿qué vamos a hacer para remediarlo? No queda mucho tiempo. Abraham Lincoln dijo: “Me prepararé hoy y me aventuraré cuando llegue la oportunidad”. Lincoln empezó a formar su carácter desde su niñez, aun así, difícilmente se hallaba listo cuando se presentó la necesidad.

Vamos a suponer que el Señor viniera hoy. ¿Cuánto aceite tenemos en nuestras lámparas? ¿Estaremos en mejor posición en un año?

¿En diez años? Cada uno de nosotros se está preparando para algo.

¿Será para el fracaso o el éxito? ¿Y hasta qué grado?

Se dieron todos los principios del evangelio a fin de prepararnos para el reino celestial. No se dio ningún principio del evangelio para alistarnos para los reinos más bajos. Recibimos los reinos menores por causa de la imprevisión. Los que heredan los reinos menores son aquellos que no están preparados para el más alto. Todo éxito viene por motivo de la previsión; el fracaso, por la imprevisión.

Nos da algo que pensar el hecho de que la gran mayoría de los hijos de nuestro Padre Celestial irán a uno de los reinos menores donde no era ni su intención ni su deseo ir, sencillamente porque no estaban preparados para el lugar mejor. La realización espiritual no depende principalmente del número de células que tiene nuestro cerebro, ni de lo que heredamos de nuestros antepasados, ni de nuestro ambiente, sino más bien, de nuestra preparación.

El éxito en la vida es de tan tremenda importancia, que nadie debe tratar de sostenerlo solamente con la punta de los dedos. Necesitamos asirlo firmemente. Nos estamos preparando para la carrera más alta posible. Necesitamos pensar y hacer planes de antemano, a fin de que estemos listos cuando llegue el tiempo.

Trataremos el tema de la preparación con algunas divisiones:

1.- La preparación física: En cualquier empresa, tal como una reunión de la Iglesia, etc., pensemos en lo mucho que se puede agregar por medio de la preparación. Se puede hacer un ambiente atractivo, la propia casa de oración puede limpiarse, asearse y ponerse en orden; las sillas, himnarios, etc., pueden estar en su debido lugar. Flores y otras muestras de atención elevarán el espíritu y ayudarán a convertir cada reunión en una ocasión inolvidable. La casa del Señor es una casa de orden, pero no sólo debe estar en orden su casa, sino también nuestras vidas y debemos emplear el esfuerzo que sea necesario para efectuar ese orden.

2.- La preparación mental: Casi todas las satisfacciones de la vida vienen o derivan de la manera en que nosotros mismos pensamos. Hemos oído hablar de una mente negativa; de una mente malhumorada; de una mente depravada; de una mente condenada. Todas son el resultado de cierta clase de preparación. Si algún día queremos tener una mente celestial, debemos practicar la piedad. Para esto se necesita preparación.

Conozco una excepcional maestra de la Escuela Dominical que nunca presenta su lección sin pasar un promedio de ocho horas preparándose. ¡Qué experiencia tan emocionante han de sentir sus alumnos! Hay otros que dedican muy poco tiempo, y por regla general, lo que efectúan va en igual proporción. Al paso que los maestros y oradores leen, piensan, organizan y oran, se puede causar que las ideas se revistan de nueva belleza, madurez e importancia. Jesús dijo a la gente de este continente que fueran a sus casas y “prepararán sus mentes”. Si no estaban preparados ni aun para entender, ciertamente no estaban preparados para enseñar o predicar. No es justo tomar el tiempo de una congregación cuando uno no tiene nada o muy poco para darles.

3.- La preparación emocional: Todos saben cuán importante es que el músico afine su piano antes de presentar un concierto. Nos preocupamos porque el motor del automóvil funcione debidamente antes de emprender un viaje largo. También es importante que el espíritu humano esté afinado y que la mente funcione debidamente. Podemos adquirir el espíritu del evangelio mediante la preparación.

Conozco a un presidente de rama que va a la Iglesia los domingos en la mañana una hora antes que llegue cualquier otro. La belleza de la casa de oración provee un ambiente eficaz para meditar, reflexionar y acondicionar las emociones. Jesús dijo: “Preparad vuestras mentes”. También necesitamos “preparar nuestros corazones” y nuestros sentimientos.

Una de las bases esenciales de la organización de los exploradores (Boy Scouts) es “estar preparados”. El Señor también quiere que nosotros estemos preparados. Dudo que existan palabras más importantes en todo el idioma.

Debemos grabar estas palabras en nuestras mentes y ver que las pongamos en práctica todos los días de nuestras vidas. El Señor probablemente   se   complacerá   con   lo   que   hagamos   en   el “campeonato” si, igual que el campeón de golf, nos esforzamos con toda el alma durante la “preparación”.

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