El proyecto

Liahona agosto 1959

El proyecto

por el élder Sterling Welling Sill

Hace poco pasé por la admirable experiencia de ver a un ingeniero muy conocido dirigir la construcción de un edificio que iba a costar algunos millones de dólares. Tenía por delante lo que para mí eran varios dibujos algo complicados, que él llamaba el proyecto.

Una compañía renombrada de arquitectos había preparado estos dibujos después de varios meses de estudio y muchos años de experiencia. Me impresionó profundamente el pensamiento de que cualquier ingeniero diestro puede construir el edificio más hermoso que conciba el arquitecto más destacado, con tan solamente seguir el proyecto de la construcción.

Esta misma idea obra en todas partes. El escultor necesita un modelo para poder trabajar. La buena costurera tiene un patrón por medio del cual rápida y acertadamente puede producir lo que los más famosos modistas inventen. Un cocinero hábil puede lograr el éxito con las mejores recetas. El farmacéutico diestro utiliza los muchos años de estudio que han pasado los doctores más eminentes en las mejores escuelas de medicina. Entonces mediante la habilidad de aquel en la elaboración de la receta, él ayuda a salvar las vidas de muchas personas. Por supuesto, sería peligroso en extremo que el farmacéutico no obedeciera los detalles de la receta del médico, y ya fuera por descuido, o por ignorancia o desobediencia aumentara a lo que el médico hubiese especificado, o disminuyera de ello. Si uno estuviese enfermo, la mejor manera de aliviarse sería procurar el mejor doctor y luego seguir sus instrucciones cuidadosamente.

¡Este concepto es de inmenso valor! Pensemos en la importancia que la fórmula tiene para el científico.

Se ha dicho que la ciencia es solamente una recopilación de fórmulas que se han llevado a cabo con éxito. Es por medio de la fórmula que se preserva y se nos comunica la mayor parte de la verdad.

La fórmula permite que cada uno de nosotros derive el beneficio de las obras a las que muchos han dedicado sus vidas. La habilidad para obedecer eficazmente las direcciones de expertos le permite a uno reproducir en su propia vida el éxito más sobresaliente que pueden concebir en cualquier campo los más destacados proyectistas.

Una de las aplicaciones más significantes de esta importante verdad se halla en el campo de la religión, en el cual median nuestra vida y felicidad mismas, tanto aquí como en la vida venidera. Es también en este campo que podemos seguir el ejemplo del más experto de todos. Dios nombró a la Inteligencia más hábil del cielo para que viniera al mundo, a fin de que fuese nuestro Salvador y redentor. Él es el arquitecto de nuestra salvación, el que diseña nuestra felicidad y quien hacer perfecta nuestra fe. Tiene un conocimiento y entendimiento muy superior al que posee cualquier otra persona, y Él ha trazado para nosotros un proyecto en el cual se han eliminado toda eventualidad y riesgo.

Ha evitado la necesidad de que aprendamos por medio de nuestros errores, y ha hecho imposible el fracaso, si usamos el plan divino en la construcción y operación de nuestras vidas. Esto pone a nuestro alcance una excelencia, belleza y felicidad en la vida que de otra manera sería imposible lograr.

Basado en su abundante experiencia y sabiduría, el Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino.

Pero además de todo esto, vino personalmente al mundo para ser nuestro modelo y guía. Uno de los sermones más importantes que jamás se ha predicado en este mundo, consta solamente de dos palabras pronunciadas por Jesús: “Ven, sígueme.”

El sermón más fácil de seguir es el que uno puede ver. En la vida, así como en todas las demás cosas, nuestra necesidad apremiante es tener un buen modelo que podamos seguir.

El Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino

Es decir, la fuerza más potente del mundo es la fuerza del ejemplo. Así fue como aprendimos a andar; de esa manera aprendimos a hablar; por eso es que este niño habla inglés, y aquel habla alemán. Casi todas las demás cosas de la vida, las aprendemos por imitar. Copiamos a otros en la manera de vestirnos, el modo en que nos cortamos el cabello, las cosas que decimos y las ideas que pensamos. Al mediodía, al almorzar, algunos comen con el tenedor en la mano derecha; otros con el tenedor en la mano izquierda; si uno hubiera nacido en China o en Japón, tal vez ni siquiera usaría tenedor.

La diferencia estriba en el hecho de que imitamos la manera de actuar de aquellos que nos rodean.

Jesús dijo:

. . . No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. . .” (Juan 5:19)

La fuerza de un ejemplo bueno no solamente es la fuerza más potente del mundo, sino también una de las más contagiosas. Pensemos en la influencia noble de un hogar bueno, dentro del cual lo hijos adoptan los ideales, conceptos y normas de comportamiento de aquellos que los rodean. Esta adopción a veces ocurre sin que nos demos cuenta de ello. Por ejemplo, hace poco me reuní con un grupo de misioneros. Uno de ellos bostezó. Inmediatamente otro hizo lo mismo. Entonces vi cómo fueron bostezando los otros, al grado que el ejemplo de un misionero se manifestaba en los demás.

El bostezo es contagioso, pero también lo es el entusiasmo, e igualmente la fe, la industria y el valor.

Consciente o inconscientemente adoptamos los ademanes, manera de pensar y expresiones de otros. Pensemos en el efecto que la vida de Jesús ejerció en Simón, Pedro y los demás discípulos que lo siguieron. Es el mismo efecto que producirá en nosotros si aprendemos a seguir el modelo. Es fácil ser nobles y grandes cuando nos asociamos con hombres nobles y grandes, porque nos proporcionan el modelo a seguir.

Por supuesto, este principio puede utilizarse para bien o para mal. Hay ocasiones en que hacemos las cosas que no convienen porque alguien nos dio el mal ejemplo. Cuando Lucifer se rebeló, la tercera parte de todas las huestes celestiales lo siguieron. Este sistema de “seguir al capitán” aún se está llevando a efecto. Cuando un joven empieza a faltar a sus reuniones de sacerdocio, otros siguen su ejemplo. Cuando uno fuma, otros también lo hacen. Uno empieza a maldecir, y el otro hace la misma cosa.

Las personas son como los planetas, tienen sus órbitas y se mantienen en su lugar por la atracción que ejerce el uno en el otro. Cuando uno se aparta del camino señalado, otros siguen su ejemplo. Sea que nos hallemos por el “sendero recto y angosto” o por el “camino ancho” de la vida, nadie camina a solas; cada uno de nosotros va a la cabeza de cierta especie de caravana.

La fama y la buena fortuna de un ingeniero, suponiendo que está trabajando con arquitectos buenos, depende de su habilidad para seguir el proyecto. Se precisa que obedezca implícitamente y con todo esmero las instrucciones dadas. Si se equivoca en un detalle. Todo lo demás es afectado. O si el ingeniero constructor sigue el proyecto en la mañana y sus propios caprichos en la tarde, el edificio resultará un fracaso y el ingeniero se verá arruinado.

Mas o menos la misma cosa sucede con cualquier éxito logrado. Sin embargo, en la vida tenemos que hacerlo bien la primera vez; no podemos “reconstruir”; no podemos experimentar; no podemos ensayar. Es decir, no podemos ensayar el nacimiento, ni la vida, la muerte o el juicio final.

Pero aunque uno jamás ha transitado por el camino, puede viajar sin peligro con tan solamente seguir las indicaciones de un buen mapa. Sin embargo, si uno va a depender de sus propias opiniones y orientación, puede perderse. No siempre podemos fiarnos de nuestro propio criterio, porque a veces nos desorientamos. Además, los errores nos  causan inconveniencias innecesarias, pérdida de tiempo y gastos adicionales.

Sería una necedad que uno insistiera en preparar sus propios mapas, especialmente si no conoce el camino. Aquellos que dependen de su propio criterio muchas veces no hacen más que dar rodeos. La caída de las naciones, así como de individuos, en lo pasado ha venido como consecuencia de haber persistido en preparar sus propios mapas. Nosotros que seguimos el evangelio gozamos de la ventaja de las normas, ideales e instrucciones de nuestro Padre Celestial, que conoce el camino perfectamente. Por tanto, no es necesario que cometamos los errores tan costosos y perjudiciales que arruinan la vida de tantas personas, y sin embargo, hay algunas que no pueden seguir ni las direcciones más sencillas. Todos los días vemos vidas frustradas, arruinadas, dignas de lástima, que sufren y se lamentan por haber cometido errores innecesariamente.

Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna

Hay algunos desafortunados que parecen estar resueltos a cometer todos los errores personalmente. Tienen que meter la mano en toda llama y caer en todo lazo. No tienen fe en los mapas; no creen en advertencias. Quieren probar toda desviación y explorar todo camino lateral sin salida. ¡Cuánto más seguro y mejor sería seguir un mapa que los condujera directamente a su destino!

La avenida que conduce al éxito y felicidad eternos ha sido señalada tan eficazmente y alumbrada con tanta brillantez, que no hay necesidad de que nos extraviemos, aun cuando nunca hayamos transitado antes por el camino. Las indicaciones del evangelio, igual que las indicaciones de los caminos, han sido cuidadosamente preparadas por aquellos que conocen bien la ruta.

Hay ocasiones en que tropezamos con dificultades en nuestras vidas por querer seguir dos proyectos diferentes al mismo tiempo. Sería fácil imaginar la confusión de un ingeniero constructor que tratara de erigir un edificio usando dos planos distintos. Jesús nos amonestó en contra de esto al edificar nuestras vidas. Sus palabras fueron: “Sea tu ojo sincero.” Quiso decir que fijásemos nuestra atención solamente en una cosa.

En la epístola de Santiago leemos:

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8)

El hombre de doble ánimo es el que ve dos cosas o quiere pensar en ambas al mismo tiempo. Quizá está tratando de usar dos proyectos de arquitectos distintos, mientras que Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores.”

No es posible. Uno no puede servir a Dios y a Satanás al mismo tiempo si espera lograr el éxito. No puede uno montar dos caballos en la misma carrera. Leí acerca de un hombre que lo intentó en cierta ocasión, pero no tenía mucho de estar corriendo, cuando los caballos se apartaron en direcciones opuestas al llegar a un árbol.

La bien conocida novela de Roberto Luis Stevenson, que lleva por título “El extraño caso del doctor Jekill”, es un ejemplo muy bueno de un hombre quiso llevar dos sistemas de vida. Pensó que podía ser un médico bondadoso, amoroso y considerado de día y un criminal despiadado de noche. No tardó en destruirse a sí mismo; pero, igual que Lucifer, también destruyó la felicidad de muchos otros con sus hechos.

Este consejo de hacer que nuestro ojo sea sincero es muy bueno. No confundamos nuestros proyectos; procuremos el mejor mapa de caminos y sujetémonos a él todo el tiempo.

No hace mucho, un joven que estudiaba en un seminario me preguntó si yo podría ayudarlo a prepararse para un debate. Me dijo que el tema que iban a discutir era si es difícil o fácil entrar en el Reino Celestial, y él tenía que preparar sus argumentos para mostrar que era difícil. Este es el concepto que la mayor parte de la gente aceptaría, porque la mayoría va por el “camino ancho” y allí es donde yacen las tentaciones y dificultades. Siempre estamos oyendo de lo difícil que es vivir de acuerdo con el evangelio. Algunas personas continuamente están tropezando con toda especie de tentaciones desmoralizadoras. El hecho es que definitivamente es muy difícil entrar en el Reino Celestial cuando nos dedicamos a ello solamente a medias. Es decir, va a ser sumamente difícil para uno abstenerse de fumar este mes, si el mes pasado fumó con regularidad. Va a ser una carga muy pesada cumplir con nuestro deber este año, si nunca jamás lo habíamos hecho. No nos será fácil ser honrados este año, si el año anterior no lo fuimos. La tentación de violar las leyes morales será casi irresistible en lo futuro, si los estamos violando en la actualidad.

Por otra parte, prepararse para el Reino Celestial es fácil, si uno se sujeta a los planes todo el tiempo. Es decir, es tan fácil para el hombre honrado ser íntegro, como lo es para el pícaro ser corrupto. Le es tan fácil al industrioso ser trabajador, como le es al ocioso ser perezoso.

¿Qué clase de personas son las que siempre se dejan vencer por las tentaciones más leves? Son los que han sido vencidos antes. No podemos imaginar que Jesucristo haya tenido que luchar fuertemente contra las pequeñas tentaciones de mentir, defraudar o engañar. ¿Por qué? Porque nunca se desvió del plan. Cada parte de su vida se ajustaba exactamente a todas las demás partes. Se resolvió de una vez por todas. Siguió el proyecto de su Padre que se había forjado en el concilio de los cielos; lo obedeció toda su vida.

Aun cuando luchaba con todos los problemas en el Getsemaní, dijo:

“Padre, hágase tu voluntad.”

Las sabias instrucciones de su Padre fueron la única orientación de su vida. Nuestras dificultades surgen porque mezclamos algunas de las indicaciones de Lucifer, que es el arquitecto del pecado y el fracaso.

El buen farmacéutico, en cuyas manos se halla la vida de un enfermo, no substituye sin autorización los ingredientes de la receta que está elaborando. ¿Acaso es menos importante nuestra vida eterna? El farmacéutico no se guía por sus propios caprichos; tampoco lo hace el piloto de un avión; tampoco debemos hacerlo nosotros. Tenemos más confianza en el éxito del piloto que sigue instrucciones de la radio todo el tiempo. Tenemos más confianza en el éxito de los hijos de Dios que hacen la misma cosa.

Nuestro viaje al reino celestial es la cosa más importante de nuestra vida. De hecho, es la vida. Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna. Es preciso que lo obedezcamos al pie de la letra y a todo tiempo. Así, llenos de satisfacción profunda, hallaremos que nuestras mansiones en el cielo han sido construidas de acuerdo con el magnífico diseño de Dios, nuestro Padre Eterno.

 

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