La luz verdadera

Liahona marzo 1962

La luz verdadera

por el élder Sterling Welling Sill

En su libro ‘My Colonel and his Lady’, el autor Archibaldo Rutledge nos cuenta una interesante experiencia que tuvo, cuando era joven, en uno de los pequeños puertos del río Santee, en Carolina del Sur. Había allí una vieja balsa llamada Foam, piloteada por un anciano hombre de color. La balsa estaba siempre sucia, malamente conservada y con un olor nauseabundo. Pero un día en que el doctor Rutledge se llegó hasta el río, encontró a la balsa totalmente transformada. Estaba limpia de proa a popa. Brillaba y centellaba todo a la luz del sol. Los bronces del barco habían sido lustrados hasta quedar como espejos. El agua siempre estancada debajo de los asientos había sido agotada totalmente, y la cubierta había sido fregada madera por madera. No menos milagrosa era la transformación del mismo negro capitán, quien estaba brillante e inmaculado. Su cara refulgía; sus ojos chispeaban. Estaba sentado a la rueda del timón del Foam con una Biblia sobre su falda.

Cuando el doctor Rutledge le preguntó a que se debía tan maravillosa transformación, el viejo capitán dijo: ‘Ahora veo la luz’. En la mente del capitán bullían nuevas ideas y grandes aspiraciones corrían por sus venas. Tenía ahora la gloria de una mente iluminada, la gloria de una personalidad animada. La religión había tocado en él los lugares apropiados. La evidente transformación del barco no era sino la manifestación de un más importante cambio experimentado por su capitán. Su ocupación en sí no había cambiado: él era aún un capitán de balsa. Pero ahora el mejor comandante a todo lo largo del río Santee. En adelante, cualquier cosa que hiciere indicaría su propio cambio de vida. Su trabajo indicaría su grado de gloria.

Pero la historia del negro capitán de barco es, en cierto modo, la historia de todo hombre, porque todo hombre manifiesta su grandeza por medio de su trabajo. Si no es grande lo que hace, él mismo no es grande. ‘Ningún hombre puede tener un grande y noble carácter mientras esté comprometido en un mísero o lastimoso empleo, pues no importa cuál sea la faena del hombre, su carácter está relacionado a ella’. No podemos tener gloria mientras haya agua estancada debajo de nuestros bancos de trabajo, tengamos una actitud agria hacia la vida o padezcamos de un caso de fatiga crónica.

El término “gloria” puede tener diferentes significados para diferentes personas en diferentes circunstancias. El diccionario define a la gloria como la “condición resultante del más alto logro, el mayor grado de gozo, satisfacción, esplendor, magnificencia, resplandor”. La gloria es representada en el arte por un halo de luz sobre la cabeza de alguna persona. Pero en nuestro servicio en la Iglesia y en la vida misma, ese halo no está sobre la cabeza –está en ella, en nuestro corazón, en nuestros hábitos, dentro de nuestro sistema nervioso.

No debemos esperar a vivir en el mundo venidero para pensar en la gloria. Si queremos ser grandes en el cielo, debemos comenzar por ser grandes aquí. Si vamos a ser mejores después, debemos empezar a serlo ahora. Podemos no saber nada de la gloria en la eternidad, pero podemos entender la gloria que el viejo capitán de balsa tenía. Esa es la clase de gloria que ayuda a realizar las cosas. Brilla a través de nuestros ojos y se manifiesta por medio de nuestras manos. Llega a ser la parte de la preparación, la labor y la presentación de nuestras lecciones. Necesitamos aprender a vivir con gloria. Ello nos ayudará a transformar nuestras vidas. Nos ayudará a ‘nacer de nuevo’. Entonces, las confusiones, indecisiones y frustraciones usuales no nos molestarán tanto. Y el cansancio será desterrado de nuestras vidas. Viviremos luego más allá de las distracciones y problemas que ofrecen las cosas ordinarias.

Así como las condiciones del Foam eran una mera expresión de las de su capitán, también la manera en que hacemos nuestra obra como maestros orientadores, o presentamos nuestra lección en la Escuela Dominical, o como desempeñamos nuestras funciones administrativas de nuestra oficina en la Iglesia, será expresión de lo que somos.

No podemos mejorar nuestra situación a menos que primeramente nos mejoremos a nosotros mismos. El éxito no puede  ser encontrado en Nueva Cork, El Cairo o en alguna isla del Pacífico, sino en nosotros mismos. En nosotros mismos es donde podemos encontrar las cosas más importantes. No importa en realidad qué hay detrás de nosotros o delante de nosotros. Lo más valioso es lo que hay dentro de nosotros. Es muy importante que la Iglesia esté dentro de la gente.

Jesús dijo: ‘El Reino de Dios está entre vosotros’. Al decir esto, se dice que quiso significar entre nosotros refiriéndose al “lugar”. Pero si Él se refería a una condición entonces quiso decir que el reino de Dios está en o dentro de nosotros. El mejor camino para lograr entrar en el reino de Dios es teniéndolo primeramente en nosotros.

Las palabras del Himno de la Batalla de la República nos dicen que:

Fue allende de los mares Que el rey Jesús nació Y con gloria tan sublime Que la luz a todos dio…

Esta canción fue escrita para los soldados de la Unión durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica y se dice que el efecto que produjo en el alma de ellos equivalió al refuerzo que cien mil hombres más hubieran significado.

La gloria transfigura a las gentes. Transforma gentes en circunstancias. La gloria da una vigorosa y positiva actitud mental. Da vitalidad de propósito. Desplaza la fatiga y asegura el triunfo. Un obrero de la Viña si está cansado es porque no tiene suficiente interés en lo que está haciendo o tiene que hacer. En el deporte, nunca perdemos el interés cuando vamos a la cabeza. No nos cansamos cuando estamos ganando. Si el trabajo del Señor nos resulta algo aburrido y sentimos ciertos deseos de retirarnos a descansar, no nos demos por vencidos. Todo será cuestión de arrepentirnos y mejorar. Aprendamos a trabajar más dura y efectivamente, si queremos luego descansar. Nos fatigamos generalmente cuando nos quedamos atrás o cuando nuestra carga resulta demasiado pesada en relación a nuestro ánimo de transportarla. La solución no sería una carga más liviana, sino un mayor poder. Ello nos indica la necesidad de aprender cómo vivir mediante un voltaje mayor.

Alguien dijo que no quería poseer una religión sino que prefería una religión que lo poseyera. Cuando Dios creo al hombre a su propia imagen, lo dotó de un conjunto de atributos de manera que ‘cada hombre lleve dentro de sí las mismas cosas que busque’. Si buscamos una gran fe, sólo debemos mirar dentro de nosotros mismos. El Creador ya ha plantado en nosotros la semilla de la fe, esperando que sepamos como cultivarla y hacerla crecer. Si necesitamos coraje, miremos dentro de nosotros mismos. Si buscamos una mayor fuerza, recordemos que Dios nos ha dado potencialidad de su omnipotencia, pero que nosotros mismos debemos hacerla madurar.

Se ha dicho que cada uno tiene dos creadores: Dios y un mismo. El doctor Alan Stockdale nos llama la atención hacia el hecho de que Dios dio al hombre casi sin terminar para que él y descendientes lo trabajaran. Dejó la electricidad aún en la nube, el petróleo aún en la tierra. Dejó los ríos sin puentes, los bosques sin talar y las ciudades sin construir. Dios desafió al hombre dejándole materia cruda y no fáciles cosas ya terminadas. Le dejó cuadros sin pintar, música sin escribir y problemas sin resolver, para que el hombre pudiera experimentar el gozo y la gloria de crear. “Dios ha provisto el granito pero no esculpe las estatuas ni construye las catedrales sino por la mano del hombre”.

Dios ha dejado también en el mundo al hombre mismo sin terminar. Es decir, la creación del hombre no fue completada en el Jardín de Edén hace seis mil años. La creación del hombre es algo que aún continúa, ahora mediante el hombre mismo. Actualmente el hombre está creando el entusiasmo, la fe, el entendimiento y la devoción que determinarán su futuro en la eternidad.

Las grandes bendiciones de nuestra vida vienen vestidas de en ropas de trabajo, reclamándonos, como el austero soldado romano, que caminemos con ellas la dura milla. La ley antigua otorgaba a los soldados romanos la autoridad de obligar a cualquiera en su camino a llevar sus cargas personales por una milla. Pero Jesús no se detuvo allí. Él dijo: Cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.” (Mateo 5:41) Hacer más de lo que se espera de nosotros es uno de los mejores caminos hacia la gloria. La gloria desplaza las compulsiones de la vida y llena nuestros corazones de alegría. Produce una fuerza desconocida y una inesperada satisfacción. La gloria suaviza el entrecejo de nuestra cara, quita la fatiga de nuestro cuerpo y hace de la segunda milla una jornada placentera. La gloria nos hace desear que el día tenga más horas para seguir trabajando en la Obra del Señor. La gloria transforma en placer toda obligación. Nos hace capaces de decir al mundo, como Jesús: ‘Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis’ (Juan 4:32).

Fregar la cubierta de una vieja balsa, puede resultar penoso para algunos, pero nada es difícil cuando tenemos una gloria. Andar una milla por obligación puede ser tan fastidioso hasta agotar nuestras fuerzas. Pero caminar dos millas nos proporcionaría verdadero solaz si tuviéramos el ánimo que la gloria da. Es entonces cuando cantaríamos a viva voz aquel hermoso himno que dice:

Tenemos placer en servirte, A ti, nuestro gran Bienhechor…

Fracasar en la obtención de la gloria, es fallar en hacer nuestra parte para que el trabajo en la Iglesia resulte ser una fascinante obra de amor. Y es carecer de la gloria aquella que cantó el Salmista: ‘Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra’ (Salmos 8:5). Es nuestra la tarea de desarrollar esa gloria con la cual hemos sido coronados. Es una gran cosa vivir con la clase de gloria que lo transforma todo y nos ayuda a realizar los trabajos del Señor en una forma jamás hecha.

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