Imperturbabilidad

Liahona mayo 1960

Imperturbabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

Guillermo James, destacado psicólogo de la Universidad de Harvard dijo una vez que “la esencia del genio consiste en saber qué hemos de pasar por alto”. Esto es también la esencia de la habilidad para dirigir, así como la esencia de una vida feliz. El director activo que quiere llevar una vida vigorosa y útil, siempre encontrará la posibilidad de ser empujado y él mismo empujar un poco. Aun el hombre más precavido del mundo no puede evitar siempre la proba- bilidad de ofender o ser ofendido durante el curso de su vida.

Uno de los problemas de mayor gravedad que afectan la habilidad para dirigir es nuestra tendencia común de recoger y retener más de lo que conviene, de las irritaciones, ofensas y rencores de la vida. Este rasgo inmediatamente impone una seria desventaja al que lo posee, pues “no puede haber arte verdaderamente grande sin la serenidad.” Pablo el Apóstol describe esta personalidad ideal como uno “que no se irrita”.

¿Cuántas cualidades podrían impulsamos más hacia el éxito, que poder siempre conservar un dominio personal bien equilibrado, aun en medio de las dificultades más serias? Existe una palabra, no muy usada, que expresa esta habilidad mejor que cualquier otra que yo conozco.

Según el diccionario, imperturbable se dice de la persona “que no se perturba; que en toda ocasión muestra entereza”. Significa conservar la calma y el dominio sobre sí, especialmente en una emergencia o bajo la tensión de algún disturbio o choque emocional serio. Un destacado médico dijo en una ocasión: “No hay virtud que pueda compararse a la imperturbabilidad.”

Algunas personas se dejan llevar por erupciones perjudiciales, inoportunas e irrefrenables de temperamento; tienen arrebatos irrazonables de genio. Con la mayor facilidad se le escapará a uno el éxito de las manos, si permite que las pequeñas molestias e irrita- ciones lo perturben y lo provoquen a que se agite, se incomode, contradiga a todos, y sea descortés y vengativo. Hay algunos que son quisquillosos en extremo. Continuamente se están ofendiendo y no tardan en desarrollar una personalidad nerviosa, excéntrica y malhumorada, con su reacción consiguiente que varía o una irritabilidad molesta y la cólera vehemente.

En ocasiones oímos expresarse la opinión de puede ser bueno “desahogar los ánimos” de cuan cuando; pero si con demasiada frecuencia damos, rienda suelta a estos sentimientos, no tardamos en echar por la ventana la estabilidad del sistema nervioso y el éxito de la organización que tenemos a nuestro cargo. Todavía está en vigor la antigua ley de que “aquel a quien los dioses quieren destruir primeramente lo irritan”.

Ciertamente uno de los defectos más nocivos de la personalidad es convertirse en persona quisquillosa y escrupulosa, que por la menor cosa se ofende.

Entonces es cuando los “dares y tomares” comunes de la vida se convierten en un obstáculo insuperable, La gente tiene que aprender a vivir junta y felizmente, aun cuando existan diferencias de opinión y gustos, y aun oposición. Tenemos que aprender a vivir con estas situaciones sin desviarnos mucho de nuestro curso. Es preciso tener cierta robustez de espíritu que nos permita hacer frente a las irritaciones con rectitud e imperturbabilidad. Es algo difícil ser fuertes de espíritu por dentro, y delicados por fuera al mismo tiempo. Con un poco de imperturbabilidad es posible evitar que surjan las irritaciones en primer lugar.

No obstante, pensemos en las muchas situaciones desagradables que se desarrollan porque algunas personas no pudieron soportar una cantidad normal y necesaria de oposición o de crítica. Hay algunos a quienes continuamente se hace necesario estar dando las gracias y alabándolos por todo, a fin de que permanezcan activos. Es la cosa más sencilla que una persona quisquillosa desarrolle en sí misma una sensación opresiva de inferioridad y hasta un complejo de persecución. Hay otros que subconscientemente derivan cierta satisfacción sádica de las relaciones humanas desagradables, imaginándose mártires de tal o cual causa.

Una ofensa muy pequeña puede arrojar una sombra gigantesca sobre nuestra imaginación. Es la cosa más fácil tergiversar nuestro punto de vista imaginándonos cosas que no existen. Un pequeño desdén puede amplificarse a tal grado que no somos capaces de considerar la situación en su aspecto verdadero.

No hace mucho que un miembro de una profesión sobresaliente pronunció un discurso ante un grupo de sus colegas. Expresó el concepto de que no estimaba ni apoyaba esa profesión debidamente. Cierto funcionario público los había criticado injustamente, según ellos, y los miembros del grupo sintieron no sólo una irritación exterior, sino permitieron que ésta se insinuara en su sistema circulatorio nervioso también. En una lucha seria conviene mantener a distancia al antagonista; pero aparentemente estos profesionales dejaron que el enemigo se introdujera en sus defensas donde pudo derrumbar su ánimo y robarles su confianza profesional. Este orador hizo referencia al “honor impugnado” e “integridad ofendida”. Dijo que se les había imputado “razones impropias”. Impresionó a sus oyentes opinando que la profesión había sido “humillada” y “ridiculizada”, y declaró que algunos de los miembros se sentían “profundamente ofendidos”. Como consecuencia, se desató una epidemia general de “desánimo” dentro del grupo, sencillamente porque no supieron cómo hacer frente a las irritaciones.

Algunas veces aun la nación entera puede dejarse vencer de un sentimiento insalubre de temor e inferioridad, con resultados devastadores. El grupo o el individuo que espera lograr el éxito deben ser de corazón fuerte. Si nos es conferido un puesto importante, por lo menos nosotros mismos debemos tener confianza en él. No debemos permitir que el enemigo llene de arena nuestra máquina cuidadosamente ajustada.

Cierta persona se quejaba una vez de haber sido “insultado” por las palabras de una persona desconsiderada. Un amigo le contestó: “¿Y quién ha oído de que un águila se sienta ofendida por causa de un gorrión?” Ahora bien, ¿qué concepto nos formaríamos de esa águila, si continuamente estuviese desanimándose por el chirrido de un puñado de gorriones sin conocimiento y amantes de criticar? Reflexionemos el modo en que los cristianos de los días antiguos hicieron frente a la oposición. No se tornaron inactivos ni se desanimaron ni se dieron por vencidos cuando surgió el primer desacuerdo. Ni se perturbaron aun por la más grave persecución. Al contrario, sus problemas los unieron y los hicieron fuertes. Como la madreperla herida que repara su concha con una perla, los primeros cristianos aprendieron a sacar el mayor beneficio de sus irritaciones.

No procuremos lograr nuestra meta negándonos a oír la crítica. Ni tampoco debemos permitir que ésta nos aparte o nos robe el ánimo. Si la crítica está bien fundada, debemos beneficiamos por la corrección; si no tiene fundamento, ¿para qué permitir que destruya la posesión más importante que tenemos (nuestro ánimo) y, aparte de eso, que nos provoque a incomodarnos y a fracasar?

Necesitamos la imperturbabilidad no solamente para el conflicto entre el bien y el mal, sino para las situaciones comunes de todos los días que nos causan una ansiedad innecesaria. Algunas veces hasta perdemos el dominio sobre nosotros mismos y sufrimos un ataque de nervios. Trabamos nuestros engranajes de tal manera que se imposibilita nuestro funcionamiento correcto. Se ha dicho que usualmente se puede determinar el carácter de un hombre por el tamaño de la cosa que le hace perder la paciencia.

Vivimos en una sociedad de individualismo robusto. Hay ocasiones en que las situaciones pueden darnos algunos golpes rudos, y no hemos de ser tan delicados o quisquillosos que vamos a poner en peligro nuestra habilidad para hacer lo bueno. El gran pugilista, Jack Dempsey, dijo que todo boxeador necesita dos habilidades: primero, la habilidad para asestar un golpe fuerte, y segundo, la habilidad para resistirlo. La primera habilidad seria de poco valor al pugilista, si no tuviera la segunda. La vida es igual. Hay muchas personas que fracasan sencillamente porque no pueden “resistir” el golpe: cualquier ocasión desagradable o pequeña los pone fuera de combate.

La naturaleza ayuda a la tortuga a resolver sus problemas dándole una concha. Es una idea muy buena. Si el activo elefante tuviera que enfrentarse a la vida con la delicada piel de un niño, cuántos moretones y magulladuras no recibiría. Cuando se construye un acorazado moderno, se le da una capa o coraza protectora de acero grueso para resguardar las partes delicadas, porque de lo contrario, el barco sería de poca utilidad. Así también, todo aquel que se asocia con otros debe proteger sus “partes delicadas”. Con un poco de imperturbabilidad no habría necesidad de perder tanto tiempo precioso compadeciéndonos de nuestras heridas o sufriendo dolores intensos porque el dardo envenenado de la crítica se ha clavado en nuestras espaldas.

Ser demasiado quisquillosos constituye muchos peligros graves. Cuando algunas personas han sido ofendidas dos o tres veces, tienden a retirarse de la actividad. Dejan de ir a la Iglesia, etc. Otros abandonan sus convicciones y se vuelven débiles y vacilantes. Algunos van al extremo contrario y se tornan indiferentes, insensibles e inactivos. Cualquiera de estas dos alternativas rápidamente incapacita al director para que no siga prestando servicio.

El Presidente de cierto país pidió a uno de sus generales su opinión sobre uno de sus compañeros en el ejército. El General le dio una recomendación magnífica, pero un tercer oficial le dijo en confianza: “¿No sabe usted que ese hombre ha dicho unas cosas muy malas de usted?” El General respondió: “Lo sé, pero el Presidente me preguntó qué opinaba yo de él, no lo que él opinaba de mí.”

Jesucristo nos dejó una receta mejor que la del General, para la imperturbabilidad. Él dijo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y persiguen.” (Mateo 5:44) En otra ocasión le preguntaron cuántas veces debemos perdonar, y Él contestó: “Setenta veces siete.” (Ibíd., 18:22) ¿Nos parece mucho perdonar? Pensemos en la forma en que esta disposición mental aliviaría nuestra tensión, aumentaría nuestra satisfacción y mejoraría la calidad de nuestro servicio. En el asunto de la imperturbabilidad, así como en muchas otras cosas, el propio Jesús fue nuestro mejor ejemplo. Realizó el sacrificio supremo en el momento en que estaba padeciendo las más graves injurias. Aun sobre la cruz pudo decir. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

¡Qué diferente se manifiesta esta virtud en la vida del Maestro, cuando se compara con las vidas de algunos de nosotros que estamos tan propensos a ser rencorosos por cualquier cosa pequeña a nuestra responsabilidad y, como la tortuga, nos internamos dentro de nuestra concha por ofensa microscópica! Hay muchas personas en la Iglesia que se han tornado inactivas porque pensaron que no eran estimadas, o porque cierta ofensa imaginaria, las provocó a que arrojaran sus bendiciones por la ventana. A veces tenernos más interés en salir vencedores en alguna discusión, que en hacer bien. Hay ocasiones en que se desarrolla en nosotros una sensación falsa de dignidad que debemos protege a toda costa. También el antiguo concepto de “mal por mal” todavía está inculcado muy profundamente nosotros.

¡Qué cosa tan admirable sería si no fuéramos tan quisquillosos y dejáramos de pensar en desquitar las ofensas! A Dios corresponde el juicio; no a nosotros. Nuestra tarea consiste en hacer lo bueno.

¿Qué importa a quién se atribuye el crédito? Todavía es cierto que la blanda respuesta apaga la ira.

Hace veinte siglos que el hombre más noble ha vivido sobre la tierra dijo: “No se turbe vuestro corazón.” (Juan 14:1) Otra persona ha dicho: “No te agites.” Las dos expresiones significan la misma cosa y una y otra son para nuestro beneficio. “Las úlceras del estómago no vienen de lo que uno consume; vienen de lo que lo está consumiendo a uno.” Así también como viene la alta presión de sangre, las enfermedades del corazón, ataques nerviosos y complejos de inferioridad. Es también la manera más rápida de perder nuestras bendiciones.

La imperturbabilidad nos ayuda a fijar nuestra atención no en el problema, sino en la manera de resolverlo. ¿Qué nos beneficia retener los rencores? o ¿en qué aprovecha si dejamos que los pecados de otros destruyan nuestro ánimo y la eficacia de nuestra obra? Es menester que hasta donde sea posible, nos hagamos vulnerables contra las ofensas; y la imperturbabilidad es la respuesta. Aumentará nuestra facultad para producir; aumentará nuestras bendiciones, aumentará la tranquilidad de la mente. No tiene objeto buscar esta tranquilidad en ningún lugar del mundo, a menos que primeramente la encontremos dentro de nuestro propio corazón. La imperturbabilidad es parte de la santidad.

“Dios nos conceda la serenidad para aceptar lo que no podemos cambiar; el valor para cambiar lo que puede ser cambiado, y la prudencia para distinguir entre lo uno y lo otro.”

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