Lo que nos llevamos puesto

Liahona  septiembre 1961

Lo que nos llevamos puesto

por el élder Sterling Welling Sill

Hay mucha gente, especialmente las mujeres, que sufre muchas angustias porque se ve recortada en el asunto de la ropa. Nos desagrada en forma particular presentarnos en público sin estar lo que nosotros consideramos vestidos correctamente. La expresión: “No tengo qué ponerme”, usualmente encierra muchas penas e infelicidad, La ropa no hace al hombre, o como dice el refrán, “el hábito no hace al monje”; pero sí constituye el noventa y cinco por ciento de lo que otras personas ven. Nos da pena cuando no estamos tan bien vestidos como aquellos con quienes nos asociamos. No queremos descollar entre el grupo por motivo de nuestra ropa andrajosa y lo que ello indica.

En los antiguos tiempos bíblicos, cuando se quería humillar a una persona, se le vestía de cilicio y se le cubría de ceniza. Si querían honrarlo, era lavado y entonces vestido, con ropa lujosa, a lo cual se agregaba algún adorno personal, como un collar de oro, para mejorar su apariencia. Jesús se refirió a “un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino.” La ropa fina siempre ha sido señal de honra y distinción. Son pocas las cosas que nos “tonifican” más que estar limpios y atractivamente vestidos.

¿Puede haber cosa más estimulante que la esperanza de vivir en la presencia de Dios con nuestros cuerpos, nuestras mentes y personalidades   revestidos   de   gloria   celestial?   ¿Quién   puede entender la pérdida de aquellos que deben conformarse con algo menos fino, algo menos hermoso, algo que comparado a la gloria celestial es como el centelleo de una pequeña estrella al lado del fulgor del sol al mediodía? Algunas veces me pongo a pensar si algunos de los que derrochan sus posibilidades no se sentirán como esas personas pobremente vestidas, siempre quejándose de que “no tengo qué ponerme”. Hoy es el tiempo en que debemos resolver lo “bien vestido” que queramos estar en la eternidad. Pero allá, aun más que aquí, el adorno más agradable quizá no sea el que uno lleve puesto sobre la espalda. Hay más probabilidad de que se encuentre en nuestros pensamientos y corazones, desde donde se reflejará en nuestros rostros.

Un espíritu resplandeciente brilla a través de los ojos, que se conocen como las “ventanas del alma”. Nuestros ojos también son los medios por los cuales la gente mira dentro de nuestro corazón. Nuestras expresiones faciales con frecuencia revelan lo que somos. De manera que la medida más eficaz de nuestra valla posiblemente sea la ropa con que vestiremos el espíritu inmortal. Nuestros pensamientos influyen en nuestro aspecto aun en el estado carnal; pero lo que seremos en la eternidad constituirá un elemento importante de nuestro embellecimiento. El espíritu inmortal es el arquitecto que se vestirá con un cuerpo resucitado que corresponda con la belleza y cualidad del espíritu. Las Escrituras dicen de Daniel que “había en él un espíritu superior.” Esa es la clase de espíritu que debemos tratar de desarrollar, porque es lo que vestirá al cuerpo y al carácter en forma correspondiente.

Se dice que al Presidente de cierto país una vez se solicitó que empleara a cierto hombre en el gobierno. El Presidente recibió al solicitante, pero no le dio el puesto y explicó su determinación, diciendo: “No me gusta su cara.” Alguien se opuso, diciendo que la cara de una persona no era motivo para rechazarlo. Sin embargo, el Presidente opinó lo contrario, pues tenía mucha confianza en su habilidad para leer el carácter de la gente manifestado en su semblante.

Hace algún tiempo apareció en la prensa un artículo sobre el artista Norman  Rockwell  y  la  forma  en  que  infundía  tanta  vida  en  sus pinturas de la gente común. El artista comentó: “Lo que uno es por dentro se manifiesta en su cara. Los ojos, tarde o temprano, se convierten en los espejos del alma.” El Sr. Rockwell atribuía parte de su éxito como artista a las personas que le servían de modelo. Es decir, escogía a personas que habían sabido vivir y que poseían las determinadas cualidades interiores que él deseaba realzar en sus pinturas. Sobre esto comentó: “No me causa mucha satisfacción pintar a personas que han perdido su fe. Podría esbozar sus caras, pero les faltaría ese fulgor interior que proporciona el carácter.”

Alzó una revista, y como ejemplo indicó la cara de un adolescente que había cometido un crimen nefasto. “Mire esta cara” -dijo. Entonces refirió la historia de un joven digno que había servido como el modelo para Cristo en el famoso cuadro “‘La Ultima Cena de Leonardo de Vinci. Este mismo joven, después de haber corrompido su manera de vivir, más tarde fue el modelo para el retrato de judas. La decadencia se manifestaba palpablemente. El Sr. Rockwell se refirió de nuevo al grabado en la revista y dijo: “¿Quién puede decir si la misma cosa le aconteció a este adolescente? Ciertamente es poca la santidad que se ve en su cara.”

Ningún ser mortal ha visto su propio espíritu. ¿Hemos pensado alguna vez como lo estarán afectando nuestros hechos? Causa un poco de sobresalto recordar el papel tan importante que nuestra cara desempeña en nuestras vidas. Más debería sobresaltarnos reflexionar que llevaremos puestas nuestras caras para siempre, y que Dios y los amigos de nuestra inmortalidad serán más diestros que el Presidente al que nos referirnos, en leer lo que se manifiesta en el rostro. Es interesante recordar que en la actualidad nos estamos vistiendo para la vida eterna. Lo que pensamos, lo que hacemos, y las emociones que impulsan muestro corazón son los arquitectos que están labrando la forma y aspectos que llevaremos puestos para siempre.

¿En alguna ocasión hemos visto la cara de alguien que se hallaba poseído por la dominante locura de una espantosa ira, odio o un propósito impío? Quizá nos llenen de miedo ver cómo estaban desfiguradas las facciones del rostro. La cara que ordinariamente puede  ser  agradable  a  la  vista  puede  transformarse  en  algo horrendo y grotesco en un segundo. Cuando ha pasado el arrebato de impiedad, las facciones de nuevo pueden asumir aproximadamente su apariencia anterior, aunque es dudoso que vuelvan a ser las mismas. Cuando una pasión las distiende a tal grado, tal vez nunca vuelvan a su propia forma. Cada desfiguración puede contribuir permanentemente a la deformidad. ¿Qué sería llevar para siempre una cara que asumiera un aspecto permanente en el momento de su mayor contorsión? ¿Nos es más placentero saber que al grado que cierta pasión o pensamiento va dominando nuestra vida, ésta tiende a tomar la forma permanente que le da el pensamiento? Satanás se convirtió en Satanás por sus propios hechos y pensamientos. El pecado no solamente degrada el espíritu, sino también desfigura el cuerpo. Ciertamente no esperaríamos ver la misma belleza en la cara endemoniada del diablo, que esperaríamos ver reflejada en la faz de Dios.

Nuestro Padre Celestial quiere que todos sus hijos sean hermosos, y para tal fin ha dispuesto el salón de belleza más eficaz que uno puede imaginar. Su programa para nuestra exaltación se compone de ciertos métodos de fe, obras y piedad que pueden comunicarle el brillo de la divinidad al espíritu humano. Lo que es el espíritu brillará finalmente a través del rostro con letras luminosas que todos podrán leer. Se dice que Sócrates era feo físicamente, pero solía orar: “Oh Dios, dame belleza por dentro.” Todos conocemos a personas sin atractivo que han llegado a descollar por una belleza que proviene de una espiritualidad llena de vida. El espíritu de santidad comunica la belleza al cuerpo más común. Las grandes cualidades espirituales infunden la gracia y la desenvoltura en la personalidad de uno. Las cualidades de una habilidad destacada para dirigir son cualidades de santidad. Todo gran hombre manifiesta su grandeza en su persona, El Señor quiere que desarrollemos estas características hasta el punto máximo.

La amistad es santidad. Pensemos en lo que sucede dentro de nuestro corazón cuando una hermosa sonrisa y todo lo que representa se extienden por toda la cara y brilla a través de los ojos de la persona que amamos. ¿Podemos imaginar adorno más bello que una personalidad radiante y santa? Tratemos de imaginar esta cualidad en su condición celestial.  Habiendo sobrepujado la belleza, la llamamos gloria. Es tan grande la gloria de Dios, que ningún hombre natural puede aguantar su presencia. (Doctrina y Convenios 67:11-13) Sin embargo, podemos llegar a tener una gloria como la de Él. Aquí podemos débilmente tratar de entender una personalidad glorificada con sus sentidos vivificados, facultades ampliadas de percepción y una capacidad vastamente mayor para la felicidad, el amor y el entendimiento.

El evangelio no es solamente algo con lo cual deben conformar muestras vidas; es también algo que puede llevarse puesto. Cuando Salomón oraba, durante la dedicación de su magnífico templo, dijo: “Oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad.” En nuestra propia época el Señor ha dicho: “Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como con un manto, el  cual vínculo es el de la perfección y la paz.” (Doctrina y Convenios 88:125)

Entre el tiempo de la muerte y la resurrección los espíritus que hayan vivido dignamente en esta vida recibirán un maravilloso tratamiento de belleza. Mientras se encuentre separado del cuerpo, el espíritu será limpiado, purificado y recibirá su educación final para convertirse en espíritu celestial. Entonces el cuerpo también recibirá su tratamiento de belleza postrero, resucitará y será vivificado para corresponder con el espíritu celestial. Es decir, a todo espíritu celestial le será permitido resucitar para sí un cuerpo celestial.

En los versículos 28 y 29 de la Sección 88 de Doctrina y Convenios el Señor dice: “Aquellos que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural, aun vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella gloria por la que vuestros cuerpos son vivificados por una porción de la gloria celestial recibiréis entonces de la misma, aun la plenitud.”

Desafía el pensamiento tratar de entender la “plenitud” de la gloria celestial. Los que ganan la gloria celestial serán aquellos que estarán vestidos para comparecer ante Dios: serán semejantes a Dios. Pensemos, por vía de comparación, en aquellos que no lleguen a ser dignos de la gloria celestial. Serán excluidos de la presencia de Dios, y “donde Dios y Cristo moran, no pueden venir por los siglos de los siglos”. Es decir, aquellos que tengan un espíritu, cuerpo y personalidad menos fina, menos agradable, menos interesante que la celestial, no estarán vestidos correctamente para estar en la presencia de Dios. La expresión “no tengo que ponerme”, como la entendemos ahora, podrá tener un significado mucho más trascendental para aquellos que sean excluidos.

La obra del Señor constituye el método por el cual realizamos las bendiciones a que se refería el apóstol Pablo cuando dijo: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Corintios 2:9)

¿Quién deseará estar vestido con harapos en la presencia de Dios? Alma dijo: “¿Podéis imaginaros ante el tribunal de Dios con vuestras almas llenas de culpa y remordimiento, recordando todas vuestras transgresiones; sí, con un conocimiento completo de todas vuestras iniquidades; sí, con el recuerdo de haber desafiado los mandamientos de Dios?” (Alma 5:18)

Dios no sólo podrá leer nuestras caras, sino también el alma entera. No sólo verá que estamos vestidos de harapos, sino que nosotros mismos sentiremos vivamente nuestra propia vergüenza.  Mosíah nos da una idea de lo que podríamos sentir: “Y si fueren malas [sus obras], serán consignados al horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones que los hará retroceder de la presencia del Señor a un estado de miseria y tormento sin fin, de donde no pueden ya más volver.” (Mosíah 3:25)

Y Alma añade: “Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios, sino que nos daríamos por felices con poder mandar a las piedras y montañas que cayesen sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia.” (Alma 12:14)

Indudablemente estas personas se sentirán extremadamente mal, y convendría esforzamos para no vernos en la misma situación. Debemos prepararnos a nosotros mismos para que el Señor pueda señalarnos y decir:

Éstos son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento. (Doctrina y Convenios 76:70)

Podemos desarrollar los rasgos de personalidad más adecuados para que no tengamos que preocuparnos por no tener “algo que ponernos” en esta vida o en la eternidad. El programa del Señor nos embellecerá por dentro y por fuera al grado que lo obedezcamos. El destino final de los hijos de Dios es el reino celestial; pero aquellos que no pueden obedecer la ley celestial no pueden alcanzar una gloria celestial. Por tanto, lo que nos vamos a poner depende de lo que hagamos. Encendemos brillantes luces o velas cuando llega la Navidad para conmemorar el nacimiento de Cristo. Sería mucho más propio encender nuestras vidas con su justicia y vestirnos con sus atributos y sus habilidades, para efectuar su obra.

Ahora es cuando debemos vestirnos con nobleza de carácter, entendimiento, determinación, destreza e industria. El Señor ha prometido a quienes le sirven con justicia y habilidad hasta el fin: “Grande será su galardón, y eterna será su gloria y su prudencia será grande y su conocimiento llegará hasta el cielo… porque por mi Espíritu los iluminaré.” (Doctrina y Convenios 76: 6, 9-10)

¿Podemos imaginar cosa más admirable? Bien podríamos decir que éstos siempre tendrán “algo que ponerse.”

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