¿Estamos adorando la red?

Liahona agosto 1961

¿Estamos adorando la red?

por el élder Sterling Welling Sill

Habacuc fue uno de los profetas de los antiguos judíos que vivió unos 600 años antes de Cristo.

Sus profecías forman uno de los libros más pequeños del Antiguo Testamento. Parece que este profeta tropezó con varios problemas al intentar  hacer que la gente viviera como debía. Tal vez esto indique que el mundo no ha cambiado mucho. Una de las debilidades de aquella época que Habacuc trató de indicar al pueblo, era la tendencia que algunos tenían de adorar sus redes. El profeta formuló sus quejas en estos términos:

Sacará a todos con anzuelo; los recogerá con su red y los juntará en su malla, por lo cual, se alegrará y se regocijará.

Por esto ofrecerá sacrificios a su red y quemará incienso a su malla, porque con ellas engordó su porción y aumentó su comida.” (Habacuc 1:15-16)

Habacuc pinta un cuadro gráfico del pescador próspero de aquellos tiempos, y nos hace recordar a un hombre de correspondiente posición en nuestros días. Vemos a través de los ojos del profeta un pescador muy próspero, diestro en su profesión. Vemos una red henchida de peces. El pescador se regocija en su éxito y en la buena fortuna que le proporciona la pesca.  Naturalmente, está muy feliz. “Su porción es gorda y su comida es engrasada”. Ha efectuado estos resultados con su red. Es por causa de lo que en ella recoge, por lo que se halla tan próspero. A tal grado se engríe con su éxito y se deleita con su buena fortuna, que empieza desde luego a hacer “sacrificios a su red” y ofrecer sahumerios a su aljerife”.

Por irrisoria que nos parezca esta situación a primera vista, es un problema que todavía está con nosotros. El diccionario dice que “adorar” es un intenso amor hacia una cosa o manifestación de reverencia devoción a algún ser. Ciertamente no notamos una falta de devoción en general. Nuestro problema estriba en el hecho de que nuestra devoción con suma frecuencia es mal orientada o mal colocada. Son tantas las ocasiones en que sentimos demasiada devoción por una cosa indebida. Por ejemplo, mucha de nuestra devoción suele dirigirse hacia las cosas materiales. Una de nuestras faltas comunes es ocasionalmente perder de vista los verdaderos propósitos de la vida y adorar los medios por los cuales nuestra “porción es engordada” y nuestra “comida es engrasada”.

Hagamos de cuenta que nos ponemos los anteojos de Habacuc para ver cuántos de nosotros actualmente estamos “adorando nuestras redes”, que interpretándolo, significaría nuestros medios modernos de producción.

Por extravagante que nos parezca la idea todavía sigue siendo parte importante de nuestra sociedad: “‘hacer sacrificios a nuestra red” y “ofrecer sahumerios a nuestro aljerife”. Para algunos la “red” o medios de producción es una ciencia. No es cosa fuera de lo común que la ciencia sea deificada en los pensamientos de sus aficionados. Pero ésta no es nuestra única red”. La contienda en nuestras mentes entre Dios y Mammón ha sido extensa y difícil. Algunas veces pasamos doscientas horas al mes sirviendo a nuestro negocio y dos horas del mes sirviendo a nuestro Dios y nuestras propias almas. No debe extrañarse, pues, que estos intereses ocupen un lugar en nuestra vida que corresponda más o menos con el tiempo y devoción relativos que les obsequiemos.

Jesús comparó la dificultad comprendida en el asunto a la entrada de un camello por el ojo de una aguja y la posibilidad de que un rico llegue al reino ese los cielos. Supongo que no todos los ricos serán necesariamente peores que los pobres, pero algunas veces aquellos se hallan más fuertemente asidos de sus redes, y, consiguientemente, sus redes se prenden más fuertemente de ellos. Con el tiempo nos absorbe lo que hacemos. En un respecto es como el desarrollo de la fe, en vista de que la fe usualmente no se apodera de nosotros hasta que nosotros nos apoderamos de ella. William James, destacado psicólogo, dijo: “Lo que domina nuestra atención determina nuestra acción.” Cuanto mayor la atención, tanto más fuerte la sujeción. Aún en la adoración, el primer paso consiste en fijar la atención firmemente. Hay en el hombre una inclinación natural de adorar algo, y cuando la atracción de la “red” alcanza cierta intensidad, sobrepuja la tendencia de adorar a Dios.

Jesús también destacó el problema que surge de querer servir a dos amos. Generalmente dos ideas dominantes parecen tener más dificultad en llegar a una convivencia pacífica” que dos naciones dominantes. Jesús dijo que la razón por la cual “pocos son escogidos de los muchos que son llamados se debe a que éstos “tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo”. Es decir, las cosas del mundo han desahuciado sus intereses espirituales. Esto es lo que casi siempre sucede cuando uno dedica una parte tan crecida de su tiempo disponible a “ofrecer sahumerios a sus aljerife”. Hay algunos hombres que se postran delante del estado por esa razón. Otros se arrodillan ante ideologías extrañas. Otros sencillamente se encuentran tan ocupados en tantas cosas, que desalojan a Dios de sus vidas sin la menor intención.

Es bien conocida la historia de un joven que deseaba estudiar en el colegio. Tuvo la buena fortuna “de hallar una familia que consintió alojarlo, a cambio de lo cual él les partiría la leña necesaria. El joven gustosamente aceptó. Los vecinos de la casa contigua le ofrecieron darle sus comidas si les partía su leña. Una tercera familia ofreció pagar su matrícula si les partía su leña, y así sucesivamente. En muy poco tiempo este joven se hallaba tan ocupado partiendo leña, que no tenía tiempo para ir al colegio. Los medios habían sobrepujado los fines. Había sacrificado demasiado a su red.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos es quitar las cosas de su lugar debido. Confundimos los medios para ganar el sostén con el propósito de la vida. Salomón nos recuerda que hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; y hay algunas cosas de mucha importancia que es menester hacer en el intervalo. Salomón parece indicar que sería buena idea hacer un presupuesto de nuestro tiempo, como lo hacemos de nuestro dinero. Si un hombre ganara cien pesos por semana, probablemente no gastaría la suma entera en el alquiler o costo de la casa; ni tampoco gastaría su dinero ilimitadamente en lujos, pasando por alto otras necesidades. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos hallamos fuera de balance en lo que respecta a nuestro programa personal porque hemos sacrificado sin reparo a nuestra red y dejando lo que resta para Dios y nuestras almas, si es que queda algo.

En el manejo de la casa, la mujer prudente calcula un balance correcto de sus gastos y entonces se ciñe su presupuesto y no permite que una necesidad traspase los derechos de otra. Sería prudente en extremo que hiciéramos la misma cosa con las veinticuatro horas que nos son dadas cada día. Parte de ese tiempo, propiamente pertenece a la red. Parte es de la sociedad; otra parte pertenece a nuestras propias almas; y una parte pertenece a Aquel que nos creó y nos da aun nuestro aliento. A nosotros corresponde calcular el balance correcto.

El conde Tolstoi sostuvo una discusión algo interesante sobre la importancia de las riquezas y la proporción de nuestro tiempo que debe entregarse a la red. Contó acerca de un campesino ruso que estaba tratando de decidir cuánta tierra necesita un hombre. Primero vivía muy contento con su esposa y familia en su hacienda de dos hectáreas. Entonces alguien le dijo que dos hectáreas no eran suficiente, de modo que consiguió cuatro. Luego obtuvo cincuenta hectáreas y por fin cien. Pero entonces alguien le ofreció la oportunidad de adquirir todo el terreno que pudiera recorrer en el espacio de doce horas, entre la salida y la puesta del sol.

A la mañana siguiente cuando comenzó la competencia, ya estaba listo; y al salir el sol echó, a correr con todas sus fuerzas hacia el norte durante la primera cuarta parte del día. Entonces corrió hacia el oriente por tres horas. Durante las siguientes tres horas corrió hacia el sur. El resto del tiempo que le quedaba corrió hacia el occidente para llegar al punto donde había empezado. Y precisamente en el momento que el sol estaba para ponerse en el horizonte, logró  arrastrarse hacia el punto de partida, exhaló un suspiro y cayó muerto. Entonces sus amigos lo sepultaron en un pedazo de tierra de un metro y medio de ancho, dos metros de largo y otros tantos de profundidad. Entonces fue cuando descubrió cuánta tierra el hombre verdaderamente necesita.

Quizá ésta no sea la cantidad que mejor convenga a la necesidad de todo hombre, pero sí indica que se llega a un punto en que las utilidades empiezan a menguar cuando sacrificamos excesivamente a la red. Nuestra relación con la red fácilmente puede convertirse en seria violación del gran mandamiento que, repercutiendo aún a través de los siglos, nos dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Probablemente la forma más común de idolatría, particularmente en nuestra época, es nuestra tendencia de “adorar la red”. Para los antiguos adoradores del sol, el astro representaba su fuente de abastecimiento. El sol les enviaba energía, calor y alimento, y como consecuencia, lo adoraban; otros han adorado la tierra, de la cual recogían sus alimentos; otros han adorado varias cosas sin importarles en qué forma se presentaran, con tal que, les “engordaran su porción” y “engrasaran su comida”.

Isaías nos habla de un hombre que sale al bosque y corta un bello trozo de cedro. Quema parte del leño en el fuego para calentarse; utiliza otra parte para cocer sus alimentos, “y torna su sobrante en un dios, en su escultura; humillase delante de ella, adórala, y ruégale diciendo: Líbrame, que mi dios eres tú.” (Isaías 44:17)

Con frecuencia también nosotros decimos a aquello que nos logra las cosas materiales: “Líbrame, que mi dios eres tú”. El hombre a que se refiere Isaías probablemente pensó en su ignorancia que lo propio sería adorar aquello que le proporcionaba calor y fuego para preparar sus alimentos. En muchos casos todavía no podemos ver más allá de los “medios”. Suponemos que fue el cedro lo que nos dio el fuego y la red lo que nos trajo los peces. Hasta cierto grado nos  parecemos  a  los  ciegos  de  Hindostán  que  fueron  a  ver  al elefante. Por motivo de sus limitaciones personales uno de los ciegos pensó que el elefante era semejante a un árbol; otro, semejante a una serpiente; otro, semejante a un abanico; otro, semejante a una rata; otro, semejante a una lanza filosa; otro; semejante a una pared, pues cada uno de ellos juzgaba de acuerdo con la parte del elefante que palpaba. Nosotros cometemos un error más grave aun cuando tomamos por Dios al sol, la lluvia, la tierra, ciencia, o el cedro o la red, A veces adorarnos los atributos de Dios más bien que su persona. Decimos “Dios es Amor”, etc.

Algunos adoran los gustos y placeres. Un hombre dijo una vez que en vista de que el domingo era su único día libre, había resuelto disfrutarlo con su familia. De manera que cada domingo los llevaba a pasear o a los centros de diversión o a los parques en busca de placer. Pero al hacer esto, apartó a su familia de las reuniones de su Iglesia y del espíritu del día de reposo. De esta manera comenzó a desvanecerse su entendimiento del evangelio. Este hombre estaba usando el domingo para enseñar a su familia a violar los mandamientos de Dios y fijar su atención en las cosas con que se divertían. Con los años su familia naturalmente se retiró cada vez más de la Iglesia, hasta que ahora todos se han vuelto completamente inactivos… ¡Qué sacrificio tan tremendo ha ofrecido este hombre a su red! Por haber buscado el compañerismo de sus hijos en forma indebida, ahora corre peligro de perderlos por todas las eternidades.

Recientemente dijo un amigo mío: “Uno de estos días, que tenga un poco de tiempo, voy a sorprender a todos y empezar a ir a la Iglesia.” Pero, ¿quién de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? A los que piensan en tal forma se estaba refiriendo el Señor en la parábola del hombre que estaba proyectando grandes cosas. Pero entonces un día “díjole Dios: Necio, esta noche van a pedir tu alma”. (Lucas 12:20) El tiempo es cosa de mucho valor, y, ninguno de nosotros lo tiene en abundancia, ni aun desde el comienzo de nuestras vidas. Según las estadísticas, en 1776 el término medio de la vida del hombre era 35 años. En 1900 era 48. Ahora casi ha llegado a los 70 años. Quiere decir que desde 1900 se han añadido 22 años de vida a nuestro “segundo estado”. Esto nos da un poco más  de  tiempo  para  prepararnos  para  la  eternidad;  pero,  ¿qué estamos haciendo con él, y acaso podemos considerarnos mejor preparados para presentarnos delante de Dios ahora que la gente en 1900?

Si llevásemos un apunte del tiempo que dedicamos a nuestros esfuerzos, ¿cuánto de este tiempo adicional habremos pasado en “los negocios de nuestro Padre?” Si entregásemos a Dios el tiempo que pasamos en cosas triviales o en gustos, entretenimientos, hábitos malos con ese tiempo podríamos salvar nuestras almas así como las de muchos otros de los hijos de nuestro Padre.

Como directores en la Iglesia se nos ha llamado a trabajar en la empresa más importante que se ha establecido en la tierra. Es la obra a la cual el dedica su tiempo entero. Conviene apartar una cantidad suficiente de nuestro tiempo para este objeto, incluso el tiempo necesario para hacer una preparación adecuada. Hay un tiempo para nuestras redes y un tiempo para adorar a Dios.

Se requiere mucho tiempo para desarrollar actitudes y habilidades. Se necesita algún tiempo para desarrollar el interés en las cosas espirituales. En una conversación, un hombre hablaba del tiempo que había pasado cortejando a su esposa. Su amigo le preguntó: “¿Por qué no la visitó solamente una vez?” El interés, la habilidad y el amor son virtudes acumuladoras, aun en las cosas de Dios. Sería buena idea que todos procurásemos dos relojes. Uno para marcar el tiempo que dedicamos a nuestras redes, y el otro las horas que nos ocupamos en el trabajo de la Iglesia. Quizá nos daríamos cuenta, como lo indicó Habacuc, que estamos sacrificando demasiado a nuestras redes y ofreciendo demasiados sahumerios a nuestro aljerife.

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