El filo de la navaja

Liahona febrero 1962

El filo de la navaja

por el élder Sterling Welling Sill

Hace algunos años se exhibió en casi todos los cines del mundo, la película “El Filo de la Navaja”, basada en la novela de W. Somerset Malignan. El tema del libro giraba en torno a la idea de que la línea que separa al fracaso del éxito, es tan fina como el filo de una navaja.

Una de las mejores ilustraciones de esta verdad, la encontramos en el proceso mismo de la filmación de dicha película. Había ocho actores principales y ocho “dobles”, es decir que cada uno de los actores tenía un sustituto que haría los más duros, difíciles y agotadores trabajos. Después que la cinta fue terminada, la revista Life publicó las fotos de los ocho principales intérpretes en una página y las de los ocho “dobles” en otra. El “doble” de Tyrone Power, por ejemplo, fue Thomas Noonan, un compañero íntimo suyo. Ambos habían ido juntos a la escuela. Tenían casi el mismo tamaño e igual inteligencia; estaban vestidos en forma idéntica y eran bastante parecidos entre sí. Una notable similitud había también entre cada uno de los otros actores y sus respectivos “dobles”. Pero en un sentido, no eran similares. Los salarios percibidos por los actores principales, totalizaron la suma de 480.000 dólares, mientras que los “dobles” alcanzaron, en conjunto, a 6.534 dólares. Los principales eran sólo un poquito mejor, pero percibieron una compensación setenta y cinco veces mayor que sus sustitutos.

Vemos también este principio ilustrado de igual manera, cada día de nuestra vida. En el deporte, por ejemplo, ser sólo un poquito mejor que otros, lo hace a uno campeón. En las grandes ligas de béisbol, un bateador de 350 gana 3.000 dólares mensuales, mientras que uno de 250 gana sólo 300 dólares por mes. Aquél, el campeón, es el que obtiene la primera base tres veces y media de cada diez intentos; el bateador de 250, dos veces y media de cada diez. El campeón tiene éxito sólo una vez más que éste. Quizás éste pega mejor, pero no corre tan rápido como aquél. El margen de diferencia es tan pequeño como “el filo de una navaja” pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Este mismo principio está continuamente operando en todo éxito, tanto en el trabajo en la Iglesia como en la vida privada. Frecuentemente vemos a dos hombres con habilidades tan idénticas que no podríamos establecer diferencia alguna; y sin embargo uno de dos llega a ser “astro” y el otro un “doble”. Uno de ellos es nada más que en poquito más atento, un poquito más constante, un poquito más puntual, un poquito más leal, un poquito más fiel, un poquito más industrioso. Dedica unos pocos minutos más cuando prepara una lección y un poquito más de tiempo en planearla. Pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Alguien ha hecho resaltar la magia que puede encerrar un simple “diez por ciento”. Un hombre de 1.75 de estatura es considerado un individuo común. Pero si le restamos el diez por ciento, tendremos un pequeño hombre de menos de 1.60. En cambio, si en vez de sacarle, le aumentamos ese diez por ciento, tendremos un gigante. Cambios comparables se producen cuando sustraemos o sumamos un “diez por ciento” a nuestra diligencia, a nuestra perseverancia o a nuestro entusiasmo. Ese “diez por ciento” hace la diferencia entre un enano y un gigante. Como resultado de esto, descubrimos uno de los más grandes secretos para el éxito en nuestra habilidad para dirigir. Un director sobresaliente es aquél que hace lo mejor que puede y entonces le agrega un diez por ciento. Es aquél que aspira un diez por ciento más alto, que trabaja un diez por ciento más duramente y que persevera un diez por ciento más de tiempo.

Sobre las paredes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (EE.UU.), hay una inscripción que dice: “Apunta demasiado bajo quien apunta más abajo que una estrella.” Si esto es verdad en cuanto a un éxito ordinario ¿qué podríamos decir cuando está en juego el reino celestial? El éxito más insignificante llega a ser entonces importante. Pensemos qué pasaría si cada uno de nosotros elevara su objetivo un 10 o un 20 por ciento. Pensemos cuáles serían los resultados en la eternidad.

Supongamos que perdemos el reino celestial sólo por un margen comparable al del filo de una navaja. No será mucha la diferencia, pero cuán importante puede llegar a ser para la eternidad. Generalmente logramos todo lo que nos proponemos; de ahí que podríamos decir entonces que “no es malo fracasar, pero sí lo es el tener bajas aspiraciones.

El 6 de octubre de 1955, un avión de la compañía “United Airlines” se estrelló en una montaña del estado de Wyoming, perdiendo sus vidas 65 personas en el accidente. El piloto iba volando a 4.000 metros de altura. Si hubiera ido a 4.020 metros, tal desastre hubiera podido ser evitado y 65 personas hubieran conservado sus vidas.

¡Qué diferencia para esas personas y sus familiares hubieran producido unos pocos metros más de altura!

Esto es igual en cuanto a nuestro éxito. Frecuentemente volamos lo suficientemente alto como para no dar con la corja de los árboles. Tratamos de hacer sólo lo suficiente como para “pasar”, y eso es todo lo que la mayoría de nosotros logra, mientras que sólo un poquito más de esfuerzo, un poquito más de determinación, nos colocaría en los grandes equipos del éxito en nuestra habilidad para dirigir.

El Duque de Wéllington dijo una vez a ciertos soldados franceses que los soldados británicos no fueron más bravos, sino que habían logrado mantener su valentía por cinco minutos más que ellos. El famoso ex-Campeón de peso pesado, Jim Corbett, decía que el secreto del éxito consistía en aguantar un “round” más.

Una de las más grandes lecciones sobre el éxito enseñadas por el Maestro, fue la de caminar una milla más, hacer un poco más y hacerlo con un poquito más de fe, un poquito más de energía, un poquito más de devoción. Y si hacemos esto, nos veremos convertidos, de “dobles”, en “astros” o “estrellas”. Los resultados son tremendos, aunque la diferencia sea tan fina como el “filo de la navaja.”

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