El pecado y nuestra responsabilidad

Liahona septiembre 1962

El pecado y nuestra responsabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

El dirigente de una organización de beneficencia, en oportunidad de una reciente reunión pública, dijo: “Por supuesto, no hay padres realmente malos, como tampoco hay hijos realmente malos.” Esta filosofía, apoyada por muchos, proviene indudablemente de lo que hace varios años escribiera Sigmundo Freud, el famoso psicólogo, conforme a la cual aseguraba que nadie puede ser culpado realmente por algo. Hay personas que enseñan que aun el más empecinado criminal ha llegado a ser lo que es por motivo de alguna peculiaridad en su subconsciente, o porque algo inevitable sucedió después de su nacimiento, de lo cual resulta que no puede ser realmente culpado. Y justifican el pecado, diciendo: “Vivimos en un mundo enfermizo, así que ¿por qué culpar al individuo?”

El relato de un caso característico en cuanto al sostenimiento de esta destructiva filosofía, apareció no hace mucho en los diarios que hablaban de un jovencito asesino, de dieciséis años de edad, llamado Hubert Sherrell Jackson, hijo. Este incalificable delincuente, que vivía en Gadsden (Alabama, E.U.A.), tenía tendencias nazistas y cierto día preparó en su propia casa una bomba incendiaria y la arrojó dentro de una sinagoga judía durante una reunión de culto, y cuando las gentes comenzaron a salir asustadas gritando, descargó sobre ellas un rifle de repetición. El padrastro del muchacho dijo a la policía: “Claro que él cometió una imprudencia, pero es todavía un niño.”

Esta es una actitud muy frecuente entre nosotros. Reconocemos que cometemos “imprudencias”, pero como nos consideramos ‘buena gente” nos excusamos de toda culpa. Y ésta es la otra mitad de la antigua y destructiva doctrina sectaria que enseña que uno “habrá de ser “salvo”, no importa lo que haya hecho o haga.

En muchos lugares se ha anulado casi el término “pecado”, no solamente de nuestro vocabulario, sino hasta de nuestros pensamientos. Es indudable que la mayoría de nuestros problemas actuales se debe a que nos desentendemos mentalmente de la responsabilidad de nuestras culpas. Y es cierto que nuestra sociedad está enferma, pero la razón de ello está en que muchos de nosotros somos enfermos como individuos. Curaremos nuestra sociedad cuando nos curemos a nosotros mismos individualmente, y dejemos de justificarnos o disculparnos en base al argumento de que “todos lo hacen.” El pecado, la maldad y las degeneraciones de la moral son condiciones de carácter individual, por lo que tendremos que ser personalmente responsables ante Dios por cada uno de nuestros actos. Y sólo nos perjudicamos cuando escondemos nuestra cabeza en la arena de la simulación y escapamos de nuestras responsabilidades.

El segundo Artículo de Fe dice: “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados. . .” Sabemos que, por supuesto, el mal ejemplo de ciertas personas podría resultar la más destructiva influencia imaginable. Pero ello no nos absuelve de nuestra culpa, responsabilidad y castigo personales. Todo individuo debe siempre retener en sus propias manos la responsabilidad primaria de sus pecados, y sería sabio recordar constantemente las serias consecuencias que éstos traen inevitablemente consigo.

Con frecuencia nos asalta el temor ante las amenazas de posible destrucción por parte de los ateos líderes comunistas. Nosotros sabemos que ellos  tienen poder para arruinar nuestros hogares, nuestras ciudades y nuestras vidas. También sabemos que, considerando  la  cantidad  de  sangre  que  ya  ha  empapado  sus manos, no tendrían escrúpulos para seguir destruyendo vidas humanas, si ello facilitara sus propósitos. Pero aunque este grande y asombroso poder atómico en manos de hombres pecadores podría causar una rápida y atroz destrucción, nuestro peligro mayor no consiste precisamente en la posibilidad de una devastación nuclear. La amenaza más terrible del siglo XX consiste en nuestros propios pecados.

El pecado ha sido siempre el problema fundamental del mundo, y lo es también en nuestras vidas individuales. Nuestra tendencia hacia el debilitamiento moral y nuestra constante inclinación a transgredir las leyes divinas, constituyen la más temible amenaza contra nuestro éxito y felicidad, tanto en esta vida como en la venidera.

En septiembre de 1832, tal como se encuentra registrado en Doctrina y Convenios, Sección 84, el Señor dijo:

Y todo el mundo yace en el pecado, y gime bajo la obscuridad y la servidumbre del pecado.

Y por esto sabréis que están bajo la servidumbre del pecado, porque no vienen a mí.

Porque quien no viene a mí está bajo la servidumbre del pecado. Y el que no recibe mi voz no conoce mi voz, y no es mío.

Y de esta manera podréis discernir a los justos de los inicuos, y saber que el mundo entero gime bajo el pecado y la obscuridad ahora mismo.

Y en ocasiones pasadas vuestras mentes se han ofuscado a causa de la incredulidad, y por haber tratado ligeramente las cosas que habéis recibido, y esta incredulidad y vanidad han traído la condenación sobre toda la iglesia.

Y esta condenación pesa sobre los hijos de Sión, sí, todos ellos; y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón y los mandamientos anteriores que les he dado, no sólo de hablar, sino de obrar de acuerdo con lo que he escrito, a fin de que den frutos dignos para el reino de su Padre; de lo contrario, queda por derramarse un azote y juicio sobre los hijos de Sión.

Porque, ¿han de contaminar los hijos del reino mi tierra santa? De cierto os digo que no.

En verdad, en verdad os digo a vosotros que ahora escucháis mis apalabras, que son mi voz, benditos sois si recibís estas cosas; porque yo os perdonaré vuestros pecados con este mandamiento: Que os conservéis firmes en vuestras mentes en solemnidad y en el espíritu de oración, en dar testimonio a todo el mundo de las cosas que os son comunicadas.

Id, pues, por todo el mundo; y a cualquier lugar a donde no podáis ir, enviad, para que de vosotros salga el testimonio a todo el mundo y a toda criatura. (Doctrina y Convenios 84:49-62)

El Señor se refiere a nuestro descreimiento. Sí entendiéramos Sus palabras, probablemente habría muy pocas personas incrédulas. Pero la mayoría de la gente no valora la fe; ni siquiera piensa suficientemente en ella. Tal como el Señor lo declara, solemos considerar estas importantes cosas en forma muy superficial, porque no las meditamos ni seria ni suficientemente. Nuestras mentes están obscurecidas por la incredulidad. Entonces, en esa obscuridad mental, decimos: “No hay padres realmente malos, como tampoco hay hijos realmente malos.” Y también: “No somos responsables; vivimos en una sociedad enfermiza, por lo tanto nadie es realmente culpable. Sigamos en nuestros pecados, venga lo que venga.” De esta manera, sólo conseguimos agregar un sentimiento de decepción y también ignorancia a nuestros problemas y es imposible adoptar una firme determinación positivamente benéfica.

La historia nos cuenta que Calvin Coolidge, uno de los Presidentes de los Estados Unidos, regresó cierta vez de la iglesia, y su esposa le preguntó sobre qué tema había hablado el sacerdote. Con su típico laconismo, Coolidge contestó: “Sobre el pecado.” La mujer quería saber algo más al respecto y volvió a inquirir: “¿Y qué dijo acerca del pecado?”, a lo que el ex-gobernante respondió: “Que era malo.”

Tan simple como parece ser esta breve respuesta, no siempre describe o define nuestra actitud. Con frecuencia amamos el pecado. En medio de nuestra obscuridad y descreimiento nos alejamos de Dios y nos convertimos en amantes del mal, en lugar de serlo de la verdad. Escondemos nuestra cabeza en la arena y disimularnos la identidad del pecado, diciéndonos a sí mismo que no existe y que sólo son “meros errores inocentes”, cometidos por “buena gente”. Al fin y al cabo, todo el mundo lo hace porque “nuestra sociedad es enfermiza.”

Cierto orador, hablando en una Reunión Sacramental, hizo algunos comentarios acerca del segundo Artículo de Fe. Al día siguiente recibió de uno de sus oyentes un anónimo en que se le acusaba de tener un complejo en cuanto al pecado, Parecía ser que el que escribió la nota pensaba que el orador había criticado demasiado desfavorablemente al pecado. Pero ¿por qué no habríamos de estar en contra del mismo? El pecado es nuestro peor enemigo. Casi todas las desdichas y maldades en el mundo, se deben a alguna falta inútil. Si pudiéramos limpiarnos y limpiar al mundo del pecado, lograríamos paz, prosperidad, comodidad, dicha y vida eterna. El Señor ha dicho: “No os enredéis en el pecado.” (Doctrina y Convenios 88:86.) Y esto es más que un sabio consejo.

El diccionario nos hace saber que pecado es la “transgresión de las leyes de Dios.” Es desobediencia a la voluntad divina. Consiste en una voluntaria desviación del sendero del deber, generalmente por causa de que nos engañamos a sí mismos. Pero sea el pecado cometido en la ignorancia o no, siempre trae consigo cierto castigo sobre el transgresor.

La justicia y la inteligencia no son impuestas al individuo. Si llegamos a ser gente devota, es porque hemos tomado nosotros mismos la iniciativa. Recordemos las palabras del Señor: “. . . Aquel que no viene a mí, está bajo la servidumbre del pecado.

A fin de ilustrar un verdadero ejemplo de servidumbre del pecado, podemos pensar en los líderes del comunismo. Ellos” no han venido a Dios, sino que se han alejado de El tanto como han podido, haciendo todo lo posible por desterrarle de cada lugar de la tierra en que han tenido alguna influencia. No reconocen ningún poder en el mundo que sea superior al de ellos, ni moralidad más alfa que la que proclaman. Nosotros conocemos el método del señor Kruschev, edificado sobre el molde de la jactancia, la falsedad, el abuso personal, el engaño, la amenaza, y tendiente a dominar los pueblos. Sabemos de su extensa lista de promesas quebrantadas. El señor Kruschev y sus compañeros forman una especie de equipo de fútbol que está dispuesto a aventajar a sus rivales aun mediante trampas, engaños y abusos. Sin embargo, todo equipo de fútbol debe jugar conforme a reglas preestablecidas, en tanto que los comunistas han abolido toda ley excepto las suyas propias, y no reconocen árbitro o autoridad alguna.

Pero debemos tener cuidado de no actuar nosotros en forma similar, mediante la suspensión de normas y la abolición del pecado, cuando decimos que “no hay padres ni hijos realmente malos.” Aun ya a los dieciséis años de edad, el carácter moral del individuo ha tenido tiempo suficiente para ser formado. ¿Dónde y cómo pudo obtener, si no, este jovencito cuya historia mencionáramos al principio, ese desmedido sentimiento anti-semita? Es obvio que lo adquirió en su hogar y en su comunidad. Indudablemente entró a tener problemas como consecuencia de esta actitud de irresponsabilidad tendiente a abolir la palabra “pecado”, que tanto prevalece en nuestra época. Y no es difícil que haya también contribuido grandemente la freudiana filosofía de que “nadie es realmente culpable.”

En verdad, no desaprobamos el pecado cuando lo atribuimos a alguna incidencia producida durante nuestra temprana niñez o antes de nuestro nacimiento. Cuánto mejor no estaríamos si comprendiéramos lo que el Señor nos ha revelado en la Sección 68 de las Doctrinas y Convenios, en cuanto a que si como padres no enseñamos a nuestros hijos los principios de la justicia el pecado recaerá sobre nuestras cabezas, y que cada ser humano es su propio agente, con personales e individuales responsabilidades hacia  Dios.  Estas  responsabilidades  son  harto  evidentes  ante  el hecho de que la mayoría de los problemas de la vida se nos presenta en la edad madura. “Fue una oveja y no un cordero lo que se había extraviado según la parábola de Jesús.”

Podemos evitar una gran cantidad de problemas si obtenemos un correcto adiestramiento y adoptamos una actitud honesta en nuestras vidas. Pero en la actualidad, necesitamos un verdadero despertamiento. Debemos comprender que el pecado es malo y que ninguno de ellos carece de importancia. Satanás dice: “. . . Engañad y acechad para destruir; he aquí, en esto no hay daño. Y así los lisonjea, y les dice que no es pecado mentir para sorprender a uno en la mentira y así destruirlo.” (Doctrina y Convenios 10:25.)

Debemos comprender que el pecado es algo individual, y que aun los jóvenes tienen que aprender a ser responsables sus actos. Alguien ha dicho que un joven de doce años que no sea capaz de reconocer el error, es un idiota. Aun uno de diez años de edad que no sepa lo que es fundamentalmente justo, es un retardado.

El Señor ha revelado que a los ocho años el ser humano ha alcanzado la edad de responsabilidad. Y ciertamente, nosotros los adultos, no sólo debemos ser responsables de nuestros propios actos, sino ayudar a otros a obtener un buen conocimiento de estas verdades. Dios ha decretado que cada individuo tendrá que responder finalmente ante Aquel que dijo: “. . . Yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia.” (Doctrina y Convenios 1:31)

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