El momento decisivo

Liahona mayo 1962

El momento decisivo

por el élder Sterling Welling Sill

Posiblemente lo más importante en nuestra vida es tener que hacer decisiones. Tenemos la grandiosa responsabilidad de ser nuestros propios agentes. Debemos decidir entre lo malo y lo bueno, entre el fracaso y el éxito, entre la ociosidad y el dinamismo, entre la miseria y la felicidad. Está en nosotros mismos el hacer nuestras propias determinaciones en cuanto a nuestra orientación, tiempo y condición personales. Y ésta es la mayor bendición que tenemos, y que consiste, a la vez, en nuestra responsabilidad mayor.

La parte de la creación que vive bajo el control y la dirección de los instintos naturales, no tiene tal responsabilidad. Una vaca se comporta como las demás vacas se comportan. Una celdilla hexagonal construida hoy por una abeja, tiene exactamente el mismo diseño e idénticas medidas que las que hace mil años construyeran otras abejas. Los gallos cantan en todo el orbe con igual lenguaje, en la misma manera y por razones semejantes. Muchas de las varias formas de la naturaleza están conformadas en base a un mismo molde a medida que nacen, se alimentan, se crían y mueren.

Pero cada ser humano es diferente. En efecto, se ha dicho que existe sólo un punto en el cual todos se parecen, y éste es el hecho de que todos son diferentes entre sí. La razón por la cual los hombres difieren entre sí, es porque cada uno puede obrar por sí mismo; y la mayor empresa de la vida es la responsabilidad de hacer decisiones. Es ésta nuestra más dura tarea y la parte de nuestra existencia que determina nuestro éxito o nuestro fracaso.

El diccionario dice que hacemos una decisión cuando a una parte le otorgamos la victoria sobre la otra. Decidir es “dar fin a la vacilación.” Es la “terminación de una duda o controversia.” Decidir significa “concluir” después de una cuidadosa investigación o de un razonamiento meditado. Y una real decisión es aquella que comprende un cierto grado de firmeza que nos capacita para llevar a cabo lo que nos proponemos.

Algunas veces confundimos decisión con intención. Una intención, no importa cuán fuerte o buena sea, no es sino un pobre sustituto de aquélla. Casi todo el mundo tiene intenciones de hacer el bien. Pero también se ha dicho que el infierno está pavimentado de intenciones.

¿No es acaso interesante saber que la mayoría de la gente se lleva al infierno las mejores intenciones dentro del corazón? Si éstas hubieran sabido madurarse un poquito más, podrían haber llegado a constituir decisiones suficientemente fuertes como para llevarles al reino celestial. La decisión es una condición mental mucho más avanzada y con un poder mayor que las meras intenciones. Pero las decisiones correctas son a menudo muy difíciles de hacer. Aun el apóstol Pablo parece haber tenido problemas al respecto. Él dijo: “…No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero…” Y luego agregó: “…Queriendo yo hacer el bien…el mal está en mí.” (Romanos 7:19, 21)

Una vez escuché a un abogado tratar acerca de otro problema en cuanto a las decisiones. Él decía que tenía una “mente judicial”, y que por muchos años se había estado preparando para poder mirar con igual consideración a ambas proposiciones de cada juicio en que él intervenía. Si alguien había robado un banco o golpeado a su esposa, él trataba de ponerse también del lado del acusado a fin de entender y apreciar bien el móvil de éste. Pero paulatinamente se le fue presentando el inconveniente de no poder lograr que su mente se decidiera por ninguna de las dos partes. Parecía estar ya permanentemente neutralizado.

La neutralidad o imparcialidad no siempre es una virtud. En una ocasión el gran estadista Winston Churchill fue acusado de no haber sido imparcial en cierto caso. Después de haber admitido la acusación, expresó su cordial preferencia por la parcialidad. Dijo que pensaba que la imparcialidad parecía estar siendo causa de muchos de nuestros problemas en el mundo. Por ejemplo, pensaba que era ridículo ser imparcial entre un incendio y la brigada de bomberos. Probablemente el infierno conseguía la mayoría de sus candidatos entre aquellos que tenían una fuerte cualidad de ser imparciales. Algunas veces somos imparciales entre el error y la justicia, entre la industriosidad y la haraganería, entre Dios y Satanás. La imparcialidad reduce muchas de nuestras buenas intenciones a un simple estado de trunco desarrollo, en tanto que una cierta parcialidad podría haber derivado en decisiones.

Otro término neutral es la “indecisión”, que significa que una buena intención es simplemente dejada en suspenso. Algunas veces recibimos cierta ayuda mediante una decisión forzada por las circunstancias. Si nuestro tren sale exactamente a las cuatro y cinco, el hecho ejercerá cierta presión sobre nosotros y nos ayudará a resolvernos. El que la Escuela Dominical comience a las 10:30 horas en punto, incita a las mentes mal dispuestas a tomar una determinación.

Muchas de nuestras decisiones nunca tienen lugar por causa de la postergación. Mas si somos forzados a decidir sobre un asunto, indudablemente nos decidiremos. No hacemos decisiones simplemente porque es más fácil ser irresolutos. Y esto es muy común entre nosotros, no obstante nuestra honestidad, temperancia, buen ánimo, etc. Es también corriente en materia de procedimientos y administración. Si la presión ejercida por las circunstancias no es suficiente, las decisiones no son entonces hechas o lo son  por simple descuido. Es decir, si el tren sale exactamente a las cuatro y cinco y nosotros no hemos tratado de llegar antes de que salga, no hemos hecho otra cosa que decidir perder el tren. Y por este mismo proceso, decidimos muchas cuestiones importantes en nuestras vidas. Por ejemplo, si fracasamos en decidirnos a llevar a cabo un programa que nos mejore a nosotros mismos, automáticamente hemos  decidido  estancar  nuestro  progreso.  Muchas  de  nuestras decisiones nunca tienen lugar por causa de la postergación. Si no nos decidimos a ser buenos directores, automáticamente hemos decidido ser directores mediocres.

Una de las influencias más grandes que presionan nuestras vidas, es la que nuestros hábitos ejercen. El hábito es aún más fuerte que el poder de la determinación o la voluntad, y uno de los hábitos más perjudiciales es el de la indecisión. En algunas personas ésta es la característica más destacada. Y es también la mayor fuente de sus debilidades y problemas. Por ejemplo, nadie comienza a ser un director mediocre más deliberadamente que uno cine decide ser un borrachín. El borrachín comienza por tomar un par de tragos en cualquier reunión social. Él quiere ser amigable. Sus intenciones son de las mejores. No ha decidido ser precisamente intemperante, por lo tanto toma unas pocas copas más. En su opinión, ninguna de éstas es muy fuerte. Hasta siente que puede suspender la bebida en cualquier momento. Pero antes de que se dé cuenta, “el hábito que una vez fuera demasiado liviano para ser sentido, es ahora demasiado fuerte para ser vencido.” Y llega a convertirse en un borrachín sin que ello hubiera sido su intención. Llegó a serlo por descuido. Llegó a ser un borrachín porque no supo resolverse a no serlo. Arrojó fuera de sí su vida por no haber decidido qué iba a hacer de la misma. Perdió su temperancia sin siquiera percatarse de ello.

De igual manera es posible que uno pierda su integridad, su espiritualidad y su habilidad para dirigir. Pueden aun perderse estas cosas sin que nos demos cuenta. Y por el mismo proceso, podemos también perder la vida eterna. Alguien dijo que es posible perder la vida eterna por causa de un simple reventón en los neumáticos de nuestro automóvil. Siempre es sólo cosa de una lenta gotera —una pequeña falta, un pecado leve, una mera tardanza, una fútil indecisión, una sencilla indiferencia, letargo insignificante… y antes de que lo sepamos, hemos perdido la vida eterna por simple descuido— todo porque no hicimos unas pocas decisiones firmes a fin de no perderla.

Emerson ha dicho que “el mundo pertenece a la energética.” Tal verdad tiene una aplicación religiosa muy significativa que nosotros debiéramos tener siempre presente en nuestra mente. Muy pocas cosas son tan vigorizantes como el trabajo. Por ello es que el mismo Emerson agrega: “Trabaja constantemente, te paguen o no. Preocúpate sólo por trabajar y tendrás tu recompensa. Ya sea tu trabajo fino o tosco, que plantes maíz o escribas novelas, si lo haces honestamente y puedes aprobarlo tú mismo, habrás de obtener las mejores recompensas jamás conocidas.” Un trabajo honesto proporciona también las más grandes recompensas y las mejores satisfacciones en nuestra espiritualidad y en nuestra habilidad para dirigir.

Pero el trabajo debe estar siempre precedido por la decisión. En consecuencia, Emerson debió haber dicho que “el mundo pertenece a quien puede resolverse.” ¡Qué maravilloso es el equipo que integran la decisión y el trabajo!

Necesitamos saber qué decidir, cómo hacerlo, y cuándo decidirnos. Por ejemplo, el momento preciso para decidirse a no convertirse en un borrachín, es antes de que el astuto hábito se posesione de nosotros. Porque mejor es prevenir que curar. Se ha dicho que hay dos etapas en la vida de un bebedor: cuando podría abstenerse si quisiera, y cuando querría hacerlo si pudiera. Exactamente lo mismo sucede con nuestras realizaciones y nuestra habilidad para dirigir. En cuanto a ellas, también debemos decidirnos tan pronto en nuestras vidas como sea posible.

Todo director potencial debiera evitar concienzudamente la práctica de la indecisión. No hay otro hábito que crezca tan fecundamente en el alma. Para el hombre irresoluto, una de las cosas más difíciles es enfocar una idea. Debemos recordar que “la inclinación del árbol dependerá de la del soporte que le coloquemos al plantarlo,” lo cual también se aplica a los hábitos y los rasgos de la personalidad. Si para enderezar nuestro árbol esperamos que el pequeño tallo que plantáramos llegue a ser un grueso roble, nuestro problema será difícil de resolver. Por consiguiente, “el momento decisivo” es ahora mismo. Cuanto antes posible. El “momento decisivo” habrá pasado de largo cuando menos lo pensemos, y habremos perdido entonces el poder para escoger o decidir. Pues no obstante ser una bendición, la facultad para escoger está sumamente sujeta a la condición temporal.

En cierta comarca de la India, gran cantidad de nativos muere anualmente a causa de mordeduras de serpientes pitón. Estos reptiles depositan sus huevos, durante la primavera, entre la arena o la hierba, y cada año los nativos exploran la zona a fin de poder destruir dichos huevos antes de que sean incubados. Saben que si no destruyen las pitones mientras están en el huevo, ellos mismos pueden llegar a ser destruidos por las pitones, cuando éstas salgan del huevo.

Idéntico principio se aplica a las influencias que forcejean en contra de nuestra habilidad para dirigir. Consciente o inconscientemente, muy a menudo estamos incubando los gérmenes del pecado y el fracaso que podrían llegar a destruirnos. Una vez que éstos comienzan a crecer, sólo nos queda esperar. Y a poco las pitones se habrán enroscado en nosotros. ¿Quién podría haber jamás sospechado la peligrosa potencia que encierra un inofensivo huevo de pitón? Aun podríamos no sentirnos siquiera atemorizados al ver un pequeño grupo de inofensivas serpientes recién salidas del cascarón. Sólo cuando sentimos que el fatídico abrazo de una pitón nos está triturando, nos damos cuenta de que el mejor momento para haberla destruido fue cuando aún estaba en el huevo. El poder destructivo, de estas serpientes resulta ser un convincente argumento comparable al desatino del descuido. E ilustra también el significativo hecho de lo que es perder nuestra facultad para escoger.

El momento apropiado para comenzar a enseñar al niño a ser honesto, es apenas nace. Si modelamos su moral dentro de un marco de pecado y deshonestidad durante cincuenta años, toda tarea de remodelación será entonces ímproba. Al estar edificando nuestra habilidad para dirigir, debemos tener siempre presente que éste es el momento decisivo. La mayoría de nuestros problemas surge de nuestra indecisión. Los problemas de la economía deben ser solucionados antes de que nuestra granja se arruine; tenemos que resolvernos a ser abstemios antes de que nuestro nombre aparezca en la lista de alcohólicos; debemos determinar nuestra virtud antes de que nuestras vidas san caladas y horadadas por la inmoralidad. De la misma manera, debemos decidirnos a perfeccionar nuestra habilidad para dirigir, antes que seamos puestos a prueba. Además, ni la oportunidad de dirigir, ni la prueba a que en tal caso nos sometamos, habrán de esperarnos mucho tiempo.

Es necesario que desarrollemos en nosotros una fuerte y vigorosa parcialidad por las cosas buenas y justas. Debemos delinear cada uno de los problemas de nuestras vidas y entonces hacer firmes decisiones acerca de ellos. Los problemas más insignificantes llegan a ser demasiado importantes cuando por indecisión los postergamos. Debemos decidir ahora mismo. Nuestro momento más importante es éste. El momento decisivo.

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