El “método Andrés”

Liahona noviembre 1959

El “método Andrés”

por el élder Sterling Welling Sill

Cuando apenas comenzaba el ministerio del Salvador, Juan el Bautista se hallaba en Betábara, al otro lado del Jordán, y al ver a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Dos de los discípulos de Juan oyeron esto y siguieron a Jesús. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón Pedro. En cuanto Andrés quedó convencido de la misión divina de Jesús, se dio prisa por comunicárselo a Pedro, y la Historia Sagrada nos dice que Andrés “halló primero a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías… y le trajo a Jesús” (Juan 1:29-42)

Conocemos bien el profundo impacto de Jesús en la vida de Simón Pedro, así como la obra importante que éste llevó a cabo subsiguientemente. Sin embargo, Pedro no halló a Jesús por sí mismo. Fue su hermano quien lo llevó a Jesús, y alguien ha dado a esta obra de descubrimiento y contacto “el Método Andrés”. Indica uno de los aspectos más importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir. Hay muchas personas que quizá nunca se habrían enterado de sí mismas ni el lugar que llegaron a ocupar en  el mundo, si otros no los hubieran descubierto.

Una de las ideas más importantes que debe inculcar en su propia mente todo aquel que ocupa una posición de liderazgo en la Iglesia, es la influencia tan grande que una persona puede ejercer en otra.

No solamente somos el guarda de nuestro hermano, sino que también somos responsables de su descubrimiento y progreso.

La influencia de la atención individual y personal puede producir una de las fuerzas más  potentes que se conocen en el mundo. Ha cambiado muchas vidas aparte de la de Pedro. Esta obra individual fue la base de una de las enseñanzas más instructivas de Jesús.

En la parábola de la oveja perdida, Jesús señaló con palpable sentido común, que el buen pastor debe atender en forma individual y personalmente a cada una de las ovejas de su rebaño; es decir, no puede hacer toda la obra dentro del aprisco en forma general. Deben hacerse muchos viajes individuales a las montañas para visitar a aquellos que tienen la tendencia de extraviarse.

Gran parte de la inspiración que activa la vida de cualquier persona, usualmente se ha tomado prestada de alguna otra. La manera más eficaz de influir en los seres humanos para que hagan lo bueno se funda en una base personal e individual.

El enfermo se siente mejor después que lo visita el médico. Los que padecen de enfermedades mentales pueden ser aliviados por el psiquiatra sin medicina ni cirugía, si el médico es diestro en  la ciencia del entendimiento humano.

Frecuentemente hacemos referencia en la Iglesia a nuestro privilegio de recibir inspiración. Pero no siempre recordamos la importancia de nuestro privilegio de impartir inspiración.

Una personalidad noble puede ejercer un poder creador, fortificante y regenerador en la vida de otros; de hecho, la habilidad en este campo es el fundamental de casi todo éxito logrado en los negocios, leyes, medicina, obra social, actividades espirituales, y una proporción grande de todo el campo de las relaciones humanas depende de ella. Casi todas las actividades florecen bajo su contacto, y se marchitan cuando es retirado.

En la Iglesia, esta habilidad en las relaciones personales e individuales es la base de la conversión, instrucción, superintendencia y estímulo. Toda la obra social personal depende de esta destreza, y es el alma de nuestras  relaciones públicas. Algunos llaman a este modo de proceder “el contacto misional”; otros solamente lo llaman “obra personal”. Para esta ocasión me gustaría llamarlo “el Método Andrés”, para que me ayude a recordar que fue de este modo como el apóstol principal llegó a conocer al Señor.

También quizá nos ayude a recordar la fuerza tan grande que hay en nosotros de influir en los demás hacia lo bueno, en la misma manera.

Un poco de atención individual en el momento preciso puede obrar milagros. Hay ocasiones en que una vida entera cambia por motivo de la circunstancia más pequeña, e igual que Pedro, probablemente toda persona debe gran parte de su éxito a la ayuda amistosa que recibió de otros. Se le preguntó una vez a un hombre prominente cuál era el secreto de su vida ilustre y útil, y su respuesta fue: “Un amigo”.

Cuando yo tenía siete años de edad, venía a vernos un maestro orientador muy amable que solía hablar con nuestra familia acerca de los principios del evangelio. Supongo que en cierta forma, todo espíritu humano es “radiactivo”.

Hay un algo que recibimos al estar en la presencia de un hombre ilustre, que podríamos llamar “radiación espiritual”. La mujer que tocó la orilla del vestido de Jesús, oprimido por la multitud, recibió la virtud que anhelaba. Así me sentía yo en la presencia de nuestro maestro orientador.

Aun a la edad de siete años yo podía sentir la radiación espiritual que emanaba de este humilde y devoto siervo del Señor, y sentía una afinidad dentro de mi propio corazón, la cual aun entonces yo comprendía que me estaba ayudando a orientar mi vida.

Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió cuando yo tenía diez años de edad, un domingo en que conocí al presidente de la estaca. Llegué al pasillo en el momento oportuno, y él se detuvo, me tomó de la mano y me preguntó como me llamaba. Entonces me preguntó cómo se llamaba mi padre, y me dijo que lo conocía. Supongo que esta entrevista no duró sino un minuto, pero algo maravilloso había ocurrido en mí en ese instante, al sentir su cordial interés espiritual. En ese momento decidí que algún día desearía emular en mi vida algunas de las cualidades que había sentido en él.

Todos han pasado por algo semejante. Consciente o inconscientemente sentimos diariamente la influencia de nuestros contactos con otros. Una de las oportunidades más grandes para desarrollar nuestra habilidad para dirigir es aprender a usar esta gran fuerza con mayor frecuencia y eficacia.

La parábola tan recomendada por Jesús dice algo acerca de dejar a las noventa y nueve para ir a socorrer a la oveja perdida. Si pusiésemos al corriente esta parábola, en lo que respecta a las estadísticas, y la aplicásemos a nuestra propia obra en la Iglesia, descubriríamos que cada domingo sólo hay cuarenta en el redil y sesenta que necesitan nuestra atención especial.

Cuando Jesús le repitió a Pedro dos y hasta tres veces: “Apacienta mis ovejas”, claro está que no le quiso decir que apacentase únicamente a las que estaban seguras dentro del redil, donde se podría atender a todas en masa. Una de las oportunidades mayores que se nos presenta para apacentar el rebaño de Jesús es por medio de la “obra extraordinaria” con aquellos que no concurren regularmente al aprisco. Es preciso que aprendamos y conozcamos un poco mejor las veredas por entre las montañas.

En ocasiones solemos practicar el “cristianismo verbal” del que habló Santiago, con lo que meramente decimos en sustancia: “Id en paz, calentaos y hartaos”, y no hacemos más. La sociedad que tiene como objeto ayudar a rehabilitar a los alcohólicos, y que lleva por nombre “Alcohólicos Anónimos”, puede enseñarnos unas lecciones muy útiles.

Cuando encuentran a alguien que tiene un problema, no se limitan a invitarlo a la Iglesia, no sólo le envían una postal ni meramente oran por él. Van en persona, y van en el acto y con un programa. Y al llegar allí no conversan sobre el tiempo ni la política, ni hablan en una forma desinteresada y fría. No abandonan la tarea hasta que terminan el trabajo, y entonces regresan una y otra vez hasta que la oveja ha vuelto al camino.

El contacto eficaz con otra persona no sólo es una de las experiencias más estimulantes, sino a la vez una de las más agradables. El “aislamiento”, o “destierro” de nuestros semejantes es el castigo más severo.

El náufrago Enoc Arden se vio obligado a vivir sólo por un período extenso. Tennyson dijo de él: “No carecía de alimentos”. Podía satisfacer toda importante necesidad material. Pero Tennyson añadió: “Lo que ansiaba ver, no podía ver: una faz humana cariñosa; ni oír siquiera una voz humana amable”.

Muchos han hecho naufragar su fe y viven en un aislamiento espiritual. Su necesidad de un estímulo cordial, amigable y espiritual, es tan grande como la de Enoc Arden o cualquier alcohólico. He ahí nuestra gran oportunidad. Pero así como Nerón se divertía tocando mientras Roma ardía, y los soldados jugaban a los dados mientras Jesús moría, también nosotros en igual manera nos ausentamos mientras nuestros hermanos y hermanas se desvían del reino celestial.

No importa donde vaya un hombre noble, esta “radiación espiritual” hace que otros hombres sean mejores. Cerca del fin de un otoño, salí a pasear por un campo de alfalfa seca. Una acequia había llevado el agua de riego más allá de la alfalfa seca para cosechas más valiosas. Pero en dos o tres lugares se había desbordado la acequia y bañado el campo seco. Donde estos “dedos húmedos” habían llegado hasta la alfalfa, las plantas sobrepujaban en altura veinte o veinticinco centímetros a las que no habían recibido agua. Lo mismo sucede por donde pasa un hombre bueno.

Por ejemplo, conozco a uno que obra con los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Son diecinueve los diáconos que tiene en su clase. Cada uno de ellos ha calificado para recibir un certificado individual en los últimos tres años. El año pasado este hermano hizo doscientos sesenta y ocho visitas personales a estos jóvenes en sus hogares para hablar interesadamente con ellos y sus padres acerca de su salvación eterna. Igual que Andrés, los estaba llevando a Jesús.

Alguien se quejará de que esta “obra personal” toma tiempo. Pero,

¿hay otra manera mejor de hacerlo? Si nuestra obra vale la pena, merece que se haga bien. Es la única forma en que se le puede dar a cada cual la ayuda precisa que se adapta a sus necesidades.

Si un médico tiene doce pacientes, cada uno de ellos recibe un diagnóstico y tratamiento separado. No receta la misma cosa para una pierna fracturada, una apendicitis o un corazón débil. El buen médico visita o recibe a sus pacientes individual y personalmente, y si el caso lo requiere, con frecuencia. Sabe que no siempre puede desempeñar un trabajo bueno por medio de cartas, ni por teléfono o telepatía mental. Tampoco se limita a orar por el que está afligido. Más bien, se viste y va en persona. Así debe ser con cada uno de nosotros.

Uno podrá escuchar a un buen predicador desde la mañana hasta la noche sin quedar muy impresionado. Pero el interés personal, individual, profesional, hecho a la medida para cada situación particular, resolverá casi todos los problemas; y con mayor particularidad si la resolución se trasmite por medio de una personalidad considerada, amistosa y radiactiva. La influencia que se produce en esta forma es demasiado potente para poder resistirla y cuando se dedica esta radiación a conseguir que los hombres y las mujeres entren en el reino celestial, puede convertirse en la fuerza más productiva que se conoce en el mundo. La propia salvación es un asunto individual, y puede tratarse mejor sobre una base individual.

Un hábil presidente de misión dijo una vez que si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas.

Esta también es la mejor forma de resolver los problemas y desarrollar espiritualidad en la vida de la gente. Así se puede aplicar el tratamiento según se necesita, donde haga falta, cuándo se precise y en la cantidad adecuada.

Habría muchos otros miles de miembros de la Iglesia que podrían entrar en el reino celestial, si tan solamente pudiésemos aprender esta parábola de la oveja perdida y la lleváramos a la práctica debidamente. No sólo el mensaje debe ser interesante, sino también el mensajero.

La misión principal de un maestro no siempre puede ser la de impartir conocimiento. A veces será impulsar la amistad, producir la confianza, provocar situaciones agradables y proveer ánimo general.

No se realiza mucha instrucción sino hasta que el alumno y el maestro se entienden el uno al otro, y está presente el deseo de aprender. Nunca debemos olvidar que la visita siempre debe hacerse por el interés personal e individual del que se está visitando. Si se siente agraviado, ayudémosle a desahogarse. Si algo lo está molestando, ayudémosle a que lo domine.

“Si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas”

El buen psiquiatra escucha y hace preguntas y entiende, hasta que el paciente relata lo que le aflige. Habiendo “echado fuera” todo, está en condición de aprender. El psiquiatra no procura triunfar en los argumentos. Su obra consiste en extraer el veneno que está afligiendo al paciente. Solo así está en posición de prestar ayuda. En la vida de casi todas las personas hay desengaños, pecados y problemas; y hasta que no se le quite la presión o se haya purgado el pecado, el alma no estará en posición de dejar entrar luz. Muchas veces un oyente considerado ha servido como el peldaño que lleva al reino celestial, mientras que si no se hubiese dado oportunidad a la persona de expresar sus sentimientos, quizá habría continuado envenenándose hasta que hubiera sido imposible sanarlo.

¡Qué potente fuerza benéfica yace en nuestras manos con esta habilidad para traer almas a Jesús!

El “Método Andrés” debe ser una de las partes más vitales de la obra de todo el que sirve en la Iglesia.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s