El fuego y nuestra habilidad para dirigir

Liahona enero 1962

El fuego y nuestra habilidad para dirigir

por el élder Sterling Welling Sill

Una parte de la literatura de nuestra era consiste en lo que ha dado en llamarse “ficción práctica”. Tenemos fábulas, mitos, cuentos, etc., que ayudan a ilustrar ideas, enseñan principios e inducen a la acción. Por ejemplo, aprendemos mucho de la famosa fábula de la liebre y la tortuga. El cuento de los hombres ciegos y el elefante, nos provee también de una buena enseñanza. Los caracteres puramente ficticios de Shakespeare y de Dickens, pueden ser de mucha utilidad para el desarrollo de nuestros razonamientos y actitudes. El proceso de la enseñanza se simplifica cuando usamos un énfasis particular, figuras interesantes y expresiones de significado oportuno, que hagan más clara la idea. Durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica, cierto general fue apodado ‘Stonewall’ Jackson (stonewall, en inglés, significa “muro de piedra”). Este alias nos ayuda a imaginar la apariencia y aún la personalidad del general en cuestión. Shakespeare logra expresar ampliamente sus ideas por medio de frases pintorescas y su sorprendente locuacidad. Nos vemos a nosotros mismos en el programa cuando dice: “Él mundo entero es un escenario”. Este uso de palabras en un sentido no literal, a veces ayuda a dar belleza, realce y significado a las ideas.

Los griegos en la antigüedad alcanzaron una cultura muy significativa y crearon una colorida literatura, en gran parte de la cual asignaron una personalidad a las fuerzas de la naturaleza, personificando grandes ideas en una forma humana o sobrehumana.

Eso ayudó a disipar la vaguedad de pensamiento y formó ideas más vívidas en sus mentes. Generalmente, estas historias giraban en torno a las hazañas de los titanes y héroes que poblaran la cumbre del antiguo monte Olimpo.

Una de estas leyendas trata acerca de Prometeo, quien logró fama de ser uno de los más grandes benefactores de los mortales nunca habidos. Él fue un verdadero luchador contra la injusticia y los poderes inicuos. “Prometeo” significa “prevenido” y él tuvo fama de ser muy sabio. Pero es más conocido en la mitología griega por el hecho de haber ido hasta el sol, trayendo fuego para darlo a los hombres. Nuestras propias Escrituras nos dicen que Dios “está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho.” (Doctrinas y Convenios 88:7). Y es a través de ese poder que nuestros ojos son iluminados y nuestros entendimientos vivificados.

Pero desde tiempo inmemorial “fuego” ha venido usándose como una figura de expresión muy significativa y de gran ayuda. “Fuego” o “calor” nos ha servido como símbolo de ardor, fervor, entusiasmo. Decimos que una persona tiene “calor en las venas” o que tiene “un ardiente deseo”. Es común decir “Golpea el hierro mientras está caliente”. Hablamos de “fervientes emociones” o de una “cálida amistad”. A una persona experimentada la calificamos de “fogueada”.

Este tan peculiar  uso de expresiones como éstas, da a nuestro pensamiento una intensidad y sentido provechosos. Todos sabemos que un poquito de fuego en la personalidad es frecuentemente la característica de más valor. Ser capaces de cultivar este fuego en nosotros mismos, es una de las mejores maneras de progresar en nuestra habilidad para dirigir y realizar algo.

Un verdadero dirigente es muy similar a un automóvil: nunca puede andar mucho o tener suficiente potencia, a menos que haya conseguido la “temperatura” necesaria. Por contraste, asimismo, pensamos que las acciones fracasadas se deben a la falta de “calor” apropiado. Decimos entonces que tal o cual equipo de básquet perdió el partido porque sus integrantes estuvieron “fríos”. El término “helado” sirve también para describir actitudes desfavorables o poco amistosas.

Posiblemente la posición menos deseable del termómetro, desde ciertos puntos de vista, es el área entre el calor y el frío. Ello no es una cosa ni la otra. Está escrito en el libro de Apocalipsis que el Señor dijo a los miembros de la Iglesia en Laodicea: “. . . ni eres frío ni caliente ¡Ojalá hubieses sido frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15- 16). Esta condición de estar sobre la línea fronteriza, de no ser ni una ni otra cosa, ha promovido, aún en Dios, un sentimiento de disgusto.

Si queremos tener éxito en la obra del Señor, debemos lograrla “temperatura” necesaria. Nuestro entusiasmo debe ser “febril” si queremos que tenga algún poder. Usamos la figura del “calor” o del “fuego” para calificar una devoción “de todo corazón” o “con toda el alma”. En efecto, el “fuego” es usado muchas veces en las Escrituras para  indicar o comparar la presencia de Dios mismo. Cuando relata que el Señor apareció en la cumbre del monte Sinaí para dar la Ley de Israel, el historiador dice: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.” (Éxodo 19:18). La Biblia usa esta interesante metáfora al referirse a Dios: “…Dios es un fuego consumidor…” (Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29). Por supuesto, podemos ver claramente el contraste entre el “fuego” de Dios y la tibia indiferencia de los laodicenses.

La Biblia usa la figura del fuego para representar la gloria, santidad, presencia, espíritu, juicios y castigos de Dios. “Y quién podrá soportar el tiempo de su venida ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores.” (Malaquías 3:2). En un juego de palabras, podríamos decir que “aquellos que no sean ardientes, serán quemados”.

Prometeo, según la mitología griega, trajo fuego del sol a los antiguos. La razón por la cual los laodicenses tuvieron problemas, fue porque carecían de fuego. Aparentemente necesitaban algunos “Prometeos” que les proveyeran de ello. Buenos proveedores de fuego son también nuestra necesidad más grande. Necesitamos algunos que hagan volar la chispa que encienda la llama. Jesús bautizó con “el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11). Necesitamos hacer que este fuego arda eficazmente. Todo gran dirigente necesita cultivar la “producción de fuego” y la “provisión de fuego”. Ayudar a llevar la chispa divina a los hombres, es la tarea de mayor importancia. Esta chispa debe ser no solamente encendida en los corazones de la gente, sino constantemente avivada hasta que produzca una llama ardiente y brillante. Para ser un buen director se requiere no sólo “poseer fuego” y “proveer fuego” sino tener también una “potencia de fuego” siempre latente.

La explicación científica de un efectivo ascenso de temperatura nos dice que ha habido un incremento en la actividad molecular. Una actividad aumentada en nosotros mismos, elevará también nuestra temperatura. La actividad espiritual, cuando es acrecentada produce una mejor disposición en nuestras mentes, un mayor fervor en nuestros corazones y hace más eficaces nuestros esfuerzos.

En significado y función, la palabra más similar a “fuego” es “entusiasmo”, que no es otra cosa que un cierto fuego en el alma que produce un poder especial en nuestro ánimo. La palabra “entusiasmo” viene del griego “cn”-“lhcos” que significa “Dios en nosotros” o “inspiración divina”.

Hemos hablado mucho en cuanto a nuestro derecho a recibir inspiración de Dios. Pero lo que no podemos entender muy bien es en cuanto a nuestro derecho y capacidad para inspirar a otros. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y dotados de sus atributos. Somos receptáculos de su autoridad y de cierto grado de su poder. Nuestra necesidad es dar más de lo que damos. No somos sólo estaciones receptoras; somos también centros de distribución. Cuando llegamos a poseer este entusiasmo de fuego, tal como Prometeo, podemos entonces darlo a otros. Esta es otra de esas cosas que no sólo podemos dar sin perder, sino que cuanto más damos, más tenemos. He aquí una situación comparable al milagro de la multiplicación de los panes. Podemos comenzar alimentando la multitud teniendo sólo cinco piezas de pan y dos peces, y cuando hayamos saciado a más de cinco mil personas, aún tendremos doce cestas llenas”. (Mateo 14:17-20)

Esta habilidad de llenarnos y llenar a otros de entusiasmo, incluye un gran poder de realización. Esta es una de las habilidades más valiosas de que Dios pudo habernos dotado. Pero su propio valor es aún acrecentable, por ser un don poco común. Es una de las potencialidades que frecuentemente se encuentran sin desarrollar en los hombres. Hay muchos hombres buenos; hay muchos sabios; muchos industriosos. Pero no hay muchos que enciendan el “fuego”, no muchos que lo traigan, no muchos que nos provean de la chispa divina, ni aún siquiera en un sentido simbólico.

Un genuino entusiasmo es una de las mejores garantías para la realización de toda asignación. Un entusiasmo inteligente probablemente sea la mejor contribución para el éxito, que cualquier otra acción. Sir Edward Appleton, ganador del Premio Nobel, dijo: “Considero que el entusiasmo es más valioso que cualquier habilidad profesional”. La destreza profesional, por supuesto, es tremendamente importante en nuestra habilidad para dirigir, pero su eficacia es aumentada cuando se la fortalece con un entusiasmo inteligente.

Agua fría en los “cilindros” de un dirigente, no le dará más resultado que el que da en los cilindros de una locomotora a vapor. Aun cuando el agua a 97 grados de temperatura se considere muy caliente, no es sino cuando alcanza los 100 grados que logra expandirse y transformarse en vapor. Y esta misma agua, que a baja temperatura no tenía poder alguno, podía arrastrar todo un tren de carga de casi un kilómetro de largo por entre montañas. Un comprable aumento de temperatura en el ánimo del hombre, producirá similares resultados en su habilidad para dirigir.

Un entusiasmo inteligente y bien administrado, no sólo puede garantizar casi cualquier logro sino que, como el fuego de donde se nutre, puede comunicarse o contagiarse de una a otra persona. No hay etiqueta alguna adherida al entusiasmo que diga: “Intransferible”. El entusiasmo es totalmente “negociable”. Un corazón puede inspirar a otros corazones con su fuego. En cierta oportunidad, John Wesley dijo: “Yo muestro el fuego que hay en mí y la gente viene a verlo arder”. Muchas gentes sintieron abrasar sus vidas con sólo escuchar a Wesley. Este hombre distribuyó su fuego extensamente entre las gentes, desatando finalmente una de las más grandes contiendas en la historia del mundo religioso, que aún está influenciando a la humanidad.

El “fuego” ha venido usándose como el símbolo de Dios, pero el entusiasmo, o “Dios en nosotros”, es también un símbolo. Entusiasmo en nuestro servicio en la Iglesia, es señal de devoción. Es señal de que estamos viviendo los principios del evangelio, de que vivimos en armonía con la fuente de ese fuego espiritual. Es señal de que creemos en lo que estamos haciendo y que tenemos el fervor y el anhelo que se requieren para lograr su cometido. Este entusiasmo nos despierta, nos vivifica y nos hace infatigables. Los indios americanos dijeron a Colón que ellos tenían una hierba que los aliviaba de toda fatiga. El entusiasmo hace la misma cosa. También produce en las personas esa cualidad de ser “valientes”, lo cual es requisito primordial para poder entrar en el reino celestial.

Se dice que los hombres, como los automóviles, andan gracias a una serie de explosiones. Podríamos decir que el entusiasmo es el poder explosivo de la personalidad. Es la mecha que enciende el reguero de pólvora. Todo líder necesita del entusiasmo para poder agilizar su tarea. El entusiasmo actúa como un generador emocional que pone en funcionamiento a la actividad. Provee de la iniciativa, la determinación y la persistencia necesarias para el propósito buscado.

Cuando el espíritu abandona el cuerpo, éste se enfría. Esto pasa también cuando el entusiasmo se aparta de nuestra habilidad para dirigir. Para mantener el entusiasmo, debemos alimentarlo con realizaciones. Si permitimos que nuestros logros  disminuyan, nuestra iniciativa se debilitará y nuestro trabajo será lento. Cuando decaemos en nuestro intento por poseer, aunque sea por un corto tiempo, este valioso “Dios en nosotros”, nuestro termómetro espiritual comienza a bajar y nuestro progreso se detiene.

El gerente de una gran casa de comercio dijo que quería cada uno de sus vendedores estuviera “ardiendo de entusiasmo” y que cada vez que llegaran a trabajar, estuvieran dispuestos a “despachar con entusiasmo”. Y agregó que si no estaban dispuestos a “despachar con entusiasmo”, él mismo estaría dispuesto a “despachar a ellos, con entusiasmo”.

Los principales complementos de los dos mandamientos más grandes, son las cualidades de la amigabilidad, fervor, ardor, devoción, amor y entusiasmo. Estas son cualidades con “temperatura”. Son las cualidades de “fuego” que debemos obtener para nuestra habilidad para dirigir.

Muchos líderes, aún en la obra del Señor, hacen de mala gana y con cierta aversión lo que debiera ser hecho mediante un fuerte voltaje y a alta temperatura. Más que nada, el fuego de nuestras almas necesita ser reencendido. Necesitamos encender la chispa de la fe que Dios nos diera; necesitamos poner más combustible a las llamas de nuestro interés en la obra del Señor. Nuestros espíritus necesitan ser incitados y luego encendidos. Nuestras ambiciones necesitan ser inflamadas de tal manera que podamos tener más “potencia de fuego” en nuestra habilidad para dirigir.

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