El prodigo que permaneció en casa

Liahona  abril 1961

El prodigo que permaneció en casa

por el élder Sterling Welling Sill

De todas las enseñanzas de Jesús, una de las más ampliamente conocidas, es la parábola del Hijo Pródigo. Es una narración que tiene que ver con un joven que abandonó su casa y derrochó su herencia viviendo perdidamente”. Cuando se disipó su hacienda, descubrió que no podía proveer lo suficiente para sus propias necesidades. Entonces cuando el hambre empezó a agravarse, dejo la “provincia apartada” y volvió a casa, donde todo le había sido abastecido anteriormente.

Las Escrituras nada nos dicen de la vida posterior de este joven. Si verdaderamente aprendió la lección y efectuó un cambio permanente en su manera de pensar y utilizar su tiempo, fue poco lo de matar el “becerro grueso” en su honor, Sin embargo, no siempre cambiamos nuestros hábitos de pensar y vivir tan rápidamente. La regla general de la naturaleza humana tiende a indicar que algunos “pródigos” permanecen en casa sólo el tiempo suficiente para rehacer su fortuna y entonces emprenden el viaje en otra dirección. Y pese al número de veces que se alejan, esperan la misma “bienvenida del pródigo” después de cada fuga.

Sin embargo, no siempre se resuelve este problema con tan solamente volver a casa. En primer no fue culpa de la “provincia apartada” sino del pródigo; y no olvidemos que fue en el hogar donde había las tendencias que lo hicieron abandonarlo. Existe en nosotros esa inclinación de disculpar nuestros hechos durante nuestros períodos de dificultad o crisis. Sin embargo, la crisis no causa la dificultad; solamente la pone de relieve.

Por ejemplo, tenemos la tendencia de disimular las acciones indecorosas de un hombre cuando está ebrio. Opinamos que cuando se halla bajo la influencia del licor, no es realmente responsable. Decimos que es un buen hombre cuando “esta en su juicio”. Pero fue mientras estaba en su juicio que cometió la maldad; fue entonces que decidió emborracharse, Su ebriedad  solamente recalca su debilidad, y prepara el camino para una conducta más sospechosa en lo futuro.

Es decir, los pecados, igual que todo lo demás, engendran progenie. El pródigo parecía ser buen joven cuando decidió abandonar su casa. El derroche, las rameras y la vida perdida llegaron como una cadena, unos trabados a otras y vinieron después. Un rasgo malo puede engendrar todo un séquito de maldades. Usualmente los pecados no vienen uno por uno, sino en racimos o en familias. La debilidad y los pecados se alimentan de sí mismos. El fracaso de hoy es la mejor predicción del fracaso de mañana. Uno de los principios psicológicos bien establecidos es que la mente se inclina a seguir las huellas de los pensamientos. Los pensamientos y actividades subsiguientes siguen la huella del que abrió el camino. Con cada repetición se hace más fácil seguir el camino de menor resistencia.

El plan más seguro consiste en no dejar que el nos aventaje demasiado. La única manera segura de evitar que entremos en dificultades es no permitir que la dificultad entre en nosotros. Con cambiar de un sitio a otro es poco lo que se logra, a menos que nosotros mismos cambiemos. El joven no se convirtió en pródigo por hallarse fuera de su hogar. Esto no hizo más que mostrarle lo que había llegado a ser. El hecho de volver a casa no iba a cambiar su prodigalidad,  a  menos  que  estuviese  resuelto  a  cambiarse  a  sí mismo. No sólo debemos reconocer las malas consecuencias del pecado, sino también debemos reconocer en nosotros mismos aquellos rasgos que engendran la dificultad. Esto es sumamente difícil porque nuestras faltas, vistas a través de nuestros propios ojos, tienen muy poco parecido a las mismas faltas cuando las vemos en otros.

Por supuesto, nuestra preocupación mayor debería ser lo que podemos hacer al respecto. El médico aprende medicina comprando los cuerpos enfermos y los saludables. Cuando es sabio, aprende de todas las personas  y de todas las cosas. Aun la propia muerte contribuye a su conocimiento. Nosotros podemos aprender a vivir con mayor éxito siguiendo un procedimiento de comparación.

El Señor se afanó por proveernos los dos extremos opuestos. A nuestro derredor podemos ver lo bueno y lo malo, el uno al lado del otro. Las parábolas de Jesús son comparaciones. El contraste es lo que nos permite entender la lección con más facilidad. Entendemos en el acto los méritos comparativos del levita y del buen samaritano cuando los vemos juntos. Lo mismo sucede con las vírgenes sensatas y las imprudentes. La narración del hijo pródigo puede servirnos de espejo para indicarnos cómo podemos ajustar y adornar nuestras propias vidas. Una consideración atenta de lo que le sucedió puede ser la vacuna que nos inmunizará y guardará de contraer la enfermedad que le causó tan grave pérdida.

Esta parábola puede enseñarnos muchas, cosas. Cada persona puede derivar de ella las ideas particulares que más convengan a sus necesidades personales. En los pensamientos de algunos padres inculcará un poco más rotundamente el espíritu amoroso y disposición para perdonar manifestados por el padre del pródigo. A otros padres quizá los hará pensar en las condiciones del hogar que causaron la prodigalidad en primer lugar. El hermano mayor nos enseña algunas cosas, así de un lado del asunto como del otro. Su lealtad e industria contrasten notablemente con las de su hermano menor. Aquél había trabajado por muchos años y “no había traspasado jamás el mandamiento de su padre”. Esto es indicación de sin gran mérito. Sin embargo, habrá quienes desacrediten este mérito porque aparentemente le faltaba algo en lo que concernía a la caridad y la tolerancia, aunque podemos entender lo que naturalmente debe haber sentido hacia su hermano, cuya manera de pensar era tan radicalmente distinta de la suya. Podemos incorporar a nuestras vidas las cualidades que queramos y descartar los rasgos que creamos inconvenientes.

Sin embargo, el pródigo es el personaje principal de la parábola y merece nuestra consideración especial. Todos tienen semejanzas y diferencias cuando se comparan con el ideal. Si nos examinamos atentamente, tal vez descubriremos que nosotros mismos tenemos algún parecido notable con el joven desafortunado que amamos el “hijo pródigo”. El rasgo principal de éste consistía en que era disipador. Ese es precisamente el significado de “pródigo”. Deseaba actuar como a él le placía. Es una debilidad común. Cuando cedemos con demasiada frecuencia a esta inclinación, es usualmente un síntoma que nos advierte de una dificultad grave que está a punto de surgir.

Si un gramo de prevención vale sin kilo de remedio, entonces conviene reconocer nuestros síntomas antes que la enfermedad se desarrolle demasiado. Una de las garantías más importantes del equilibrio personal es el desarrollo de la habilidad para hacer “lo que conviene” en lugar de permitirnos continuamente hacer como nos plazca. El pródigo “volvió en sí” sólo cuando fue humillado por circunstancias que no podía dominar. Con demasiada frecuencia aceptamos orientación solamente cuando nos vemos obligados a ello. Pensemos en el despilfarro y aun el agravio de que a veces somos culpables cuando nuestros padres, amigos, directores y aun Dios nos aconsejan sobre las malas tendencias. Pensemos en el esfuerzo, tiempo y angustias que pudimos haber evitado si hubiésemos estado dispuestos a aceptar el buen consejo. Alguien ha dicho que en vista de ser tan abundantes los buenos consejos, deberíamos aprovecharlos más. A menudo nos parecemos al hijo pródigo en muchos respectos. No solo derrochó su dinero; también desperdició su tiempo y el tiempo de la gente; disipó sus oportunidades para educarse; malgastó el carácter, no sólo el propio, sino también el de sus compañeros de juerga. Perdió el respeto de aquellos que pudieron haber sido sus amigos sinceros.

Despilfarró las habilidades y empleo provechoso que pudieron haber sido suyos.

Hay personas que no pueden aprender sino por la experiencia; pero algunas veces no nos beneficiamos mucho ni aun de lo que realmente nos sucede. Hay ocasiones en que nuestro éxito no puede sobrevivir nuestra experiencia. Es un hábito muy destructivo insistir en pasar por cada trance personalmente, pues por admirable que es el principio del arrepentimiento, no puede sustituir del todo una orientación prudente y original. Por ejemplo, es  sumamente difícil arrepentirse de “bienes derrochados”. El eminente psicólogo, William James, dijo una vez que el Señor podrá perdonar nuestros pecados, pero las células de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso nunca perdonan. Es sumamente difícil esconder las sendas que corren por nuestro cerebro de los pensamientos futuros que quieren ir en esa dirección; y en una época posterior podemos encontrarnos en el mismo camino a pesar de creer que debíamos haber sido más prudentes después de la primera experiencia. Como quiera que sea, el que logra más beneficio de una aventura no siempre es el que ha pasado por ella. A menudo la lección viene demasiado tarde para él o se halla tan debilitado por las consecuencias, que ha perdido la facultad para aprovechar la lección. Los doctores jamás insisten en contraer las enfermedades personalmente. Hay mejores maneras de aprender. Podemos aprender ciertas lecciones del hijo pródigo y evitarnos la necesidad de pasar por esa experiencia nosotros mismos. Podemos aprender su lección sin sufrir su pérdida; recibir la experiencia sin correr el riesgo; sacar la ventaja sin pagar el castigo.

El pecado de la prodigalidad tiene muchas ramificaciones destructivas. No solamente debemos evitar el trance particular que vemos delante de nosotros, sino debemos comprender que cada persona tropieza en un lugar distinto. Sería menester que tuviéramos por delante las vidas de varios pródigos para poder completar nuestra experiencia en forma vicaria siquiera. No hay necesidad de esperar hasta que se manifiesten en alguien todas las lecciones derrochadoras. Dios nos ha concedido la razón y la conciencia y mandamientos para evitar que tengamos que experimentar todo eso.

El despilfarro es un producto secundario del vicio y constituye un desorden en nuestras vidas del cual debemos procurar salvarnos como de los vicios mismos. Es bastante difícil eliminar la pérdida y restringir los rasgos de carácter que la están causando, y también es bastante difícil salvarnos de las consecuencias del cáncer mientras estamos mimando la enfermedad. La cirugía es una parte muy útil de la medicina y también una parte muy útil de la religión; y la ocasión más conveniente para operar es antes que el paciente se encuentre demasiado enfermo.

Los rasgos de carácter que nos hacen perder nuestro tiempo no paran allí. Ni todos los derrochadores se van a una “provincia apartada”. Es mucho más numerosa la cantidad de pródigos que nunca salen del hogar. Una prodigalidad tan intensa como la que se refiere en la parábola es como una fuerte irritación. En un tiempo comparativamente corto se muere el enfermo o se calma la fiebre. El dinero que sostenía la fiebre de nuestro amigo pronto se agotó, de modo que se vio privado de su poder para derrochar más de sus bienes mientras le faltaba la manera de reponerlos, Por tanto, se vio obligado a hacer algo. No siempre sucede así con los pródigos que permanecen en casa. Su despilfarro no será tan aparatoso, y sin embargo, puede resultar más serio al final porque dura más tiempo. La prodigalidad que es semejante a una fiebre intensa es una cosa; pero la que se parece a la lepra es cosa enteramente distinta.

Sin embargo, sea que la pérdida acontezca en casa o fuera de casa, sea aguda o crónica, constituye uno de los pecados más graves. Despilfarramos el tiempo; disipamos oportunidades; derrochamos bienes; desperdiciamos la salud; malgastamos el decoro propio. Aun dilapidamos la vida eterna. Las leyes de Dios decretan que podemos recibir cualquier bendición si estamos dispuestos a vivir de tal modo que la merezcamos. Dios no puede darnos más. Ha colocado su don principal a nuestro alcance. Pero mediante los  pecados abrumadores de la prodigalidad, disfrazados de ocio, ignorancia, indecisión, inercia, desidia, letargo y pereza, echamos lejos de nosotros las bendiciones del reino celestial, algunas veces aun sin darnos cuenta de que ya no las tenemos.

La mayor parte de nosotros, sea que nos consideremos pródigos o no, desperdiciamos suficientes horas en diez años para recibirnos de médicos en cualquier universidad. El noble escritor escocés, Tomás Carlyle, dijo: “El que muera una persona que pudo haber sido sabia y no lo fue, para mí constituye una tragedia Cuando se pierde una hora no sólo es tiempo perdido; es también despilfarro de poder, de nobleza de carácter; de felicidad futura. Muchos de nosotros no somos más cuerdos a los treinta años de lo que fuimos a los veinte ni más confiables a los cuarenta de lo que fuimos a los treinta; no producimos mayor ambición a los cincuenta años que cuando tuvimos cuarenta; y nuestra piedad tal vez no sea mayor a los sesenta años que cuando tuvimos cincuenta. Así que, al fin de nuestras vidas quizás nos hallaremos tan distantes del reino celestial como al principio.

De modo que el hombre, la gran obra maestra de la creación, dotado con todos los atributos de Dios, destinado para tener dominio sobre toda la tierra, no puede dominarse ni aun a sí mismo o su propio destino y no hace más que derrochar los “bienes de nuestro Padre. Igual que el motor de dieciséis cilindros, a veces solamente hacemos funcionar uno y desperdiciamos quince. Los inmensos desiertos y yermos de la tierra tan sólo pueden simbolizar inadecuadamente los eriales, mayores aún, de la mente y espíritu humanos. La pérdida más grande del mundo no es la devastación que acompaña la guerra, ni lo que cuesta combar el crimen, ni la erosión de nuestros terrenos, ni el agotamiento de nuestros recursos naturales. No es ni aun todas estas cosas juntas. La pérdida mayor del mundo es que los seres humanos, vosotros y yo, hijos de Dios, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades.

La vida, cuando más, es sumamente breve. Nos vemos obligados a llenarla de tantas cosas. Sin embargo, la acortamos aún más por medio de nuestro derroche. Hemos disipado parte de nuestras oportunidades si no logramos crecer. No debemos permitir que el año próximo nos encuentre sin más habilidades que las que tuvimos este año. En lugar de tener muchos años de experiencia, hay ocasiones en que tenemos solamente un año de experiencia, repetida una vez tras otra. Nos es preciso arar nuevas tierras. Necesitamos aprender más, hacer más y ser más.

El otro día viajé siete horas en un avión, que llevaba 67 pasajeros. Casi sin excepción todos pasaron las siete horas ociosamente mirando por las ventanillas del aeroplano y ojeando sin interés alguna revista, Sócrates dijo: “Calificase de ocioso aquel que puede estar haciendo algo mejor.” Esta afirmación tiene un significado particular para nosotros que desperdiciamos nuestro tiempo, mientras a nuestro derredor hombres y mujeres están perdiendo sus bendiciones.

No hace mucho asistí a lo que para mí fue una reunión religiosa de mucho estímulo. Sin embargo, hubo algunos en quienes no surtió ningún efecto. Unos estaban durmiendo, muy pocos estaban anotando lo que oían. El que pronunció la última oración dijo: “Bendícenos a fin de que podamos recordar lo que hemos oído”. Estas oraciones probablemente nunca serán contestadas, hasta que nosotros mismos hagamos algo. Entre otras cosas, interesarnos un poco más y quizá anotar algunas de las ideas más útiles. Las mejores ideas pueden huir de nosotros o ser olvidadas en poco tiempo; y ya sea que suceda lo uno o lo otro, se han derrochado. Con frecuencia se ha dicho: “El hombre que ha sido echado en el olvido es aquel que se ha olvidado de sí mismo y de sus oportunidades.”

El hijo pródigo hizo lo que mejor le pareció y trajo sobre sí su propia ruina. Lo mismo sucede con el ocioso, el desobediente, el ignorante y el perezoso. Uno de los personajes de Shakespeare dijo: “Me burlé del tiempo y ahora el tiempo se burla de mí.” Así es la ley.

Benjamín Franklin dijo:

“Si el tiempo es, de todas las cosas, el más precioso, desperdiciarlo ha de ser la mayor prodigalidad. En vista de que nunca se recupera el tiempo perdido, lo que llamamos suficiente tiempo siempre resulta insuficiente. Esforzaos, pues, y obremos con propósito; para que por medio de la diligencia efectuemos más con menos perplejidad.”

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